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José Hierro, poeta del Cantábrico

Ilustración de José Hierro. | JONATHAN PUENTE

Ramos frescos de espuma... Barcas

soñolientas y vagas... Niños

rebañando la miel poniente

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Bruno Alonso, el sindicalista que proclamó la República

Ilustración de Bruno Alonso. |

En 1942 el vapor Nyassa zarpó desde Orán con destino a México cargado de republicanos españoles. Entre los miles de hombres y mujeres derrotados en la guerra viajaba Bruno Alonso, obrero y sindicalista, miembro de la UGT y del PSOE, fundador de las Juventudes Socialistas de Cantabria, el hombre que en abril de 1931, desde un balcón del edificio del Gobierno Civil, había proclamado en Santander la II República.

Como todos los exiliados, cargaba con un pasado desgarrador y afrontaba un futuro incierto. Tenía 55 años cuando se instaló en Ciudad de México, donde encontró empleo como lavaplatos. Cuando el patrón conoció su verdadera identidad le ofreció un trabajo menos penoso y un aumento de sueldo, pero Alonso se negó alegando que no podía aceptar ningún privilegio que no hubiera ganado con su propio esfuerzo.

Por este y otros motivos Bruno Alonso tuvo siempre, incluso entre sus enemigos, fama de hombre incorrompible. Se le consideraba un político honesto, con un profundo sentido de la ética que no perdió nunca. Había nacido en Siete Villas, Arnuero, en 1887. Su padre era un campesino que alternaba el campo con trabajos esporádicos como herrero. Cuando Alonso tenía dos años la familia se trasladó a Santander. Con 12 años entró como aprendiz en un taller metalúrgico. Ejercería el oficio durante 40  años en empresas como Corcho, Solvay y la Compañía de Ferrocarril del Norte.

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Ataúlfo Argenta, una historia sobre el talento

Ilustración de Ataúlfo Argenta. |

Ataúlfo Argenta (Castro Urdiales, 1913 - Los Molinos, 1958) era uno de los directores de orquesta más respetados de Europa en 1958. Dirigía la Orquesta Nacional de España y estaba a punto de trasladarse a Suiza para dirigir la Orquesta Suisse Romande, cuyo director, Ernest Ansermet, había propuesto personalmente a Argenta como su sustituto. Argenta estaba dispuesto a aceptar, cansado del aire triste de España, donde su figura resultaba incómoda. Se le acusaba de socialista y no se le perdonaban unas declaraciones en las que había afirmado que después de Falla ningún músico español había compuesto nada de interés. El 21 de enero Argenta planeó una cita con una de sus alumnas, la pianista Sylvie Mercier, en su casa de Los Molinos, en la sierra de Madrid. Argenta estaba casado, tenía cinco hijos y vocación de mujeriego. El invierno, en la montaña, es frío. Argenta y Mercer encendieron la estufa de la casa y se refugiaron en el garaje, dentro de un Austin A90 propiedad del músico, a la espera de que el fuego caldeara la casa. Dejaron el motor del coche en marcha y no tardaron en quedarse dormidos.

Argenta nació en Castro Urdiales en 1913. Su padre era el jefe de la estación de tren del pueblo. Una familia humilde, unos tiempos convulsos. En el Círculo Católico de Castro Urdiales entendieron rápidamente que el niño Argenta tenía una facilidad especial para la música. Fue un alumno precoz y brillante. Recibió clases de solfeo, de violín y piano, y ofreció sus primeros conciertos en salones repletos de pescadores, para los que siguió tocando y dirigiendo durante toda su vida, cuando regresaba al pueblo de su infancia.

