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No sea

A veces me despierto sobresaltada, con un susto de muerte encima del pecho porque creo que llego tarde. Que llego tarde no ya al trabajo, que a ver, eso no le va bien a nadie. Que llego tarde en general. A la vida, que la llevo a cuestas. Mido un metro y cincuenta y ocho centímetros. Hay días en los que me obligo a estirarme, porque noto cómo me voy encogiendo. Venga María, echa los hombros para atrás, que dentro de poco te llevan por delante en la calle. No sea. Miro mi reflejo en los escaparates. Para qué fijarme en lo que hay dentro de esas cajas gigantes de chocolatinas si siempre va a haber otra cosa acuciante que pagar que no tenga forma ni de abrigo ni de zapatos ni de bolso ni de barra de labios de Chanel. Me fijo en la señora que me observa a través del reflejo. Qué ojeras tiene, pobre. A la señora que soy yo le da lo mismo lo que opine de su cara la chica que vive dentro de su cerebro, porque lo único que quiere, lo que desea a toda costa, es dormir. O beberse una botella de vino. Una de esas dos opciones siempre le parece la adecuada.

Por norma general, vivo cansada. Pertenezco al lado afortunado de la vida desde que nací. Al menos así es como he percibido mi existencia desde entonces. Tengo de todo, menos tiempo. Me despierto, sobresaltada o no, cada día. Porque me obligan, obviamente. En el caso contrario me quedaría en la cama de buena gana hasta las doce, ojeando la Vogue y dando sorbitos a un zumo de naranja recién exprimido (con un chorrito de nada de champán) con la ayuda de una pajita ecológica, que las de plástico hace tiempo que pasaron a ser Satán. Antes de levantarme ya he revisado las agencias de noticias. No sea. Si no llevo el tiempo pegado al culo, me meto en las ediciones online de las cabeceras y fisgo si me han publicado alguna cosa. Antes de darme cuenta estoy despertando a Tomás, que ha heredado todo mi paquete genético y sueña con quedarse en mi cama jugando a la Nintendo en vez de darle a las aproximaciones. Normal. Es que para qué, si a mí eso me suena a canción de Pereza. Es en ese preciso momento cuando mi día deja de pertenecerme. Entonces me zambullo de cabeza y sin agua en un sinsentido de carreras por el pasillo y galletas para la media mañana envueltas en papel de aluminio y por el amor de Dios que hoy toca gimnasia haz el favor y quítate esos pantalones y corre Tomás lávate los dientes que llegamos tarde. A veces pienso que qué pena de infancia la de este niño que tanto se queja del tráfico, de los semáforos en rojo y del carril bus. Con 8 años de edad. Luego se me pasa, porque es dejarle (o tirarle del coche) en el colegio, suspirar con aflicción durante 0,123 segundos por lo pésima madre que soy y salir cagando virutas al trabajo. No sea.

Me gusta mi trabajo. Las horas en las que estoy delante del ordenador descanso bastante. Luego ya salgo y me vuelven a pasar varios camiones por encima. Coge coche, aparca coche, coge niño, grita al niño, alimenta al niño, revisa los correos (no sea). Paco ha cogido 1.380 naranjas y Pepe 256. Al margen de que Pepe sea bastante más inútil y vago que Paco, resulta interesante que a estos dos les dé por juntar las naranjas y luego las metan en 5 contenedores diferentes. En plan contadas al dedillo, que tiene que haber el mismo número de naranjas en cada uno de los contenedores. A ver, seamos serios: qué clase de tarado haría semejante vaina. ¿Cuántos kilos hay en cada contenedor, rubia? No le veo ninguna necesidad a esto, me digo por lo bajinis. Con lo bonito que es el estudio de las prosopopeyas.

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Paramos por nosotras, las que ya no están y las que vienen

Este jueves las periodistas también paramos. Paramos como mujeres y paramos como periodistas, puesto que los problemas diarios que tenemos son, en su mayoría, comunes a las mujeres de todo el mundo. Todas sufrimos día a día el machismo de esta sociedad que queda patente en la precariedad laboral, en la inseguridad laboral, en la brecha salarial, en el techo de cristal, en el acoso sexual o en el ninguneo por parte de nuestros compañeros o jefes varones.

