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El odio te sienta tan bien

Imagen de la concentración del pasado domingo en la Plaza de Colón de Madrid. |

Del mismo modo que el fútbol es el tema de conversación de los que no tienen tema de conversación y la climatología es el ruido sonoro con el que se entabla un simulacro de diálogo cuando no apetece hablar, la patria es el discurso político de los que no tienen discurso.

La patria es como la madre, una madre colectiva, y mentar a la madre cierra todos los debates. La patria exige adhesiones inquebrantables pues no acepta rechazos ni críticas, ni siquiera indiferencia, como la madre de cada cual, que es venerada por sus vástagos pero que no tiene por qué levantar pasiones en los demás, aunque todos por educación se cuiden de no sugerirlo.

Es lo que tiene observar el mundo desde las pasiones: quien no se sitúe en la misma atalaya acaba arrojado a las sombras del Hades. Por eso mentar a la madre (se sobreentiende que bien) o a los hijos solo recibe silencios de aquiescencia: cualquier otra respuesta sería una invitación al odio. Ya pueden tener las orejas de soplillo que hacer mención de ello hace merecedor al atrevido de un odio sin parangón que lo acompañará hasta la tumba.

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El acoso a la democracia

Hace unos días apareció una noticia que para los haters del desayuno habrá sido una fiesta, pero para mí ha supuesto un hachazo a mi felicidad: nuevos estudios confirman que el desayuno no es la comida más importante del día. Con lo que me gusta, con todas las horas del fin de semana que he invertido desayunando. Pues nada. Me enteré precisamente mientras desayunaba y encima con todo el lío de la concentración por la patria se me atragantó la tostada y decidí ponerme a escribir este artículo.

Me senté a escribir como quien se pone a hervir el agua antes de saber qué va a cocinar. Y, ¿ahora qué? No hay prisa, todavía queda un rato hasta que empiece a hervir el agua y unas quinientas palabras por delante para poder expresarme. Repasando la política a nivel autonómico la mayoría me tiene bastante cansada: el mitin del PSOE al que Sánchez acudió para apoyar la candidatura de Casares a la alcaldía de Santander en las próximas elecciones me aburre porque está lleno de frases hechas y circunloquios. "Es una persona cabal, formada y recta", dice Sánchez sobre Casares. Pues solo faltaba que fuera desproporcionado, inmaduro o parcial. Hay que echarle un poco más de salero, ¿dónde está la elocuencia del que habla? No estoy diciendo que nos cuente que Casares es un dragón que quiere volar alto y echa fuego lírico por la boca, pero algo más de retórica y pensamiento detrás de lo que se dice no estaría de más, aunque tu público se forme de simpatizantes.

Por otro lado están los miembros de Podemos, Ganemos y nos peleemos, que no hacen más que tener líos internos y yo ya no sé cuál es cuál, ni en qué partido está, ni qué ideas representan. En el PP, tras el Rayo Beitia, Buruaga posa feliz con los suyos en la chachi concentración por la patria de Colón del domingo, y Revilla ha dicho que su partido irá con todo a las elecciones generales se convoquen antes o después. Voy trescientas cuarenta y dos palabras y el cazo está que arde.

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Huelga de hambre por nuestros derechos

Antonio Ayllón, durante su protesta frente al Gobierno de Cantabria. | TWITTER

Hace unos días conocí a Antonio. Se puso en contacto conmigo a través de la conocida red social del pajarito y hablamos un rato largo por teléfono. Desde entonces, sobrecogida por su historia, este artículo ha estado dando vueltas por mi cabeza con esa necesidad que tienen a veces los textos no escritos de golpearte la conciencia incesantemente para salir al mundo.

Antonio es un enamorado, un amante del patrimonio cultural y natural de su pueblo, Santoña. El monte Buciero, que majestuoso protege el pueblo costero, es su segunda casa. Pero como algunos amores condenados de antemano, esa pasión le ha llevado a vivir un vía crucis demencial. El calvario de este hombre comprometido con la salvaguarda de la historia y del entorno natural comienza hace nueve años y ha escrito su enésimo capítulo al iniciar una huelga de hambre este pasado miércoles ante el Gobierno de Cantabria.

Pero voy a ponerlos en antecedentes porque, para entender qué le ha llevado a tomar esa decisión tan drástica, hace falta contexto. La Ley de Patrimonio de Cantabria de 1998, en su artículo 9, desarrolla la colaboración de particulares en el mantenimiento del mismo y señala que "las personas que observasen peligro de destrucción o deterioro de un bien integrante del Patrimonio Cultural de Cantabria deberán, en el menor tiempo que les fuera posible, ponerlo en conocimiento de la Comunidad Autónoma de Cantabria, que comprobará el objeto de la denuncia y actuará con arreglo a lo dispuesto en esta Ley", así como que "cualquier persona física o jurídica está legitimada para la defensa del Patrimonio Cultural de Cantabria ante los órganos competentes y los Tribunales de Justicia".

