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La tercera ley de Newton

Odiaba con toda mi alma a sir Isaac Newton cuando estaba en el instituto. Solo había que verlo, dibujado a carboncillo en el libro de física, con su pelucón del siglo XVII y su cara de inglés relamido, para que a uno le entraran ganas de meterle las leyes de la termodinámica en un ojo. Y sin embargo, al parecer era un genio. Hay que serlo para advertir la existencia de algo tan hermoso como la ley de la gravedad.

La ley de la gravedad, que parece tan seria, sirve, por ejemplo, para alegrarte las noches de borrachera, cuando tu amigo se bebe catorce chupitos, intenta saltar el banco de madera que hay enfrente de casa y se parte los dientes contra la acera.

No importa cuánto se convulsione el mundo, o tu vida, da igual que todo se derrumbe, que las fronteras crujan: la gravedad seguirá atrayéndote de manera indiferente hacia el centro de la tierra a una velocidad de 9,8 m/s

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Piensa globalmente, escribe localmente

Y menos así, a nuestra manera, con laísmo. Tanta formalidad periodística y nos saltamos las convenciones sociales. Yo quisiera comenzar saludando a aquellos que habéis hecho clic en esta primera columna de 'El Jisquíu' y agradeciendo a quienes han considerado ofrecerme aportar con ella. Y reflexionando sobre la parte de responsabilidad que también tiene el cuarto poder en estos tiempos que corren de desarraigo y mordazas.

Sin ir más lejos, llama la atención en Cantabria, con honrosas excepciones, la carencia de contenidos informativos propios acerca de nuestra realidad. La clase política nos ha privado de medios públicos, dedicándose a subvencionar cabeceras privadas de radio, prensa y televisión, que rellenan con entrevistas cómodas, publirreportajes y eco acrítico de notas de prensa. Sin vocación social no hace falta más, y los ingresos están garantizados con los publicitados saludos de alcaldes y consejeros. Así que tenemos el BOC oficial, un diario hegemónico de nociva línea editorial que denomino "el BOC oficioso", las esperanzadoras alternativas minoritarias, y florecientes cabeceras plagadas de publicidad institucional con un vínculo partidista inversamente proporcional a su interés periodístico. Mientras, ocurren historias preciosas y también indignantes, en nuestros barrios, en nuestros pueblos, en nuestros valles. Pero apenas se da cuenta de ellas, que en el imaginario colectivo es lo más parecido a que no ocurran.

El periodismo de Estado, por su parte, comparte con las otras comunicaciones (autovías, AVE…) un diseño "radial": todo pasa por Madrid, como si sus cosas, sus equipos, sus toreros y sus fiestas fueran de interés general o la medida de todas las demás. Y claro, es de suponer que haya poderes en Santander, Castro, Noja, Ramales, Argoños, Meruelo, etc. encantados de que el foco mediático sobre corrupción se centre en Tania Sánchez, el de la privatización de cajas en Bankia o el de la especulación urbanística en el Pocero. Quizá, entre tan profusa información sobre Aguirre, Carmona y Carmena, mis paisanos no se dieron cuenta de que en sus pueblos también se celebraban elecciones municipales y por eso –excepción castreña- continúan los mismos dirigentes.

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Nosotras, triatletas

Es posible escribir sobre la cinta del gimnasio. Lo que sea. Este despropósito llamado columna da fe de ello. Velocidad, 6.2. Calorías, 24. 0,5 kilómetros recorridos. Un poco de sudor desprendiéndose de la piel y más cañas de las admisibles rondando las caderas. Sigamos, pues.

Algunas mujeres sentimos la necesidad permanente de hacer varias cosas a la vez. Este despropósito llamado María también da fe de ello. Bien podría estar ahora contemplando mi imagen en el espejo que hay frente a la cinta. Pero es que no se hacen una idea de la tensión que me generan en estos momentos las cañas. Qué risas, es julio y estamos en la terraza del Canela. No nos castañean los dientes. Vivir en tirantes. Sonreír en tirantes. Pide otra. Otra más. Y de aquellos tragos estas caderas. Esto es así.