Paramos también porque en los medios, tantas y tantas veces, las mujeres son tratadas como personajes secundarios o con estereotipos, sobre todo en el tratamiento que se da a las violencias machistas, que en múltiples ocasiones continua culpabilizando a la víctima y creando entorno a ella un halo de duda. Todo esto ocurre porque las primeras páginas de los periódicos, los guiones de informativos de radios y televisiones están realizados por hombres, bajo su visión, sin el enfoque femenino, que tanto necesita esta sociedad.

Paramos para que algunos de nuestros compañeros no nos puenteen y prefieran hablar con otros compañeros masculinos antes que con nosotras para tomar mínimas decisiones. Paramos para que la presencia de las mujeres en las tertulias y la opinión sea igualitaria, para que dejen de estar copadas por los directores y redactores jefes, siempre, masculinos.

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No queda nada por contar

Llevo varios días pensando qué escribir sobre la huelga del 8M. En la jornada previa no ha sido diferente. Me he levantado, como todos los días, sobre las siete y media de la mañana. Despierto a los niños. Hay que ir al colegio. Y mientras intento que se vistan para no llegar tarde otra vez, recuerdo que la huelga del día 8 también es una huelga de cuidados. Pero entonces, cuando me digo a mí misma que ese sería un buen tema para seguir reivindicando, recuerdo que ya se ha escrito mucho sobre el papel de las cuidadoras.

¿Quién no ha leído estos días que la mayor parte del peso de los cuidados recae sobre las mujeres? La necesidad de ponerlo negro sobre blanco es ciertamente ofensiva. Es más que obvio que sin esas tareas asistenciales hogareñas la estructura de producción, tal y como la conocemos, no tendría razón de ser. No podría subsistir si los trabajos que hacemos las mujeres en casa estuvieran reconocidos y remunerados. Si cotizáramos por ellos. Si el Estado pagase pensiones por ellos. Nuestros esforzados guerreros no podrían ir a trabajar si no tuvieran féminas dispuestas a cuidar el fuerte mientras ellos traen el sustento a casa.

La cuestión es que desde hace varias décadas, además de ese papel de cuidadoras, debemos trabajar, queremos trabajar. Tenemos aspiraciones, necesidades de realización personal a través del empleo –otra falacia del capital: la realización personal no es un ámbito que se relacione en exclusiva con la promoción personal mediante el trabajo, pero esa es otra manzana envenenada que nos han colado–. Hemos entrado en la cadena trófica del sistema, siendo la base más precaria del mercado de trabajo. Doblemente precarias, en casa y fuera de ella. Pero claro, para qué voy a escribir sobre esto si ya se ha contado todo. No voy a explicar que el sistema al que hago referencia no es otro que el capitalismo, fiel aliado del hetero-patriarcado. No sea que alguien me diga que deje de decir palabrotas, que una movilización de mujeres no debe tener carga ideológica, sobre todo si es contraria al neoliberalismo.

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Por mí y por todas mis compañeras

La brecha salarial, el techo de cristal, los feminicidios, las agresiones sexuales, la trata y el acoso callejero son algunas de las múltiples razones por las que este jueves, Día Internacional de la Mujer, muchas de nosotras pararemos. Nos manifestamos para reivindicar la igualdad que nos merecemos, para mirar a la cara al monstruo cobarde del machismo y decirle que no le queremos más en nuestra sociedad.

Los datos nos dan la razón una vez más. En España han sido asesinadas casi 1.000 mujeres por violencia machista durante los últimos 15 años, cobramos de media un 13% menos que un hombre por cada hora de trabajo y solo el 19% de los alcaldes son mujeres.

En el ámbito autonómico los datos no son más esperanzadores: Cantabria es la comunidad que más sufre la brecha salarial con una diferencia del 28,92%. En nuestro Parlamento autonómico, las mujeres continúan siendo minoría, también en el Gobierno, y solo dos mujeres están al frente de los seis principales partidos políticos de la comunidad.

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Las que sí, las que no

Mi madre no va a hacer huelga este 8 de marzo. No sabe. La ganadera de Rasines tampoco. No puede. La que sirve el menú del día en San Vicente de la Barquera no se ha enterado. La que atiende a una señora mayor en Laredo ha visto carteles, pero cree que no se lo dicen a ella. Habrá muchas ausentes, tantas como mujeres sosteniendo nuestras vidas.

