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Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte

Ángel Alonso. | MARTA LÓPEZ

Es la historia de un hombre que quería estar solo. Que buscaba la soledad, que se alimentaba de ella. Pintaba el color y la luz, en una casa en el campo adonde no llegaban noticias del país del que había desistido mucho tiempo atrás, cuando cruzó la frontera. Ángel Alonso era un artista emparentado con la filosofía. En una ocasión dijo: "Haz de la fealdad tu desafío". Y también: "Necesitamos otros sentimientos que no sean el miedo, el amor, la violencia y la belleza".

De ese abanico se sentimientos posibles donde el arte debía encontrar un camino Alonso escogió la soledad. Se lo explicó a María Zambrano en una carta en la que exponía su deseo de renunciar a la nacionalidad española. La filósofa le contestó: "Quieres abrazarte a la soledad, apurar la soledad en que España nos deja, sin mezcla, sin paliativos. Soledad es amor".

Ángel Alonso, nacido en Laredo en 1923, se encontró con la guerra siendo un adolescente. En el orden roto de los frentes de batalla, las trincheras, la retaguardia, los héroes, los traidores y los espías, fue detenido tras la caída de Bilbao y condenado a muerte por el ejército franquista. Su familia presentó una petición de clemencia -Alonso tenía dieciséis años- que fue aceptada. Regresó a casa pero unos meses después fue arrestado por negarse a cumplir el servicio militar. Lo acusaron de desertor y lo deportaron a Fuerteventura.

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Leonora Carrington, la última surrealista

Ilustración de Leonora Carrington. | CLAUDIA BARROS

En las pinturas de Leonora Carrington hay figuras grotescas, aquelarres, animales antropomorfos, laberintos, licántropos, cadáveres, sombras, cielos estrellados, magnetismo. Tomemos, por ejemplo, The Temptation of St. Anthony, su obra más cara, subastada por la casa Sothebys en 2014 por 2.629.000 euros. La pintura se basa en un cuadro del mismo título de Hyeronimus Bosch, El Bosco, y muestra en primer término a una figura envuelta en ropajes blancos, con manos y pies diminutos, sin cabeza; en el regazo cóncavo de la figura tres ancianos de larga barba contenidos dentro de sí mismos como muñecas rusas observan el curso de un río que un hombre arrodillado vierte desde un ánfora romana. La escena se completa con un rebaño de ovejas, un cerdo tendido a los pies del santo, cinco mujeres que extienden el velo de una sexta mujer que toca una trompeta retorcida y una misteriosa figura vestida de rojo que remueve un caldero que burbujea.

En una época, los años treinta del siglo XX, en la que el surrealismo se convirtió en una corriente de vanguardia reconocible  -relojes fundidos, hombres con cabeza de manzana, cosmologías delirantes- muchos se preguntaban de dónde sacaba Carrington unas imágenes tan perturbadoras. André Bretón tenía una teoría: consideraba a Carrington una embajadora de otro mundo, una bruja y una profetisa, alguien que había estado al otro lado y regresaba para desvelar paisajes secretos y criaturas terribles.

Leonora Carrington nació en Lancashire en 1917, un año antes de la firma del armisticio de la Primera Guerra Mundial. De su familia dijo, en una entrevista publicada en El País en 1993: "Mi padre, protestante, era un hombre de negocios, y mi madre, católica, era hija de un médico rural y pintaba cajas de galletas para el ropero de la iglesia. En ese ambiente me crié. Yo ya dibujaba caballos de niña, y me salí, pese a la oposición de mi casa, con la mía. Al final estudié arte".

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Luis Quintanilla, el republicano que pintó los otros Guernicas

Ilustración del artista Luis Quintanilla. | Dani Fernández.

En 1912 se instaló en Montmartre para hacerse pintor. Alquiló un estudio y se presentó a los vecinos: Luis Quintanilla Isasi, de Santander. Tenía 19 años. Miraba a su alrededor y veía el lugar exacto en el momento adecuado. Había llegado a Francia escapando de una vida que no le pertenecía: era un niño de 1893 nacido en una familia acomodada que lo quería abogado y respetable; para esquivar los estudios de Derecho se matriculó en la Escuela de Naútica, que no terminó.

París, entonces, era una fiesta que hacía justicia a los recuerdos de juventud de quienes sobrevivieron para escribir sus memorias. En los callejones bullía una ciudad despreocupada y alegre que nunca fruncía el ceño. Era el París cubista que preparaba una revolución en vísperas de la Gran Guerra. En los cafés los pintores alternaban con espías, prostitutas y escritores modernistas. Quintanilla se infiltró en el ambiente de la mano de Juan Gris y durante un tiempo sobrevivió como boxeador, hasta que alguien le convenció de que los golpes en la cabeza afectan al pulso y desorientan el pincel.

