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Vitoria patas arriba

La pobre Leticia Comerón, concejala de Espacio Público y Tecnologías de la Información del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, pone un circo y le crecen los enanos. Mientras apura con el látigo a la empresa adjudicataria de las obras de la Avenida Gasteiz para que acabe, no ya en plazo, sino que simplemente acabe de una vez, con la otra aplica una capita de vaselina a los comerciantes de la calle San Prudencio, horrorizados por el resultado de los recientes trabajos de pavimentación que comparan con una pista de aterrizaje.

No hago más que leer a esta muchacha en los medios pidiendo paciencia a los iracundos propietarios de los comercios. A los unos porque meses y meses de obras en la Avenida resienten su facturación en un momento en el que las facturaciones no están para tonterías. Y a los otros porque, ante sus acusaciones de que la arteria parece la M-30, la edil asegura que la céntrica calle va a quedar estupenda después del remate que falta, que será bonito, ecológico y con el que nos ahorraremos un potosí en mantenimiento.

Sobre el papel todo queda estupendo y a los medios, sobre todo escritos, les fascina eso de publicar en primicia las simulaciones que muestren el antes y el después. Pero luego viene la realidad de acometer el trabajo con empresas que tienen el culo pelado de poner mil una excusas para justificar sus retrasos o de, una vez terminado, comprobar que no era lo que uno esperaba.

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Amoríos presupuestarios

Me siento a leer en la prensa las noticias sobre la presentación del proyecto presupuestario para nuestra ciudad elaborado por el gabinete municipal con un bol repleto de palomitas, dispuesta a ver una de esas pelis de las que ya te sabes el final. Recuerdo que, cuando ejercía el periodismo a tiempo completo, teníamos el año repartido en hitos que se repetían cada temporada. Y uno de ellos era el tejemaneje que se urdía desde la presentación del proyecto de cuentas hasta la firma final. No han cambiado mucho las cosas desde entonces, por lo que veo.

En esta ocasión, me divierto leyendo acerca de los amoríos entre el PP y el PNV. Ambos partidos en el Consistorio saben que se repartirán el pastel de las cuentas municipales pero está en su deber escenificar el cortejo antes de estampar la firma final, no vaya a ser que los votantes descubran su affaire antes de tiempo. Y, aunque la política nunca deja de sorprendernos, opino que el guión de este sainete me ha decepcionado un poco por su escasa originalidad. Será que el equipo de Javier Maroto tiene últimamente muchos fuegos que apagar y no cuenta con el tiempo suficiente como para elaborar algo más novelesco, con incógnitas, misterios, secretillos y amor a raudales.

Se me ocurren muchos símiles, pero voy a quedarme con uno que me encanta. Seguro que conocen a Pimpinela, dos hermanos argentinos que acaban de cumplir 30 años escenificando a través de las letras de sus canciones las alegrías y amarguras del amor de novios. El PP y PNV municipales parecen los protagonistas de uno de sus temas más conocidos y titulado Olvídame y pega la vuelta. Les cuento. El gabinete de Javier Maroto ha presentado un proyecto presupuestario en el que ha pegado un hachazo a todo lo referente a las políticas sociales, de empleo y de cooperación. Algunos dirán, hombre, esto no es muy raro viniendo de la derecha neocona. Cierto. Pero, y esto lo dijo el propio concejal nacionalista Alvaro Iturritxa, pareciera que los populares de han dejado a los jeltzales un documento con líneas en blanco para rellenar con sus peticiones.

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Súper Maroto

Que tiemble el Imperio Otomano que arrasa nuestra pequeña Vitoria-Gasteiz. Nuestro querido alcalde, Javier Maroto, ha decidido desempolvar el traje de súper héroe y salir volando por la ventana de su despacho para salvarnos de los moros gorrones. Fuera corbata, fuera traje. ¿Qué es aquello que sobrevuela nuestros cielos? Se preguntarán. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No! ¡Es súper Maroto!

Súper Maroto no empleará para justificarse ningún dato fiable para luchar contra los inmigrantes que, según él y su oráculo, dilapidan las arcas públicas. Sigue sin presentar los famosos datos que prometió. Pero no le hacen falta. Tiene en su mano la verdad absoluta sobre lo que realmente ocurre en la ciudad y está dispuesto a buscar el apoyo ciudadano con una idea que le ha venido a la cabeza como a Arquímedes su principio cuando se metió en la bañera: ¡¡Eureka!! ¡Una recogida de firmas!