Se dice, se rumorea que esta convocatoria de huelga feminista ya es un éxito. Y quiero creer que es verdad. No solo por las alianzas creadas, las páginas de periódicos y horas de radio y televisión ocupadas, las jóvenes peleando su futuro (y el nuestro), los nuevos comienzos o los enemigos desenmascarados. Es un éxito porque nos ha tocado ponernos en el lugar de las otras.

Amigas que se sienten culpables por dejar de cuidar (y esa culpabilidad nos abruma) pero buscáis juntas soluciones. Amigas que por primera vez irán a una manifestación y te toca tranquilizarlas. Desconocidas gitanas, migrantes que crees que no son parte de tu vida porque no las ves (pero están y tu mundo funciona por ellas). La que te hace el pan, la que limpia a tu abuela, la que te da el cambio. Cada una de ellas es un compendio de razones para estar en la calle ese día.

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Mujer y ya es bastante

Supe lo que era una huelga cuando un jornalero se encerró en la iglesia de mi pueblo para reclamar una subida salarial en la campaña de recogida de la aceituna de aquel invierno. No recuerdo cuándo fue. Yo debía tener doce o trece años.

Por aquel entonces, me llamaba mucho la atención observar cada mañana a centenares de hombres tan seguros de sí mismos caminar y recorrer nuestras calles y plazas a sus anchas en lugar de recolectar nuestro fruto más preciado. Mientras tanto las mujeres trabajadoras que también vivían del olivar permanecían en casa sin rechistar.

Pregunté a una de las vecinas del barrio por qué no se sumaba a la huelga o por qué no participaba en las concentraciones y manifestaciones que se repetían esos días en el pueblo. "No es lo mismo, eso es cosa de hombres", respondió muy seria.

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Yo paro

Yo paro, es mi huelga. Se lo digo a los reacios, a los escépticos, a los incomodados, a la clase política, a todas las y los que se suman con pegas, y a algún cura. Y lo explicaré una y mil veces, tantas como mis mujeres callaron a lo largo de los siglos hasta llegar a este día precioso: 8 de marzo de 2018.

Yo paro por ellas, por nosotras, y por mí, a modo de compromiso de futuro y para saldar deudas con el pasado. Siempre será la primera de mis mujeres, mi madre; maravillosa, inteligente, extraordinariamente persuasiva y cuidadora. Su última frase, sabia, de octogenaria, curtida en el batallar de una vida modesta ha sido: "Si desaparece la comprensión hacia el otro no seremos nada", clavando una conclusión humanista que ha venido desarrollando la filósofa Adela Cortina.

Ella, mi madre, no pudo estudiar, perteneció a esa generación que tuvo que marchar a trabajar fuera para sobrellevar las cargas familiares. Era a principios de los años 50. Qué ocurría entonces, ya se sabe. Se puso a servir, que más que trabajar se trataba de dedicar todas las horas, de todos los días, salvo las tardes de lunes, a cuidar, cocinar, abrir la puerta a los señores o planchar. Le robaron la adolescencia, los lunes de libertad los dedicaba a llorar.

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Ómnibus

Inundación (1923)

–¿A dónde vamos?

–No hay manera de saberlo. El conductor está loco.

–¿Entonces?

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¿Qué está pasando, realmente, con el empleo en Cantabria?

En los últimos tiempos nos estamos acostumbrando, en Cantabria, a que las noticias sobre la marcha de nuestra economía y nuestro mercado laboral nos trasladen emociones fuertes. Cada vez que sale el dato de paro o de afiliación a la Seguridad Social en el último mes, o la Encuesta de Población Activa del último trimestre, parece que nos hemos convertido en los campeones de España o, por el contrario, en un desastre sin paliativos que se encamina al naufragio. Llegamos incluso a pasar, en días, de una de esas sensaciones a la opuesta. Tampoco ayuda a aclarar la confusión el discurso político, propenso a marear las cifras hasta que dibujen la mejor o la peor de las realidades posibles, según la conveniencia de cada uno. Ni los medios de comunicación: obviamente, un titular como "un mes más, continuamos en la mediocridad" resultaría mucho menos atractivo que otro como "nos situamos a la cabeza en…" o "nos hundimos en los últimos puestos de…".

