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Hospitales

Cuadro titulado 'Baño de luz', obra de José Seijo Rubio en 1923.

Me gustan los hospitales. Me gustan los quirófanos y las anestesias y las transfusiones de sangre y los trasplantes y las operaciones de rodilla. Me gustan las batas blanquísimas y los pasillos que parecen no tener un final y las salas de urgencia. Me gustan las personas que se dedican a la medicina y me gustan los fármacos. No deseo que me ingresen en un hospital pero deseo tener un hospital cerca cuando me pase algo, aunque sé bien que a veces tener un hospital cerca no sirve de nada. A mi hermana se le rompió una vena dentro de la cabeza en la misma puerta de Valdecilla y de poco sirvieron las camillas y la unidad de cuidados intensivos. Los hospitales no son una garantía, son lugares imperfectos donde las cosas se intentan y los desenlaces fatales, muchas veces, se frenan o retrasan. Lugares donde el dolor, si es posible, se calma. Pero no siempre.

Cuando alguien dice que no le gustan los hospitales entiendo que, en realidad, lo que quiere decir es que no les gusta la enfermedad. A mí tampoco me gustan las enfermedades ni los accidentes pero sí me gustan los hospitales, me gustan con sus aciertos y sus errores porque sé que es imposible que no los haya, porque entiendo que tiene que ser complicado tomar decisiones que pueden ayudar o no a los otros, porque comprendo que asumir ese riesgo de intentar curar implica la posibilidad de no saber hacerlo y de equivocarse, porque hay que tener cierto coraje para hacer eso durante treinta o cuarenta años casi a diario y escuchar, después, los reproches cuando no fue posible ayudar. Hay médicos malos y desagradables, claro que sí. Pero hasta los malos nos salvan muchas veces.

Me gustan los hospitales con todas sus limitaciones, porque no todo tiene arreglo y ocurre que las personas, qué sorpresa, resulta que al final se mueren. La vida tiene estas cosas y los cuerpos sus límites. Si la muerte y la enfermedad estuvieran más asumidas a nivel público no trataríamos a los hospitales como un lugar de desgracia sino como un lugar donde las desgracias, muchas veces, se evitan o se alivian. No los veríamos entonces como lugares peligrosos o sospechosos o desagradables o de los que desconfiar sino como espacios en los que pasan cosas que se parecen mucho a eso que otros llaman milagros.

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El chalet

Pablo Iglesias e Irene Montero en el Congreso de los diputados.

¿Puede el presidente de Renault comprarse un Seat? Por supuesto que sí. ¿Puede el CEO de Seat comprarse un Renault? Nada ni nadie se lo impide. ¿Pueden consultar ambos a los consejos de administración de sus respectivos grupos si respaldan que aparquen todas las mañanas en el reservado el vehículo privado de otra firma? Sin problema. En caso de duda, y para que nadie cuestione su sensibilidad, ¿pueden realizar una consulta entre los trabajadores de sus factorías al respecto? Claro.

Entonces, ¿por qué no lo hacen si les apetece?

Porque hundirían las ventas.

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Mayo no se acaba nunca

Imagen de archivo cedida por el Museo de la Prefectura de la Policía parisina sobre los disturbios de mayo del 1968. EFE/ Museo de la Prefectura de la Policía parisina

Conmemorar mayo del 68 es un acto casi obligado para quienes se sienten especialmente vinculados con la educación de los jóvenes, con la mejora de la sociedad en que vivimos, con la huella que van dejando los movimientos sociales, los momentos de efervescencia social que sacuden sociedades enteras, con la historia de las generaciones que nos precedieron, con Francia y la fascinante cultura del país vecino... En el IES Alberto Pico confluyen todas las circunstancias y alguna más. Mayo del 68 es más que una efeméride para nosotros.

