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La fuente parisina

Pueblos, cuyos rugidos han hecho temblar tantas veces a vuestros amos, ¿ a qué esperáis?  ¿ Para qué momento reserváis los adoquines que pavimentan vuestras calles. Arrancadlos

Denis Diderot

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El imperio persa: dos realidades

Fotos: Helena Torre

Persépolis, cerca de la ciudad de Shiraz. Hace mucho calor y la gente busca cualquier sombra para cobijarse. No son muchas personas. Este monumental complejo que antaño fuera capital del gran imperio persa se encuentra en un terreno montañoso de difícil acceso. Palacios, estatuas y tumbas a mi alrededor, aun después del incendio que sufrieron en tiempos de Alejandro Magno te cuentan una historia trepidante: la del gran poder aqueménida persa.

Sentada enfrente de la llamada «Escalera Este de la Adapana», contemplo la talla de sus piedras; en muchos aspectos, representa un antes y un después en la historia que nos atañe. Llevo diez días recorriendo las tierras cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la historia, los elamitas, que junto a los babilonios y asirios dominaron el milenio a.C. Tras siglos de dominio asirio y medo, un noble de la familia aqueménida, Ciro I, los sometió, unificando a los persas y conquistando Babilonia, Siria, Asia Menor y el levante mediterráneo. Y su sucesor, Cambises, continuaría con la conquista, conformando el mayor imperio de Próximo Oriente.

Y llegó Darío I, autor del monumento frente al que me encuentro; organizó el imperio a través de las satrapías, instauró el zoroastrismo como religión oficial y construyó palacios y monumentos en las dos capitales del imperio, Suso y Persépolis. Quiso alcanzar una gloria propia, distinta a la de su familia, y comenzó la construcción de este grandioso complejo palaciego, que sería continuado por sus sucesores Jerjes I y Artajerjes I.

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Fania: diez apuntes febriles y un retrato a navaja

Fania.

 I. LEYENDAS QUE NACEN A CAÑONAZOS 

En 1964, Nueva York se había convertido a todos los efectos en aquella “Tierra De Las Mil Danzas” que Chris Kenner describía con dulce elocuencia en su canción. Santos o -con mayor frecuencia- pecadores, una abigarrada colección de músicos e intermediarios diletantes en busca de dinero, fama y estatus, con lanzamientos discográficos cada vez más promiscuos en la mezcla de los heterogéneos sonidos que nutrían a la Big Apple por aquel entonces. También en Spanish Harlem, ese lugar cuasi-mitológico que hemos dado en llamar El Barrio, los emigrantes caribeños de primera generación entraban en  competición con una explosiva combinación entre sus ricas raíces en el folklore afro-latino, puesto al día con sensibilidad modernista que a nada hacía ascos, y la sencilla hibridación con los ritmos imperantes en el gueto “de enfrente”, el R&B urbano de post-guerra y su miríada de subgéneros, incluidos los temas  crossover con un baile específico asociado; una aportación decisiva para que la exuberante propuesta nuyoricana se hiciera visible y creciera como estaba a punto de hacer.

En medio de toda esa actividad, Johnny Pacheco, un flautista dominicano con problemas para cobrar los royalties de sus exitosas sesiones charangueras para Al Santiago en Alegre Records, recurrió para gestionar un divorcio peliagudo al joven abogado  que había conocido en La Habana unos años antes: Jerry Masucci, un enamorado de la música cubana deseoso de entrar en el negocio musical,  logró solventar la situación marital satisfactoriamente a favor de Pacheco, y juntos empezaron a diseñar la que habría de convertirse en la etiqueta de referencia en su campo durante unos cuantos lustros, concebida originalmente como un hogar seguro para los jóvenes leones de la escena latina, hartos ya de los manejos de los sellos consolidados y el racismo, insidioso y cotidiano, que padecían en su condición de recién llegados a una industria con acentuada inclinación a explotar su comparativa debilidad frente al mainstream. Con esas ideas en mente, Masucci y Pacheco se fueron rodeando de un núcleo de cómplices musicales en su misma onda, artistas de un talento especial y una más que notable ambición: así, Bobby Valentin, bajista virtuoso e imaginativo arreglista, y el brillante pianista de origen judío Larry Harlow, estaban ya a bordo del proyecto para cuando los fundadores consiguieron reunir los 2.500 dolares que financiarían la grabación del primer larga duración del nuevo sello. Aquel El Cañonazo, disco firmado por Johnny Pacheco, incluía un tema titulado “Fania Funché” que iba a dar nombre definitivo (“nos pareció que sonaba bien en español y en inglés”, recordaba Pacheco) a una aventura que arrancaba llena de incertidumbres, aunque alimentada por una fórmula que finalmente se demostraría ganadora.

