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Porque fueron, somos

El activista cántabro Paco Torre.

Es una tarea política imprescindible hacer justicia al trabajo de nuestros mayores en las luchas, con respeto y agradecimiento.

Se nos fue un 8 de noviembre y ya el 9 una multitud abarrotó la parroquia de San Pío X, la iglesia obrera y comprometida con la que se sentía vinculada su familia… Diez días después, un domingo a mediodía, gentes de todos los movimientos sociales, de todas las luchas de ayer y de hoy, en toda su diversidad, llenamos L’Asubiu, un centro social y cultural del que, por supuesto, Paco formaba parte. 91 años de compromiso con lo común reúnen mucho afecto, respeto y agradecimiento.

"Todo compromiso es una transformación necesaria de la que no tenemos el resultado final garantizado", dice la filósofa Marina Garcés. Paco Torre Soberón, lebaniego de nacimiento, figura indispensable en los movimientos sociales cántabros, era, ante todo, un hombre comprometido con la transformación, fiel a ella en sus múltiples formas. Siempre dispuesto a dejarse interpelar por la realidad, nunca dejó de cuestionar sus límites, de abrir sus creencias, de tumbar sus prejuicios en pos de un bien mayor, el bien común. 

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¡Excelsior!

Espigones de La Magdalena en Santander. | ANDRÉS HERMOSA

Me pregunto si realmente se ha descalzado y ha pisado la arena de La Magdalena.

Me pregunto si se ha parado cinco minutos en Reina Victoria o junto al Museo Marítimo y ha echado un vistazo a la Bahía.

Me pregunto si en algún momento podrá quitarse el traje de política y ser una ciudadana de a pie.

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Del regionalismo al cantabrismo político: un paso necesario

XII Congreso Regional del PRC

Tras cerca de 37 años de Autonomía, un partido de ámbito territorial estrictamente cántabro y autodefinido como regionalista se perfila por primera vez como probable ganador de las elecciones en nuestra Comunidad. Es cierto que dicho partido, el PRC, cuenta con un apoyo muy amplio desde hace años, pero ganar las elecciones supondría dar un paso más.

Este es un hecho que debería hacernos reflexionar sobre la realidad sociopolítica cántabra, puesto que en pocas comunidades autónomas una fuerza de ámbito territorial inferior al estatal es capaz de ganar unas elecciones autonómicas. Tan solo en el País Vasco, Cataluña y Canarias se ha dado este fenómeno.

Ahora bien, pese a tener presente esta anomalía político-electoral que refleja la existencia de una identidad colectiva fuerte en Cantabria, no hay que olvidar las características del regionalismo cántabro.

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El crematorio

Los amantes de Pompeya.

Manuel Vilas, en su poema 'El crematorio', habla con el hombre que maneja el horno de gasoil en el que van a incinerar a su padre. El hombre le dice: "Dura dos o tres horas, depende del peso del difunto". Vilas comenta: "Mi padre sólo pesaba setenta kilos". "Bueno, entonces costará mucho menos tiempo", responde el hombre.

Me he acordado del poema al leer que la Consejería de Sanidad de Valencia se ha llegado a plantear la prohibición de incinerar a personas con obesidad mórbida, porque contaminan demasiado. El hombre del poema de Vilas ya lo dejaba caer: "Antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos, y ha tardado un rato largo". Los que redactaron esa propuesta de Valencia quizá leyeron el poema de Vilas y se vieron invadidos por una repentina lucidez. Argumentaban que incinerar un cuerpo de ese volumen "necesita una cantidad muy elevada de combustible", lo que conlleva un aumento "considerable de contaminación sobrepasando el umbral de lo permitido".