Conoció a Modigliani, a Degas, a Chagall. Aprendió nuevas formas de mirar. Viajó a Alemania para estudiar la obra de los maestros expresionistas y completó una formación sólida que le ayudaría a cruzar las siguientes décadas como un pintor cotizado. Pero entonces mataron a un archiduque en Sarajevo y se abrieron las trincheras. Los soldados marchaban al frente, Europa se preparaba para la guerra. Quintanilla regresó a España. Había civilizado su talento natural, se había convertido en pintor.

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Juanín, el guerrillero antifranquista que resistió en el monte

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Ilustración de Juan Fernández Ayala. | MIGUEL MENOCAL

Nació en Potes, en 1917, un niño como tantos, un niño de la pobreza, empezó a trabajar a los once años, la vida entonces era un lugar desapacible, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas en 1934, que no fue un año cualquiera, y en julio de 1936, días después del alzamiento militar, se inscribió como voluntario en el ejército de la República. Lo enviaron al frente, formó parte del Batallón Ochandía, se le recuerda valeroso, insistente, hay muchas formas de pelear las guerras y él supo siempre cuál era la suya, y en agosto de 1937, cuando Santander fue vencida, también él cayó, lo apresaron los enemigos victoriosos, que lo sentaron frente a un tribunal militar y lo condenaron a muerte. Se salvó porque su hermano era un camisa vieja de la Falange con los contactos necesarios para conmutar sentencias. Le cambiaron la muerte por doce años de prisión, cumplió cuatro y quedó en libertad con la condición de presentarse todas las semanas en el cuartel de la Guardia Civil para que le dieran una paliza, escapó, se echó al monte, se convirtió en algo parecido a un ser mitológico, una de esas criaturas extrañas que acechan en los bosques, que sobreviven desollando conejos y cuidan de los niños perdidos. Bastaba su nombre, y a los vencidos les brillaban los ojos, como si su nombre fuera una puerta de acceso al pasado, donde se seguía librando la guerra, donde la República iba ganando. Se llamaba Juan Fernández Ayala, pero nadie le llamaba Juan. Era y fue siempre Juanín, el último guerrillero, abatido por la Guardia Civil un miércoles de abril de 1957. En una escaramuza quedó convertido en memoria.

En el país franquista que fue España después de la Guerra Civil había tres opciones para los derrotados: la cárcel, el exilio o el monte. Juanín no dudó. No lo había hecho en 1936, cuando se enroló en el ejército republicano, y no lo hizo cuando salió de la cárcel. A través de un hombre llamado Pepe el Falangista, bien colocado en el régimen y, por los extraños caminos de la vida, también su hermano, consiguió trabajo en el Patronato de Regiones Devastadas. Se instaló en Potes. La Guardia Civil sospechaba que estaba en contacto con miembros del Socorro Internacional y aprovechando que las condiciones de su puesta en libertad le obligaban a presentarse en el cuartel una vez a la semana, lo torturaban un día de cada siete para sacarle información. Pero aquel hombre testarudo no daba nombres y un día de julio de 1943 se perdió en el bosque y cruzó las montañas hacia Asturias para unirse a la Brigada Machado, que no se llamaba así en honor del poeta sino en recuerdo de su impulsor, Ceferino Roiz alias Machado. Eran un grupo de hombres que se resistía a perder la guerra. En Europa todavía se luchaba y estaban convencidos de que una victoria aliada provocaría un cambio político en España. Creían que la suerte de Franco estaba unida a la de Hitler y que una vez que las potencias del Eje fueran derrotadas las democracias europeas restaurarían la República. En aquellos montañeros feroces había estrategia: había que mantener encendida la llama que prendería el fuego llegado el momento.

El tiempo pasó, pesado, caducifolio, terminó la Segunda Guerra Mundial y Franco seguía en El Pardo. En algún momento fantasearon con matarlo aprovechando las estancias del dictador en los Picos de Europa para pescar el campanu. Franco viajaba acompañado por las cámaras del No-Do mientras los hombres de la Machado trazaban posibles atentados. Pero la desgracia, cuando llega, llega para quedarse. Franco volvía ileso una y otra vez a Madrid y aquellos guerrilleros emboscados fueron cayendo uno a uno, en redadas, disparos por la espalda, algunos, con mejor estrella, consiguieron cruzar a Francia. Juanín regresó a Potes, a los bosques conocidos, el mundo empezaba a cambiar, la geopolítica se había vuelto pragmática, las democracias europeas, con un ojo en la Unión Soviética, no parecían incómodas con un dictador fascista en Madrid. Ya no había política, ni estrategia, solo quedaba la resistencia. Y eso hizo Juanín, resistir. Cambiaron los términos. Los guerrilleros se convirtieron en maquis. La palabra convocaba al silencio. Cortaba conversaciones, agitaba la respiración. Juanín fue en Potes mucho más que un nombre. La Guardia Civil, incapaz de capturarlo, recurría a la guerra sucia. Cualquier sospechoso de ayudar al maquis pasaba por los cuarteles. La habilidad para sobrevivir de Juanín se hizo legendaria. Catorce veces fue cercado y catorce veces escapó del cerco. Cuando bajaba al pueblo, de incógnito, dejaba pagado en el bar un café para la Guardia Civil con una nota: "Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones".