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Revolver el avispero y quedarse silbando

Niños refugiados sirios posan en el campo de refugiados de Bednayel, en el Valle Bekaa de Líbano. / EFE.

La dolorosa foto del cadáver de un niño en la arena de una playa turca dibuja, siquiera a trazos diluidos en la conciencia de cualquier ser humano, la tragedia que están viviendo los refugiados de la guerra siria. Con toda su carga de infamia y vergüenza, ni siquiera puedo señalarla como la más terrible que he visto nunca. Sin hacer ningún esfuerzo me viene a la cabeza aquella monstruosa foto de un niño africano desnutrido al que ronda una bandada de buitres. A su autor, Kevin Carter, le valió un Premio Pulitzer y una carga de conciencia abrumadora que no fue ajena a su suicidio, algunos años después. También recuerdo las fotografías de aquellos niños desfigurados por la hambruna en Biafra, un lugar que ni siquiera sabría situar en el mapa. O las de los fotógrafos militares que acompañaban a las tropas americanas que liberaron los campos de concentración nazi. Aquellas, al menos, sirvieron para resolver los juicios de Nuremberg.

Por eso, es tanto el horror que traemos de atrás, en nuestra historia más contemporánea, sin remontarnos demasiado, que cuesta mucho no avergonzarse –en ocasiones- de nuestra condición de seres humanos. 

Bien, intentemos sacar alguna cosa buena de este festival del horror, porque aunque parezca increíble, las hay. Y sobre todo se manifiestan en la corriente de solidaridad que ha sacudido a buena parte de Europa para intentar paliar en la medida de lo posible, el dolor de los que intentan escapar de la muerte. Acostumbrados a escenas de cobarde indiferencia y con excepciones muy deshonronsas como la del presidente de Hungría, Víctor Orban, que ha azuzado a los refugiados como si fueran animales para que se marcharan, numerosos países están intentando poner de su parte un mínimo de decencia y compasión.

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Sobre la Unidad Popular

Tiene razón Pablo Iglesias cuando dice que la Unidad Popular es la unidad de la gente, la unidad de los de abajo, no una coalición de cúpulas de partidos. Está en lo cierto Iñigo Errejón, cuando dice que para conseguir una mayoría que termine con el bipartidismo, capaz de aplicar políticas de cambio, se necesita ganar a una parte importante de la ciudadanía que nunca ha votado a la izquierda.

Precisamente por esas razones, las políticas a favor de la Unidad Popular deben alejarse de coaliciones efímeras y cupulares, pero tampoco pueden expresarse a través de un único partido (Podemos). No hay espacio para las coaliciones clásicas, no solo por las asimetrías entre los diferentes partidos, fundamentalmente porque no recogen toda la realidad de los de abajo, es decir, las aspiraciones de la gente movilizada y organizada de forma muy diversa. Podemos no puede recoger solo esa diversidad social, ni expresa ya de la misma manera el carácter fuertemente inclusivo con el que nació. Se ha consolidado como una estructura partidaria clásica, adaptándose mejor que otras a los cambios tecnológicos y relacionales. Ha optado por un fuerte verticalismo, tendente a favorecer una fuerte identificación social con el liderazgo de Pablo Iglesias. Tales decisiones comprometen su voluntad de ser la única expresión política de la Unidad Popular. La apuesta extrema por el liderazgo, la opción por direcciones elegidas por sufragio mayoritario, restringiendo la pluralidad, no casan bien con la realidad movilizada y plural de los de abajo.

Sería profundamente irresponsable no impulsar una candidatura capaz de ilusionar, capaz de multiplicar los votos obtenidos por Podemos, IU y Equo en la región, de hacer una propuesta movilizadora que disputase realmente la elección al bipartito a tres que ha malgobernado siempre Cantabria.

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Refugiado Sirio, natural de Siria

Refugiado Sirio, natural de Siria. Dícese de aquel ciudadano del mundo que lleva 45 años viviendo en una dictadura hereditaria que comenzó en 1970 con un golpe de estado (30 años bajo el pie de Hafez al-Asad y los últimos 15 bajo la mano de su hijo, Bashar al-Ashad).

