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Riqueza, liquidez y escorpiones

¿Nunca le han quitado en el aeropuerto su frasco de after shave? Nunca entendí que una loción perfectamente inofensiva en el baño de casa fuera peligrosa en un avión. Así que se me ocurre que quizá a las autoridades lo que les preocupe sea en realidad el contrabando de líquidos: resulta que los líquidos caros lo son en mayor medida que los sólidos caros, como el oro o la cocaína.

Uno pensaba que los líquidos más caros serían artículos de lujo, como vinos y perfumes. Parte del precio se debería a la dificultad de producirlos; el resto sería atribuible, como ocurre siempre con los productos de lujo, al prestigio añadido. ¿Cuánto del precio del perfume Chanel número 5 se debe a Marilyn Monroe? Marilyn declaró que lo único que «se ponía» para dormir eran unas gotas de ese perfume, lo cual excitó enormemente la imaginación de muchísima gente. (Eso era lo que tenía Marilyn: yo podría decir que para dormir no me pongo ni siquiera colonia, pero dudo mucho que esa información excite lo más mínimo la imaginación de nadie, qué le vamos a hacer).

Lo mismo ocurre con los vinos. Es seguro que los métodos de producción de algunos de ellos los encarecen, pero además hay por ahí un tal Parker poniéndoles notas con una estilográfica, tras catarlos, y los precios de los vinos suben en consecuencia.

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Cuidar es revolucionario

Integrante del servicio personalizado de cuidados. / Senda de Cuidados

Lo "común sensible" es lo común que se siente. Está más acá y va más allá de la comunidad con que te identificas o te identifican. Es ese grupo cotidiano, la tribu, el círculo, el colectivo, incluso el barrio, más que las comunidades normadas, puramente intelectuales, regidas por el interés. El común sensible no prioriza el rendimiento, está más cerca del gasto que se vive como lujo… como el amor. Y es ese común del cuerpo a cuerpo el que está llamado a protegernos del capitalismo, el patriarcado, el racismo, el capacitismo, el edadismo… y la insatisfacción general que el desorden mundial provoca en nuestras vidas. Por contagio y cuidados más que por estatutos e imposiciones.

Tengo una amiga que esta semana tuvo que renunciar a una gesta solidaria, una acción internacional contra el racismo, para quedarse con sus padres enfermos que afrontan, probablemente, los últimos tramos de su vida. Nada menos. Mi amiga se ha visto obligada a posponer su plan porque ha decidido apostar por el momento singular, doloroso y prosaico, esencial, que le toca vivir junto a ellos. Su acto es revolucionario en un mundo cruel, poco dispuesto al contacto y la vulnerabilidad, y edadista, discriminador con las personas mayores, obsesionado por la belleza y la juventud e incapaz de poner en valor la edad y la sabiduría. Me pregunto cuántas personas habrá conscientes del valor único de su gesto, ese gesto tan invisible como admirable, y tantas veces repetido en la vida de tantas mujeres y algunos hombres: repetido y singular, frecuente y, a la vez, único.

En su interesante libro, 'Trincheras permanentes' (Pepitas de Calabaza, 2017), Carolina León pone la mira en las "retaguardias de la revolución", indaga en las intersecciones de política y cuidados, esos que te implican de cuerpo entero y a menudo te arrancan de la primera línea, de la zona visible. La revolución se ha de hacer cuidando y los cuidados se han de entender como revolucionarios. Se ha de cuidar a los niños, las compañeras, los debates, el planeta, los mayores, los acuerdos, las marginadas, los valores, los enfermos… No cabe imaginar un mundo mejor en el descuido, porque es el cuidado lo que nos hace dignamente humanos —y en esto hay acuerdo, al menos, entre León, la que escribe, mi amiga y el mismísimo Martin Heidegger—. Sin embargo, el modelo político en que se nos educa, el que a menudo realimentamos, es sobre todo despiadado y descuidado, descorporeizado, ajeno a la vida que es lo que la política protege —o debiera proteger—.