Quemar a personas obesas no es recomendable porque hace falta mucho gasoil. Hay que estar delgado hasta para morirse y poder elegir con libertad qué queremos que hagan con nuestro cuerpo. ¿Dónde querían poner el límite? ¿En cien kilos? ¿En ciento veinte? ¿En ciento cincuenta kilos? Al fin y al cabo una persona de ciento cincuenta kilos contaminará lo mismo que dos de setenta y cinco. Tal vez la solución más justa sea poner un límite diario a las incineraciones, como se hace con los coches que pueden entrar o no al centro de las grandes ciudades.

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Porticada

Plaza Porticada |RPLl.

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

Sin embargo, no quiero pensar que eso fuera determinante para que muchos santanderinos (especie indefinida de gentes que nos cruzamos como musas de De Chirico con la constante referencia de la fachada de la Ribera; la bahía, por cierto, es muy bonita) lo perciban como un vacío metafísico entre el paseo, dos pasajes escalonados y el comienzo de la ladera urbanizada. Un lugar de paso: no una plaza.

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Flores y velas contra el dolor

Un acto de conmemoración en recuerdo de las víctimas de la violencia machista. |

87 mujeres y 10 menores. Esas son las cifras que arroja la violencia machista en nuestro país en lo que llevamos de 2018, según feminicidio.net. Casi 100 asesinatos, que se vienen a sumar a los más de 900 contabilizados desde el 2003, año en que se empiezan a elaborar estadísticas. No hay velas ni flores en el mundo que calmen el dolor que hay detrás de cada uno de ellos. Las heridas que dejan en el entorno de las víctimas no pueden ser paliadas por ningún acto simbólico, por ninguna declaración institucional, por ninguna manifestación.

Pero todas y cada una de esas reivindicaciones públicas contra la violencia de género tienen una función: recordarlas. Ponen el foco mediático en un problema estructural de nuestra sociedad, que debe ser erradicado más pronto que tarde. Cada vez que un grupo de mujeres se reúne y honra la memoria de las que ya no están entre nosotras, víctimas de quienes decían amarlas, remueven la conciencia de todas. Cada vez que se enciende una vela en cualquier lugar de nuestro país para llorar a los menores que han visto su vida rota por un padre que prefirió castigar a su madre quitándole lo que más quería, se nos encojen las tripas. No olvidamos, no perdonamos. Y eso es lo que pretendía la concentración del pasado 2 de noviembre frente a la sede de la Delegación de Gobierno de Santander: ser nuestra memoria colectiva.

Pero la violencia contra las mujeres no solo se ejerce en el hogar o en el entorno más cercano. No solo nos matan, después de una espiral de maltrato psicológico y verbal en la mayoría de los casos. No solo es violencia el acoso, la violación o el abuso. La violencia también se ejerce desde las instituciones, desde la judicatura, desde los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

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La agenda oculta

John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que  se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

¿De qué hablamos cuando hablamos? ¿Cuáles son los temas que nos ocupan a diario? ¿Es la liquidación parsimoniosa pero imparable del planeta Tierra? ¿Centran nuestras conversaciones la pérdida de derechos y/o los que sufren? ¿O hablamos de fútbol, realities y esos eternos debates políticos que juegan con las vísceras menos nobles? Quien establece la agenda, establece el debate y al tiempo hurta el debate.

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Poder o no poder

Mitin de cierre de campaña de Unidos Podemos, en Madrid.

Richard Burton llevaba haciendo de Hamlet unas 60 representaciones cuando el gerente del Old Vic entra en su camerino:

—Esta noche hazlo especialmente bien. El viejo está en primera fila.

Apenas empieza a recitar su papel (A little more than kin, and less than kind [Un poco menos que primado y un poco más que primo]), oye asombrado cómo el viejo lo murmura al tiempo y sigue haciéndolo durante toda la obra. «Intenté quitármelo de encima —contaría después Burton—. Hablando más rápidamente y luego más despacio, pero no había manera».

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Economías del bien común: activar la democracia

La Vorágine mantiene abierta una campaña de crowdfunding para mudarse a un local más amplio.

