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El ‘vicelehendakari’ Alfonso Alonso, político del año en Euskadi

Tocaba con el PP, y el PP de Alfonso Alonso se lo ha cobrado con creces. Con un político menos avezado el PP no habría sacado ni la mitad y lo impensable hasta hace nada ha ocurrido

Urkullu saluda a Alfonso Alonso.

El lehendakari, Íñigo Urkullu, saluda a Alfonso Alonso.

Alfonso Alonso protagonizaba una de las carreras políticas más interesantes en España hasta el día en el que le tocó regresar a la política de provincias de la que había escapado hacia un fulgurante éxito en la capital del Reino. No tuvo que ser fácil para un político, cuyas aspiraciones están situadas en Madrid, el verse obligado a volver a las labores poco agradecidas de la política vasca. Alonso pasó de ministro junto a Mariano Rajoy a ser portavoz de la última formación política del Parlamento vasco. De las intrigas palaciegas de los ‘madriles’ a ser la voz de un PP vasco debilitado, expulsado de sus centros de poder en Vitoria y Álava, y con la misma capacidad de éxito en la política vasca que Dory de concursante en ‘Saber y Ganar’.

Vamos que a Alfonso Alonso le había tocado un marrón de proporciones considerables que él mismo se había buscado sin saberlo. Y cuando se dio cuenta de que estaba cayendo en su propia trampa ya no pudo echar marcha atrás. Todo había empezado con la llegada de Arantza Quiroga a la presidencia del PP vasco en mayo de 2013, que apartó a Iñaki Oyarzabal del poder en el partido. Una afrenta a los alaveses a los que, por fin, habían logrado esquinar aprovechando que Alfonso Alonso disfrutaba de las mieles de ser portavoz del PP en el Congreso de los Diputados (las comparaciones son odiosas y por eso no vamos a comparar a Alfonso Alonso con Rafa Hernando, ¡qué repelús!).

Lo que no sabía Arantza Quiroga ni quienes la rodeaban es que a conspiraciones es casi imposible vencer a los alaveses. En eso anduvieron los Oyarzabal y Maroto durante más de dos años, intentando atar en corto a Quiroga por mandato de Alonso y preparando el terreno para cuando llegara la ocasión. Y esa ocasión llegó cuando Quiroga intentó un leve movimiento del PP sobre la pacificación en Euskadi. Alonso alzó su voz y Quiroga no aguantó ni medio asalto. Dimitió y (políticamente hablando) no se ha vuelto a saber de ella.

Pero, ¿quién iba a suceder a Quiroga? Sonaron distintos nombres -todos alaveses, todos del círculo más cercano a Alfonso Alonso-, pero finalmente tuvo que ser el propio Alonso el que tomara las riendas.  Él había desautorizado en público a Quiroga y él era el único capaz de imponer la autoridad dentro del partido. Él era el Messi, el Cristiano de los populares vascos, el que había sido ministro y portavoz en Madrid. No podía ser otro. Si él había asestado el golpe, él tendría que correr con las consecuencias. La decisión se tomó en la ‘conspiración del Bost’ (por el restaurante en el que cenaron Alonso, Oyarzabal, Maroto y De Andrés para preparar la jugada). Y Alfonso Alonso se tuvo que volver a Vitoria. ¡Qué bajón!

Las malas lenguas del PP cuentan que Alfonso Alonso se lamenta de que este embrollo haya marchitado el ascendiente de los populares vascos en Madrid. Se marchó un ministro vasco, acreditado sorayo, que firmaba en el BOE -la máxima expresión del poder político en España- y se quedó en Madrid Maroto, un vicesecretario sectorial, que es algo muy parecido a ser tertuliano titular en La Sexta.

Y todo esto es un rollo histórico para contarles que Alfonso Alonso tenía por delante un marrón de no te menees, y que le esperaba una travesía desértica en el desértico desierto de presentarse a unas elecciones al Parlamento vasco. Llegaron las elecciones de 2016. Alfonso Alonso era el candidato. El PP perdió un escaño, se quedó con nueve y apenas el 10% de los votos. PNV y PSE tenían mayoría absoluta. ¡Tierra trágame!

