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Cantabria es la quinta comunidad con menor número de hijos por mujer

De las comunidades de nuestro entorno, solo Asturias se encuentra ahora claramente por debajo.

Hace cinco meses, la vida me regaló la maravillosa experiencia de ser padre. Pronto, me di cuenta de que estoy, sin duda, ante el reto más importante y, a su vez, el más bonito de mi vida. En estos meses, las tareas que conlleva la paternidad me han requerido casi todo mi tiempo y mi esfuerzo. Me han faltado ideas, y también horas, para reflexionar sobre los temas de  “Economía Cercana” que abordo en mi artículo mensual en este medio. No es de extrañar, tampoco, que este artículo que ahora escribo, el primero tras esta pausa, aborde precisamente un problema relacionado con esta cuestión: el de la escasa natalidad.

En estos meses, he conocido de primera mano la enorme alegría que aporta un niño recién nacido. A sus padres y a su entorno más inmediato, por supuesto, pero también a otras personas sin esa vinculación tan cercana: vecinos, compañeros de trabajo o, incluso, desconocidos que, en la calle, en un comercio o en el autobús, responden a la presencia del niño contagiándose de su felicidad. Es tremenda la capacidad que tiene un niño para transmitir sensaciones positivas. Para sacar lo mejor de cada uno: su lado más amable y más humano. Y para romper, durante unos instantes mágicos, con dos de los grandes males que aquejan a nuestras sociedades, tan urbanas y tan modernas: el excesivo individualismo y la frialdad en las relaciones interpersonales.

Resulta, pensándolo bien, muy lógico que, como individuos sociales que somos, demos esa importancia al nacimiento de nuevos niños. Éstos son, realmente, la única forma de renovarnos y de sobrevivir como sociedad (y como especie), ante un fenómeno inevitable como es el paso del tiempo. Sin niños, todo desaparecería tras nosotros. Sin embargo, observo una triste incoherencia entre esas intensas emociones en el plano individual y, por contra, la escasísima prioridad que, como sociedad, otorgamos a favorecer la natalidad. Basta dar un paseo por el centro de Santander, o por el de casi cualquier otra ciudad de nuestra comunidad, para constatar la absoluta escasez de niños. También en la periferia, barrios antaño llenos de vida se encuentran cada vez más envejecidos. Y el problema es, si cabe, aún mayor en nuestras zonas rurales, que se desangran desde hace décadas ante la despoblación y la falta de recambio generacional. Y, frente a ello, ¿qué hacemos como sociedad? Bastante poco, en realidad, más allá de reaccionar con indiferencia o, si acaso, con resignación. A continuación, analizo algunos datos que ilustran la magnitud del problema.

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De confederaciones y municipalismo: una mirada más allá [de lo local]

Manifestantes en la Puerta del Sol durante las protestas del 15-M en 2011(Juan Luis Sánchez)

¿Qué organización?, ¿qué democracia?, ¿qué participación?, ¿qué movimientos sociales?, ¿qué autogobierno?, ¿qué contrapoder?  Reflexiones sobre estas cuestiones y otras han copado la agenda municipalista desde hace tres años, situando como hito las elecciones de 2015 y la proliferación de candidaturas y colectivos locales con referentes comunes en el estado español.

No dejamos de darle vueltas a las formas más adecuadas de autogestionarnos, de generar tensiones suficientemente transformadoras para cambiar las políticas en nuestros municipios. Hay quienes, agotados por el ciclo institucional, cuelgan las corbatas de representantes públicos, decididos a volver a las calles. Y hay quienes creen/creemos que los espacios de lucha dentro de las instituciones no han sido explorados desde las perspectivas adecuadas, bien por desconocimiento, bien por una visión naif de la política o bien por las lógicas que nos desgastan entre kilos de burocracia y fatalismo estructural de unas instituciones caducas que no representan la realidad de una sociedad compleja y en permanente cambio.

Pero hay algo que no dejamos de tener en mente aquellas que nos situamos en la posición de seguir investigando los límites: si el municipalismo no se sitúa en “lo global frente a lo local” este ciclo de luchas tendrá una más que probable disolución en la historia de lo que “quiso ser y no pudo”. El aislacionismo en nuestros municipios, intentando resistir frente a las oligarquías locales y las limitaciones del autogobierno, acaba con los colectivos agostados. Es en esa mirada más allá de nuestras fronteras, individuales y comunes, donde nos reconocemos y nos apoyamos. Aumentamos nuestras capacidades y recursos, al ser compartidos. Y podemos forzar en ámbitos supramunicipales reivindicaciones que pudieran parecer menores si las reducimos a un solo municipio.

