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Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte

Fue un pintor vanguardista que experimentó con materiales de todo tipo para crear una obra que desafía al espectador. Se mantuvo por voluntad propia lejos de los circuitos comerciales y rechazó ofertas de importantes galerías.

Después de la Guerra Civil fue condenado a muerte y deportado a Fuerteventura, de donde escapó en 1947 para exiliarse en Francia. Vivió en París durante el resto de su vida y solo tras su muerte su obra empezó a ser reconocida en España.

Ángel Alonso. | MARTA LÓPEZ

Ángel Alonso. | MARTA LÓPEZ

Es la historia de un hombre que quería estar solo. Que buscaba la soledad, que se alimentaba de ella. Pintaba el color y la luz, en una casa en el campo adonde no llegaban noticias del país del que había desistido mucho tiempo atrás, cuando cruzó la frontera. Ángel Alonso era un artista emparentado con la filosofía. En una ocasión dijo: "Haz de la fealdad tu desafío". Y también: "Necesitamos otros sentimientos que no sean el miedo, el amor, la violencia y la belleza".

De ese abanico se sentimientos posibles donde el arte debía encontrar un camino Alonso escogió la soledad. Se lo explicó a María Zambrano en una carta en la que exponía su deseo de renunciar a la nacionalidad española. La filósofa le contestó: "Quieres abrazarte a la soledad, apurar la soledad en que España nos deja, sin mezcla, sin paliativos. Soledad es amor".

Ángel Alonso, nacido en Laredo en 1923, se encontró con la guerra siendo un adolescente. En el orden roto de los frentes de batalla, las trincheras, la retaguardia, los héroes, los traidores y los espías, fue detenido tras la caída de Bilbao y condenado a muerte por el ejército franquista. Su familia presentó una petición de clemencia -Alonso tenía dieciséis años- que fue aceptada. Regresó a casa pero unos meses después fue arrestado por negarse a cumplir el servicio militar. Lo acusaron de desertor y lo deportaron a Fuerteventura.

En las playas batidas por el Atlántico reeducó su vocación por la pintura. Aprendió de los distintos tonos de la tierra y de la textura de las rocas volcánicas. Se acercó por primera vez y para siempre a la soledad -la soledad que conoce un muchacho preso en una isla a 2.000 kilómetros del pueblo donde nació- y refundó su futuro de huido del patíbulo a partir de un principio que cumpliría con devoción religiosa: no pertenecer a nada ni a nadie.

Escapó en 1947.

Se instaló en París. Se convirtió en un pintor -París estaba lleno de pintores- exiliado -París estaba lleno de exiliados- y se prometió a sí mismo que nunca volvería a España. Estuvo a punto de romper su promesa varias veces, ya al final de su vida, cuando sobre la costra de las heridas de la guerra había crecido una piel nueva, pero una y otra vez declinó subir a un tren que lo devolviera a casa.

En 1950 el Gobierno español reclamó su entrega a las autoridades francesas.

Se entablaron negociaciones.

En sus últimos años Alonso regresó a las composiciones de color que había explorado en su juventud. Su obra tardó en ser reconocida en España. La Fundación Marcelino Botín organizó la primera exposición de Alonso en España en 1996, dos años después de la muerte del artista.

En sus últimos años Alonso regresó a las composiciones de color que había explorado en su juventud. Su obra tardó en ser reconocida en España. La Fundación Marcelino Botín organizó la primera exposición de Alonso en España en 1996, dos años después de la muerte del artista.

Para Alonso el regreso suponía el fin de todas las cosas que ya no serían posibles. Fueron sus amigos pintores -Henri Calet, Michel Leiris, Pierre Descargues- quienes impidieron la entrega a través de un comité que consiguió influir en la decisión del Gobierno francés.

En aquel grupo de románticos antifascistas, exiliados y artistas se encontraba María Zambrano, con la que Alonso mantuvo una estrecha relación de correspondencia, visitas y amigos comunes. Con la ayuda de Zambrano, Emil Cioran, Viera da Silva y Pierre Tal-Coat, de poetas, pintores y galeristas, Alonso encontró un espacio entre los artistas del París de los años cincuenta.

Después de que el Gobierno francés rompiera las conversaciones con el régimen de Franco para su entrega Alonso se instaló en un estudio de Genainvilliers, a las afueras de París, y consagró el resto de su vida al aislamiento y la soledad.

Leyó y leyó la Carta sobre el Exilio de María Zambrano. Muchas veces se detuvo en líneas como esta: "El exiliado está ahí como si naciera, sin más última, metafísica, justificación que esa: tener que nacer como rechazado de la muerte, como superviviente: se siente, pues, casi del todo inocente, puesto que, ¿qué remedio tiene sino nacer?".

Su obra y su vida transcurrieron en un silencio apenas quebrado en apariciones esporádicas. Dijo: "El sentido de la pintura es la crisis". Por voluntad propia se mantuvo al margen de los circuitos comerciales y rechazó ofertas de importantes galerías que quisieron mostrar sus cuadros. Otro de sus aforismos: "No hay buenos ni malos pintores, solo hay ineptos e imbéciles que aplauden".

Genainvilliers era entonces un pueblo con vistas a un paisaje sin urbanizar que espoleó el talento autodidacta de Alonso. Con materiales recogidos en los alrededores de su estudio creaba los colores que después utilizaba en sus cuadros. Cioran lo describió una vez como un "monje herético que se mataría al instante si lo mandaran exiliado al paraíso".

Experimentaba.

La obra de Alonso se encuandra dentro de las vanguardias del siglo XX. Sus lienzos utilizan, en blanco y negro o en color, integran diferentes materiales, desde piedras a tierra, carbón o madera.

La obra de Alonso se encuandra dentro de las vanguardias del siglo XX. Sus lienzos utilizan, en blanco y negro o en color, integran diferentes materiales, desde piedras a tierra, carbón o madera.

En 1982 Pierre Tal-Coat le cedió su estudio de París. Desde entonces, Alonso alternó Genainvilliers con la ciudad. Pintó mientras su salud se lo permitió y cuando enfermó siguió pintando. Durante sus últimos años permitió exposiciones puntuales. Su obra evolucionó hacia la juventud. Recuperó el color de sus primeros años y dejó de lado el blanco y negro de su madurez. Para entonces se había resignado a abandonar Genainvilliers y se había instalado de forma definitiva en París, donde murió en 1994, lejos del país al que había jurado no regresar nunca.

Su obra es la obra de un pintor sin escuela, un provocador que desafía al espectador con explosiones de color que abandonan el lienzo y manchan el marco, con simetrías ásperas y texturas imposibles. En sus cuadros hay tierra, piedras, madera, carbón, cualquier material es susceptible de ser incorporado a la pintura, que crece y multiplica sus significados.

En España se le apreció tarde. La Fundación Marcelino Botín fue la primera en organizar, en 1996, una retrospectiva de su obra. En 2009 el Centro de Arte Reina Sofía adquirió buena parte de sus obras y sus archivos -escritos, correspondencia- pasaron a custodia del Estado español.

Era, según quienes le conocieron, un hombre de carácter fuerte, introspectivo, con un punto cínico y vocación de alquimista. "Que el arte prescinda del arte, que la pintura prescinda del color, un poco de soledad le vendrá muy bien", dijo.

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