Dícese de aquel ser humano que vivió con ilusión la Revolución de los Jazmines de Túnez (2011) porque pensó que los ecos de libertad de la Primavera Árabe llegarían hasta su país. De aquel que, mientras creía en que se podrían cambiar las cosas, fue reprimido por un ejército dispuesto a perpetuar el sagrado látigo de su señor.

Dícese de aquel hombre o mujer que tuvo que aguantar la guerra civil que comenzó tras la represión; que tuvo que vivir bajo las sanciones de occidente (que, obviamente, sólo le afectaron a él y al resto de los de abajo) y que vio cómo cientos de miles de sus compatriotas morían entre las balas y el hambre.

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Tiempo de brócoli

Ese producto –el brócoli tan saludable como aburrido se presenta ahora como un estado de ánimo: el aburrimiento. El cuerpo y la mente merecen recuperarse de los estragos del verano pero nos embarga el bostezo. Se supone que las neuronas deben espabilar a ese cuerpo perezoso que ha estado más o menos tumbado a la bartola. Pero el cerebro no recibe estímulos, no crece, se queda tacaño como el brócoli con su aspecto de bonsái cuando miramos el panorama político de la comunidad autónoma.

Las mismas caras, las mismas mentes y sin dinero. No hay chines para darse un paseillo triunfal; es posible que ni siquiera para un puñado perlizadores.

El tablero político presenta ligeros movimientos de ficha pero es como poner unos taquitos de pavo al brócoli. Sigue siendo esa coliflor verde tan poco apetitosa. Si al menos los tropiezos fueran de jamón del rojo, que es más sabroso...

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Rumiar totémico

Decía Milan Kundera que el hombre es un parásito de la vaca, y que esa sería la mejor definición que un no-hombre podría hacer de un ser humano en su zoología. Todo lo cual es cierto, tampoco hace falta ser un afamado escritor de talla mundial para decirlo. Mi propio abuelo podría haber firmado la frase. O el pensamiento. Y con mayor conocimiento de causa, quizás.

Hace un tiempo el presidente de Cantabria dijo que los habitantes de esta tierra tenían una relación totémica, casi atávica, con la vaca. Aunque con matices, es bastante real. Los montañeses han vivido y quieren vivir, en muchos casos, de estos y con estos animales. De su leche energética y fresca, sonido metálico del chorro sobre el caldero. De su carne, de sus terneros. Para la vaca se hacen praderas, se siega la hierba, se llenan silos. Para la vaca se acondicionan cabañas de montaña en el Pas, invernales por toda la geografía de Cantabria. También los animales ayudan a calentarse cuando llega el frío, cercana tibieza orgánica que desborda las paredes de la cuadra y permite sobrevivir a toda la familia cuando más allá de la puerta de casa se respira vaho y cellisca. Eso es la vaca aquí, entre otras cosas.

Los matices vienen de la historia. Y es que las vacas, el ganado vacuno, no ha sido tradicionalmente el más importante en estas tierras. Aunque hoy parezca imposible, antaño eran cabras y ovejas más abundantes en los villorrios cántabros. Un dato: en un pequeño pueblo lebaniego había, en el año 1752, un total de 505 cabezas de ganado, de las cuales tan solo 124 eran de vacuno, entre vacas, bueyes y novillos, ya fueran en propiedad o en aparcería, una especie de usufructo que permitió sobrevivir a los campesinos menos afortunados durante cientos de años. Todo cambió a finales del siglo XIX cuando la población española crece y se dispara la demanda de leche. Entonces la vaca se fue imponiendo, poco a poco, como la reina en los campos de Cantabria. Llevándose por delante, en efecto secundario, algunos bosques centenarios, que fueron talados para conseguir pastos de montaña con los que alimentar a las reses…

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Los desposeídos

Cuando regresó a casa encontró a su mujer y a su hijo en la calle, sentados en el suelo junto a la puerta. No hemos podido abrir, dijo ella, no entra la llave. ¿Cómo que no entra la llave?, respondió él extrañado. Alfonso buscó en sus bolsillos e intento introducir la suya en la cerradura. Lo intentó en varias ocasiones pero no hubo manera. Qué raro, dijo Lucía. Sí que es raro, dijo él. Era otoño, aún no hacía frío pero estaba comenzando a anochecer y no estaban demasiado abrigados.