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María Sanz de Sautuola, la niña que descubrió Altamira

Ilustración de María Sanz de Sautuola | ANDREA FERNÁNDEZ DIEZ

Un día acompaña a Marcelino Sanz de Sautuola su hija María, chiquilla de nueve años. Mientras el padre examina unos utensilios que acaba de desenterrar, la niña corretea por la gruta. De pronto, levanta la mirada hacia lo alto de la cueva y grita:
"¡Papá, mira, toros pintados!"
(Kühn, H. 'El arte de la época glacial')

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Eulalio Ferrer, vivir para recordarlo

Ilustración de Eulalio Ferrer. | INMA VÍNEZ

1939. Eulalio Ferrer, a los 19 años, viste un uniforme de capitán del ejército de la República Española. Es el uniforme de un capitán derrotado. Un capitán imberbe y menudo. Su ciudad, Santander, ha sido tomada por las tropas franquistas. Madrid está a punto de caer. La República es un animal moribundo. Ferrer cruza la frontera. Atrás queda todo. Delante hay una carretera que se adentra en Francia. A través de ella marchan miles de republicanos españoles. La mayoría no volverá nunca.

1940. En México no hay guerra. En México no hay campos de prisioneros. En México los exiliados españoles recuperan el tiempo arrebatado, el pulso tranquilo de una tierra sin violencia. Eulalio Ferrer se instala en Oaxaca con sus padres y sus hermanas. Para ganarse la vida recita poemas de Machado y García Lorca. Le quedan los recuerdos de tres años de guerra, de un viaje en barco a través del océano intentando adivinar que hay detrás del futuro. En México no hay guerra, a partir de ahí se puede empezar a construir una vida.

1935. El periódico La Región publica el primer artículo de Eulalio Ferrer, un adolescente de 14 años. Su padre trabaja como tipógrafo y corrector, de ahí que el periodismo no le resulte ajeno. También el socialismo le viene de familia. Ferrer se compromete con la República y sella su destino. A los 16 años es nombrado secretario local de las Juventudes Socialistas de Santander, la sección del partido fundada por Bruno Alonso, diputado en Madrid. Sus últimos artículos en prensa publicados en España están escritos desde el frente de Burgos, a vista de trinchera de la derrota.

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Vicente Trueba, la pulga contra la montaña

Ilustración del ciclista cántabro Vicente Trueba. | Stéfano Obregón

Cuando los hombres no cargan sobre sí el peso de las expectativas se permiten hacer cosas increíbles. El año que Vicente Trueba ganó el premio de la Montaña del Tour de Francia nadie esperaba gran cosa de aquel cántabro diminuto que iba a hacer historia por las carreteras sinuosas que suben a las cumbres de los Alpes y los Pirineos. El ciclismo era entonces un deporte artesanal que indagaba en los límites de la resistencia humana. El Tour detenía Francia durante tres semanas. El público quería hazañas. Gloria, sí, pero arrancada con sufrimiento. El año era 1933. Los buscadores de gestas que siguieron la carrera durante aquel verano nunca olvidarían el nombre de Vicente Trueba.

Era hijo de labradores y había aprendido a montar en bicicleta con sus hermanos mayores. El ciclismo en su casa era natural, casi un paisaje: en Cantabria, a finales de los años veinte, no se disputaba una carrera sin un Trueba en el pelotón. La afición pasaba de un hermano al siguiente. Vicente nació en Sierrapando en 1905. Si una vida puede descomponerse en momentos también puede descomponerse en objetos: una bicicleta que costó quince duros, maciza, sin marca, que los hermanos utilizaban por turnos para ganar carreras y que pronto pasó a ser propiedad común del vecindario hasta que se fue desgastando y un día desapareció para siempre. Fue la primera bicicleta de muchas, el punto de partida de tanto.

Retrato: Vicente Trueba nació en Sierrapando en 1905. Se forjó como ciclista en las pruebas amateurs que se disputaban en Cantabria durante los años veinte. El Tour de Francia lo encumbró, en 1933, como uno de los mejores ciclistas de la historia de España.

