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Rafael Barrett, el anarquista errante

Rafael Barrett nació en Torrelavega, de padre inglés y madre española. Se educó en Francia y en Madrid, donde fue conocido por su carácter pendenciero y bohemio.

Yo sé que huiré al confín de la tierra, buscando corazones sencillos y nobles, y que allí, como siempre, habrá una mano sin cuerpo que me apuñale por la espalda.

(Rafael Barrett)

Contrajo la tuberculosis en 1906 y murió en 1910. En ese breve lapso de cuatro años compuso la mayor parte de una obra fecunda en muertes imprevistas y asumidas. En sus cuentos breves trazó biografías completas de seres prendidos a una prosa como la atmósfera de un sueño. En diálogos de fiebre alta hizo conversar a reyes y a desheredados, a enamorados y a huérfanos. Fue el primer modernista del Cono Sur y quién sabe si también el primer anarquista. O quizá el último.

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Elena Quiroga, de la piel para dentro

Ilustración de Elena Quiroga. | Ana Hoyos

«Elena Quiroga llega a la Academia con el precioso bagaje de una producción novelesca extensa y de muy subido valor. Con un arte muy consciente de sí mismo. Con una generosidad humana vertida con preferencia sobre los humildes. Con un dominio del idioma que garantiza su eficacia como colaboradora en los trabajos de la Academia».

Rafael Lapesa

 El 8 de abril de 1984 Elena Quiroga entró en el edificio de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón a minúscula. Fue la segunda mujer en atravesar el espinoso camino hacia la institución. Antes que ella, en 1979, lo había hecho Carmen Conde. Después lo hicieron otras. Quiroga recibió las felicitaciones de los académicos y leyó un discurso sobre Álvaro Cunqueiro. A medida que leía erosionaba un muro de prejuicios.

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María Luisa Gómez Pelayo, la aristócrata que dirigió un hospital

Ilustración de María Luisa López de Pelayo | Alexandra San Juan

Después de penosa y larga enfermedad, sobrellevada con ejemplar resignación cristiana, ha muerto en Madrid, como consecuencia de un colapso, la ilustre dama montañesa doña María Luisa Gómez Pelayo, marquesa de Valdecilla. En el momento de morir le acompañaba su marido, D. Eugenio Rodríguez Pascual. Con su desaparición pierde la sociedad española una figura característica por su caridad escondida y generosa. Su nombre está ligado a una de las mejores instituciones benéficas: la Casa de Salud Valdecilla, de la que…

La cursiva pertenece a la necrológica publicada por el diario ABC el miércoles 4 de abril de 1951. Como todo obituario utiliza eufemismos -penosa y larga enfermedad- y sintagmas de molde -ejemplar resignación cristiana- para apuntar los motivos por los que la sociedad debe sentir la pérdida de la difunta -su caridad escondida y generosa- y señalar a continuación su obra magna: la Casa de Salud Valdecilla de Santander, un hospital que se adelantó en varias décadas a su país.

María Luisa Gómez Pelayo, marquesa de Pelayo y sobrina del marqués de Valdecilla, es recordada por su contribución a la puesta en marcha de la Casa de Salud Valdecilla. En la fotografía, en una página del semanario Gran Mundo.

María Luisa Gómez Pelayo, marquesa de Pelayo y sobrina del marqués de Valdecilla, es recordada por su contribución a la puesta en marcha de la Casa de Salud Valdecilla. En la fotografía, en una página del semanario Gran Mundo.

La vida de María Luis Gómez Pelayo Zubeldio y de la Torriente, nacida en Santander en 1870, no puede entenderse sin el centro médico que contribuyó a fundar junto a su tío, el marqués de Valdecilla, a principios de los años 30 del siglo XX. La historia está ligada a una fortuna de indiano en América pero también a la epidemia de gripe española de 1918 que evidenció las carencias del antiguo hospital de San Rafael. La sociedad santanderina exigía un nuevo hospital y en esa tierra de nadie que son las demandas populares insatisfechas -ni la diputación ni la burguesía local encontraban fondos para acometer la empresa- emergió Ramón González de la Torriente, que se ofreció a financiar el proyecto a cambio del control sobre el mismo.

