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Salem

Hay una antigua colonia británica cerca de Boston llamada Salem. Se divisa desde el ferry, perdida entre la bruma de la lejanía como una aparición fantasmal. Hermosas casas, verdes praderas y gentes amables te dan la bienvenida cuando pisas la ciudad por primera vez. Cada esquina tiene encanto colonial, y en cada tienda encuentras tiernos recuerdos que te hacen sentir bien acogida. La calle Essex une los diferentes lugares de interés de la ciudad como un intrincado esqueleto, y los teatrillos callejeros te visten del espíritu del pueblo. Hay museos, parques y lugares de visita obligada que te hacen un vívido recorrido por el pasado. 

Niños jugando en el parque, familias de paseo, persianas bajadas al anochecer, algún ladrido en lontananza.

Como una ciudad más. Como si nunca ocurriese nada en Salem. 

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1280 almas y un autor

Jim Thomson. | ruceni.info

‘’Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas; pero, en realidad, solo existe una trama. Las cosas nunca son lo que parecen’’.

Jim Thompson.

Bienvenidos a Pottsville

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Loot boxes: ¿Tragaperras para niños?

Tragaperras. | Pixabay

¿Qué es una loot box?

Una loot box es un cofre virtual, que otorga al jugador una recompensa o ventaja en el juego. Puede tratarse de algo estético (una skin/ traje para un personaje, un pack de voces, iconos, etc.) o algo funcional, que sí afectará a su rendimiento virtual (potenciadores de experiencia, armas, nuevos personajes, etc.).

Estas loot box pueden ser entregadas al jugador como una recompensa por su juego, o bien compradas en una tienda virtual. Sus premios suelen tener un componente de aleatoriedad: los jugadores, en la mayoría de casos, no saben cuál va a ser la recompensa exacta. Puede ser desde algo con mucho valor dentro del juego, a premios de menor interés.

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José Lamarca: "Para mí, el gran paisaje es la persona"

El fotografo argentino José Lamarca. | JAVIER VILA

A diferencia de lo que ocurre en otras manifestaciones artísticas, en las que resulta sencillo relacionar la obra con el autor, con la fotografía sucede que, aunque hay imágenes grabadas a fuego en nuestras retinas, casi nunca somos capaces de nombrar a su autor. José Lamarca (Buenos Aires, 1939) quizás no sea un nombre muy conocido por el gran público, pero resulta ser el responsable de muchas de las imágenes icónicas de las grandes leyendas del flamenco, como Paco de Lucía o Camarón de la Isla, imágenes que forman parte de la memoria visual de muchas personas.

De origen argentino, lleva viviendo en España más de cuarenta años, tiempo en el que ha podido seguir desarrollando su trabajo, siempre ligado al mundo del espectáculo y las artes escénicas. Acompañó, sin ir más lejos, a Antonio Gades en el Ballet Nacional; también a Adolfo Marsillach en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Por otro lado, cuenta con un amplio bagaje como fotógrafo social, labor que desarrolló principalmente en Argentina de la mano de las organizaciones sindicales de aquel país, relación que, en buena medida, le condujo al exilio.

Nos encontramos en su estudio acompañados de Javier Vila, quien se encarga de hacer las fotos para esta entrevista, y de Maxi del Campo, también fotógrafo, quien trae unas muestras de la fotógrafa polaca Margot Sowinska para que Pepe las valore. El lugar es agradable, con un ambiente cálido y una luz natural que se cuela por las ventanas de arriba. Hay tiempo para todo, hablamos de su trayectoria, de cómo llegó a España, de los distintos trabajos que ha hecho y de la situación actual de la fotografía. Su estilo es ligero, didáctico, tanto que, cada poco, Pepe se interrumpe, se acerca a alguna de las estanterías y comienza a sacar libros y catálogos para apoyar algunas de sus reflexiones. Me pide que le corte si se enrolla mucho; le digo que he venido para que se enrolle. Adelante, pues.

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Maldivas #livingthelife"

Maldivas. | HELENA TORRE

«Hola a todos, me llamo Marco y, al igual que la mayoría de los que me estáis leyendo, pensaba que era feliz. Vivía en Roma con mi mejor amigo, tenía un trabajo con un sueldo decente, coche, amigos con los que salir y jugar a los videojuegos, chicas interesantes a las que conocer… Sabía que podía estar mucho peor, y me sentía afortunado. 

