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En el Norte los problemas también existen

Parece que ya ha terminado (o, al menos, eso espero) el periodo de múltiples elecciones que hemos vivido en los últimos meses. Es tiempo, por tanto, de poner encima de la mesa algunos de los problemas que los nuevos gobiernos habrían de abordar. Uno de ellos es, sin duda, el paro: el problema que, según indican las encuestas del CIS, es señalado por la población española como el más grave de nuestro país. El indicador más habitualmente utilizado para medir este problema es la tasa de paro, cuyos datos aparecen frecuentemente en los medios. Este indicador, no obstante, puede dar lugar a equívocos importantes. Por ejemplo, a infravalorar la magnitud del problema en CCAA como la nuestra. Lo explico con más detalle a continuación.

El gráfico 1 muestra la tasa de paro por CCAA, tomando la media del último año completo (2018). Como se observa, las mayores tasas de paro se detectan en las CCAA del Sur de España: en Extremadura y en Andalucía, además de en Canarias, el paro se sitúa por encima del 20%. Por el contrario, las menores tasas de paro se observan al Norte y Noreste del país: el País Vasco, Navarra, La Rioja y Aragón rondan el 10%. También Cantabria destaca positivamente: con un 10,7%, 4 puntos y medio por debajo de la media española, nuestra Comunidad fue la quinta con menor tasa de paro en 2018. CCAA de nuestro entorno como Castilla y León y Asturias también contaron con una tasa de paro inferior a la media estatal. Si se mira únicamente este indicador, podría pensarse que el paro es un problema enquistado en la mitad Sur de España, mientras que las CCAA del Norte estarían ajenas al mismo y gozarían, en general, de una buena situación económica. Sin duda, una imagen engañosa.

Fuente: elaboración propia a partir de datos de la Encuesta de Población Activa del INE.

Gráfico 1. | Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta de Población Activa del INE.

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Olas de estío

‘Paseo marítimo’ (1912) | MAN RAY

Es la misma mar desde julio de 1847, cuando cambiaron oficialmente la manera de mirarla, el uso de las olas y el orden de los versos.

El doctor Casallena sale del casino a punto de abandonar el hedonismo siguiendo el ritual perediano mientras, por un cronocapricho, no lejos de allí, en Piquío, ante otro mediodía, hora extraña para ese acto, una manicura de rara belleza se pega un tiro con el revólver de su amante. La síntesis entre el espejo con vaho matinal del amor romántico y la vana esperanza de encontrar un novio que la librase de la lima de uñas la condujo a lo que la prensa, conciliadora, omitiendo las artes del señorito de buena familia, llamará un malentendido casi fatal. Sobrevivirá para seguir viaje.

Que nadie se suelte de la maroma, señor, señora, y, si lo hace, que se aferre al bañero como si fuera el último en alquiler del verano. Las casetas rodantes están dotadas de toallas, esponjas, juguetes de coral, perfumes y cepillos para el pelo. Algunas tienen toldo y doble fondo. Las farmacias abren todo el día y las campanillas de las puertas no paran de sonar. La oferta incluye pastillas de opiáceos mentoladas y vinos quinados y cocainados.

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La memoria de las palabras

Imagen de archivo del Día Infantil de Cantabria.

George Steiner nos dijo que “lo que no se nombra no existe”. Pero quiero sumar hoy otra reflexión suya que no viene sino a reforzar la idea que quiero transmitir: “Babel es tal vez una bendición misteriosa e inmensa. Las ventanas que abre una lengua dan a un paisaje único. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros tantos mundos nuevos”. Sirva esto de entrada, de aperitivo o de “hamaiketako” como dicen en mi tierra.

Vaya por delante que soy vasca, porque no quiero dar lugar a equívocos y malas interpretaciones, que aun así se harán precisamente por ello. Mi familia paterna proviene de las tierras campurrianas; ni abuelo nació en Arroyo y mi abuela en Malataja (en Los Riconchos) y la casa familiar se asienta a los pies del Pantano del Ebro, en Las Rozas de Valdearroyo. Mi familia materna es medio vasca por parte de abuelo (Derio) y andaluza por parte de abuela (Carmona). Y yo me crié en Getxo (Vizcaya). Despliego mi genealogía, que probablemente le importe un chiflo a cualquiera que no sea yo misma, para ilustrar por qué defiendo el cántabru como una seña de identidad propia que es imprescindible conservar.