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Todas las vidas de Buenaventura Rodríguez Parets

Ilustración de Buenaventura Rodríguez Parets. | MAC MAGEX

A ciertas personas no les basta una vida. Ciertas personas son como un eclipse: se ocultan, reaparecen, y cuando reaparecen no son del todo las mismas personas, un velo los opaca y entonces nos preguntamos si no fueron siempre una máscara. Buenaventura Rodríguez Parets nació en Cienfuegos, Cuba, en 1860. Cuba era entonces una colonia española, una isla de maíz, tabaco y caña de azúcar en posesión de unas pocas familias de la metrópoli.

Rodríguez Parets pertenecía a una de aquellas familias de emigrantes que se establecieron en América dejando al otro lado del océano una vida sin incentivos, hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico requeridos por la ambición. ¿Qué lleva a un hombre, a una mujer, a navegar durante meses hacia el oeste, lejos de la tierra donde ha sepultado a sus muertos? El dinero, los sueños, la apuesta contra la fortuna para ser como aquellos que se marcharon y regresaron ricos y satisfechos. Los llamaban indianos. Se convirtieron en arquetipo. Casi héroes literarios. Negociantes de éxito.

El padre de Buenaventura Rodríguez Parets regentaba en Cienfuegos un comercio al por menor. Era una vida cómoda, feliz, una de esas vidas que en las novelas decimonónicas rompen en tragedia en el capítulo cuarto cuando un suceso imprevisto altera para siempre la vida de los protagonistas. En la familia Rodríguez Parets sucedió el cólera, que se llevó a la madre en 1870. Buenaventura tenía diez años. Su padre, demasiado viudo para ocuparse al mismo tiempo de sus hijos y sus negocios lo envió a España junto a su hermano Manuel.

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Leonardo Rucabado, arquitecto de la Montaña

Ilustración del arquitecto Leonardo Rucabado. | EDGAR MIRONES FERNÁNDEZ

La gripe española mató a casi 40 millones de personas en 1918. Fue la pandemia más mortífera de la historia de la humanidad. Y no se originó en España. Pero en plena I Guerra Mundial los periódicos españoles fueron los únicos que publicaron informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, de ahí el nombre con el que pasó a la historia en los registros internacionales. Se cree que se propagó desde China y tocó Europa en Francia, desde donde pasó a España, uno de los países más afectados, con ocho millones de infectados y cerca de 300.000 muertes. Una de las víctimas fue el arquitecto cántabro Leonardo Rucabado, que sucumbió el 11 de noviembre de 1918.

Cuando se encontró con la enfermedad Rucabado tenía 43 años y un buen número de proyectos entre manos. Nunca llegó a ver terminada, por ejemplo, la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, su obra más representativa, finalizada en 1923. En la inauguración, presidida por Alfonso XIII, faltó el hombre que para diseñar el edificio había buscado inspiración en los trabajos de otro cántabro, Juan de Herrera, jefe de obras y arquitecto de El Escorial, y en la arquitectura tradicional de Cantabria.

Rucabado pasó meses recorriendo la geografía de Cantabria, dibujando casonas, torres, viviendas rurales, caligrafiando con letra rápida de estudiante, inventariando ornamentos, detalles, matices en la piedra. En su juventud, recién salido de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, había apostado por el modernismo y el estilo inglés, deslumbrado por las obras de Gaudí y Berenguer. Pero un artículo de Domènech i Montaner titulado 'En busca de una arquitectura nacional' le hizo replantearse sus principios estéticos.

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Isabel Torres Salas, la farmacéutica que cambió para siempre los hospitales

Ilustración de Isabel Torres Salas. | NEIBY OWENS

En los años treinta del siglo XX la Casa de Salud de Valdecilla era uno de los hospitales más avanzados de España. La historia de su construcción está ligada a Ramón González de la Torriente, marqués de Valdecilla, un indiano que hizo su fortuna en Cuba con la venta de azúcar y regresó a Cantabria poco después de que la isla obtuviera su independencia. Como otros indianos, el marqués invirtió parte de su dinero en proyectos filantrópicos, fundamentalmente colegios y bibliotecas, siguiendo los principios regeneracionistas de la época.