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De milagro

'El espíritu de la colmena'.

Un día, tendría yo unos cinco años, salimos a la calle y cerramos sin querer la puerta de la casa con las llaves por dentro. Vivíamos en un primero así que saltamos al patio desde el piso de una vecina. Nuestro baño tenía una de esas ventanas de cristal sujeto con masilla a un marco metálico. En la parte de abajo el cristal era fijo y en la parte superior había una pequeña ventana oscilante, que estaba abierta. Mi madre me metió por esa ventana y me descolgó cabeza abajo mientras me sujetaba por las piernas. En un momento dado me soltó y caí, no recuerdo bien cómo, sobre la bañera. Después, sin lesiones aparentes, corrí orgulloso a abrir la puerta.

Otro día, siendo muy pequeño también, entré solo en la cocina y, al pasar junto a la olla express, giré la llave del gas poniendo el fuego a su máxima potencia. Era una cocina estrecha y alargada, con la ventana en uno de sus extremos. Hasta la ventana fui y me asomé por ella a imaginar que había una montaña rusa dentro del patio (era algo con lo que fantaseaba algunas veces) y que, subido en uno de los vagones de esa atracción soñada, pasaba por delante de las ventanas de los vecinos del sexto y del tercero a una velocidad vertiginosa. La olla explotó y llenó la cocina de vapor, de caldo hirviendo y de fideos. Había fideos por las paredes, por el techo, en los armarios, por el suelo. Mi madre, como si aquello fuera 'Apocalipsis Now', apareció entre el humo gritando mi nombre. Su voz llegaba, como si yo estuviera dentro del agua, a mis oídos aturdidos.

Con un amigo jugaba, con siete años, en las vías del tren del puerto. Pasábamos todos los días por allí al ir y al volver del colegio. Solos, por supuesto. Poníamos monedas en las vías para ver cómo el peso del ferrocarril borraba los rostros y las letras impresas convirtiendo las monedas en un trozo de metal aplastado.  A veces colocábamos también palos en los raíles y nos escondíamos para ver si el tren descarrilaba.

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La falta de respeto

Valle de los Caídos. |

Hay personas que se ufanan de infundir miedo aunque se engañen creyendo que infunden respeto, pero, a diferencia de aquel, el respeto se gana mientras que el miedo se impone. Esto lo vi muy claro cuando yo iba al colegio. Eran tiempos en donde la escuela se daba todavía en blanco y negro y entre la variada colección de curiosidades zoológicas que impartía clase había una doblemente curiosa. Le llamábamos don Cheche de manera nada afectuosa. Don Cheche se paseaba muy ufano por lo que él creía que era el respeto que nos merecía. La verdad es que lo detestábamos hasta decir basta por ser rencoroso, miserable y cruel. Otro sociópata en una institución de poder, como luego descubriría. Pero era de esos mostrencos que hasta después de muertos infunden pavor. Y aquí lo dejo, que contar historias escolares o de la mili sin que nadie las pida debiera estar penado por la ley.

Decía que el respeto es una virtud, algo digno de encomio. En eso estamos todos de acuerdo. Pero el miedo es más fácil de imponer y aprovecha más que el respeto, el cual casi siempre está en desventaja pues llega al final de una larga vida de privaciones y apaleamientos. En la relación coste/beneficio, el miedo no tiene rival: es, de lejos, el más productivo (y si se practica en España queda impune y hasta te entierran con todos los honores). El problema de este país es que siempre ha confundido el respeto con el miedo, tal vez porque sea bastante bruto y en consecuencia respete la brutalidad.