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Ambuiberica y los problemas en el servicio de transporte sanitario en Cantabria

Una ambulancia entra en las Urgencias del Hospital de Valdecilla. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

100/100. La perfección. Cien sobre cien. Inmejorable. Esa es la puntuación que el Servicio Cántabro de Salud (SCS) dio a Ambuiberica, S.L. en diciembre de 2017, y con ella le otorgó el contrato del servicio de transporte sanitario en Cantabria. Pero en Ambuiberica, S.L., como en el cine, la realidad no coincide con la ficción, y los que pagan muy cara la diferencia son los trabajadores y los usuarios.

Ambuiberica, S.L. no es perfecta, ni mucho menos. No es inmejorable, ni mucho menos. En los últimos años ha acumulado múltiples denuncias de sus trabajadores y varias condenas judiciales:

¿Cien sobre cien? Si se revisa el Pliego de Prescripciones Técnicas que exige el propio Servicio Cántabro de Salud a Ambuiberica, S.L. se encuentran hasta ¡16! infracciones que se detallan a continuación. ¡16! Ni registros obligatorios de limpieza y revisiones, ni material imprescindible para los trabajadores y los pacientes.

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Economías de la violencia

La llegada del ‘Open Arms’ a Algeciras / Foto: Olmo Calvo

Al principio de todo está la relación entre diferentes, la diferencia. Por eso una cierta violencia es inevitable. Porque convivir entre distintos nos provoca, casi siempre, una “acción y efecto de violentar o violentarse” y nos fuerza, en diferentes medidas, a actuar “contra el natural modo de proceder”. La diferencia nos hace sentirnos, en mayor o menor medida, violentos, lo cual no significa, ni mucho menos, que hayamos de ser agresivos.

¿Se pude eliminar la violencia? Tal vez sólo en una especie de Arcadia de la homogeneidad —distopía totalitaria, en la práctica— donde no existe la disonancia y no hay rozamiento. No creo que podamos vivir en la no-violencia absoluta más que al precio de erradicar la diferencia, y ni siquiera. Porque siempre surgirán divergencias que generen incomodidad, que nos saquen, en buen parte por fortuna, de nuestro “natural modo de proceder”. Por ello, parece más apropiado reconocer que la violencia, estando al principio, a la base, de la mano de la diferencia, no se puede anular y que, a lo sumo, podemos hacer economías de la violencia que eviten violencias mayores.

Nuestra vida personal y nuestra vida colectiva debieran ser, así, economías de la violencia: tratar de gestionar los disensos, intentar habitar en las diferencias que, por definición, entrañan dificultad… esa maravillosa dificultad llamada “relación”. No nos engañemos, borrachos de socialdemocracia y tibieza —Las Víctimas civiles, dixit—: no es fácil, aunque merezca del todo la pena, convivir con personas que piensan y sienten de otras maneras, no digamos de otras culturas… incluida la cultura política. Pero no hay nada que merezca tanto la pena como hacer justicia a la verdad de nuestra existencia, que no es otra que la relación entre diferentes, violencia incluida.

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Una cueva en otro mundo

Detalle de la revista 'Wonder Stories' (años 30).

En las fotos marcianas de la NASA, las salidas de los tubos de lava parecen esfínteres de un desierto que los científicos comparan con el salitral de Atacama, donde apenas sobreviven algunas bacterias. Desde luego, no se parece a los territorios del Asón y del Agüera, y me cuesta creer que las cavidades volcánicas extraterrestres se asemejen a las cuevas de esa zona. Pero eso no importa, porque algún estudioso del mercado ha decidido que hay personas dispuestas a pagar 10000 euros por entrenarse durante noventa días para fingir durante cuatro que un agujero de Cantabria está en Marte y sufrir por ello.

La ciencia ficción ha ensayado varias maneras de colonizar el planeta oxidado. Ha probado a transformarlo como quien riega el desierto, a solapar con una nueva Tierra los restos de una civilización extinguida aprovechando sus veleros de las arenas, sus supervivientes telépatas, sus leyendas y sus fantasmas; a poner cúpulas, cavar túneles, disputarlo a otras especies imperialistas, cambiarlo de color con bombardeos de clorofila, iluminarlo con bacterias luminosas, licuar los polos para inundarlo porque allí, como en Cantabria, nunca llueve...

La primera novela de viajeros a Marte que leí fue una traducción en la editorial Cenit de 'Terrestres en Marte' ('The Red Planet', 1962), de Russ Winterbotham. Los marcianos parecían camellos con antenas en la joroba y tenían la sangre verde. Fieles a las tradiciones colonizadoras, los exploradores descubrían enseguida, a tiros, el color de la hemoglobina.