Sí, sí, lo han leído bien. Javier Maroto enfundado en sus mallas de súper héroe está convencido de que conseguirá 30.000 firmas para llevarlas con un lazo rosa al Parlamento vasco y sacar adelante una ILP o iniciativa legislativa popular, ese derecho ciudadano que nos permite elevar ante el poder legislativo la posibilidad de cambiar o promulgar una ley. Seguro que les suena la que intentó llevar a cabo la activista Ada Colau contra los desahucios con casi millón y medio de firmas. Sí, esa a la que después nuestros solidarios gobernantes de PP hicieron la pedorreta y se quedó en agua de borrajas.

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Apatrullando la ciudad

Ahora que todos los vitorianos ya están totalmente reincorporados a sus vidas cotidianas, el tráfico de la ciudad bulle cual olla a presión, a la par que sus inconvenientes. Odio conducir. Me saqué el carnet hace 14 años, y hoy es el día en que esa fobia que me produce ponerme al volante se multiplica cada vez que salgo a la calle como conductora, como peatona y como bicicletera convencida. Mi profe de la autoescuela solía decirme "nunca te fíes de un coche amarillo porque seguro que te la lía". Y tras varios años en esta ciudad me doy cuenta de que los problemas no radican en el color del vehículo sino en la persona, vaya a pie o motorizada.

Nuestra ciudad es conocida por muchas maravillas pero también por sus rotondas y semáforos. ¿Les suena? Esas rotondas son como un símbolo mas de una urbe relativamente pequeña en la que moverse a pie, en bici o andando es perfectamente factible salvo en casos excepcionales. Pese a los esfuerzos institucionales en elaborar un Plan de Movilidad Sostenible en el que convivamos todos, como conductores o peatones, quizá el problema fundamental de su escaso éxito en ocasiones sea precisamente ese, la falta de respeto mutuo entre unos y otros para que la cosa fluya. Y eso se percibe en las rotondas mejor que en ningún otro sitio. En este sentido, todos somos pecadores, si se me permite la expresión. Por numerosos motivos, focalizados en la prisa o la impaciencia. Un coctel peligroso, sobre todo para los más vulnerables, esto es, los que no van en un coche, furgoneta o camión. Porque si alguno de ellos se salta la norma a la torera, además de provocar un accidente que puede implicar a varias personas, generalmente saldrá perdiendo.

A lo largo de estos años me es fácil identificar los días en los que unos y otros se ponen de los nervios con el tráfico. Los lunes y los viernes, según un estudio de comportamiento absolutamente personal, suelen ser los días más espinosos. Los lunes, porque la gente está de mala leche por el comienzo de la semana. Y los viernes, porque están locos ante la expectativa del fin de semana. Así, es fácil contar los vehículos que se saltan en rojo el semáforo de Boulevard de Euskalherria, por poner un ejemplo, aunque los peatones que intenten cruzar en verde sean los peques que van al cole. También es fácil contar a los padres con niños que cruzan de forma irregular este mismo semáforo, a veces atascado por la cantidad de vehículos que se dirigen hacia la rotonda de América Latina. Esta situación se combina además con la prisa por superar la rotonda ubicada frente al Gobierno vasco, que lleva a más de uno a pasar pueblos del ceda que le corresponde.

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Aroma electoral

¿Lo huelen? El aroma pre electoral comienza a impregnar las páginas de los periódicos y los boletines radiofónicos. Es un aroma todavía muy sutil que, poco a poco, va calando en nuestro día a día. Pero que se nota, vaya si se nota… Los representantes políticos parecen despertar de su letargo para conseguir un hueco informativo por cualquier motivo que demuestre que sí, que ellos son la mejor opción, que se preocupan de usted y de mi y que harán de esta ciudad un lugar mejor, donde vivir una vida mejor.

Sin embargo, a veces no puedo evitar sospechar que algunas de estas loables intenciones no cuadran mucho con la hemeroteca y que esconden un, digamos, lavado de imagen que sirva como parche para encubrir la verdadera línea política. Sirva éste como ejemplo de una práctica de la que me temo, ningún partido está exento.