En Santander la epidemia de gripe de 1918 había dejado en evidencia las carencias del antiguo hospital de San Rafael -hoy sede del Parlamento autonómico- y la necesidad de un nuevo hospital. En esa necesidad apareció el marqués, que aportó el capital necesario a cambio de hacerse con la dirección del proyecto. El arquitecto González Bringas diseñó el centro constreñido por los planos de un proyecto previo de 1918. Siguiendo el modelo europeo de principios de siglo construyó un edificio funcional mediante pabellones conectados entre sí en superficie y unidos a través de un túnel subterráneo. El doctor Wenceslao López Albo fue el primer director del centro, que se inauguró en 1929.

El proyecto nació sobre tres líneas maestras: la Escuela de Enfermería, la Biblioteca Marquesa de Pelayo y el Instituto Médico de Posgraduados, el corazón del hospital, un centro de vanguardia diseñado para cubrir dos frentes, investigación y docencia, que atrajo desde su puesta en marcha a los mejores profesionales en sus respectivos campos. La plantilla médica ofrecía diecisiete servicios y contaba con una única mujer, Isabel Torres Salas, doctora en Farmacia.

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Jesús Otero, el secreto arrancado a la piedra

Ilustración de Jesús Otero. | ANA ARRIOLA

Jesús Otero murió célibe el 23 de agosto de 1994 en la casa donde había vivido la mayor parte de los días de una vida de 86 años. La comitiva fúnebre solo tuvo que recorrer unas pocas calles para llegar a la Colegiata de Santillana del Mar, donde se celebró el funeral. Desde su viejo taller, con sus ojos sin pupilas, las esculturas lo vieron partir en silencio.

Renunció a París y a Madrid y se quedó en Santillana del Mar, donde encontró una cantera de piedra arenisca que le alejó de la tentación de alejarse. En los escudos heráldicos que adornaban las fachadas de sus vecinos aprendió que la piedra puede retorcerse como la rama de un árbol o gotear como un grifo abierto. Era un niño cuando sostuvo por primera vez un cincel contra la piedra sin forma. La escultura, dijo, fue siempre su única compañera.

En 1920 retrató a su familia siguiendo las enseñanzas de los capiteles de la Colegiata que tantas veces visitó con los ojos despiertos del estudiante autodidacta. Tenía 12 años -cuando unos meses antes de morir le preguntaron cuál era su pieza más querida señaló sin dudar a aquel relieve que conservó durante toda su vida y que contenía los rostros de sus padres, sus abuelos y sus hermanos- y una vocación que no lo abandonaría nunca.

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Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte

Ángel Alonso. | MARTA LÓPEZ

Es la historia de un hombre que quería estar solo. Que buscaba la soledad, que se alimentaba de ella. Pintaba el color y la luz, en una casa en el campo adonde no llegaban noticias del país del que había desistido mucho tiempo atrás, cuando cruzó la frontera. Ángel Alonso era un artista emparentado con la filosofía. En una ocasión dijo: "Haz de la fealdad tu desafío". Y también: "Necesitamos otros sentimientos que no sean el miedo, el amor, la violencia y la belleza".

De ese abanico se sentimientos posibles donde el arte debía encontrar un camino Alonso escogió la soledad. Se lo explicó a María Zambrano en una carta en la que exponía su deseo de renunciar a la nacionalidad española. La filósofa le contestó: "Quieres abrazarte a la soledad, apurar la soledad en que España nos deja, sin mezcla, sin paliativos. Soledad es amor".

Ángel Alonso, nacido en Laredo en 1923, se encontró con la guerra siendo un adolescente. En el orden roto de los frentes de batalla, las trincheras, la retaguardia, los héroes, los traidores y los espías, fue detenido tras la caída de Bilbao y condenado a muerte por el ejército franquista. Su familia presentó una petición de clemencia -Alonso tenía dieciséis años- que fue aceptada. Regresó a casa pero unos meses después fue arrestado por negarse a cumplir el servicio militar. Lo acusaron de desertor y lo deportaron a Fuerteventura.

