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El crematorio

Los amantes de Pompeya.

Manuel Vilas, en su poema 'El crematorio', habla con el hombre que maneja el horno de gasoil en el que van a incinerar a su padre. El hombre le dice: "Dura dos o tres horas, depende del peso del difunto". Vilas comenta: "Mi padre sólo pesaba setenta kilos". "Bueno, entonces costará mucho menos tiempo", responde el hombre.

Me he acordado del poema al leer que la Consejería de Sanidad de Valencia se ha llegado a plantear la prohibición de incinerar a personas con obesidad mórbida, porque contaminan demasiado. El hombre del poema de Vilas ya lo dejaba caer: "Antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos, y ha tardado un rato largo". Los que redactaron esa propuesta de Valencia quizá leyeron el poema de Vilas y se vieron invadidos por una repentina lucidez. Argumentaban que incinerar un cuerpo de ese volumen "necesita una cantidad muy elevada de combustible", lo que conlleva un aumento "considerable de contaminación sobrepasando el umbral de lo permitido".

Quemar a personas obesas no es recomendable porque hace falta mucho gasoil. Hay que estar delgado hasta para morirse y poder elegir con libertad qué queremos que hagan con nuestro cuerpo. ¿Dónde querían poner el límite? ¿En cien kilos? ¿En ciento veinte? ¿En ciento cincuenta kilos? Al fin y al cabo una persona de ciento cincuenta kilos contaminará lo mismo que dos de setenta y cinco. Tal vez la solución más justa sea poner un límite diario a las incineraciones, como se hace con los coches que pueden entrar o no al centro de las grandes ciudades.

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Porticada

Plaza Porticada |RPLl.

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

Sin embargo, no quiero pensar que eso fuera determinante para que muchos santanderinos (especie indefinida de gentes que nos cruzamos como musas de De Chirico con la constante referencia de la fachada de la Ribera; la bahía, por cierto, es muy bonita) lo perciban como un vacío metafísico entre el paseo, dos pasajes escalonados y el comienzo de la ladera urbanizada. Un lugar de paso: no una plaza.

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Flores y velas contra el dolor

Un acto de conmemoración en recuerdo de las víctimas de la violencia machista. |

87 mujeres y 10 menores. Esas son las cifras que arroja la violencia machista en nuestro país en lo que llevamos de 2018, según feminicidio.net. Casi 100 asesinatos, que se vienen a sumar a los más de 900 contabilizados desde el 2003, año en que se empiezan a elaborar estadísticas. No hay velas ni flores en el mundo que calmen el dolor que hay detrás de cada uno de ellos. Las heridas que dejan en el entorno de las víctimas no pueden ser paliadas por ningún acto simbólico, por ninguna declaración institucional, por ninguna manifestación.

Pero todas y cada una de esas reivindicaciones públicas contra la violencia de género tienen una función: recordarlas. Ponen el foco mediático en un problema estructural de nuestra sociedad, que debe ser erradicado más pronto que tarde. Cada vez que un grupo de mujeres se reúne y honra la memoria de las que ya no están entre nosotras, víctimas de quienes decían amarlas, remueven la conciencia de todas. Cada vez que se enciende una vela en cualquier lugar de nuestro país para llorar a los menores que han visto su vida rota por un padre que prefirió castigar a su madre quitándole lo que más quería, se nos encojen las tripas. No olvidamos, no perdonamos. Y eso es lo que pretendía la concentración del pasado 2 de noviembre frente a la sede de la Delegación de Gobierno de Santander: ser nuestra memoria colectiva.

Pero la violencia contra las mujeres no solo se ejerce en el hogar o en el entorno más cercano. No solo nos matan, después de una espiral de maltrato psicológico y verbal en la mayoría de los casos. No solo es violencia el acoso, la violación o el abuso. La violencia también se ejerce desde las instituciones, desde la judicatura, desde los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

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La agenda oculta

John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que  se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

¿De qué hablamos cuando hablamos? ¿Cuáles son los temas que nos ocupan a diario? ¿Es la liquidación parsimoniosa pero imparable del planeta Tierra? ¿Centran nuestras conversaciones la pérdida de derechos y/o los que sufren? ¿O hablamos de fútbol, realities y esos eternos debates políticos que juegan con las vísceras menos nobles? Quien establece la agenda, establece el debate y al tiempo hurta el debate.