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Zánganos

'Der Sommer' - Caspar David Friedrich

Un vecino de noventa años me dijo hace poco: "Ay, si volviese a vivir haría las cosas de manera distinta". "Qué harías distinto", pregunté yo. Su respuesta fue automática: "¡Sería un zángano!". Y luego comenzó a reír como si hubiese hecho un corte de mangas a las horas dedicadas a tareas carentes de sentido para él.

Los zánganos están mal vistos porque parece, y es verdad, que se aprovechan de los que sí laboran. Pero los zánganos son criticados, sobre todo, porque, en lo más hondo, es justo lo que desean hacer los que les critican. El zángano dedica su tiempo a lo que le place y ese es, quizás, el exponente máximo de la libertad: hacer lo que uno quiere cuando quiere en una vida que es limitada y efímera. El zángano tiene el valor y la sabiduría de enfrentarse al tiempo abierto como un campo de Castilla. No todo el mundo puede mirar a la cara al tiempo ancho, al tiempo sin el cobijo de una obligación alrededor de la cual se articule la existencia. Los zánganos, casi siempre, son capaces de construir sus propias madrigueras, de sacar de la manga en medio de cualquier páramo siempre una buena sombra. A los zánganos se les revela lo mejor de la vida. 

Ay, pero son muchas las obligaciones, muchas las sogas imperceptibles que nos atan a las cosas que en realidad no queremos, muchos los temores que nos llevan a ser laboriosas y sufridas hormigas. Por eso cuesta tanto ser zángano hoy pese a lo mucho que muchos lo desean.  Los viejos, que están de vuelta de todo, ven con lucidez desde su atalaya ese error cotidiano de dedicar la mayor parte de la vida a tareas no trascendentes.  Por eso mi vecino me dice que si volviera atrás sería un zángano. Y por eso yo, que no he llegado a esa atalaya todavía, aspiro a ser un zángano pero de momento no lo soy.

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Kant en el Puerto de Santander

Activistas de Greenpace en una acción de protesta en Bilbao frente a un carguero saudí que carga armas con destino a la guerra de Yemen.

Estos días los comisionistas de cuatro estrellas, esos que también formaron parte de la lista secreta de Montoro para la amnistía fiscal, han estado nerviosos ante la posibilidad de que el nuevo Gobierno, el mismo que estrena ministros todas las semanas, echara abajo la venta de armas de precisión con que los saudíes bombardean el Yemen. Finalmente pueden respirar tranquilos. Con los aliados insospechados de los trabajadores navales de Cádiz, el Gobierno se está pensando seriamente desbloquear el contrato de venta y de paso quitarse de encima el chantaje de los 'hermanos' saudíes de no comprar buques de guerra.

Muchas cosas se han dicho estos días sobre este asunto que es de vital importancia ya que retrata un país ante el poder del dinero y la factura en sangre que ello comporta. La cuestión es de tal envergadura que tiene un calado filosófico que no es nuevo. La Filosofía está en el día a día de nuestros días, pese a los intentos de los adoradores del becerro de oro del emprendimiento por quitarla del sistema educativo.

Cuando me asomo a la bucólica bahía santanderina o veo los telediarios sobre las movilizaciones de la bahía de Cádiz y a Gobierno tan bizarro ponerse de perfil pienso en el imperativo categórico de Kant (sí, soy así de raro). Él formuló el único mandamiento racionalista y perfectamente autónomo que constituye un deber para el ser humano. Para Kant, un hombre o una mujer han de comportarse como si su comportamiento fuera a convertirse en ley universal. De ahí el corolario obvio de que la verdad sea un valor supremo, pese a quien pese, y sean cuales sean las consecuencias.

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Narciso viaja en aviones

La plaza Jemaa El Fna el martes pasado. Foto: M. Narvaiza

Con otros pasajeros espero que las cintas empiecen a girar y nos acerquen nuestro equipaje. Pero antes de que se mueva ninguna, aparece un personaje con uniforme cargado de insignias aladas; a un lego como yo podría parecerle un general del Ejército del Aire, que nos informa de que primero van a salir las maletas de los aviones de fuera de la Unión Europea, y después de los de aquí.

