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No hay vacaciones para los parados

Cierto modelo consumista de vacaciones puede menospreciar —sin pretenderlo— la resiliencia de los niños y niñas y culpabilizar a las familias sin medios

Oficina del Servicio Cántabro de Empleo en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Oficina del Servicio Cántabro de Empleo en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Desgraciadamente, con el verano llegan algunos titulares sobre niños y niñas que no pueden «salir de vacaciones». Es la infancia que la ONG Educo denomina «niños llave», unos 580.000, de entre seis y 13 años, que se quedan solos en verano y llevan sus llaves de casa encima porque son ellos mismos los que tienen que abrir y cerrar ya que sus padres trabajan con contratos precarios y no pueden pasar tiempo con ellos ni pagar un cuidador, colonias o actividades de ocio o «los otros niños de la llave», los que viven en pisos compartidos, encerrados en una habitación porque sus padres no tienen acceso a una vivienda para ellos solos. En España hay 2,1 millones de niños en riesgo de pobreza –un 28,1% de los menores de 16 años—. El 20,72% de las familias con niños y niñas a cargo se encuentra en situación de pobreza, y la cifra no deja de crecer. Y, si hablamos de hijos e hijas con al menos un progenitor extranjero, la cifra de riesgo de pobreza se eleva hasta un 57,5% según Eurostat.

Estos niños y niñas forman la parte más débil de esa masa creciente de familias que no puede comer carne o pescado al menos cada dos días, comprar una lavadora si la vieja carraca se rompe o mantener la casa a una temperatura razonable. La situación es terrible, pues a un paro insostenible se han ido uniendo los recortes a la protección. El PSOE puso en marcha en junio el Plan Veca, dirigido especialmente a los 375.000 niñas y niños que no tienen garantizada una alimentación sana ni pueden acceder a actividades como campamentos o colonias en el verano.

Dicho lo anterior, que es lo fundamental, no puedo evitar la inquietud que me producen cierto tipo de titulares que inciden en el problema de «quedarse en casa», «no irse de vacaciones» —refiriéndose a viajar— o incluso que se señale que «los padres no tienen dinero para que sus hijos realicen alguna actividad» y ello por dos cuestiones: por el impacto en la ya maltratada autoestima de madres y padres de familia y por una idea del descanso, que creo puede ser contraproducente, y que podría estar relacionada con la obsesión con la hipermovilidad e hiperactividad capitalista y el influjo creciente de una visión del mundo consumista y terciarizada o turistificada. Creo que merece la pena planteárselo al menos.

Tal vez no esté de mas recordar que "vacaciones" procede del latín vacatio y hace referencia al descanso, la dispensa, la exención de una actividad habitual. Por eso, y tal vez por mi condición de niña de barrio nacida en los setenta, lo de "quedarse en casa" en las vacaciones no me parece demasiado preocupante; otra cosa es carecer de adultos que te cuiden a lo largo del día. Recuerdo sin trauma veranos sin "veraneos" en el sentido de viaje a Peñíscola, el Aquapark, ir de colonias o similar, que disfruté inmensamente —y sin traumas a posteriori— con la inmensa mayoría de mis vecinas y vecinos en los bajos de un edificio que a los siete, ocho, nueve... incluso hasta los trece o catorce años era un mundo por descubrir. Unos días cuidaban unos padres, otros días otros. No madrugar, no tener cole y bajar a la torre a jugar al toro, echar carreras, patinar, montar en bici, imaginar que éramos los personajes de "Galáctica estrella del combate" o "V", hacer espiritismo por las noches... ya era un viaje en sí mismo. Las vacaciones son, ante todo, descanso de la cotidianidad y aquello lo era. Muchos, además, podíamos ir a la playa —ventajas del Santander nunca lo suficientemente valoradas—.

Sin duda la infancia de hoy, con tantas torres enrejadas y sistemas antirrobo y tan poco de esa familia extensa que era la vida de barrio, lo tienen más difícil pero, ante todo, y sintiéndolo mucho por las empresas dedicadas al ocio infantil, a los niños y niñas con parar del cole, poder jugar algo más y tener tiempo de aburrirse —su cerebro lo necesita para tolerar la frustración y fomentar la creatividad—, probablemente les baste. Ni que decir tiene que todo lo que sume, suma, pero quisiera transmitir tranquilidad a los padres y madres sin dinero para colonias, talleres de surf, viajes a Torremolinos y similar: la infancia es plástica y maravillosa, y menos necesitada de diversiones extraordinarias de lo que esta sociedad de consumo, con su impresionante industria turística y de entretenimiento nos hace creer.

Quienes no tienen descanso, dispensa, exención son los padres y madres de esos niños y niñas: no hay vacaciones para sus estrecheces, su angustia, su desesperación cotidiana... y quien sabe si su sensación de culpa añadida con ciertos titulares —no dudo que bienintencionados—. No hay paz, por ejemplo, para los parados —-3'4 millones—, que si en verano no consiguen trabajo en este país terciarizado y turistificado bien pueden pensar que mal lo tendrán en septiembre, y muy en especial, las paradas y parados de larga duración, 1.780.000 personas —la cifra se ha doblado desde 2008 a 2018— que llevan mínimo un año buscando sin encontrar nada. Un 37% ya han agotado la prestación contributiva. Una buena parte de ellos, casi el 40%, son mujeres mayores de 45. Personas necesitadas de unas vacaciones que, paradójicamente, consistirían en trabajar.

Viven con un mínimo de cero y una media, en el caso de que reciban alguna ayuda, de 430 euros al mes. El 44,6% del total se encuentra en riesgo de pobreza según el indicador AROPE —y un 14,1% de los que trabajan también lo están, por cierto—. Para mantener esa cantidad dentro del plan que corresponda, siempre en amenaza con caducar por vaivenes políticos, tienen que visitar regularmente el INEM, institucion inútil donde las haya más allá de proporcionar las ayudas que correspondan poniendo todas las trabas que se pueda o, a lo sumo, facilitar el acceso a algún curso subvencionado al que, en los casos en que tenga una mínima calidad o prácticas retribuidas, acceder será una entrega local de los Juegos del Hambre.

Inmersos constantemente en la "búsqueda activa de empleo", que tantas veces resulta ser una actividad con escasa esperanza, se merece todos los titulares del mundo su eterna falta de descanso: sus periplos por ETTs o por empresillas subcontratadas por la administración que reciben en una sala oscura creada ad hoc para la contrata y en la que tal vez un coach —puede que experto en vender humo— te pregunte todo lo preguntable para prometer un empleo que, en un alto porcentaje de casos, no llega. Sufridores de las tan a menudo insultantes reuniones de selección de las que se puede volver a casa hecho polvo al comprobar que un curso de barrendero de seis meses con prácticas retribuidas se ha convertido en El Dorado de tu vida.

Me parece que debemos reconocer el coraje de la gente que vive en esta dinámica tanto en invierno como en verano, con menos vida por delante que un niño o una niña, sin vacaciones ni descanso alguno. Héroes y heroínas de la cotidianidad que pagan las culpas de este sistema infame en el que una vida digna no vale nada. Si así es el mundo que le dejamos a los peques, tal vez sea más urgente cambiarlo que llevarles de vacaciones.

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