Es desde el lenguaje desde donde se le da forma a la sociedad; es lo que construye cultura. A través de él transmitimos conocimientos, valores, creencias, mitos y costumbres. De la mano de la palabra somos capaces de generar códigos sociales que nos diferencian de otros mundos, que elaboran contextos propios, que nos hacen “ser”. Si comprendemos de dónde venimos, porqué nuestros lenguajes olvidan o nombran en función de nuestras construcciones sociales o religiosas, o de nuestras necesidades de supervivencia, probablemente no solo nos entenderemos mejor como grupo humano o como seres individuales dentro de ese grupo; también nos puede ayudar a avanzar hacia lugares mejores.

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De mar y de tierra

En el mar poco se parece a lo que ocurre en tierra. Los nombres, por ejemplo. Si alguien sobre cubierta pronuncia la palabra 'cuerda' tiene todas las papeletas de pasar un par de semanas pelando patatas o ser pasado por la quilla, y con razón. Otra de las cosas que diferencia la mar de la tierra es que en el agua todo está más limpio. No quiero decir que en tierra no haya cierto sentido de la pureza, por ejemplo ante una montaña, pero el mar es un desierto, tal vez el más grande que existe, y la sensación de vacío a lomos de ese ser vivo que parece respirar impresiona.

Ante el mar, el hombre o la mujer adquieren la conciencia de lo poco que son ante el espectáculo, a veces dantesco, de la naturaleza. Pero a cambio saca lo mejor de uno mismo. Lo importante es saber entonces que sobre el agua todo es a la vez más difícil y más simple (simple en el sentido de sencillo o, como diría Borges, la modesta e íntima complejidad), por lo que las cosas se reducen a su esencia: trabajo, belleza, solidaridad, camaradería... En tierra todo es estúpidamente más complicado.

Esto hace que desde los tiempos en que el primer humanoide se puso a flotar sobre una corteza de árbol se desarrollaran códigos de comportamiento y solidaridad que en ocasiones se han traspuesto al Derecho y otras no. Practicar el canibalismo en caso de naufragio, cosa que ha ocurrido más veces de lo que se cree, afortunadamente no tiene respaldo jurídico, pero auxiliar a los náufragos sí, y eso es una bendición y tal vez uno de los muchos legados que los hombres y mujeres de mar han hecho a los de tierra.

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Ver a Dios en el tercer milenio

El conductor del autobús cobraba los billetes y devolvía el cambio correcto a cada pasajero, como siempre, pero ese día además les explicaba lo contento que se sentía de estar en el Cielo. Hizo lo mismo al siguiente: dos días estuvo oyendo voces divinas y angelicales. Cuando regresó a la Tierra, al mundo de todos, siguió convencido de haber estado realmente en el Cielo.

Su experiencia la cuenta con detalle un artículo del British Journal of Psychiatry, publicación que no figura entre mis lecturas habituales, pero que es citada por Oliver Sacks en un artículo con el mismo título del presente, recogido en su último libro (Todo en su sitio. Primeros amores y últimos cuentos).

La experiencia de ver a Dios ha ido cambiando con el tiempo, desde luego. En el primer milenio a. C. era relativamente fácil encontrarse con Él en mitad del trajín cotidiano: por entonces le gustaba alternar con los humanos. Varios personajes hablaron con Dios, y uno, Jacob, tuvo incluso la temeridad de pelear en Su contra y la asombrosa suerte de vencerlo (Gn 32, 25-31).

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Cuando toca desobedecer

Ilustración de la activista Carola Rackete.

Está pasando ante nuestras narices: un genocidio migrante y la criminalización de quienes quieren evitarlo. El fascismo y nazismo de ayer se repite como tragedia en la xenofobia y aporofobia de nuestros gobernantes. Que salvar las distancias no nos robe perspectiva de la similitud.