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Poder o no poder

Mitin de cierre de campaña de Unidos Podemos, en Madrid.

Richard Burton llevaba haciendo de Hamlet unas 60 representaciones cuando el gerente del Old Vic entra en su camerino:

—Esta noche hazlo especialmente bien. El viejo está en primera fila.

Apenas empieza a recitar su papel (A little more than kin, and less than kind [Un poco menos que primado y un poco más que primo]), oye asombrado cómo el viejo lo murmura al tiempo y sigue haciéndolo durante toda la obra. «Intenté quitármelo de encima —contaría después Burton—. Hablando más rápidamente y luego más despacio, pero no había manera».

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Economías del bien común: activar la democracia

La Vorágine mantiene abierta una campaña de crowdfunding para mudarse a un local más amplio.

Caminamos por tiempos difíciles: cuesta entender cómo es posible, tras el desastre de los años 30 y 40 del siglo XX, que el fascismo vuelva a ocupar un espacio, aunque sea marginal, en el espectro político — e inexplicable que sus actos sean albergados por instituciones públicas como la Universidad de Cantabria—. Son muchos los motivos que explican que partidos abiertamente (neo)fascistas consigan sacar réditos de lo peor de nuestra sociedad, y no hay que dejar de analizarlos, pero ante todo  se impone en buscar soluciones colectivas. Y ante el fascismo, la única respuesta global factible, creo, es una: democracia.

La democracia no es una mera forma electiva —la democracia representativa liberal—, y entenderla así es uno de los motivos que nos ha llevado, sin duda, hasta aquí. Reducir sus potencias a sistema de elección de gobernantes implica perderla. Es más bien una actitud, un espíritu, el fundamento antidogmático que nos vacuna contra el fundamentalismo y el fascismo lo que la convierte no en una figura política concreta, sino en la condición de posibilidad de toda figura política. Sólo aquello que desee acabar con la pluralidad —el fascismo— queda fuera, por lo que las opciones son muchas y la responsabilidad muy grande. Deberíamos, creo, defender la democracia sabiendo que eso no nos liga, ni mucho menos, al frustrante ritual del sufragio.

Una política democrática tiene como misión dejar abierta la posibilidad para las múltiples opciones de la existencia, y esto implica entender “democracia” como hálito inspirador de una vida en común respetuosa con las múltiples opciones valiosas existentes. Su forma, su figura práctica, debe permitir la expresión de la diversidad, pero también su convivencia. Esto, que tal vez suene muy abstracto, es una actitud que se puede practicar cotidianamente en el intercambio de ideas, pero también en el intercambio económico, porque ya son una realidad las opciones de producción y consumo que van más allá del consumismo —aunque sea de comercio sostenible o justo, ese nuevo nicho de mercado— y ponen en práctica la democracia económica que nos saca de la pasividad cómplice.

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Flores amarillas

Pachuca (México).

A veces la vida se vuelve obstinada e incluso cruel y nos pone obstáculos que parecen inabarcables, haciéndonos sufrir lo impensable y rompiéndonos en miles de trozos. Me emociono escuchando a Bea contarme cómo resurgió de las cenizas tras un traumático proceso de divorcio. Como inmigrante mexicana, sin la nacionalidad española, estaba totalmente desamparada ante la ley. Sin embargo, mientras habla, brotan junto a las lágrimas, grandes dosis de valentía, fuerza y optimismo. Es un contrasentido.

No puedo evitar preguntarle de dónde sacó la fuerza para salir adelante. “Pensaba: no me puede ir mal porque mis abuelos están conmigo”. Me dice que le ayudaba recordar a su gente, la comida, la música y los colores de su tierra. “¿Los colores?”, pregunto sorprendida. “México es color. El color nos da la vida”. Es cierto que el color ha estado presente en la región y sigue estándolo desde hace cientos de años. Ya en las culturas precolombinas se utilizaban llamativos colores para decorar desde el cuerpo hasta increíbles templos como el de Tehotihuacán. A principios del siglo XX muralistas como Diego Rivera también llenaron el país de colores en un intento por construir una nueva identidad nacional.