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Eróstrato, entre el fuego y la memoria

Fuego (1566) - Giuseppe Arcimboldo.

En el año 356 a.n.e., el gran Templo de Artemisa, orgullo de la ciudad jonia de Éfeso, fue pasto de las llamas ante el estupor y la impotencia de cuantos lo veneraban. El fuego iluminó el cielo nocturno hasta su extinción entre las ruinas del recinto sagrado, patético legado de una gloria efímera. Tan memorable infortunio no fue consecuencia de un desastre natural ni de uno de los innumerables conflictos bélicos que asolaron el mundo antiguo. Su perpetrador fue un solo hombre, un humilde pastor llamado Eróstrato, cuya infamia sería su mejor aval para la posteridad.

Artemisa era la divinidad protectora de Éfeso, una próspera urbe de Asia Menor localizada junto a la desembocadura del Meandro, a orillas del Mar Egeo. De acuerdo con el mito, la fundación de la ciudad había sido obra de las amazonas, el legendario pueblo de mujeres guerreras. El culto a la diosa se hundía en los orígenes mismos de este enclave, que desde tiempos inmemoriales contó con un templo consagrado a su figura como deidad primordial. Sin embargo, no fue sino a comienzos del siglo VI a.n.e cuando el rey Creso de Lidia promovió la construcción del Artemisión, financiado mediante suscripción pública con el dinero donado por los propios efesios. Pero su proverbial magnificencia no fue óbice para su repentina destrucción.

Apenas se conservan datos sobre la vida de Eróstrato, con la excepción de sus agónicas horas finales. Poco después del incendio, Eróstrato fue arrestado y sometido a tormento. Entre insoportables dolores, confesó haber cometido su crimen con el único propósito de obtener fama imperecedera, quién sabe si oprimido por el abrumador peso de su insignificancia. Tras su ejecución, los efesios, no contentos con la muerte del profanador, emitieron un decreto extraordinario por el que se prohibió mencionar su nombre en lo que constituyó un vano intento por que su recuerdo quedara proscrito. El primero en infringir esta norma fue el historiador Teopompo de Quíos, contemporáneo a los acontecimientos, que dejó constancia de lo sucedido sin omitir la identidad del incendiario.

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Curiosidades de la Alquimia

'El Alquimista', de David Teniers el Joven |

«Nuestra sociedad ha llegado a un momento en que ya no adora al becerro de oro,

 sino al oro del becerro».

Antonio Gala

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Una civilización en harapos. Del vestirse como una de las bellas artes

Aurelio Campal cosiendo en la sastrería Hermanos Campal (Nava-Asturias). | Alex Zapico

Empeñada en reducir toda su creatividad al afán de medir y de contar, nuestra civilización permanece ciega ante un hecho ético y estético fundamental como es el de vestirse. Para muchas personas, el día no comienza como oportunidad para el ejercicio de los sentidos, como ocasión para el despliegue de una saludable vanidad que les arrime un poco de optimismo para afrontar las rutinas cotidianas. Por el contrario, como escribe Allison Laurie, «la tarea diaria de elegir la ropa que se van a poner es tediosa, opresiva o incluso espantosa».

Esta desgana generalizada se ha convertido en uno de los signos definitorios de nuestro tiempo. Pocos están por la labor del mínimo esfuerzo que no prometa una recompensa práctica inmediata. Incluso parece haber un cierto regocijo en el rechazo a la reflexión simbólica de las ropas que usamos. Lo lamentable no es la ausencia de coherencia o de unidad, de armonía o de sensibilidad, sino la deliberada delectación de vivir en un «vacío estético», no tener la sensación de estar perdiéndonos una vida más elevada (Scruton).

Como en tantos órdenes de la vida social, en la vestimenta masculina se ha impuesto un espíritu de masa que ha lastrado el libre vuelo de la personalidad. Ahora, basta con ser famoso y más moderno que nadie para atraer legiones de admiradores que aceptan sin grandes cuestionamientos la reproducción de cualquier monstruosidad. Imitando los aullidos visuales que han tomado prestados de los ídolos del espectáculo, los jóvenes, y los no tan jóvenes, han renunciado a un cultivo de sí que no cede fácilmente a las sensaciones del último grito ni a las consignas sin ton ni son lanzadas por el último influencer. Nada de autoconocimiento y estudio de las particularidades de nuestra geografía y nuestro carácter; lo que impera es el de siervo albedrio luterano a los mandamientos de los dioses de una moda fungible y antojadiza. ¿Para qué admirar a los hombres elegantes y de gusto apurado del pasado que permanecen como ejemplos al margen del tiempo y las modas? ¿Para qué dominar los códigos clásicos, los cortes, los tejidos, las teorías sobre los colores, las reglas de la composición, ahora que por fin nos hemos liberado de todas esos engorros y las combinaciones imposibles multiplican los seguidores en las redes sociales?