En 1925 la familia se trasladó a Madrid. Argenta se matriculó en el Real Conservatorio, donde estudió bajo la supervisión del compositor Manuel Fernández Alberdi. El talento de Argenta se hizo visible en Madrid y no tardó en convertirse en el pianista más prometedor del conservatorio. La carrera del hijo del ferroviario marchaba en línea recta, sin desvíos a la vista. Entonces el ferroviario murió. Argenta era hijo único, tenía 17 años y se convirtió en la cabeza de una familia cuyo único miembro era una madre viuda. 

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Salvador Hedilla, una aventura en el cielo

Ilustración de Salvador Hedilla. | SARA FUENTES

En 1903 todavía no había añadido la hache a su apellido. Las fotografías de la época muestran a un hombre de ojos pequeños y bigote retorcido en las puntas que conduce coches que parecen animales prehistóricos. Se llamaba Salvador Edilla, vivía en Buenos Aires, trabajaba como mecánico en una compañía de ferrocarriles y acababa de abrir por su cuenta y riesgo uno de los primeros talleres de automóviles de Argentina.

En aquellos vehículos primitivos los neumáticos estallaban, los ejes crujían, los motores se detenían de repente y se negaban a arrancar de nuevo. Quienes se arriesgaban a subir a un coche a principios del siglo XX necesitaban paciencia, habilidad y muchas horas de mecánica. Salvador Edilla reunía todos los requisitos. En 1910, al volante de un Thames de seis cilindros y motor de ochenta caballos, recorrió en diez horas los 850 kilómetros que separan Buenos Aires de Mar del Plata. Las crónicas de la época aseguran que llegó a alcanzar los 150 kilómetros por hora.

Edilla había nacido en Arnuero en 1882, solo dos años antes de que Karl Benz construyera en Mannheim el Benz Patent-Motorwagen. Había trabajado durante su juventud en una fábrica de salazones de Santander, había cruzado el océano en 1901 y parecía destinado a pasar el resto de su vida entre coches de carreras. Pero entonces aparecieron los aviones. Y con los aviones, la promesa del cielo.

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Jean Leon, nuestro hombre en Hollywood

Ilustración de Jean Leon. |

Es un hombre con textura de fantasma. Todo resulta confuso. Cada historia acerca de su vida tiene tantas versiones como veces ha sido repetida en las sobremesas de La Scala. Hay verdades a medias, reescritura y mentiras. Es cierto que en Marsella se coló como polizón en la bodega de un barco hacia América -lo había intentado siete veces, lo consiguió a la octava- pero no llegó a Nueva York, como se contó después, porque el barco hizo escala en Puerto Rico. En San Juan consiguió una identidad nueva. Dejó atrás a Ceferino Carrión y vio por primera vez el mundo con los ojos de Jean Leon.

Nadie sabe exactamente cómo ocurrió. Una versión de la historia asegura que le robaron la documentación mientras dormía en el banco de un parque y que aprovechó la desgracia para empezar a vivir con un nombre nuevo. Hay otra versión, mucho más oscura, que incluye un accidente de tráfico y un muerto oportuno. Según el relato más verosímil, proporcionado por su hijo mucho tiempo después, sedujo a una muchacha puertorriqueña que tenía un hermano de su misma edad, y la familia no tuvo inconveniente en proporcionarle un duplicado de la partida de nacimiento de aquel hombre al que no conoció nunca. Los hechos son estos: cuando llegó a Nueva York se llamaba Justo Ramón León y no tuvo problemas para obtener un pasaporte estadounidense.

Jean Leon nació como Ceferino Carrión en Santander, en 1928. Su familia lo perdió todo en el incendio de 1941. Tras un breve paso por Barcelona y Francia viajó a Estados Unidos, donde se convirtió en un empresario de éxito gracias a su restaurante en Hollywood, La Scala.

Jean Leon nació como Ceferino Carrión en Santander, en 1928. Su familia lo perdió todo en el incendio de 1941. Tras un breve paso por Barcelona y Francia viajó a Estados Unidos, donde se convirtió en un empresario de éxito gracias a su restaurante en Hollywood, La Scala.