Hoy en día el mayor mural de México se encuentra en la ciudad de Pachuca y abarca 32.000 metros cuadrados. El colectivo de artistas visuales Germen Crew llevó a cabo este proyecto en 2015 con el fin de transformar el espacio urbano y buscar nuevas formas de interacción entre el arte y la ciudadanía. Los autores hablan de un ‘nuevo muralismo mexicano’ con un profundo beneficio social: pone alegría y cambia el estado ánimo de los habitantes, crea empleo y promueve la participación comunitaria y mejora la cohesión social. De hecho, en este cerro, la criminalidad se redujo en un 35% y muchos pandilleros se integraron en el proceso artístico.

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Podemónium

‘Bronca por una partida’. Jan Steen (s. XVII)

Me da cierta pena escribir sobre el provinciano pandemónium de Podemos Cantabria porque las miasmas de esa ciénaga mínima apenas son comparables a las de otros partidos dotados de mejores blindajes informativos y expertos contables. Pero creo que los que vinieron como mensajeros de lo nuevo merecen no ser ninguneados cuando se pelean junto al abismo mientras cada bando en lucha asegura que todo está muy claro: los malos son los otros y la única solución es la victoria, o sea, la derrota.

La versión regional del partido de las líricas tentaciones (aunque Miguel Ángel Revilla les da cien mil vueltas en regionalismo y neoperonismo, y seguro que su sucesora lo hará aún mejor) ha conseguido, desde 2014 y repitiendo las mismas artimañas, alcanzar la excelencia en la práctica de la desmesura interna. Me refiero, por supuesto, a la conducta observable y sus consecuencias evidentes, porque los del exterior apenas podemos valorarlo desde la estética, que es el espejo de la ética, o así lo soñamos. Así lo entendían aquellos griegos enfrentados a sabiendas de que la culpa la tenía la Discordia, que había tirado una manzana de oro sobre la mesa de las apuestas divinas provocando un choque de orgullos y, sobre todo, de números, y lanzando a los inscritos a las sombras de la némesis. Entre lamentos por las ilusiones perdidas y la locura fatal, lo que entonces cantaba el esquivo Homero luego lo pondría Shakespeare en boca de un idiota (literalmente, un apolítico) porque no hay narrador inocente. Afirmo de paso que debemos recuperar el mejor invento de los atenienses: las votaciones de ostracismo.

Volviendo al podemismo (no dejaron en el nombre lugar para lo probable: 'probemos', podían haber dicho, pero tenían que imitar a Obama, a quien pocos recuerdan), se diría que la bronca entre facciones muy poco diferentes no es la parodia de una tragedia, sino la tragedia de la parodia del regreso a la ideología sin ideología, galimatías cuya autorreferencia parece fatigar cualquier debate que no pueda resolverse con aclamación de liderazgos en alegres, vistosas repeticiones fundacionales. Y, como cuanto más se repite un mantra, más falso es, nadie intenta aplicar la agonística de Chantal Mouffe (ya sabemos que no funciona si no crees en ella) y superar la idea del adversario como enemigo mediante la regulación del conflicto, por decirlo en la jerga de vocablos nuevos para cosas viejas. Sería muy fácil señalar que el problema reside en una 'torpeza notable en comprender las cosas', que es la definición de estupidez, pero todo apunta a turbios intereses, apego al poder y estupefacción del personal (¿cuántos quedan?) necesitado de imaginarios más allá y acá del repintado 15M, incluidos, me temo, los que piensan (¿y, de estos, cuántos hay?) que la política puede ser de otra manera menos dependiente de los despachos en disputa. Por lo visto, tanto colorido transversal y tanto edulcorante ocultaban rituales muy primarios

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Muros para los otros

El Puerto instalará una valla de 4 metros en el frente marítimo de Santander.

