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Grande Zinemaldia

Doce docenas de churros y chupar el papel encerado con azúcar al acabar, no da tanto gusto como venir al Festival Internacional de cine de San Sebastián.

Momentos inesperados como los que surgen en la cola del Kursaal, en las sesiones de las nueve de la mañana, en las que se juntan tantos korrikalaris en el bidegorri (carril-bici) que los que esperan en la cola del cine acaban animándoles. “Aupa!” “¡Venga!” “¡Campeón!” “¡Oeeeee!” Energizante.

¿Y cuando se juntan los de esta sesión de mañana, los de los pases de prensa, los que trabajan en oficinas, y las señoras que han ido a la compra, a tomar el hamaiketako (el café - pintxo de las once)? Los unos comentan lo visto. Los otros les oyen y les preguntan. Surgen ratitos amenos, risas, y señoras que sacan bolis “Paper Mate” y apuntan recomendaciones de qué ver en los tickets de la compra. Tierna amabilidad.

Como grande es la historia del que fue a la sesión de las 12:00h, luego a comer; luego a la de las 16:30h, se quedó sin merendar; luego a la de las 18:45h, y ya se empezó a marear; luego a la de las 22:00h y, al salir de la sala, encontrarse a cierto actor internacional en la calle, acercarse algo confundido por el ajetreado día, y preguntarle por la familia, darle una palmada en la espalda, e invitarle a una cerveza y a casa a comer, que había leído en el periódico que iba a estar en la city varios días. Naturalidad.

Y sí, también hay ojeras, se agotan las entradas, caos en el las entradas no numeradas, madrugones, taxis que no llegan, y un leve dolor de bolsillo. Pero se evaporan. Se respiran en San Sebastián grandes momentos de la semana, fantasías de los días de cine.

Y luego están las historias de entre cócteles (verdaderas o no) de amor platónico con los actores: como la de unas chicas que todos los años se cuelan en el Hotel María Cristina para coincidir con los actores, y que, si bien a veces triunfan, otras, lejos de llegar a clavar sus ojos en los de sus galanes, lo que les dan es una clavada de aupa en el bar del hotel. Pagan religiosamente a gusto, eso sí. Otra, gran mito pero divina, es la de cierto hombre y una bella actriz. Aseguran que, desde que a él le confirmasen la cita, bailaba los nervios por verla. Llegado el instante, sucumbió a la gracia, y no pudo por menos que hacer una reverencia, tomarle la mano e inclinarse a besársela. Fatal. Los temores del estómago se fugaron en una sonora flatulencia que salió despedida y ruidosa, como día revuelto en El Peine de los Vientos, la mar. La cosa acabó en risas, según parece. Jocosidad.

Hay muchos más momentos que da este Festival Internacional de cine: como ver ponerse el sol en la bahía caminando desde las salas del Principal, hasta Antiguo Berri, pasando de la sesión de tarde a la de noche, las ruedas de prensa con los directores internacionales, los selfies con amigos en las colas de espera, los 'tweets' de #cuchicinéfilos, una lágrima inesperada en una película en euskera, el revivir de una pasión inspirada por una historia, un documental como excusa para una cita con la chica que te gusta, pasear sobre la alfombra roja con un vestido nuevo, tu primera pajarita para una de las galas, o una dulce excusa para ver cine inesperado. Y sí, también hay ojeras, se agotan las entradas, caos en las entradas no numeradas, madrugones, taxis que no llegan, y un leve dolor de bolsillo. Pero se evaporan. Se respiran en San Sebastián grandes momentos de la semana, fantasías de los días de cine.

Grande, Zinemaldia.

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