Vicente Trueba nació en Sierrapando en 1905. Se forjó como ciclista en las pruebas amateurs que se disputaban en Cantabria durante los años veinte. El Tour de Francia lo encumbró, en 1933, como uno de los mejores ciclistas de la historia de España.

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Marcelino Menéndez Pelayo, contra la heterodoxia

Ilustración de Marcelino Menéndez Pelayo. |

Poseía una capacidad de trabajo inverosímil y una memoria extraordinaria. Cuando era niño los adultos le leían en voz alta las novelas por entregas del periódico y él repetía la lectura sin tropezar en una palabra. Con el tiempo llegó a poseer una biblioteca con más de 40.000 libros. Prefería a los poetas clásicos de Grecia y Roma y sufría porque aquellos hombres de la antigüedad habían muerto sin poder convertirse al cristianismo. Su padre lo sorprendió en una ocasión rezando por las almas de Horacio y Virgilio. Leía a todas horas.

Marcelino Menéndez Pelayo nació en la calle Alta de Santander en 1856 y fue tantas cosas que resulta temerario reducir su actividad a un único oficio. Fue historiador, traductor, filólogo, poeta, crítico literario, profesor, bibliotecario y político. Sus obras completas, publicadas en 1940, suman 65 volúmenes. Fue un hombre conservador. Un solitario con cierta inclinación a la misantropía que ocupó un lugar central en el pensamiento de su época y ejerció una profunda influencia en las posteriores.

La imagen del ermitaño recluido en una biblioteca con la que se asocia comúnmente a Menéndez Pelayo corresponde a sus últimos años de vida. En su juventud fue un estudiante de currículum impecable que no dudó en abandonar la ciudad donde había crecido para completar su formación en Barcelona y Madrid. Frecuentó tertulias, hizo amistades. Era un muchacho de provincias de aspecto tímido y formación liberal. No tardaría en abandonar aquellas ideas para unirse al movimiento neocatólico, una corriente ideológica conservadora y tradicionalista.

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Concepción Arenal, una revolucionaria feminista nacida en 1820

Ilustración de Concepción Arenal. | INMA VINEZ

Concepción Arenal tenía nueve años. Su padre acababa de morir en prisión. Cumplía condena por sus ideas liberales. Ángel del Arenal, miembro de una ilustre familia de Santander, fue un militar sobrevenido en la guerra contra los franceses. Como muchos de sus compañeros se opuso al absolutismo de Fernando VII y lo combatió con las armas. Fue derrotado. Sufrió la venganza del rey. Murió enfermo, solo, olvidado. Su familia abandonó Ferrol, donde Concepción había nacido en 1820, y se trasladó a Cantabria. María Concepción de Ponte era una viuda reciente, estricta, perteneciente a una influyente familia gallega. Se instaló con sus tres hijas en Armaño. Una aldea pequeña, en el valle de Liébana. Tierra de adolescencia para Concepción Arenal, que sufre otra pérdida: su hermana menor muere en 1830. Cinco años después la familia abandona la aldea y se traslada a Madrid.

Concepción Arenal no olvidará a su padre, no olvidará el valle de Liébana. Es una joven inquieta. La ciudad le asfixia. Vuelve la vista atrás. Quiere regresar. Pero ya ha aprendido que las pérdidas son permanentes. Tiene quince años. Una curiosidad interminable. Devoción por los libros. Aprende francés e italiano por su cuenta. Quiere estudiar. Su madre está de acuerdo. Pero sus ideas divergen. María Concepción de Ponte matricula a sus hijas como externas en el colegio de Tepa. El programa de estudios del centro es sencillo: consiste en enseñar a niñas de familias bien a comportarse en sociedad. Concepción Arenal, decepcionada, aprende filosofía y ciencias a solas en libros que rescata de bibliotecas familiares perdidas. La distancia que la separa de su madre es inmensa. No solo forman parte de generaciones distintas, están situadas en siglos opuestos.

En 1840 Concepción Arenal regresa a Liébana para cuidar a su abuela enferma, que agoniza. En Cantabria recupera el recuerdo del padre. La opresión materna se alivia. Toma una decisión. Preconfigura su legado: en adelante seguirá el camino que ha elegido, a pesar de todo y de todos. La fatalidad, o el destino, dan el visto bueno a su decisión. Su abuela muere dejándole en herencia todos los bienes de la familia. Un año después, de manera repentina, muere su madre. Concepción Arenal tiene 21 años, una resolución en mente, los medios necesarios, la voluntad.

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José Hierro, poeta del Cantábrico

Ilustración de José Hierro. | JONATHAN PUENTE

Ramos frescos de espuma... Barcas

soñolientas y vagas... Niños

rebañando la miel poniente

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