Quiero que os situéis. Estamos en pleno otoño, en la bahía de Santander. El tiempo acompaña, porque el verano se ha estirado algo más de lo habitual en estas tierras. Damos un paseo por el frente marítimo y una de las construcciones que llama nuestra atención es el Puerto, con esos enormes ferris atracados, símbolo del turismo floreciente de una ciudad escaparate. Centenares de pasajeros vienen y van, curioseando por las calles de ese escenario elaborado por quienes llevan años gobernando, centrados en dar buena imagen al de fuera, aunque en otras zonas de la ciudad se amontone la basura al lado de los contenedores o se nos caigan edificios.

Y parece ser, según nos cuentan las autoridades competentes, que tenemos un tropel de inmigrantes intentando saltar la valla del Puerto de Santander. Una se imagina, ante el discurso de la "masiva" llegada de albaneses que intentan colarse de polizones en los barcos que viajan al Reino Unido, a centenares de personas, agazapadas, esperando el momento oportuno para saltar la valla en plan horda vikinga. Y claro, ante ese relato terrorífico, aceptamos borreguilmente que  nos levanten un muro de cuatro metros para impedir tamaño atentado a nuestro estado de derecho.

Bien, entendemos el contexto que nos ha tocado vivir. Una era de la postverdad, en la cual los datos objetivos son un material plástico que sirve para adaptar realidades a las necesidades políticas del individuo que las utilice. Pero creo que debemos, de vez en cuando, pararnos a reflexionar sobre esos datos y lo que significan. 568 intentos de saltar la valla en el último año. Esas son las cifras que proporcionan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que algo sabrán de esto, digo yo. Y se trata de saltos protagonizados, la mayor parte de las veces, por las mismas personas, es decir, que lo intentan una y otra vez. Con lo cual no hay 568 albaneses asaltando el recinto del puerto de manera continuada, semana tras semana. Se trata de un grupo reducido de personas que intentan, desesperadamente, llegar al Reino Unido para seguir con su vida. Y Delegación de Gobierno nos da la astronómica cifra de ocho migrantes devueltos desde junio, momento en que la Brigada de Respuesta a la Inmigración Clandestina –BRIC- de la policía nacional empezó a funcionar en el puerto. Ocho, ahí es nada.

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¿Cuándo se fastidió Cantabria?

Hace tiempo escuché a un amigo argentino decir que, en el mundo, existen cuatro tipos de países: los países desarrollados, los subdesarrollados, los países en vías de desarrollo… y Argentina, que sería un país en vías hacia el subdesarrollo. Esta ocurrente frase (que, no obstante, no era original suya) hace referencia, con mucha sorna, al declive económico sufrido por Argentina. Un país que, tras una interminable sucesión de crisis económicas, políticas y sociales, pasó de contar con uno de los niveles de vida más altos del planeta, hace apenas cien años, a ser superado por decenas de naciones europeas, asiáticas y latinoamericanas. Ante ello, en aquel país, parafraseando el inicio de una novela de Mario Vargas Llosa, han sido numerosas las reflexiones que han planteado la pregunta: ¿Cuándo se jodió la Argentina?

En Cantabria, sin llegar, ni mucho menos, al grado de deterioro económico que ha sufrido Argentina, también tenemos una cierta sensación de declive. Un lamento, muy extendido, por un esplendor que perdimos un día, arrastrado por el viento de alguna borrasca. Lo que no nos ponemos de acuerdo es en precisar cuándo ocurrió ese declive, ni en a quién culpar. En esta historia, como casi siempre, parecen existir tantas versiones como visiones políticas. Ante ello, me parece oportuno realizar un análisis a largo plazo de la trayectoria económica de nuestra comunidad, con el objetivo de responder, con datos, a la pregunta de: ¿En qué momento se fastidió Cantabria?

El gráfico 1 muestra la evolución, desde 1950, del PIB por habitante de Cantabria, en comparación con dos comunidades autónomas de nuestro entorno (Asturias y Navarra) y con la media española (que, para mayor simplicidad, se hace equivaler a 100 durante todo el periodo). El PIB por habitante mide el volumen de actividad económica en relación al tamaño de la población de un territorio; refleja, de esta forma, cuál es el nivel de vida medio en dicho territorio.

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