Jean Leon tenía una sonrisa seductora y maneras de pícaro. No hablaba inglés, pero se las arregló para encontrar trabajo como friegaplatos en el Rockefeller Center. Poco tiempo después el ejército de Estados Unidos lo llamó a filas. Jean Leon narraba con naturalidad su experiencia en la guerra de Corea, de la que había regresado hasta arriba de condecoraciones y convertido en un héroe nacional. Se instaló en Hollywood y empezó a trabajar de taxista. Fue así como conoció a Frank Sinatra. La complicidad entre ambos fue instantánea y Sinatra le consiguió un empleo como camarero en el Villa Capri.

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Gerardo Diego, un poeta y dos corazones

Ilustración de Gerardo Diego. | EVA IBÁÑEZ

"Hoy lo he visto claro
Todos mis poemas
son solo epitafios".
Gerardo Diego. 'Ajedrez'

Gerardo Diego vivió con dos corazones. Un corazón era clásico, el otro era vanguardista. Latían con músicas diferentes. En el corazón clásico Gerardo Diego refugiaba a Góngora y a la métrica castellana antigua. En el corazón vanguardista almacenaba callejuelas de París y cafés bulliciosos. Los dos corazones nutren su obra, por donde cruzan sonetos sin signos de puntuación, elegías cubistas, paisajes abstractos, imágenes afiladas. A lo lejos se escucha el mar.

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Josefina Aldecoa, historia de una maestra

Ilustración de Josefina Aldecoa. | JORGE ORTIZ

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Lo dice Gabriela López Pardo, la protagonista de Historia de una maestra, la novela que Josefina Aldecoa escribió como regalo para su madre. También como homenaje a los maestros de la República que cruzaron montañas y secarrales de camino a pueblos perdidos donde esperaban niños perdidos a los que nadie, hasta entonces, se había preocupado de enseñar a leer y escribir.

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Josefina Aldecoa nació en La Robla, León, en 1926. Hija de maestra, nieta de maestra. Conoció desde joven los principios del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza que profesaban su madre y su abuela. Sobre ellos fundó el Colegio Estilo, en 1959, en la colonia del Viso, en Madrid. Lo explicaba así: "Quería algo muy humanista, dando mucha importancia a la literatura, las letras, el arte; un colegio que fuera muy refinado culturalmente, muy libre y que no se hablara de religión, cosas que entonces eran impensables en la mayor parte de los centros del país". 

Aldecoa fue maestra por vocación y escritora por accidente, según confesión propia. Estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía. En 1960 una editorial la animó a publicar su tesis doctoral, El arte del niño. Un año después apareció una colección de relatos, A ninguna parte. Casi una década antes, en 1952, se había casado con Ignacio Aldecoa, un joven escritor vasco al que todavía le quedaban dos años para publicar su primera novela.

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Jesús de Monasterio, maestro de violinistas

Ilustración de Jesús de Monasterio. | DANIEL PÉREZ

Estas últimas noches se ha improvisado en el teatro un concierto, con objeto de oír al virtuoso violinista Monasterio; el éxito fue brillante. He aquí como se expresa un periódico de esta capital: "El niño Jesús Monasterio es un prodigio de la naturaleza. Tocó las diferentes piezas anunciadas, con una soltura, una delicadeza, una maestría en fin, que sorprendió a todos los espectadores. Lo estábamos viendo y aún dudábamos si era posible en una criaturita de seis años, tanta perfección en un instrumento tan difícil [...]. En una nación más celosa que la nuestra ese niño tendría una plaza en la capilla real y un sueldo suficiente para que su padre no tuviera que dedicarlo a otra cosa que a llegar al punto último de la perfección en su arte".