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Leonora Carrington, la última surrealista

Ilustración de Leonora Carrington. | CLAUDIA BARROS

En las pinturas de Leonora Carrington hay figuras grotescas, aquelarres, animales antropomorfos, laberintos, licántropos, cadáveres, sombras, cielos estrellados, magnetismo. Tomemos, por ejemplo, The Temptation of St. Anthony, su obra más cara, subastada por la casa Sothebys en 2014 por 2.629.000 euros. La pintura se basa en un cuadro del mismo título de Hyeronimus Bosch, El Bosco, y muestra en primer término a una figura envuelta en ropajes blancos, con manos y pies diminutos, sin cabeza; en el regazo cóncavo de la figura tres ancianos de larga barba contenidos dentro de sí mismos como muñecas rusas observan el curso de un río que un hombre arrodillado vierte desde un ánfora romana. La escena se completa con un rebaño de ovejas, un cerdo tendido a los pies del santo, cinco mujeres que extienden el velo de una sexta mujer que toca una trompeta retorcida y una misteriosa figura vestida de rojo que remueve un caldero que burbujea.

En una época, los años treinta del siglo XX, en la que el surrealismo se convirtió en una corriente de vanguardia reconocible  -relojes fundidos, hombres con cabeza de manzana, cosmologías delirantes- muchos se preguntaban de dónde sacaba Carrington unas imágenes tan perturbadoras. André Bretón tenía una teoría: consideraba a Carrington una embajadora de otro mundo, una bruja y una profetisa, alguien que había estado al otro lado y regresaba para desvelar paisajes secretos y criaturas terribles.

Leonora Carrington nació en Lancashire en 1917, un año antes de la firma del armisticio de la Primera Guerra Mundial. De su familia dijo, en una entrevista publicada en El País en 1993: "Mi padre, protestante, era un hombre de negocios, y mi madre, católica, era hija de un médico rural y pintaba cajas de galletas para el ropero de la iglesia. En ese ambiente me crié. Yo ya dibujaba caballos de niña, y me salí, pese a la oposición de mi casa, con la mía. Al final estudié arte".

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Luis Quintanilla, el republicano que pintó los otros Guernicas

Ilustración del artista Luis Quintanilla. | Dani Fernández.

En 1912 se instaló en Montmartre para hacerse pintor. Alquiló un estudio y se presentó a los vecinos: Luis Quintanilla Isasi, de Santander. Tenía 19 años. Miraba a su alrededor y veía el lugar exacto en el momento adecuado. Había llegado a Francia escapando de una vida que no le pertenecía: era un niño de 1893 nacido en una familia acomodada que lo quería abogado y respetable; para esquivar los estudios de Derecho se matriculó en la Escuela de Naútica, que no terminó.

París, entonces, era una fiesta que hacía justicia a los recuerdos de juventud de quienes sobrevivieron para escribir sus memorias. En los callejones bullía una ciudad despreocupada y alegre que nunca fruncía el ceño. Era el París cubista que preparaba una revolución en vísperas de la Gran Guerra. En los cafés los pintores alternaban con espías, prostitutas y escritores modernistas. Quintanilla se infiltró en el ambiente de la mano de Juan Gris y durante un tiempo sobrevivió como boxeador, hasta que alguien le convenció de que los golpes en la cabeza afectan al pulso y desorientan el pincel.

Conoció a Modigliani, a Degas, a Chagall. Aprendió nuevas formas de mirar. Viajó a Alemania para estudiar la obra de los maestros expresionistas y completó una formación sólida que le ayudaría a cruzar las siguientes décadas como un pintor cotizado. Pero entonces mataron a un archiduque en Sarajevo y se abrieron las trincheras. Los soldados marchaban al frente, Europa se preparaba para la guerra. Quintanilla regresó a España. Había civilizado su talento natural, se había convertido en pintor.

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