No obstante, mayo del 68 no fue solo París, aunque París fue mucho. Fue también Memphis, Praga, México DF, Berlín, Madrid, Villabona… Mayo duró todo el año, posiblemente mucho más de un año, porque dejó una huella indeleble aunque nada fácil de descifrar.

50 años después, conmemorar mayo del 68 no es un acto gratuito. Sorprende la vigencia de algunos de los planteamientos de aquella primavera que detuvo el mundo. No solo fue la señal de partida de unas demandas que se irían extendiendo hasta el día de hoy, en que siguen siendo igual de necesarias pero algo más urgentes que entonces, sino también el punto final de un viejo mundo que allí empezó a perecer. Mayo nos sigue enseñando que soñar un mundo mejor no entra dentro de los patrones de la sociedad de consumo, y está más al alcance de los jóvenes que del escepticismo que inevitablemente crece con el paso de los años; mayo nos recuerda que no podemos dejar el mundo en manos de unos pocos poderosos, no porque sean peores que los demás, sino porque el dinero y el poder envilecen a quien puede hacer uso de ellos sin control; mayo nos recuerda que el segundo sexo se ha hartado del lugar que ocupa, y que la humanidad no soporta más siglos de opresión y ninguneo de más de la mitad del conjunto; mayo nos recuerda que solo tenemos un planeta y el tiempo de destruir el que habitamos se acaba; desde mayo sabemos que ser padre, profesor o autoridad no es garantía de buen hacer, que los jóvenes no quieren ver, oír y callar, esperando hacerse mayores para reproducir relaciones de dominación que rechazan; desde mayo somos conscientes de que la igualdad de los seres humanos está por encima de los títulos, la edad o la condición, pero también de que si todas las personas son respetables no podemos decir lo mismo de las ideas o las acciones: las hay repugnantes y deben ser combatidas. Mayo recogió los aires que venían del otro lado del Atlántico, que preferían el amor a la guerra, y que defendían que la discriminación racial debía acabar para siempre, igual que la mayoría de los franceses habían decidido unos años antes en relación con la población argelina.

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Marx, Mayo del 68, el 15M

Una pancarta compara el Mayo de 68 con las protestas actuales en la facultad parisina de Tolbiac. |

En el 200 aniversario de su nacimiento, es necesario reconocer que la demanda que impulsara toda la obra de Marx, continúa hoy vigente, por no decir que clama dramáticamente por ser atendida: la exigencia de justicia para lo común, para los comunes y corrientes que somos casi todos. Y lo mismo ocurre con Mayo del 68 o el 15M, también conmemorados ahora, y que, antes que hechos históricos, fueron balbuceos de nuevas disposiciones, aperturas aún vigentes, "espíritus que no han dejado de soplar" —Jean-Luc Nancy sobre Mayo del 68 y la verdad de la democracia—. Ese espíritu es el aliento de lo común, el comun-ismo o lo común sin ismo, como se prefiera.  

La vigencia de tal demanda de justicia para lo común es un hecho difícilmente discutible, independientemente de los juicios que se tengan acerca de las realizaciones más o menos acertadas, a veces dolorosamente fallidas, de las tres aperturas del problema, y esto, a pesar de los cantos de cisne de los apresurados y las desencantadas y de la propaganda, siempre interesada, del individualismo. Comun-ismo, la ontología, como realidad interna del mundo, no comun-ismo, como ideología que, hoy por hoy, aparece en el imaginario colectivo copada por el socialismo científico o marxismo en sus numerosas —no tanto diversas— interpretaciones. Me perdonarán los y las marxistas que les niegue el derecho a arrogarse el "comunismo", la palabra.