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Sí se puede (y se debe)

Los diputados de Podemos Cantabria antes de disolver el grupo parlamentario. | ARCHIVO

Hace cuatro años, un nuevo partido irrumpió en la política española y cántabra. En la estela de las asambleas del 15-M y de las mareas que en esos días recorrían España clamando contra los recortes, Podemos formulaba una enmienda a la totalidad a las prácticas de los partidos existentes, y condenaba a sus dirigentes inscribiéndolos en una genérica casta plagada de malos hábitos y corrupción, y culpándolos, en pocas palabras, de haber secuestrado la democracia a su verdadero soberano: el pueblo.

La nueva formación política recogió y amplió la ilusión de muchos ciudadanos que contemplaron la posibilidad de que realmente sí se podían cambiar las cosas. Cuatro años después, los representantes obtenidos por Podemos en las elecciones de 2015 en Cantabria han roto el grupo parlamentario, han protagonizado episodios vergonzosos, han difundido grabaciones que ofenden al oyente, han privado a los miles de cántabros que depositaron su confianza en ellos de representación y han convertido la política en algo antitético de lo que con cierta arrogancia predicaron y prometieron. A día de hoy, ninguno de los parlamentarios, ni la gestora que ha sido nombrada por la dirección de Madrid para conducir el partido en los próximos meses, ni la propia dirección nacional han pedido disculpas a la ciudadanía por el espectáculo y, lo que es mucho más importante, siguen sin dar una explicación medianamente sensata y democrática sobre cómo pudo pasarles esto. La petición no es baladí; tiene que ver con las consecuencias que implica para la vida pública y para la calidad democrática la irresponsabilidad y el desprecio de la ciudadanía. Porque no estamos solo ante un comportamiento individual censurable, que también, pero no es eso lo fundamental. Lo verdaderamente trascendente es que una organización se muestra incapaz de evitar que sus representantes malgasten el dinero público y sean incapaces de cumplir la obligación que han contraído con la ciudadanía que depositó su confianza en ellos. Y es una organización que se presentó como la alternativa al mal funcionamiento de los partidos y las instituciones, y que venía a implantar nuevas prácticas, supuestamente democráticas y ejemplares.

Es cierto que Podemos aportó un aire fresco muy saludable a la vida pública española, y que algunas de las mejoras que se han conseguido y de las que nos beneficiamos muchos se deben en buena medida a su presencia. Pero no es menos cierto que se aprovechó el malestar provocado por la crisis para emitir un discurso falaz, engañoso, maniqueo, que hablaba de gente y de casta, de buenos y de malos, para olvidarlo una vez que los propios entraron en las instituciones. No había derechas ni izquierdas, pero poco después volvieron a aparecer, cuando convino a los intereses del partido. Se despreció a la izquierda tradicional, se les conminó a retirarse con sus banderas y sus proclamas, a que no molestaran, para pocos meses después coaligarse con ellos porque "había que tener altura de miras". Todo tenía que ser nuevo, lo viejo sobraba, y con ello se despreció la dedicación, la militancia, el esfuerzo de tantos y tantos que durante el franquismo y después entendieron que hacer política implicaba un sacrificio personal para el bien colectivo.

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Fuerzas superiores

Naufragio de la galeaza Gerona. Armada Invencible. Autor: Howard Gerrard.

Tememos a la naturaleza cuando, fuera de sí, es capaz de convertir en frágil lo que creíamos sólido: una carretera se arruga como el papel, un paseo marítimo se deshace como si fuera de arena, una farola se retuerce y quiebra. Lo sólido se resquebraja y sentimos, a un tiempo, terror y júbilo. Terror porque nos asomamos a fuerzas que no podemos controlar y que son capaces de llevarse por delante todo lo que parecía estable. Júbilo, precisamente, porque descubrimos que la estabilidad es un espejismo. Lo incontrolable es un imán que nos atrae y repele a la vez. Nos gusta saber que hay cosas que no dependen de nosotros pero, a la vez, esa certeza nos aterroriza. Por eso nos acercamos a los acantilados los días de tormenta pero calculamos, al hacerlo, la distancia adecuada para poder sobrecogernos sin ser arrastrados por el oleaje.

Cuando la naturaleza se desata las personas se sienten de pronto muy pequeñas porque asumen que no tienen el control. El puente de hormigón que soportaba el paso de vehículos de gran tonelaje aparece partido en dos por la fuerza de un río que sentíamos inofensivo antes de su crecida. El rascacielos que nos parecía inamovible se tambalea y cae cuando entran en juego fuerzas más grandes que la suya. Nos llevamos entonces las manos a la cabeza sorprendidos. Nos sorprendemos porque hemos olvidado que la fortaleza es solo una ilusión.