Alfonso comenzó a dar vueltas alrededor de la casa buscando una ventana abierta pero estaban todas cerradas. Lucía propuso ir a casa de Braulio, un vecino ya jubilado que siempre les regalaba tomates y verduras de su huerta. Es tarde, dijo ella, seguro que no le importa cuidar del niño mientras tú y yo averiguamos qué ha pasado y buscamos una solución. A Alfonso le pareció bien. La casa de su vecino estaba a tan solo cincuenta metros pero el cielo estaba muy cubierto y la calle tenía ese aspecto un poco tenebroso de los lugares que deben estar iluminados y no lo están. Están apagadas las farolas, lamento ella. Y las farolas, como si hubieran escuchado, se encendieron con un débil parpadeo. Alguna vez él había comentado, mientras contemplaban el atardecer en el porche, que las luces de las farolas, nada más encenderse, se tambalean igual que los potrillos recién nacidos hasta que poco a poco cogen fuerza y seguridad.

Doblaron la esquina y distinguieron la silueta de Braulio, estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta de su casa. Él se levantó nada más verlos, lo hizo torpemente, como si llevase en la misma postura mucho tiempo y le costase poner en marcha de nuevo sus músculos y sus articulaciones. Qué alegría veros, dijo Braulio, no sé qué demonios ha pasado pero no logro abrir. Alfonso y Lucía se miraron extrañados. A nosotros nos ha pasado lo mismo, dijo ella. Los tres se quedaron de pie un rato sin decir nada. El niño dormía en los brazos de Lucía. Podemos ir a casa de Alberto y Ana, sugirió Carlos, es la que está más cerca.

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Europa

Un oficial de la policía paramilitar lleva el cuerpo sin vida de un niño refugiado después de que el barco en el que viajaba volcase junto a diezpersonas máscerca de la isla griega de Kos./ AP PhotoDHA

Algún que otro periódico se preocupaba ayer de hacer el recuento e informaba de que la Unión Europa vulnera hasta seis tratados internacionales a raíz de la crisis humanitaria de los refugiados. Hay que entender esto: Europa es vieja, cree haber visto de todo en materia de horrores, los ha olvidado para poder seguir viviendo y ha llegado a la conclusión de que las buenas intenciones son solo papel mojado cuando se trata de proteger los propios intereses.

No se puede entender Europa sin la Segunda Guerra Mundial. Tras la capitulación de Alemania, Europa abrió los ojos y, como el Gregor Samsa de Kafka, descubrió que todo había cambiado para siempre. Después del sueño solo quedaba ceniza y polvo, y países que hasta entonces poseían imperios, como Francia, Inglaterra o la propia Alemania, habían sido reducidos a escombros. En el plano político, comprobó con incredulidad que ya no era el centro del mundo y que el eje del poder se había trasladado a dos superpotencias continentales: Estados Unidos y la URSS. En el plano espiritual, descubrió un horror que superaba a todo lo conocido hasta entonces tras las puertas de los campos de exterminio nazis.

Europa tuvo miedo de sí misma y decidió protegerse. Producto de ese miedo surgieron, entre otras cosas, la ONU (que se había ensayado sin éxito en la Sociedad de Naciones, tras la Primera Guerra Mundial, cuando Europa todavía era lo suficientemente arrogante y estúpida para desechar cualquier cesión de soberanía), la Unión Europea y todos esos tratados que Europa pisotea en estos momentos como el agua de los charcos: la Declaración Universal de Derechos Humanos, las Convenciones de Ginebra (cuya última modificación data de 1950) o la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión.

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