Tómense, por ejemplo, los movimientos revolucionarios del siglo XIX. Ninguno de ellos, y fueron unos cuantos, llegó a cuajar y esto le llamaba mucho la atención a un señor llamado Karl Marx quien, desde la British Library (el Google de la época) seguía los acontecimientos por la prensa y hacía repaso de lo que había ocurrido desde 1812. Marx concluía con asombro que no había manera de que, a diferencia de Francia u otros países, en España se cerrara un proceso revolucionario. ¿Por qué? Por el respeto, es decir, por el miedo paralizante que infundían instituciones, caso de la Monarquía, pero también por la incapacidad resolutiva y la facilidad de las camarillas corruptas de controlar los tempos. Así, de tanto respeto, y con tantas contemplaciones, todo quedaba en aguas de borraja. Los borbones seguían en su sitio y los nuevos gobernantes en seguida buscaban la estela de los antiguos, empezando por el pago religioso de las deudas de estos.

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La abolición respondida

John Collier | ‘Restaurante’ (det.)

«Un poema que no respetase los principios de la termodinámica sería la mejor descripción de la soledad de una esponja exfoliante robada a un tritón en un momento obligado de reflexión para advertir que esta no es una crítica seria de un compendio poético, sino una llamada al orden y a la vez una señal de alarma. Postulan engendros como el que aquí juzgamos el desequilibrio, sin más, de una expresión que las contenga todas, como si los los lotófagos pudieran recordar que su nutrición es el olvido. Afirman que lo que no es trabajo es calor y viceversa, y que toda explotación de un cuerpo entraña un frío indefinible. Defienden que ese frío puede entregar luz al desierto de los géneros y obligar a la entropía a viajar hacia un estado inconstante alejado de cero tanto como de la vigilancia y el castigo. Tal actitud no debe ser consentida.» (Alegato fiscal durante el juicio a un rapero surrealista.)

Mientras escribo esto pasan en televisión un reportaje sobre un falso queso muy reputado, pero de pronto la voz en off gira en el cielo y canta cual viento de la noche y aparece un tipo diciendo, como si lo acabara de descubrir, que la grasa de camión es necesaria. Luego bailan asteroides emergentes y unas cuantas chicas parecen entusiasmadas con la obligación de ir a la moda y la mediana, la parábola y la hipérbole. Otro macho corrobora: el lubricante es un agente imprescindible a causa de los roces. Peter Grullo, diplomático en excedencia, se suicida en un burdel de Las Vegas. Un crítico saltimbanqui entrevista a una estrella literaria que de pronto estalla como una supernova en burbujas inmobiliarias. Nuevas bailarinas ocupan boca abajo el espacio de la duda.

Tengo que darles un motivo para permanecer en esta columnata y les proporciono información al uso: trato de hablar del libro titulado 'La mujer abolida', escrito por Vicente Gutiérrez Escudero, sobre quien, además de no ser neutral (la neutralidad es un insulto), sólo puedo escribir automáticamente. Estoy seguro de que él lo comprenderá, lo cual tampoco es necesario: conozco al tipo. No se vayan ustedes a creer que voy a justificar el subtítulo. No se vayan ustedes a creer. No se vayan.

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Rabia y miel

Camarón durante una de sus actuaciones.

Me atraen las voces rotas, las que se quiebran. Musicalmente prefiero a Camarón, rabia y miel, que la perfección vocal del cantante más perfecto. No tengo claro por qué me atraen con tanta fuerza los cantos ásperos, rasgados. Voces como caminos sin asfaltar, voces como la corteza rugosa de los árboles, voces como torrentes turbios.

No me pasa sólo con la música. Prefiero un jardín ligeramente abandonado, donde asoman zarzas y plantas que crecen sin permiso, que un césped impoluto. Prefiero un coche usado, ya sucio y un poco abollado, que uno nuevo. Prefiero un personaje literario a veces miserable y a veces bondadoso que uno que sea únicamente bondadoso. Prefiero la madera desgastada a la que brilla tras una capa reluciente de barniz. Prefiero las camisetas que ya se han amoldado al cuerpo que las recién estrenadas. Prefiero las canas al pelo teñido. Prefiero la arruga al maquillaje. Me hipnotizan más las manos duras de un labrador que las uñas impecables de un oficinista.

