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Presos

Asistentes a una de las primeras ediciones de la UIMP, cuyos cursos se celebraban no en La Magdalena sino en el antiguo Hospital de San Rafael. | MARIO CORRAL

Quedamos en un antiguo bar marinero de Peña Herbosa. Él vivía en una buhardilla próxima. Le había pedido su colaboración para un poemario institucional y él puso como única condición conocerme antes en persona. Fue la primera de las muchas que quedamos.

Había nacido en una fecha indeterminada en la calle Limón. No le gustaba decir la edad. Se le escapó una sola vez, en la contraportada de un poemario muy comprometido para la época que le llevó a juicio. Fue durante la Dictadura.

Cuando era niño se sucedían los suicidios en el Cabildo de Arriba. Se solían tirar desde la Rampa de Sotileza. También recordaba que a las mujeres las rapaban y obligaban a beber aceite de ricino. Las cantidades estaban estipuladas. Esa crueldad institucionalizada, escalofriante. Las purgas se perpetraban en la plazoleta que hay frente a la sede del Ateneo Popular de Santander, incautado, hoy Ateneo de Santander, al lado de la iglesia de Santa Lucía.

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La fuente

Procesión en Las Rozas de Valdearroyo, Cantabria. Sin fecha conocida. MARIO CORRAL

Mi abuelo murió de cáncer. Lo hizo rodeado de pinos, en Liencres. Mi abuelo, que al comprar casa en Santander lo hizo donde cantaba el miruellu, que es como aquí decimos al mirlo.

Ya no cantan los miruellos
en la mata de avellano.

Era su tonada favorita.

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A setas

Buscando setas. Sin localización conocida. | MARIO CORRAL

El pájaro se alimenta de lo que le hace pájaro.

Hay semillas que solo medran si son digeridas por pájaros. Es lo que dicen del tejo, por ejemplo.

El salmón mosca, la vaca hierba, la abeja néctar. Pero el ser humano hace con todo. Es omnívoro. Es por eso que puede adaptarse a casi cualquier entorno. Hay seres humanos doquiera pero pájaros o salmones no.

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A caracoles

Buscando fósiles. Sin localización conocida. | MARIO CORRAL

En La Montaña no se comen caracoles. Yo mismo recuerdo el impacto que causó en Cabuérniga, treinta años atrás, la aparición de un forastero que compraba caracoles al peso para luego vendérselos a restaurantes. Era inaudito. No tardaron en reutilizarse conejeras. Se cogían sobre todo en los alrededores del cementerio de Terán, donde se creía que estaban los más gordos, seguramente con razón.

Sin embargo, en el oriente de Cantabria los caracoles se comen desde hace al menos un siglo.

Tía Vicenta tendría hoy más de cien años. Sirvió en una casa pudiente de Ampuero pero la receta de caracoles procede de su pueblo natal, Rasines. Es su sobrina quien nos la explica adaptada a su propio contexto santanderino.

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Viñales

Viñales de Laredo. |

Es característica de La Marina la figura del obrero mixto, el obrero con vacas en casa, de las que solía ocuparse la mujer.

Las familias pejinas también eran mixtas. Y es que además de faenar en la mar cultivaban la tierra, en particular viñas. El vino producido era de antiguo chacolí, denominación patrimonial relacionada probablemente con el vasco etxe, "casa", de lo que resulta "el vino de casa", lo cual no quiere decir que sea una palabra de origen vasco, solo que es una palabra perteneciente a un sustrato lingüístico antiquísimo compartido con el vasco. A este sustrato se le etiqueta como preindoeuropeo y a él pertenecen otras palabras netamente cántabras como argayu, "desprendimiento", y gándara, "terreno rocoso por entre cuyas piedras fluye el agua", todas más antiguas que las más antiguas a las que podemos poner fecha.

Las viñas o viñales eran también secaderos de redes. Esta superposición de significados probablemente se deba a que los soportes para las viñas eran parecidos a los que se utilizan para tender las redes o a que, una vez desaparecidas las viñas, sus soportes fueron reutilizados para esta otra labor.