¿Aviones de fuera de la Unión Europea…? Pero ¿cuántos aviones han llegado al aeropuerto de Parayas? Porque solo he visto dos. Me vuelvo hacia la pista y compruebo que, en efecto, allí está el que me ha traído de Madrid y otro más. Busco indicaciones y descubro que el segundo aparato ha llegado de Marrakech. Sigo desconcertado, hasta que caigo en que el funcionario no está hablando en castellano, sino en vernácula. La lengua de Santander llama intercambiadores a las marquesinas grandes y metro a los autobuses articulados, así que es comprensible que a lo que en Madrid se llamaría el avión de Marrakech (o del moro, en más castizo y menos preciso) aquí se le diga los aviones de fuera de la Unión Europea.

Meses más tarde tomamos unos aviones para ir a Fuera-de-la-Unión-Europea, una ciudad de millón y medio de habitantes que no me es desconocida; otra vez llegué a ella en un Simca mil, adivine el lector a qué altura de la prehistoria. La contaminación ha aumentado muchísimo, pero la tarde en Jemaa El Fna sigue siendo tan bulliciosa como entonces. Tampoco han cambiado los muecines, que recuerdan varias veces al día que Alá es grande.

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Sentimiento docente

Actividad complementaria del CEIP. Nuestra Señora de las Nieves. | MARÍA MACIEL

Ha comenzado un nuevo curso de forma totalmente diferente a los treinta y tres que llevo a las espaldas. Sentimientos de tristeza e indignación sustituyen a la ilusión con la que siempre vuelvo a la escuela en septiembre. La conflictividad surgida a raíz de la imposición del calendario escolar ha motivado la necesidad de plantear en Claustro la realización de salidas lúdico-didácticas y de actividades complementarias (Navidad, Día de la Constitución, de la Paz, del Docente, Carnaval, Día del Libro, del Árbol, Jornadas culturales, Fin de curso, etc.; además de participación en concursos, torneos, juegos escolares …), teniendo que recoger el sentir de los docentes respecto al tema.

Y sí, las enumero con detalle porque las complementarias son muchas y porque para prepararlas y celebrarlas es preciso dedicar esfuerzo, tiempo y trabajo de forma coordinada con todo el equipo docente, con el ciclo o nivel e individualmente para desarrollar lo acordado. Pero es preciso hacerlo para instruir y educar aprovechando las oportunidades que nos ofrecen las onomásticas, las tradiciones y la sociedad en general para desarrollar nuestra tarea de forma práctica y auténtica, complementando la teoría que recogen los libros o los soportes digitales con la experiencia real y directa. Se trata de educar y enseñar "siendo", "viviendo" y "experimentando".

Así pues, es importante llevar a cabo estas actividades por el inmenso beneficio que aportan al alumnado, aunque supongan para el equipo docente y directivo un trabajo previo organizativo y de motivación, así como un esfuerzo y una enorme responsabilidad que gran parte de la sociedad no reconoce ni valora. Y si algo nos caracteriza a los docentes de Educación Infantil y Primaria es el entusiasmo, implicación, dedicación y coordinación con que desarrollamos nuestro trabajo.

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Burocracia

Fotograma de "El proceso", de Orson Welles (adaptación de la novela homónima de Kafka).

La burocracia es una tela de araña muy tupida que nos atrapa y nos inmoviliza, a veces hasta matarnos. Ken Loach habla de ello en 'Yo, Daniel Blake'. El protagonista de la película es un carpintero que ha sufrido un infarto y que, según la recomendación de sus médicos, debe dejar de trabajar. Pero una funcionaria de la Seguridad Social le dice, tras una entrevista personal, que está en condiciones de hacerlo. Para no perder la cobertura como desempleado, porque el subsidio por incapacidad se lo han denegado, se ve obligado a demostrar que busca activamente unos empleos que no puede aceptar porque su médico le dice que tiene que guardar reposo. Mientras tanto, desesperado y humillado porque es visto permanentemente como un sospechoso, vaga de oficina en oficina, de formulario en formulario, de reclamación en reclamación.

La burocracia, de tan disparatada y cruel, empuja en ocasiones a la trampa, sobre todo a los más vulnerables. Porque los recursos (formación, economía saneada, etc.) facilitan los caminos alternativos (la sanidad privada, por ejemplo) o el afrontar (contratando gente especializada, otro ejemplo) trámites que sin un conocimiento profundo de la administración son retos equivalentes a subir el Everest sin botellas de oxígeno y sin la ayuda de los sherpas.