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El espíritu de la tierra: un acercamiento a Jim Harrison

El escritor Jim Harrison. | ANDY ANDERSON

Hace unos cuantos años me encontré en una librería de viejo con una novela titulada De vuelta a casa ( The Road Home) de un tal Jim Harrison. Hasta ese momento no sabía yo nada de ese escritor ni de ese libro, pero la imagen de unas botas gastadas que aparecía en la portada de la edición de Muchnik y que evocaba amplias praderas y avezados vaqueros contemplando atardeceres atrajo mi atención igual que las cerezas de la huerta atraen a los mirlos.

Luego, al ojear la contraportada, descubrí que Jim Harrison era el autor de un relato largo que había sido llevado al cine y que durante algún tiempo se había convertido en una película de éxito protagonizada, entre otros, por Brad Pitt y Anthony Hopkins. Aquel largometraje tuvo por título en este país Leyendas de pasión. Se conoce que Leyendas de Otoño ( Legends of the Fall), título original de la obra de Harrison, y que desde luego me parece bastante más acertado y sugerente, no era lo suficientemente comercial y atractivo para los distribuidores españoles o para quien demonios acostumbre a cambiar los títulos de las películas foráneas de modo tan pedestre.

Supongo que en un principio la relación recién descubierta del autor desconocido con esa película me decidió a adquirir el libro, dada mi antigua querencia cinematográfica por el western.

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Gaming disorder: adicción a los videojuegos

Todas las adicciones tienen algo en común: falta de control sobre la conducta problema. | Pexels

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido abordar finalmente una problemática social de gran índole como es la adicción a los videojuegos (Gaming Disorder). Desde enero de este año, la podemos encontrar en su web, integrada en la lista internacional de enfermedades y problemas relacionados.

  La adicción a los videojuegos era un grito en el cielo que una parte de la Psicología venía lanzando desde hace tiempo. Sin embargo, desde la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), una parte de los teóricos no termina de ver en ello una adicción. No vamos a ahondar aquí en por qué considero que sí es una adicción pero, para entender mejor la situación, tengamos en cuenta el cambio de paradigma social en el que nos encontramos.

Lo más destacable es el cambio del mundo analógico al digital. Estamos en la era de internet, de las comunicaciones, en los albores de la realidad virtual, de la inteligencia artificial, de la robótica, etc. La tecnología se ha convertido en nuestro mejor aliado para la vida diaria. Nos comunica con familiares lejanos, personas a quienes no conocemos pero tienen nuestros mismos gustos, o con clientes internacionales, etc. En definitiva, con personas a las que no podríamos conocer físicamente.

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La canción de Luanda

Mujeres de Luanda. | Helena Torre

Tú eres yo, o yo soy tú. Depende desde que lado del Atlántico mires. En un pasado lejano, o en un futuro incierto, tú y yo nos encontraremos. Seremos uno.

Dominamos con fuerza desde la fortaleza de San Miguel. Cálidos pero guerreros. Ritmos ovimbundus y bakongos recorren la brisa trayendo buenas nuevas. Paulo Dias de Novais nos dio la vida. Ha sido un camino largo hasta convertirnos en el París de África.

Nadamos en el río Kwanza. Nos ahogamos, perdemos fuerza. La independencia nos dejó una cicatriz que cuesta mirar; Europa nos ha abandonado. Necesitamos conocimientos y manos mañosas. ¿Podemos hacerlo?

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El cine al servicio del nacionalismo español

La prima Angélica (Carlos Saura, 1973).

El cine fue el principal protagonista de la cultura de masas del siglo XX, un medio con un poder de difusión enorme, cuya capacidad de persuasión emocional y facilidad para construir mitos hizo que resultara muy atractivo para legitimar todo tipo de discursos; entre ellos, los nacionalistas.

La dictadura franquista utilizó el cine para promover un discurso nacionalista edificado sobre la patria, el catolicismo, los valores militares y su interpretación de la Guerra Civil como elemento fundacional del régimen. Y promovió ese discurso por medio de la censura y las subvenciones. Un documentado análisis de esos mecanismos y de sus resultados se encuentra en el libro El cine al servicio de la nación (1939-1975) (Marcial Pons, 2016), escrito por la investigadora Gabriela Viadero.

El análisis que lleva a cabo Viadero –cuyos patrones se pueden rastrear en cualquier cinematografía nacional– se inscribe en un marco teórico en el que la idea de nación es concebida como una construcción artificial: una nación se crea cuando una identidad colectiva se atribuye la soberanía sobre un territorio. El objetivo del discurso nacionalista es legitimar históricamente una identidad política actual, demostrar que la esencia de la nación ha permanecido inalterada desde el tiempo más remoto posible.

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