Es la fragilidad el único lugar donde encontrar algo que se pueda parecer a una verdadera solidez. Por eso son más resistentes los árboles que se doblan. Por eso el agua, acostumbrada a romperse tantas veces, resiste sin inmutarse el ataque de la proa de los barcos. No es más fuerte el que pelea heroico contra algo que escapa a su control sino el que lo acepta y asume su debilidad. No es mayor la fortaleza de quien lucha con todas sus fuerzas contra la enfermedad y la muerte sino la de quien, reconociendo su íntimo estremecimiento, se entrega con naturalidad al zarandeo al que lo someten las fuerzas superiores de la naturaleza.

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Ponerle puertas a internet

No hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera una guerra del taxi como la que se vive estos días en las grandes ciudades españolas. Ya en los albores del siglo XX, el mundo del taxi o, mejor dicho, de los coches de punto, vivió su primer conflicto. Ya nadie se acuerda, pero en aquellos momentos, en todo el mundo, el motor de explosión liquidó el aprovechamiento que del 'motor de sangre' de los equinos y otros cuadrúpedos se hacía en múltiples escenarios, desde la mina hasta las calles de una ciudad. Los excedentes bélicos de la I Guerra Mundial dieron la puntilla a la presencia de caballos de tiro en el transporte y miles de equinos tuvieron por único destino el matadero. Y fue un cambio traumático. Los taxis, ahora, que tan airadamente intentan frenar la implantación por empresas cuya base es internet son los mismos que destruyeron el coche de punto, de línea, y tantas otras variantes.

La misma oposición que ahora los taxistas tienen con la introducción de servicios derivados del nuevo paradigma tecnológico fue con la que se recibió a los taxis a motor. Pero ni se le puede poner puertas al campo ni frenar la evolución tecnológica ni decirle al ciudadano dónde tiene que subirse y de qué forma. Del mismo modo que entonces se hizo lo posible para que el taxi a motor no circulara, nada podrá impedir, aunque sí demorar, que servicios que se apoyan en las nuevas tecnologías sean de dominio público en los desplazamientos públicos, valga la redundancia. Es cuestión de tiempo.

Lo que viven ahora los taxistas es lo que vivieron los periódicos, la industria editorial en general, los hoteles, las compañías aéreas, las de telefonía, las agencias de viaje, las compañías de disco o de cine: precios low cost, un servicio de aquella manera pero efectivo, en ocasiones amable, y una gran flexibilidad de acceso acabaron con las industrias clásicas, algo que me imagino que los taxistas debieron pensar que no les afectaría a ellos. Pero les afecta y de qué forma. Han pasado de consumir descargas gratuitas de periódicos, libros y discos en las paradas a ser ahora ellos los descargados. Pero realmente no se acaba nada, si se quiere entender y, como tantas veces antes, lo que empieza es una adaptación a los nuevos hábitos de consumo, que, dicho lisa y llanamente, consisten en que la gente hace lo que le da la real gana. Debieran los taxistas pensar más bien en dar un mejor servicio que en segarle la hierba al vecino.

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En la corte de Ronnie

El escritor John Le Carré. |

Reg había ido a prisión por Ronnie. Y también George-Percival, Eric y Arthur: los cuatro preferían ir a la cárcel a que la corte quedara sin su dirección.

Ronnie era el padre de John le Carré, que hizo este descubrimiento, que sus compinches, sus cortesanos, habían cumplido penas de prisión en su lugar, tras su muerte. Pero desde mucho antes sabía que era un granuja: su madre le había llevado a visitarlo a la cárcel a una edad temprana, antes de los cinco años que tenía cuando ella los abandonó a él y a su hermano Tony. Recuerda ver su cabeza (que había vendido a la ciencia por 50 libras) a través de los barrotes, cumpliendo condena tras un juicio en el que se había defendido a sí mismo.

John le Carré sabía que su padre era un granuja por muchas cosas. Entre ellas, porque cuando tenía 17 años lo había acompañado a Montecarlo a jugar al casino, en la misma mesa con el caballerizo del rey Faruq, que disponía de un teléfono blanco a su lado, cortesía de la casa, por el que recibía las instrucciones del rey, mientras este consultaba con sus astrólogos en El Cairo. Ronnie jugaba contra los astros y el rey Faruq: si ellos apostaban al rojo, él doblaba la apuesta al negro. Ambos perdían dinero a espuertas (para eso se inventaron los casinos); a Faruq no le importaba porque era rey y por tanto propietario de todo Egipto. A Ronnie no le preocupaba tampoco, porque contaba con que le sirviera para acercarse un día por El Cairo y dejarse caer a tomar una copa con Faruq, y venderle, ya de paso, unos cuantos aviones de combate o unos exprimidores de naranjas que se desarmaban al entrar en contacto con una naranja.

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