Leo hace unos días las preocupaciones del grupo municipal del PNV sobre el estado de las aguas de los humedales de Salburua. Dicen los nacionalistas que deberían controlarse los bombeos de los garajes del barrio y los vertidos de los pueblos en las aguas que alimentan las balsas del emblema del anillo verde y proponen tomar cartas en el asunto. Me sorprende la noticia porque, si bien es cierto que este partido se caracteriza por su preocupación en muchas materias, no recuerdo en él este interés medioambiental más allá de la foto del concejal en bicicleta en la semana de la movilidad o de la denuncia esporádica de un vertido ilegal en el extrarradio.

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No hay función

Los cines Guridi de mis amores tienen visado municipal para acoger uso comercial o terciario. O lo que es lo mismo, se van a convertir en otro súper, otro Zara u otro gimnasio más. Por fin sus propietarios se han quitado un lastre de encima que, al parecer, les daba más pérdidas que beneficios. Ya se va sabiendo por algunas cosillas que suelen aparecer de vez en cuando en los medios: que el apoyo a la cultura en este país es algo que cuesta y que cuanto más estén los poderes de la diosa Atenea al borde de la extinción, pues mejor. Hubo una esperanza de convertir a estas salas en un teatro pero, una vez más, supongo que la política venció al engranaje para tirar con los proyectos hacia adelante y la cosa quedó en agua de borrajas.

Creo que entiendo un poco a los socios de VESA y al gerente de los cines, Javier Etxagibel. Hace años compartí con él charlas telefónicas semanales sobre los estrenos semanales para un programa cinéfilo que editaba en la radio. A veces, esas conversaciones derivaban por otros derroteros y uno habitual solía ser lo difícil que era lograr una programación comprometida con su amor por el cine, sin olvidar los grandes estrenos que eran los que, en realidad, daban dinero. Seguramente su gestión haya tenido errores, como todas, pero siempre me ha parecido que era un tipo con ideas claras que probablemente se fueron desvaneciendo por las circunstancias para sustituirlas por otras más prácticas que se ajustaran a la realidad.

Y la realidad del cine en Vitoria se ha escrito con el cierre paulatino de muchas salas, con el escaso apoyo de unos y otros a proyectos un poco diferentes como los cines Azul, con el errático soporte a otras iniciativas tan exitosas entre el público como Amar el Cine, a la muerte por inanición de festivales como el NEFF... Amén del aumento del IVA cultural y esos ocho o diez eurazos que cuesta una entrada. Aun así, supongo que Etxagibel es de esas personas perseverantes que no quieren renunciar y continúa con los Florida… y con un acuerdo blindado por el Ayuntamiento por el que estas salas deben estar abiertas por lo menos otra década más; de lo contrario, la empresa deberá pagar una compensación a la ciudad.

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Maroto al revés

Los vitorianos vuelven de vacaciones cabizbajos y enfadados. Su alcalde, Javier Maroto, les ha vuelto a recordar que la culpa de todo la tienen los magrebíes. Y lo dice indignado porque el fiscal de la audiencia alavesa ha decidido admitir a trámite la denuncia que SOS Racismo le ha puesto por un supuesto delito de incitación a la xenofobia y al racismo. "Por denunciar un abuso me investigan a mí. El mundo al revés", declaraba un Maroto rabioso.

Su compañero de partido y Diputado General, Javier de Andrés, desempolva de inmediato sus estrategias de antiguo jefe de prensa para echarle un cable cargando las tintas contra una organización, según él, compuesta por "los mayores expertos en saquear las ayudas sociales", que empadronaron "ilegalmente" a 1200 inmigrantes en su local de Zapatería. En el arte de las cortinas de humo, el PP es el rey. Y De Andrés también ha sido denunciado por el colectivo.

Dice Maroto -eso sí, sin aportar un solo dato- que yo les pago la vidorra a los magrebíes con mis impuestos de autónoma y que eso es una vergüenza. Y yo pensaba que lo vergonzoso era la forma de abrasarme a sablazos que tiene la Hacienda foral y el gobierno de Rajoy… Pero resulta que, al final, hasta de esto la culpa la van a tener los moros…

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