Con un político menos avezado el PP no habría sacado ni la mitad y lo impensable hasta hace nada ha ocurrido.

Y, sin embargo, un golpe de suerte lo cambió todo. Bueno, no, un golpe de suerte no, más bien el recuento oficial de votos que se realizó días después de la noche electoral y que arrebató la mayoría absoluta a PNV y PSE… ¡por un solo escaño! Ahora sí, el PP podría influir. Y es lo que ha hecho desde entonces: desde el primer acuerdo de presupuestos de hace un año en el que germinó la Gran Coalición Vasca: PNV-PSE-PP, hasta el pacto mucho más profundo de estas últimas semanas por el que el PP, una fuerza residual en Euskadi, ha tomado el timón de las decisiones sobre la fiscalidad vasca.

Urkullu necesitaba apoyos en el Parlamento vasco y no quería a EH Bildu y Podemos ni en pintura. Urkullu -al que se le eriza la piel de ira cuando pasa a menos de cien metros de una manifestación de trabajadores- veía en el Partido Popular el aliado idóneo para mantener el estado de las cosas. Y Urkullu mandó parar a quienes exploraban otras posibilidades.

Tocaba con el PP, y el PP de Alfonso Alonso se lo ha cobrado con creces. Con un político menos avezado el PP no habría sacado ni la mitad y lo impensable hasta hace nada ha ocurrido. Contra el criterio de algunos diputados generales y el consejero de Hacienda del Gobierno vasco, el PP ha conseguido que PNV y PSE rebajen los impuestos a las empresas, bajando el tipo de sociedades del 28 al 24 por ciento (en el resto de España está en el 25). Una reclamación histórica (e histriónica) de la patronal vasca (Confebask) que ha llegado de manos de Alfonso Alonso y que, de paso, ha servido para mostrar el papel subsidiario del PSE en el Gobierno de Urkullu: la secretaria general del PSE, Idoia Mendia, avisó de que el tipo no se bajaba, que por ahí no pasaban, y terminaron pasando. Hemos estado a un tris de escuchar que bajar los impuestos es de izquierdas, que decía Zapatero.


Y no sería la única medalla de Alonso. Otra llegaría en Álava y con unas consecuencias más profundas de las que se pueda creer a primera vista. En Álava, el Gobierno de PNV-PSE se había apoyado en EH Bildu y se estaba gestando una política de mínimos -en ese terreno común de la socialdemocracia light que comparten la mayoría de las fuerzas políticas vascas-, y que parecía incluso podía extenderse a la fiscalidad. Pero en el PNV del IBEX (por simplificar mucho y malamente) esto no se veía con buenos ojos, y -de la necesidad de Urkullu en el Parlamento, virtud del PP en Álava-, los populares han tomado el relevo para abortar la complicidad que se estaba tejiendo entre el PNV, EH Bildu y Podemos.

En resumen, Alfonso Alonso ha conseguido promover sus ideas liberales en la política de fiscalidad frente a los cimientos ligeramente socialdemócratas en los que estaba basada hasta ahora (y para ello ha hecho pasar por debajo del futbolín a destacados políticos del PNV y el PSE); Alfonso Alonso, en comandita con Urkullu, ha eliminado a EH Bildu de la ecuación política en Álava y ha recuperado el discurso de que el PP es un partido nacido para gobernar y ser útil, estrategia que los populares habían abandonado para entregarse al rencor de la trinchera tras el desalojo de Maroto en el Ayuntamiento de Vitoria; Alfonso Alonso ha conseguido lo que la desorientada izquierda vasca de EH Bildu y Podemos pretendía desde la oposición: condicionar las políticas públicas en Euskadi; Alfonso Alonso se ha convertido en el mejor lugarteniente de Urkullu para ‘vender’ tranquilidad frente al populismo y que el PNV no se eche al monte (aunque visto lo de Cataluña, el PNV no se echa ni al jardín del adosado), y encima Alfonso Alonso te lo explica con mucha más gracia que Urkullu. Si lo piensa Alonso hace 14 meses, no le sale mejor.

Por todo ello, esta columna entrega, por unanimidad mía, el premio de político del año en Euskadi al vicelehendakari de facto don Alfonso Alonso Aranegui. Enhorabuena al agraciado.

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