Para una gran empresa es más fácil tener todo el papeleo que para un pequeño negocio porque la gran empresa puede contratar los servicios de profesionales que se dedican a abrirse paso entre la maleza de los procedimientos, los formularios, los plazos, la documentación y las sanciones. Unos amigos van a tardar más de tres años en tener en regla todos los papeles para una pequeña quesería artesanal. La administración les lleva más trabajo, preocupaciones y energía que el cuidado de las cabras o la elaboración de los quesos. Las normas son las mismas para todos pero los que tienen más recursos van dopados a la hora de hacer frente a la burocracia. El resto acaban agitándose en la tela de araña como insectos frustrados e indefensos.

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Nadie

Vidrio. | RPLl.

Ese tipo que, con letra ilegible, firma sus vandalizaciones como Juan Nadie (tal vez sea un pseudónimo colectivo, como quizá Ned Ludd) ni siquiera puede justificarse con la ignorancia ni con el exceso de ocio después de diez contratos encadenados en hostelería sobre horas y trabajo irreales porque parte del asueto impuesto tras la resaca lo ha empleado en saber sobre cristales rotos a muy alto nivel. Ni puta falta me hacía, murmura mientras destapa la garrafa de gasofa, esencia que el calor de la noche vaporiza (eso favorecerá la combustión), la cual reparte entre el contenedor (tres días lleva oliendo a tripas de pescado) y los cartones que lo rodean. Tiene otro par de recipientes más pequeños en la mochila con el mismo líquido, obtenido en el aparcamiento del último empleo, a ver si se creen que voy a pagar por ello.

Pero estuvo leyendo en busca de pruebas de su propia felonía y descubrió el experimento del famoso Philip Zimbardo, que gustaba de jugar con cárceles para mostrar lo fascistas, sumisos y traidores que podemos llegar a ser. Era colega de Milgram, el de los electrodos llevados al cine bajo la atenta mirada de Yves Montand (bueno, de su personaje en ‘I... como Ícaro’, pero la distinción entre realidad y deseo...) y aplicados por personas educadas, justas y buenas para ganar la aprobación de la autoridad, y aun así Montand estaba casi tan atractivo como cuando cantaba la canción de los partisanos, puede que más, tiene que ver la peli entera, que sólo hay un tráiler en youtube... Juan Nadie no debería aprender esas cosas. Algo ha fallado en el sistema educativo. Una rata mira al incendiario.

Seguro que les han contado la historia en cualquier bar: Zimbardo puso un coche con un cristal roto en un barrio de gente acomodada y lo desmantelaron vándalos desconocidos con el mismo énfasis que lo respetaron en un barrio pobre cuando el cristal estaba intacto. Y viceversa. Luego, dos tipos oportunos, Wilson y Kelling, usaron el experimento  para sacar conclusiones muy interesantes para el poder: las normas deben ser obedecidas; son el orden; si se deteriora el orden se deteriora la comunidad. También avisaron que cada cristal roto debe ser reparado de inmediato, pero la rentabilidad tiene muchos raseros. Cuesta mucho aplicar ese concepto a discriminaciones y desigualdades y muy poco a las víctimas de esas situaciones. La mayoría de los ayuntamientos subieron las multas, pero no las reparaciones. Algunos ni multas ni reparaciones porque, al fin y al cabo, los contenedores son de plástico barato, y es más barato aún no reponerlos enseguida.

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Sobre relaciones íntimas y vías férreas

Pavel Brăila, Magic is Simple, Welcome to Europe 2010.

Recuerdo el día que conocí a Irina. Coincidí con ella en el ascensor y me sonrió nada más entrar. "¿Tú vives en el quinto?" me preguntó con un acento claramente extranjero. Le respondí que sí y sin esperar me lanzó rápidamente la siguiente pregunta: "¿cuánto pagas por el piso?". Me quedé muy sorprendida y le respondí de forma automática, sin estar muy segura de que debiera hacerlo. "Oh, muy caro, muy caro’ respondió y salió del ascensor a toda velocidad nada más abrirse las puertas. ‘Hasta otro día, tengo mucha prisa". Después de aquel día, nos hemos vuelto a encontrar muchas veces en el ascensor y en el portal y la escena se suele repetir, me hace unas cuantas preguntas y se excusa por salir corriendo y dejarme con la palabra en la boca. A través de esas conversaciones de escasos minutos he ido conociendo algo de su vida. Irina es moldava. Hace 20 años dejó a su familia y su trabajo de contable y emigró a España. Trabaja en dos casas cuidando a dos ancianos que viven solos. Limpia, hace la compra, cocina y, sobre todo, les hace compañía. Le pregunto si echa mucho de menos su país y si le gustaría trabajar en otro sitio. “Esta es la vida que tengo, ya soy mayor, no la puedo cambiar”. Su cara y sus palabras desprenden cierta resignación y nostalgia. “Me voy corriendo, la señora se enfada si tardo en volver del supermercado”.