La Iberia Literaria y Musical, 1843

En ocasiones es lícito empezar con una hipérbole: a los siete años, Jesús de Monasterio (Potes, 1836 - Casar de Periedo, 1903) era lo más parecido a Mozart que se había visto nunca en España. Por precocidad, por virtuosismo y por ciertos paralelismos biográficos, los periódicos de la época no tardaron en explotar la comparación. Monasterio, que a los ojos del público parecía incapaz de sostener un violín casi tan grande como él, realizaba giras por los principales teatros de España y los entendidos no daban crédito: el muchacho tocaba con una naturalidad impropia de su edad y una técnica que la mayoría de los profesionales tardaba años en dominar.

Su fama creció tanto y tan rápido que en 1843 fue requerido en Madrid para tocar ante Isabel II. En el recital estaba presente el general Espartero, regente del reino. Espartero quedó tan impresionado que le concedió una pensión para continuar sus estudios y ordenó que le compraran el mejor violín que pudiera encontrarse. La pensión era más bien modesta y el violín era de segunda mano: había pertenecido al padre del futuro marido de la reina, el duque de Cádiz.

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Ana María de Cagigal, una travesía hacia la igualdad

Ilustración de Ana María de Cagigal. | SARA FUENTES

En Santander, en los años veinte, hay una mujer que juega al hockey y pretende cruzar la bahía a nado. Un hombre que acaba de leer la noticia en el periódico sonríe con desdén. ¿La bahía, entera? Las fichas de dominó caen con un ruido seco sobre la mesa. Alguien pide más café. Alguien, desde el fondo del local, da inicio a la discusión. ¿Y no se ahogará?

En Santander, en los años veinte, hay territorios vedados a las mujeres. No se trata ni mucho menos de un problema local. Con honrosas excepciones la humanidad del siglo XX considera que el espacio escénico de la mujer es el segundo plano. La sombra, que equivale a la indiferencia. Pero en Santander, en los años veinte, y en muchas otras partes del mundo, las mujeres, cansadas de vivir y morir en la sombra y para los hombres, empiezan a exigir los derechos negados.

Ana María de Cagigal nació en Santander en 1900. Durante su juventud se convirtió en una de las más destacadas activistas locales en defensa de la lucha de la mujer.

Ana María de Cagigal nació en Santander en 1900. Durante su juventud se convirtió en una de las más destacadas activistas locales en defensa de la lucha de la mujer.

La corriente de opinión en la taberna se mece entre la incredulidad y el paternalismo. ¿Para qué necesita una mujer cruzar la bahía a nado? ¿Y cómo has dicho que se llama? Se llama Ana María de Cagigal, escribe en los periódicos locales y tiene motivos de sobra para lanzarse al agua.

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Luciano Malumbres, un periodista contra el poder

Ilustración de Luciano Malumbre. | Jorge Ortíz Gómez

Luciano Malumbres es un hombre de gafas redondas que ejerce su oficio las 24 horas del día. En Santander y en 1936 eso le coloca en una situación peligrosa. Malumbres dirige La Región, un periódico que él mismo define como una "barricada viva contra la reacción santanderina". A través de sus páginas ha conseguido dar voz al movimiento obrero cántabro, erosionando con firmeza la impunidad de las grandes fortunas, la burguesía y los terratenientes agrarios.

Los trabajadores reconocen a Malumbres como uno de los suyos. Practica un periodismo combativo, que señala y denuncia, sin escondites retóricos ni eufemismos. Su trabajo resulta cada vez más incómodo para unos poderes fácticos que no están acostumbrados a dar explicaciones. Hace tiempo que recibe amenazas de muerte.

Luciano Malumbres llegó tarde al periodismo. Había nacido en Palencia en 1890 y su biografía apenas deja rastros hasta 1916, cuando se traslada a Santander. Poco tiempo después fue enviado a Marruecos como suboficial en el Regimiento Valencia. Allí, en 1921, empezó a redactar crónicas de guera que enviaba a El Cantábrico. Tenía 31 años y acababa de encontrar el oficio al que iba a dedicar el resto de su vida.

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