El objetivo de este artículo es contribuir a dar una respuesta lo más clara y realista posible a la pregunta inicial: ¿cómo le está yendo, más allá de los juegos dialécticos, al empleo en Cantabria? Para el análisis, parto de dos premisas que lo simplificarán mucho. Primero, hemos de ponernos las gafas de ver de lejos. Esto es, no obsesionarnos con el dato del último trimestre, mes, semana o minuto, sino tratar de entender cuáles son las tendencias existentes a más medio y largo plazo. Esto es especialmente importante en una comunidad con un modelo económico excesivamente basado en el turismo y la hostelería donde, como detallé en  otro artículo, se está creando mucho empleo en verano, el cual se destruye rápidamente después. Y segundo, voy a preferir analizar el número de ocupados al número de parados. Este último y, con ello, la tasa de paro, se puede reducir fundamentalmente por dos vías: una, positiva, porque los parados encuentren un empleo; la otra, negativa, porque se cansen de intentarlo y abandonen el mercado laboral, o se vayan a vivir a otro sitio. Como esta segunda circunstancia, lamentablemente, ha sido muy frecuente en España (y en Cantabria) en los últimos tiempos, prefiero utilizar el otro indicador: el número de ocupados; esto es, cuantas personas, realmente, tienen un empleo. El número de ocupados también tiene sus limitaciones, dado que no permite analizar la calidad del empleo: los salarios, el tipo de contrato, el número de horas trabajadas, la discontinuidad… Se trata de temas tan relevantes que les dedicaré, de manera específica, un próximo artículo.

Me centro aquí, por tanto, solo en la evolución del número de ocupados. El gráfico 1 recoge cómo ha evolucionado entre 2007 y 2017, en Cantabria y en España, la media anual de ocupados, de acuerdo con la Encuesta de Población Activa. Para facilitar la comparación, se toma como referencia el dato de 2007, que se hace equivaler, en ambos casos, a 100. Como se observa, en la última década se distinguen dos fases muy diferenciadas: hasta 2013 tuvo lugar una intensa destrucción de puestos de trabajo; mientras, desde 2013 se viene produciendo un crecimiento del empleo que, no obstante, sigue siendo claramente insuficiente como para recuperar todo lo perdido con anterioridad.

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Nadie quiere la mierda de Vuelta Ostrera

Propuesta para los emplazamientos de la nueva EDAR que sustituirá a Vuelta Ostrera.

El asunto de Vuelta Ostrera huele muy mal. Es un olor fétido, molesto, insalubre… que proviene de las sedes del Ministerio de Medio Ambiente y del Gobierno de Cantabria, cuyos responsables no han sido capaces de ventilar durante más de 20 años el tufo provocado por el sistema de depuración de aguas residuales en la cuenca del río Besaya que concentra parte de su mierda en la EDAR de Vuelta Ostrera. Hablo de "mierda" adrede, porque me gusta llamar a las cosas por su nombre, a pesar de que para la Real Academia Española los muchos significados que tiene esta expresión son malsonantes. Me referiré a algunos de ellos.

Denomina "mierda" la RAE al "excremento", y también al "hecho o situación que repugna y que es susceptible de ser callado, tapado, ocultado". Y como tal también puede ser descubierto, y sacado a la luz. En ese empeño se puso a trabajar la asociación ecologista ARCA dejando patente la ilegalidad de la construcción de la EDAR en la marisma de Cortiguera ante la ceguera irresponsable de los cargos de Medio Ambiente de la Consejería y del Ministerio con la colaboración necesaria de la Confederación Hidrográfica del Cantábrico.

¿Es posible entender que se haya autorizado la construcción de una EDAR en zona de marisma de dominio público? Solo la soberbia de aquellos políticos nos ha traído ahora este gravísimo problema. La sentencia del Tribunal Supremo declaró nula en el año 2005 la macrodepuradora de Vuelta Ostrera y la EDAR deberá ser demolida antes de que termine el año 2020. Me viene enseguida a la mente la siguiente acepción, la que significa "mandar a la mierda" a todos los que debieron tener algún tipo de condena y que siguen tan campantes, en sus puestos, aún y a pesar de que eran sabedores de que Vuelta Ostrera se estaba construyendo ilegalmente. Quizás si en su momento se hubieran pedido disculpas y se hubieran depurado (nunca mejor dicho) responsabilidades, el futuro de Vuelta Ostrera podría presentarse hoy más razonable.

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