¿Por qué me genera rechazo aquello que más reluce, aquello que más se acerca a lo perfecto, y me atraen los arañazos, las fisuras, las cicatrices, el cuerpo sin adornos? Quizás porque nunca he visto verdad en la pureza. Las sombras dan sentido a la luz, lo llenan todo de matices. No es casualidad que el amanecer y el anochecer, allí donde lo claro y lo oscuro se abrazan, sean los momentos más hermosos de un día. Un lugar en el que sólo exista la pura luz tiene que ser, además de irreal, insoportable, como esos días de agosto a las dos de la tarde con el sol aplastándolo todo. Con toda seguridad me gustan las cosas resquebrajadas porque son un espejo más fiel de lo que soy. Y es por ello que las cosas imperfectas me conmueven.

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Canibalismo inverso

Pedro Sánchez durante su primera entrevista para RTVE, como presidente del Gobierno

El Dicrocoelium dendriticum es uno de los parásitos más despiadados que existen. Para viajar de huésped en huésped, de inquilino en inquilino, es capaz de alterar la mente de su portador y llevarle a provocar el suicidio con el fin de que sea devorado y así pasar a otro organismo. Esta manera de control mental se da en las hormigas, en los ratones y, parece ser, que en el hombre, quien en los primeros estadios de la evolución era poco menos que un buen bocado para los grandes felinos que poblaban el planeta.

Científicos de la Universidad Ben Gurión acaban de publicar en la revista Frontiers in Psychology un artículo en el que narran ejemplos de manipulación mental en el reino animal, cuya realidad no tiene nada que ver con la de Disney. Es especialmente truculento lo que el Dicrocoelium hace con la hormiga. Antes de llegar a ella ha iniciado su periplo en el hígado de un animal, pongamos una oveja, en donde deposita a su progenie. A través de las heces del huésped, el parásito viaja al exterior, en donde se encuentra con un caracol en busca de alimentos. La mucosidad del caracol atrae a las hormigas a su vez por lo que el huevo del parásito es incorporado a su organismo. A partir de ese momento, el parásito tiene que convencer de algún modo a la hormiga de que se deje comer (como tema de conversación entre humanos no es muy recomendable a la hora del té) y así aquel pasar a otro organismo en cuyo hígado poder reiniciar el proceso.

Lo fascinante de este caso es que para hacerlo llega a controlar la mente de la hormiga portadora, cuyo comportamiento roza el sonambulismo. La hormiga infectada, al anochecer, deja la colonia y se encarama a una brizna de hierba. Una vez en lo alto, muerde con fuerza la planta y se deja colgar, a la espera de que un depredador la devore. Si eso no ocurre, vuelve a subir y retorna a la colonia como si nada. Al día siguiente se comportará como una más, pero al caer el sol volverá a dejar el grupo para repetir la operación.

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Gay Talese honra a su padre

«My father was a tailor»: así empieza Gay Talese a hablar de su padre. Es una frase cargada, porque de modo muy parecido empieza The House Of The Rising Sun, una canción que oí mucho de adolescente, y que continúa: «She sewed my new bluejeans». Que es exactamente lo que ladra el perro que hace mucho me regaló Iván Pávlov, que oyó conmigo la canción muchas veces, a The Animals y a Joan Baez. El perro es muy poco cuidadoso y se agarra a un clavo ardiendo para ponerse a ladrar: finge ignorar que era la madre del autor de la canción quien le cosió a este sus vaqueros nuevos.

Y Talese no habla de su madre, sino de su padre. Un sastre italiano emigrado a Nueva Jersey que aprendió inglés leyendo el New York Times, donde seguía con preocupación las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial: sus hermanos combatían en el ejército italiano, junto a los alemanes, contra los estadounidenses, sus paisanos de adopción.