Caminamos por tiempos difíciles: cuesta entender cómo es posible, tras el desastre de los años 30 y 40 del siglo XX, que el fascismo vuelva a ocupar un espacio, aunque sea marginal, en el espectro político — e inexplicable que sus actos sean albergados por instituciones públicas como la Universidad de Cantabria—. Son muchos los motivos que explican que partidos abiertamente (neo)fascistas consigan sacar réditos de lo peor de nuestra sociedad, y no hay que dejar de analizarlos, pero ante todo  se impone en buscar soluciones colectivas. Y ante el fascismo, la única respuesta global factible, creo, es una: democracia.

La democracia no es una mera forma electiva —la democracia representativa liberal—, y entenderla así es uno de los motivos que nos ha llevado, sin duda, hasta aquí. Reducir sus potencias a sistema de elección de gobernantes implica perderla. Es más bien una actitud, un espíritu, el fundamento antidogmático que nos vacuna contra el fundamentalismo y el fascismo lo que la convierte no en una figura política concreta, sino en la condición de posibilidad de toda figura política. Sólo aquello que desee acabar con la pluralidad —el fascismo— queda fuera, por lo que las opciones son muchas y la responsabilidad muy grande. Deberíamos, creo, defender la democracia sabiendo que eso no nos liga, ni mucho menos, al frustrante ritual del sufragio.

Una política democrática tiene como misión dejar abierta la posibilidad para las múltiples opciones de la existencia, y esto implica entender “democracia” como hálito inspirador de una vida en común respetuosa con las múltiples opciones valiosas existentes. Su forma, su figura práctica, debe permitir la expresión de la diversidad, pero también su convivencia. Esto, que tal vez suene muy abstracto, es una actitud que se puede practicar cotidianamente en el intercambio de ideas, pero también en el intercambio económico, porque ya son una realidad las opciones de producción y consumo que van más allá del consumismo —aunque sea de comercio sostenible o justo, ese nuevo nicho de mercado— y ponen en práctica la democracia económica que nos saca de la pasividad cómplice.

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Flores amarillas

Pachuca (México).

A veces la vida se vuelve obstinada e incluso cruel y nos pone obstáculos que parecen inabarcables, haciéndonos sufrir lo impensable y rompiéndonos en miles de trozos. Me emociono escuchando a Bea contarme cómo resurgió de las cenizas tras un traumático proceso de divorcio. Como inmigrante mexicana, sin la nacionalidad española, estaba totalmente desamparada ante la ley. Sin embargo, mientras habla, brotan junto a las lágrimas, grandes dosis de valentía, fuerza y optimismo. Es un contrasentido.

No puedo evitar preguntarle de dónde sacó la fuerza para salir adelante. “Pensaba: no me puede ir mal porque mis abuelos están conmigo”. Me dice que le ayudaba recordar a su gente, la comida, la música y los colores de su tierra. “¿Los colores?”, pregunto sorprendida. “México es color. El color nos da la vida”. Es cierto que el color ha estado presente en la región y sigue estándolo desde hace cientos de años. Ya en las culturas precolombinas se utilizaban llamativos colores para decorar desde el cuerpo hasta increíbles templos como el de Tehotihuacán. A principios del siglo XX muralistas como Diego Rivera también llenaron el país de colores en un intento por construir una nueva identidad nacional.

Hoy en día el mayor mural de México se encuentra en la ciudad de Pachuca y abarca 32.000 metros cuadrados. El colectivo de artistas visuales Germen Crew llevó a cabo este proyecto en 2015 con el fin de transformar el espacio urbano y buscar nuevas formas de interacción entre el arte y la ciudadanía. Los autores hablan de un ‘nuevo muralismo mexicano’ con un profundo beneficio social: pone alegría y cambia el estado ánimo de los habitantes, crea empleo y promueve la participación comunitaria y mejora la cohesión social. De hecho, en este cerro, la criminalidad se redujo en un 35% y muchos pandilleros se integraron en el proceso artístico.

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