Entonces algo pasó. Era sábado y estaba en un restaurante con cinco amigos, charlando de temas triviales. Llegó el camarero con la comida y cinco móviles se alzaron sobre la mesa. Clicks seguidos de minutos de silencio mientras editaban y colgaban sus fotos. ¿Has vivido alguno de esos momentos en los que sientes que sales de tu cuerpo? Es como si te vieras a ti mismo desde fuera. Y lo que vi casi me hizo reír: ahí estaba yo, con 32 años, sentado en una mesa llena de gente que en vez de saborear su comida le hacía fotos para que otros pudiesen ver las delicias que estaban disfrutando. Ni siquiera las habían probado aún. 

Esa noche fumé, bebí, y repasé como un maniaco mi Instagram, mi Twitter, mi Facebook, mis mensajes, mis emails… Y no me reconocí. Sí, era un afortunado porque tenía calidad de vida, pero había normalizado cosas que no deberían estar ahí: ese vacío que me atacaba cuando estaba solo, ese no sentirme suficiente, esa necesidad constante de compararme a los demás a sabiendas de que me iba a sentir como un perdedor. Mi ocio se había convertido en venderme como un producto deseable, y sólo me sentía plenamente bien con esa energía que me recorría cada vez que recibía un “like”, una aprobación. 

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La fuente parisina

Pueblos, cuyos rugidos han hecho temblar tantas veces a vuestros amos, ¿ a qué esperáis?  ¿ Para qué momento reserváis los adoquines que pavimentan vuestras calles. Arrancadlos

Denis Diderot

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El imperio persa: dos realidades

Fotos: Helena Torre

Persépolis, cerca de la ciudad de Shiraz. Hace mucho calor y la gente busca cualquier sombra para cobijarse. No son muchas personas. Este monumental complejo que antaño fuera capital del gran imperio persa se encuentra en un terreno montañoso de difícil acceso. Palacios, estatuas y tumbas a mi alrededor, aun después del incendio que sufrieron en tiempos de Alejandro Magno te cuentan una historia trepidante: la del gran poder aqueménida persa.

Sentada enfrente de la llamada «Escalera Este de la Adapana», contemplo la talla de sus piedras; en muchos aspectos, representa un antes y un después en la historia que nos atañe. Llevo diez días recorriendo las tierras cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la historia, los elamitas, que junto a los babilonios y asirios dominaron el milenio a.C. Tras siglos de dominio asirio y medo, un noble de la familia aqueménida, Ciro I, los sometió, unificando a los persas y conquistando Babilonia, Siria, Asia Menor y el levante mediterráneo. Y su sucesor, Cambises, continuaría con la conquista, conformando el mayor imperio de Próximo Oriente.

Y llegó Darío I, autor del monumento frente al que me encuentro; organizó el imperio a través de las satrapías, instauró el zoroastrismo como religión oficial y construyó palacios y monumentos en las dos capitales del imperio, Suso y Persépolis. Quiso alcanzar una gloria propia, distinta a la de su familia, y comenzó la construcción de este grandioso complejo palaciego, que sería continuado por sus sucesores Jerjes I y Artajerjes I.

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Fania: diez apuntes febriles y un retrato a navaja

Fania.

 I. LEYENDAS QUE NACEN A CAÑONAZOS 

En 1964, Nueva York se había convertido a todos los efectos en aquella “Tierra De Las Mil Danzas” que Chris Kenner describía con dulce elocuencia en su canción. Santos o -con mayor frecuencia- pecadores, una abigarrada colección de músicos e intermediarios diletantes en busca de dinero, fama y estatus, con lanzamientos discográficos cada vez más promiscuos en la mezcla de los heterogéneos sonidos que nutrían a la Big Apple por aquel entonces. También en Spanish Harlem, ese lugar cuasi-mitológico que hemos dado en llamar El Barrio, los emigrantes caribeños de primera generación entraban en  competición con una explosiva combinación entre sus ricas raíces en el folklore afro-latino, puesto al día con sensibilidad modernista que a nada hacía ascos, y la sencilla hibridación con los ritmos imperantes en el gueto “de enfrente”, el R&B urbano de post-guerra y su miríada de subgéneros, incluidos los temas  crossover con un baile específico asociado; una aportación decisiva para que la exuberante propuesta nuyoricana se hiciera visible y creciera como estaba a punto de hacer.