Más tarde Talese dedicaría años a investigar y contar la vida de su familia, recogiendo testimonios de familiares y vecinos vivos, que le hablan, por ejemplo, de su bisabuelo Domenico Talese, que se levantó una mañana para descubrir que Dios le había regalado un olivar, completo, colocándolo encima de un prado suyo. Al menos eso es lo que dijo en respuesta a la demanda que le puso el vecino a quien Dios le había quitado el olivar, arrancado de cuajo, en una pieza, como un tapín, terremoto mediante, por no devolvérselo. Claro que ¿cómo se devuelve un olivar que te cae del cielo?

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Esperando a las bárbaras

Líbano adopta nuevas medidas para afrontar la llegada de refugiados de Siria. |

Europa, este continente maltrecho que habitamos, tiene, por supuesto, sus mitos milenarios, aunque hayan quedado escondidos en libros llenos de polvo. Su nombre viene, como teónimo, y sólo en este parece haber consenso, de la princesa y heroína de Fenicia raptada por Zeus: así, desde su propia base mitológica, fue no europea sino asiática —Fenicia comprendía las actuales Siria y Palestina—, la madre mitológica Europa: extranjera y mujer.

Pero quietas ahí, amantes de la ilusión histórica conveniente —se me puede objetar, con razón, ¿qué otra cosa es retrospectivamente la historia? —, esta es toda la buena noticia. La historia cuenta el rapto de Europa por Zeus, ese mítico y habitual violador a la base de la cultura europea, y la explicación mítica es, entonces, tan sangrantemente patriarcal como racista. Sirvió, además, para afirmar la identidad griega frente a la de los bárbaros —los extranjeros, los persas—, operación de hegemonía —dichosa palabra, desdichada realidad— que definirá toda la historia colonial de Europa, también la colonialidad —conozcan el pensamiento decolonial de, entre otros, Aníbal Quijano, merece la pena— de nuestros días.

Cierto es, en buena medida, que Grecia, cuna de esa versión de Europa de la que sin duda cabe enorgullecerse, era un lugar de intercambio y encuentro, de comercio y circulación, un espacio multiétnico a cuya heterogeneidad debemos, entre otros logros, el pensamiento racional que llamamos filosofía. Lástima que aquella cuna de la democracia excluyera a mujeres, esclavos y metecos (extranjeros). La realidad heterogénea de Europa, desde entonces, ha quedado siempre por plenificar.

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Sobre el sueño

'El sueño de Jacob', por José de Ribera.

A veces, no muchas veces, me despierto y no sé dónde estoy ni qué día es. Durante unos segundos mi mente se encuentra como suspendida en un lugar indeterminado, en un tiempo impreciso. ¿Es esta mi cama? ¿Es lunes o sábado? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quién soy yo? Es como cuando arrancas el ordenador y se queda un rato procesando la información antes de que el fondo de escritorio aparezca nítido y reconocible ante nuestros ojos.

A veces, no muchas veces, me despierto pero no estoy despierto del todo y durante unos segundos se funden la realidad y el sueño y no soy muy capaz de distinguir lo uno de lo otro. Algo parecido a cuando en una desembocadura se entremezclan el agua dulce y la salada en un torbellino confuso. Y como no sé qué es real y qué ensoñación no tengo claro si quiero entrar de nuevo en el sueño o escapar de él de forma definitiva.

A veces, no muchas veces, mi cuerpo se ha movido estando yo dormido, se ha puesto en pie y ha dicho cosas que luego he sido incapaz de recordar. En una ocasión, en cambio, no pude mover mi cuerpo estando yo despierto: mis párpados no obedecían las órdenes que enviaba mi cerebro, tampoco mis extremidades, que estaban quietas pese a que yo no quería. Sufrí, al parecer, algo que se denomina parálisis del sueño. No podía moverme pero sí sentir la angustia creciendo dentro de mí como una enredadera.

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