Paro, precariedad, pobreza, rapiña y desfachatez política, corrupción, racismo, xenofobia, crecimiento irresponsable, cosificación de las personas nivel distopía, desprecio de los Derechos Humanos —¿se acuerdan de los refugiados? Ahí siguen, y están peor—, avance del fascismo… y movilización permanente. Vivimos en una suerte de totalitarismo disfrazado de democracia representativa que, lejos de tener que ver con lo común, es la entronización del individualismo, sometida la sociedad toda a una creciente homogeneización que trata de construir un macroindividuo en el que, quepamos o no, estemos encerradas todas. Puede ser un Estado o una red social global: da lo mismo, es un estado físico y mental. Porque el credo neoliberal se fascistiza a pasos agigantados sin más lógica que la reducción a lo uno de la pluralidad y la conversión del valor en precio. La negación del común en el triunfo del "Sálvese quien pueda" que beneficia solo a los que no necesitan salvarse. 

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Sufrir

'Sufrir'. | INMA VÍNEZ

La realidad es algo a lo que sólo podemos asomarnos de forma sesgada. Para cada persona la realidad es lo que percibe, lo que interpreta, lo que ha aprendido, lo que le han dicho de forma convincente que el mundo es. Tantos mundos como tantas mentes intentado descifrar, de formas más o menos conscientes, qué demonios es todo eso que está fuera de nuestros cuerpos.

Sólo así se explica que ante una misma realidad y en un mismo contexto y desde una posición similar unos vean miseria y otros milagro. Porque es sorprendente cómo algunas mentes pueden reducir una vez y otra el mundo a lo mezquino, naufragar una vez y otra en pequeños charcos.

Un amigo me confesó que una mañana de verano tuvo una crisis de ansiedad porque no lograba decidir si prefería ir a la playa o a la piscina. Quién no se ha visto alguna vez chapoteando de forma patética, como si estuviera en medio de una gran tormenta, cuando el agua no alcanzaba ni a cubrir sus tobillos. Quién no se ha visto, como el sobrio que dialoga con un borracho, animando a alguien (un amigo, una pareja, una madre, un hermano) que bracea desesperado en un mar imaginario.

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El Ku Klux Cat

Quim Torra y Carles Puigdemont en una comparecencia en Berlín. |

Puede que la política esté sobrevalorada, pero tampoco ha de minusvalorarse. Ya pocos creen que la política sea el mejor medio de asegurar la felicidad del ciudadano (y el político que lo prometa automáticamente es merecedor de desconfianza), y nos conformamos con que defienda los derechos maltrechos que quedan. Ni tan mal. La política hoy en día ha de encerrarse en el área y ponerse como el autobús de Maguregui delante de la portería. La erosión continua, con zarpazos incluidos. La precarización del sistema de protección social, el ataque a las libertades y derechos, la desregulación laboral y el saqueo de lo público obligan a un estrategia defensiva. Los sinvergüenzas no cesan de tirar a puerta. Ya no se trata tanto de ganar el partido como de no perder por goleada. Es lo que hay.

Quim Torra es el nuevo presidente de Cataluña y supone un nuevo paso en la estrategia de enmarañar más el conflicto territorial español sin otra pretensión que mantener la presión de la caldera y buscar unos nuevos comicios paralelos a los procesos judiciales en ciernes de los dirigentes del independentismo. Es burdo, pero efectivo, y el Gobierno central se lo pondrá fácil, estoy seguro.

No hay más plan que este para el independentismo y en el entretanto aparecen nuevos personajes, que hacen buenos a los anteriores. El último es el citado Torra, un nacionalista radical racista al que solo le falta aparecer al frente de una turbamulta con teas encendidas y capuchas. Pero le han hecho president, lo cual hace preguntarse qué valores de convivencia y respeto a principios básicos campan por el Parlament y, ya puestos, por Cataluña.

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Plagas

Cornelis de Heem. ‘Bodegón con gorriones copulando’ (1657).

Pasado de sobra el punto vernal, avanza en nuestro hemisferio la temporada en que hasta la belleza es una plaga.