A principio del siglo XXI, ya no resulta tan difícil ponerse en la piel de los alemanes y alemanas que consintieron el nazismo, viviendo, como estamos, un migracidio flagrante. No daré ya cifras, porque todas sabemos que son obscenas. Sin embargo, la respuesta de quienes rechazamos este asesinato sumario en el Mediterráneo está siendo, cuando menos, insuficiente. Y ya no vale con expresar indignación momentánea en las redes sociales, ya no es suficiente con denunciar y mostrar la lógica necropolítica que gobierna la Unión Europea, ya no basta con acciones de concienciación acerca del genocidio migrante: ha llegado la hora de la desobediencia.

Ante semejante realidad intolerable, tras años de trabajo ciudadano colectivo intentando convencer a los gobiernos de que cumplan la legalidad internacional y respeten los Derechos Humanos —algo demencial—, hemos arribado al momento, siempre difícil, de la desobediencia civil. Señalaba Henry David Thoreau, pensador por excelencia de la desobediencia, que ese momento llega "cuando ya no quedan más herramientas", cuando la cerrazón del poder no permite esperar una respuesta democrática. Y el asesinato por omisión de socorro de miles de personas jamás podrá pasar por ser democrático.

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Divorciados

Exposición '1917'. Centro Pompidou-Metz, 2012. | RPLl

Después de entregarle los hijos a su exmarido para que los llevara a comer helados con arena a la escollera, la mujer le ha oído decirles, transmitiéndoles ilusión adolescente, que van a representar el desembarco de Normandía en El Sardinero y tienen todo el verano para preparar los disfraces. Y ella entonces ha deseado que la mar se coma toda la playa lamiéndola con furia hasta dejar sólo las rocas con su verdad desnuda y se ha acordado del punto álgido de su proceso de ruptura.

Fue durante unas breves vacaciones en Francia. Como si la familia presintiese la tormenta, los hijos estaban con los abuelos. Ella quería ir a Reims, ver la catedral incendiada en 1914, las gárgolas que habían vomitado plomo fundido. Él quería participar en la parafernalia de visitas, itinerarios y actividades organizada para explotar el desembarco en las playas renombradas por los generales. No había tiempo para las dos cosas.

-Por lo menos la de Omaha, la más sangrienta...

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Rafa

De la Sierra junto a Revilla en la noche electoral de 1995, antes de llegar por primera vez al Gobierno.

Rafa de la Sierra ha sido el 50 por ciento de mi vida política. Le conocí en 1976, poco después de mi intervención en una mesa redonda en la Cámara de Comercio de Torrelavega, donde defendí la descentralización política de España, la recuperación del nombre histórico de Cantabria y su conversión en una Comunidad Autónoma uniprovincial.

Aquellas ideas expresadas poco después de la muerte de Franco despertaron reacciones de todo tipo. Y entre ellas, la de Rafa, un joven al que recuerdo espigado y delgado, de Renedo, abogado, que se acercó a mí para decirme que estaba de acuerdo con mi forma de pensar.

Tras aquel primer contacto cristalizó la idea de poner en marcha la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), que llevamos a cabo entre los dos, con el fin de impulsar la movilización social a favor de la autonomía y el cambio de nombre de Santander por Cantabria.

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Ni una muerte más, vías legales y seguras

Personas refugiadas.

Este 20 de junio, debemos recordar a esas personas refugiadas, a las personas migrantes, debemos evidenciar su injusto y evitable sufrimiento. Debemos hacerlo mirando con vergüenza las políticas migratorias y de refugio que nuestros gobiernos adoptan, debemos dar a conocer y condenar esas políticas de muerte, para conseguir que cambien, para evitar ser cómplices.

La llegada de personas migrantes que buscan huir de la pobreza y la desigualdad crecientes, no representa ninguna crisis; el número de personas que necesitan asilo y refugio para salvar su vida de las guerras, de la persecución política, de la violencia machista, etc, etc, no es alarmante. Lo que es alarmante es el cierre de fronteras y el incumplimiento de la legislación internacional, europea, española sobre asilo y refugio. Lo que es una crisis es la que padecen países empobrecidos que acogen a la gran mayoría de las personas refugiadas a las que les negamos una entrada segura. Según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), son al menos tres millones y medio en Turquía, un millón y medio en Pakistán y Uganda, un millón en Líbano, setecientos mil en Jordania, mientras que Alemania, la campeona europea, acoge a un millón.