En medio de toda esa actividad, Johnny Pacheco, un flautista dominicano con problemas para cobrar los royalties de sus exitosas sesiones charangueras para Al Santiago en Alegre Records, recurrió para gestionar un divorcio peliagudo al joven abogado  que había conocido en La Habana unos años antes: Jerry Masucci, un enamorado de la música cubana deseoso de entrar en el negocio musical,  logró solventar la situación marital satisfactoriamente a favor de Pacheco, y juntos empezaron a diseñar la que habría de convertirse en la etiqueta de referencia en su campo durante unos cuantos lustros, concebida originalmente como un hogar seguro para los jóvenes leones de la escena latina, hartos ya de los manejos de los sellos consolidados y el racismo, insidioso y cotidiano, que padecían en su condición de recién llegados a una industria con acentuada inclinación a explotar su comparativa debilidad frente al mainstream. Con esas ideas en mente, Masucci y Pacheco se fueron rodeando de un núcleo de cómplices musicales en su misma onda, artistas de un talento especial y una más que notable ambición: así, Bobby Valentin, bajista virtuoso e imaginativo arreglista, y el brillante pianista de origen judío Larry Harlow, estaban ya a bordo del proyecto para cuando los fundadores consiguieron reunir los 2.500 dolares que financiarían la grabación del primer larga duración del nuevo sello. Aquel El Cañonazo, disco firmado por Johnny Pacheco, incluía un tema titulado “Fania Funché” que iba a dar nombre definitivo (“nos pareció que sonaba bien en español y en inglés”, recordaba Pacheco) a una aventura que arrancaba llena de incertidumbres, aunque alimentada por una fórmula que finalmente se demostraría ganadora.

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Eróstrato, entre el fuego y la memoria

Fuego (1566) - Giuseppe Arcimboldo.

En el año 356 a.n.e., el gran Templo de Artemisa, orgullo de la ciudad jonia de Éfeso, fue pasto de las llamas ante el estupor y la impotencia de cuantos lo veneraban. El fuego iluminó el cielo nocturno hasta su extinción entre las ruinas del recinto sagrado, patético legado de una gloria efímera. Tan memorable infortunio no fue consecuencia de un desastre natural ni de uno de los innumerables conflictos bélicos que asolaron el mundo antiguo. Su perpetrador fue un solo hombre, un humilde pastor llamado Eróstrato, cuya infamia sería su mejor aval para la posteridad.

Artemisa era la divinidad protectora de Éfeso, una próspera urbe de Asia Menor localizada junto a la desembocadura del Meandro, a orillas del Mar Egeo. De acuerdo con el mito, la fundación de la ciudad había sido obra de las amazonas, el legendario pueblo de mujeres guerreras. El culto a la diosa se hundía en los orígenes mismos de este enclave, que desde tiempos inmemoriales contó con un templo consagrado a su figura como deidad primordial. Sin embargo, no fue sino a comienzos del siglo VI a.n.e cuando el rey Creso de Lidia promovió la construcción del Artemisión, financiado mediante suscripción pública con el dinero donado por los propios efesios. Pero su proverbial magnificencia no fue óbice para su repentina destrucción.

Apenas se conservan datos sobre la vida de Eróstrato, con la excepción de sus agónicas horas finales. Poco después del incendio, Eróstrato fue arrestado y sometido a tormento. Entre insoportables dolores, confesó haber cometido su crimen con el único propósito de obtener fama imperecedera, quién sabe si oprimido por el abrumador peso de su insignificancia. Tras su ejecución, los efesios, no contentos con la muerte del profanador, emitieron un decreto extraordinario por el que se prohibió mencionar su nombre en lo que constituyó un vano intento por que su recuerdo quedara proscrito. El primero en infringir esta norma fue el historiador Teopompo de Quíos, contemporáneo a los acontecimientos, que dejó constancia de lo sucedido sin omitir la identidad del incendiario.

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Curiosidades de la Alquimia

'El Alquimista', de David Teniers el Joven |

«Nuestra sociedad ha llegado a un momento en que ya no adora al becerro de oro,

 sino al oro del becerro».

Antonio Gala

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