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Tres palabras

Prácticas de extinción de incendios. Sin localización conocida. | MARIO CORRAL

En esta ocasión vamos a prestar atención a tres palabras que tienen que ver con la cocina, pieza de la casa que en sus formulaciones más antiguas, o al menos las más antiguas que conocemos, se encontraba en la planta baja, nada más entrar a derecha o izquierda. Cuando la casa montañesa moderna se reformula, la cocina sube a la planta superior, reubicándose al fondo, de ahí que haya tantas casas con la parte trasera levantada, incluso más que la propia fachada, lo que en no pocas ocasiones se ha confundido con una torre adosada, sobre todo en casos de cocinas voluminosas, que procuran apartarse tanto como les es posible sin llegar a ser cocinas exentas, aunque también se da el caso (por ejemplo en Riocorvo y Sámano), para evitar incendios. Las tres palabras propuestas son cornejal, cantu y pusiega.

Esta palabra da nombre a la oquedad de la chimenea pareja al hogar donde se guarda la leña, en particular la que se utiliza para encender el fuego o avivarlo inmediatamente después de haberlo encendido. La palabra cornejal emparenta con otras europeas, como el inglés corner, "esquina". Toda la familia procede del latín CORNU, "cuerno", por lo curvo y los ángulos que hacen las puntas.

Hay que diferenciar lo que son préstamos lingüísticos de los cognados. El santanderino pichi, "brea", es un préstamo del inglés pitch, con igual significado. La palabra santanderina deriva de la inglesa. En la costa oriental se dice galipó o galipote, del francés, y en la occidental chapapote, del nahua. Los préstamos se multiplican en localidades portuarias. Los cognados, por su parte, a diferencia de los préstamos, comparten origen. Pasa con cornejal y corner o con ráspanu, castellano "arándano", e inglés raspberry, "frambuesa", en montañés carrambuela, que a su vez es cognado del inglés cramberry, "arándano". Para ráspanu y carrambuela desconocemos la lengua de origen, pero seguramente sea prerromana.

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El juchu

Niño, bosque. Cantabria. | Mario Corral

Lo vimos colgado en un balcón. Era una especie de espada de forja cuyo uso nos era entonces desconocido.

Hicimos foto y preguntamos: para atizar el horno, unos; para cazar o marcar animales, otros; para trinchar y asar, finalmente.

Es lo que en castellano se llama espeto. En montañés recibe el nombre de juchu, palabra de difícil etimología.

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Dientes, culebras y leche

Mujer e hijos, y sombra. Sin localización conocida. | Mario Corral

Puede ocurrir en cualquier momento, sentir dentro de la boca un pedacito de algo duro, como cuando se come un melocotón sin cuidado y te llevas parte del corazón, que se descascarilla, pues igual, lo sacas y es blanco y pincha, y es entonces cuando te das cuenta que es un pedacito de diente.

Fui al médico y es que tengo bruxismo.

El bruxismo es cuando aprietas los dientes por estrés y se rompen.

Estando en Olea un vecino nos contó que cuando de niños se les caía un diente lo posaban en un saliente de la portada de la iglesia, que es románica. Les parecía éste el sitio apropiado para dejarlos, quizá por simpatía entre diente y taqueado jaqués, el ajedrezado asociado al Camino de Santiago que ribetea la iglesia.

En la casa montañesa es frecuente encontrar el mismo elemento decorativo en madera, en los balcones y aleros. No recibe nombre concreto, pero es un motivo que se toma por dientes, lo mismo que otros representan cuerdas, soles u ojos, no siempre de forma evidente.

El programa decorativo del Románico nos es ajeno, responde a una lógica perdida, indescifrable. Cuál sea el significado de los músicos tallados en los canecillos de los templos, de los animales o de las escenas de sexo, lo ignoramos. Pero en Cantabria se conservan tradiciones que pueden darnos pistas.

Es relativamente frecuente encontrar en canecillos o modillones mujeres no sé si amamantando culebras o que las culebras las han asaltado para chuparles la leche directamente de los pechos. Así en San Martín de Sobrepenilla (Valderredible), San Andrés de Rioseco (Santiurde de Reinosa) o en San Pedro de Cervatos (Campoo de Enmedio), iglesias todas de la comarca de Campoo - Los Valles. A veces estas mujeres son sirenas.

Estas escenas se han asociado tradicionalmente, dentro de la tradición académica, digo, a la lujuria.

Pero en Cantabria se cree que a las culebras les gusta la leche. Tanto es así que si una mujer se queda istil o sin leche se entra a considerar muy seriamente la posibilidad de que se haya quedado dormida en el campo y la culebra haya aprovechado para dejarla seca. Más que de lujuria, pues, estaríamos hablando de pereza.

Nuestra tradición campesina, de naturaleza oral, parece no haber cortado el cordón umbilical que la une con la lógica románica.

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