Lo que en realidad es un crimen, es el cierre deliberado de fronteras, la negativa a facilitar rutas seguras a las personas que intentan acceder a Europa, la exclusión y persecución de la las ONGs que salvan vidas. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional de Migraciones (OIM), 2299 personas murieron tratando de alcanzar las costas europeas en 2018, y 543 personas más (al menos) en lo que llevamos de año. A ese crimen deliberado se añade la demagogia, entre la más sangrante la que asigna la responsabilidad de todo a los traficantes de personas, además de a las ONGs que rescatan personas, claro. Como bien dice Gianpaolo Musumeci autor del libro 'Confesiones de un traficante de personas': “El peor golpe para el tráfico de personas es la apertura de vías legales y seguras de acceso a Europa. Estamos en un momento en el que Europa se lleva los barcos de las ONG, Italia retira la misión Mare Nostrum, se cierran las rutas, etcétera. ¿Quién está trabajando? Los traficantes". "Si Europa no crea corredores humanitarios, los traficantes lo hacen. Los traficantes son la respuesta criminal a las necesidades de los migrantes”.

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El día más largo en Sardinero Beach

En la noche del próximo 26 de septiembre puede que aparezca un paracaidista británico enganchado en la aguja de la iglesia de los Carmelitas o que algún noctámbulo se tope con un pelotón de la división de choque 'Uno Rojo' perdido por la calle del Carmen o que nadie pueda dormir en la Avenida García Lago por los cañonazos de las baterías antiaéreas alemanas. Puede que todo Santander se despierte cuando oiga los motores de la flota aérea norteamericana sobrevolando los tejados de la ciudad y alguno tenga que sujetar los botes de la alacena por la vibración. Compadezco al que madrugue y se tope en el jardincito de su adosado con un John Wayne fumando un puro y transportado en parihuelas por sus soldados. No es descartable tampoco que muchos sintonicen una nada clandestina BBC para enterarse de que El Sardinero se ha convertido en Omaha Beach y Santander llegará, al fin y con 75 años de retraso, al Desembarco de Normandía. Pero Santander no es la ciudad de Caen ni El Sardinero es Omaha Beach, aunque la capital cántabra siga teniendo en su nomenclátor a grandes espadones del franquismo a los que no haría mucha gracia este acontecimiento.

Santander recreará entre el 27 y el 29 de septiembre el Desembarco de Normandía y esto hay que leerlo dos veces porque da que pensar, aparte de dejar al lector ojiplático y como alelado. Una recreación histórica es como un juego de guerra para mayores, supuestamente un homenaje bienpensante a no se sabe muy bien qué, con el añadido del público mientras se toma un vermú a la vera de aguerridos granaderos napoleónicos o hurañas huestes de Corocotta. Nos gusta disfrazarnos y sentir las emociones fuertes, siempre y cuando sean tan falsas como la guardarropía de los figurantes. De romanos en Los Corrales a franceses en Muriedas, con las casacas bien limpias y la botonadura de latón brillante, el espanto de la guerra en la reconstrucción histórica queda reducido a una mera nota a pie de página y puede servir entonces para muchas cosas: para pasar un rato divertido, para sentirnos valientes y fuertes, para pensar qué suerte tenemos de haber nacido aquí y ahora, para salir fieramente en Instagram, para aplaudir el despliegue de la testosterona militar y aplaudir de paso a la bandera (¿barraestrellada?)... e incluso sirve para tergiversar la Historia.

Ni España ni Santander estuvieron entre los que defendían un mundo de libertades, sino, sotto voce (era 1944), en el bando opresor. No hay nada que conmemorar. No hubo ningún desembarco en España y el que va a haber ahora es más 'fake' que el bronceado de un vampiro. Porque en el mayor conflicto que el mundo ha vivido, los defensores de las libertades, que para bien y para mal han hecho posible el mundo en que vivimos, eran los otros y los otros no pasaron por España. De hecho, mientras esos otros se la jugaban por las ideas de los demás, por estos pagos seguía muriendo gente por sus propias ideas.

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