Desde que Moldavia se independizara en 1991 de la antigua República Soviética, las historias de exilio han ido moldeando la sociedad. La emigración ha alcanzado cifras desorbitadas en este pequeño país entre Rumanía y Ucrania; entre 1999 y 2005 el volumen de emigrantes aumentó de menos de 100.000 personas a más de 400.000. Según los datos del censo de 2014, en tan solo una década, la población ha disminuido de 3,4 a 2,9 millones de habitantes y se estima que el número de moldavos trabajando en Rusia y otros países de la Unión Europea es alrededor de 600.000, con un mayor porcentaje de mujeres.

"Ahora, en el mercado global, se ofrecen servicios íntimos que van desde el cuidado de niños o de enfermos hasta proporcionar sexo. Las relaciones que se crean con las inmigrantes y las familias de clase media de los países que las contratan refleja, en algunos aspectos, la relación tradicional entre sexos, por lo que podría decirse que las inmigrantes están desempeñando un papel que sigue siendo demandado en los países desarrollados. Las autoras argumentan que la versión contemporánea del expolio colonial de recursos en los países empobrecidos se ha transformado: el nuevo oro son el amor y los cuidados. Ahora los países más ricos extraen ‘mano de obra emocional’ a bajo coste.

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Sobre la navegación

Sistema de Posicionamiento Global (en inglés, GPS; Global Positioning System)

Desde que uso el navegador GPS llego antes y mejor a los sitios a los que quiero ir pero me oriento peor y, quizás por desgracia, me pierdo menos. Confío en esa máquina porque hace las cosas mejor que yo. Pero yo, al entregarme a la máquina, hago cada vez peor las cosas que sabía hacer. Cuando la máquina falla me cuesta el doble llegar a los sitios porque algo en mí se ha entumecido. Si la máquina no funciona tengo que parar en una gasolinera, comprar un mapa y dejar un poco de tiempo a mi mente para que vaya recordando cómo era eso de orientarse en el espacio, cómo era estar atento a las señales, cómo era preguntar a una persona desconocida, cómo era tomar los caminos equivocados sin que una voz programada insista sin descanso en que he cometido un error.

En un mundo entregado a la productividad no están bien vistas las pérdidas de tiempo, ni siquiera cuando uno está descansando (el tiempo de descanso se parece sospechosamente al tiempo de trabajo muchas veces). El navegador nos permite optimizar las horas que dedicamos a un viaje pero, al hacerlo, convierte ese viaje en un acto planificado, previsible, seguro. Y de alguna manera, aunque nos desplacemos de un sitio a otro, el viaje deja un poco de existir. Nos pasamos la vida planificando cosas porque existe en nosotros la pulsión de aprovechar al máximo el tiempo limitado que tenemos para vivir. La planificación se acaba convirtiendo, así, en una metodología al servicio de la optimización de la existencia. La vida acaba determinada por la agenda establecida (toda agenda aporta orden y ahogo), los itinerarios se marcan de antemano y se reduce al mínimo la posibilidad de la sorpresa. Las sorpresas, cuando llegan, suelen tener más que ver con los accidentes que, para bien o para mal, nos sacuden y hacen que la vitalidad vibre de nuevo.

Que el navegador se quede sin batería no es, necesariamente, una mala noticia. Tampoco perder la agenda y que salte por los aires lo planificado. El orden es un espejismo aburrido con el que tratamos de echar las riendas a un caballo que es siempre imprevisible, que anda siempre desbocado aunque nos empeñemos en hacer como que no. Pensamos que al planificar ordenamos el caos y que sacamos, así, más partido a la existencia. Puede que sea cierto pero sospecho que es justo al revés. La vida, pienso, brilla más cuando se desata. No tener claro a dónde quiere uno ir hace los caminos más confusos pero, a la vez, nos libera de tener que cumplir objetivos, nos exime de tener que medir nuestro propio rendimiento, esa condena. Crece, así, una nueva forma satisfacción que no tiene que ver con lo que producimos o con cómo competimos. Perder el tiempo es ganarlo casi siempre.

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