Los grandes monocultivos están protegidos por blindajes transgénicos de obsolescencia programada para el mercado de futuros, como las lavadoras, los teléfonos y -desde la reunión de cierto cártel en 1925, no en Medellín, sino en Ginebra- las bombillas. Pero las pequeñas huertas sin ánimo de lucro, apenas entretenimientos con el aliciente de degustar lechugas, calabacines o tomates de origen conocido, reciben ataques masivos de especies saqueadoras. La pulsión de lo diverso no perdona los órdenes menores.

Los dueños de los plantíos devorados indagan soluciones entre sí y en las redes sociales. Muchos no quieren usar productos químicos porque 'veneno' es una palabra maldita aunque la naturaleza esté llena de ponzoña.

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¿Por qué corre Forrest Gump?

Forrest Gump.

¿Qué hace a algunas personas dejarlo todo y replantearse su vida? Hace unas semanas un caminante británico recorrió el paisaje cántabro con su mochila, su bicicleta y su perro. No es deportista ni está haciendo el camino de Santiago por la costa. Este bombero retirado lleva doce años caminando por el mundo, solo por la alegría que le supone recorrer el planeta. Algunos podrían decir que tiene algún tipo de problema mental: "es un papanatas, dejarlo todo y ponerse a caminar, ¡pamplinas!". No obstante, Martin Hutchinson tiene un objetivo: pregonar su mensaje ecologista a quienes le escuchan. Hay que cuidar del planeta, dice, mi mejor amigo. Ha estado en numerosos colegios a lo largo de su travesía de más de 100,000 km; entre ellos, en dos de Castro Urdiales y Colindres, a su paso por Cantabria, y comenta que los niños escuchan, pero al final se fijan en las malas actitudes de los adultos.

La proeza de Hutchinson no está en echarse a andar, todos podemos hacer esto, sino en tener un objetivo que lo acompaña. En muchos momentos de nuestra vida andamos o corremos sin rumbo fijo, perdiendo gran parte de nuestro tiempo porque no tenemos una meta clara. Estamos corriendo como Forrest Gump, sin sentido, como pollos sin cabeza, ya sea en el trabajo o en lo personal. A las órdenes de no sé qué jefe, de no sé qué importante proyecto, o con un trabajo precario que no conduce más que a otro trabajo precario, o trabajando en algo que no nos gusta y viviendo con la falsa ilusión de que la oportunidad simplemente llamará a nuestra puerta. En la vida íntima, desperdiciando tiempo en relaciones de amor o amistad que no nos convienen, o en pantallas de móvil que no nos dejan ver a quien tenemos al lado…

Es entonces cuando necesitamos detenernos y pensar, ¿qué dirección tomar? ¿Con qué fin? Hay un libro que danza en mi mente al pensar sobre este tema, 'El insólito peregrinaje de HaroldFry' (2012) de Rachel Joyce. Harold Fry, el protagonista, recibe una carta de una amiga que le dice que tiene cáncer y que está a punto de morir. Entonces él sale de casa con lo puesto y una carta escueta de vuelta que se dispone a tirar en el buzón más cercano. En su lugar, decide ir a echar la carta al siguiente buzón, y después al siguiente, hasta que se olvida del escrito y lo que hace es ir caminando a encontrarse con su amiga, a quien no ve desde hace veinte años. Con ello busca curarla –aunque en la novela queda claro que esto no es posible–, pero también curarse a sí mismo, salir de ese estado de letargo en el que se ha dejado caer. La llama que enciende su camino es la necesidad de expiación ante su amiga, a quien siente que ha fallado. En su peculiar peregrinaje de 87 días y 1.009 km, se encuentra con una serie de personas que le cuentan cosas sobre sus vidas que no relatarían a sus seres más cercanos con los que están acostumbrados a llevar máscaras y no mostrar su interior. El protagonista también se comportaba así con los suyos hasta que su viaje le hace ver la importancia de relacionarse con los demás y reconectar consigo mismo. Harold demuestra que se puede volver a empezar en la vida, pero sin olvidarse de su pasado, llevándolo con él, no como una carga, sino como una fuente llena de sabiduría.

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Bandera azul oscura casi negra

Ensenada de Urdiales y playa de Ostende, foto de 2008.

Perdonen la frivolidad. Voy a hablar de banderas. Sé que hay temas mucho más acuciantes para una humanidad azotada por la aniquilación de los derechos humanos, la ausencia de paz, o los daños infringidos sobre nuestro planeta. Pero de eso se trata, de deshacer algunas de las frivolidades con las que nos salpica de vez en cuando una realidad aireada con banderas.

Hace unos días nos hemos enterado de la concesión de  dos nuevas banderas azules a las playas de Cantabria: a la playa de Cuberris, en Bareyo, y a la llamada “playa de Ostende” (en realidad “playa de Urdiales”), en Castro Urdiales. El galardón reconoce los servicios y la calidad ambiental de ambos arenales, y se incorporan a lo que se considera un selecto club que da prestigio turístico al municipio que lleva la marca de la bandera, un emblema que en España otorga la fundación ADEAC (Asociación de Educación Ambiental y del Consumidor) que pertenece a la FEEE (Foundation for Environmental Education in Europe).

Por muy azul que sea esta bandera debe aclararse que desde el año 1999 la Unión Europea se ha desmarcado de este organismo y deja de financiarlo por discrepancias con los procedimientos en el otorgamiento de las banderas así como por la falta de rigor en sus concesiones. Desconozco cómo se financia la ADEAC en su totalidad, pero sé que una parte de sus fondos proviene de subvenciones de comunidades autónomas españolas. Así, la Xunta de Galicia subvencionó en el año 2017 con 40.000 euros a esta fundación que ese mismo año entregó 113 banderas azules a las playas de Galicia, y 18 banderas azules a sus puertos deportivos. Galicia es la comunidad autónoma española con mayor densidad de banderas azules.

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Más inversión, no populismo punitivo

Manifestación feminista contra la sentencia de 'la Manada' en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Las movilizaciones feministas de los últimos días han sido, además de la muestra de un clamor popular, de un cambio necesario propiciado desde abajo, un río de saberes polifónicos que aconsejan ser cautas con varias cuestiones relacionadas con la sentencia de La Manada.

De un lado, la cuestión de los jueces y juezas. Las primeras pesquisas de la Comisión General de Codificación que revisa el Código Penal apuntan a que, como se está señalando reiteradamente desde el movimiento feminista, en el caso de La Manada ha habido un problema de interpretación, de sesgo judicial patriarcal. Y considerar que se trata de una cuestión puntual de falibilidad de unos jueces concretos sería un nuevo error, pues se puede y debe, echando un vistazo a múltiples sentencias sobre abuso, violación y violencias de género, considerar que el Poder Judicial necesita una puesta a punto acompañada, tal vez, de amonestaciones y sanciones si estas se hacen necesarias. Para ello, claro está, sería necesario crear una Comisión de Vigilancia con perspectiva de género que probablemente no esté en los planes del Consejo General del Poder Judicial.

La carrera judicial, señalan desde el propio entorno jurídico, tiene como exclusivo criterio selectivo el ejercicio memorístico. Amén de exigir a menudo una inversión prohibitiva para muchos que financie los años de oposición,  en el aprobado influyen, al parecer, cuestiones aleatorias que van desde  el día de la semana —los lunes hay más suspensos— al parentesco con miembros de la propia carrera. Además, se corre el riesgo, según señala Jueces para la Democracia, de que "al centrarse la oposición, exclusivamente,  en  el  conocimiento  memorístico del Derecho" se fomente "el desinterés en una formación más amplia que permita entender la realidad social". Parece, pues, que poco o nada hay en las oposiciones que asegure en quienes las superan un sentido común apropiado para resolver problemas siguiendo las directrices de una sociedad democrática. La cuestión es bien compleja pero, visto lo visto, parece imprescindible repensarla.

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