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Cuento de invierno

Si algo hizo especial a nuestra primera vez, no fue solo la compañía, no fue únicamente la montaña ni la vista de nuestra región, sino el recuerdo nítido de haber vivido una nueva emoción hasta entonces desconocida, de haber aprendido algo nuevo y verdadero.

El pico Tres Mares desde el puerto de Alisas.

El pico Tres Mares desde el puerto de Alisas.

La estación de esquí de Alto Campoo presentó hace unos días su temporada 2018/2019. Con esta, serán cincuenta y cuatro temporadas haciendo felices a los esquiadores más virtuosos, a los patosos, a los instruidos, a los esquiadores domingueros, a los primerizos, a los que suben hasta allí por el placer de tomar un chocolate caliente en la cafetería El Chivo o de crear un ángel sobre la nieve virgen después de un animado viaje en telesilla, a los que después de la undécima vez montándose en las perchas saben cuál será la parte del cuerpo que más les dolerá al día siguiente.

La primera vez que ascendí al pico Tres Mares tenía dieciséis años. Digamos que no era una esquiadora prodigio: mi bautizo en la nieve de aquellas montañas había sido tan solo tres años antes y desde entonces había ido a Alto Campoo un día al año, dos con suerte. Recuerdo que, desde la cima, la pendiente era demasiado escarpada para mis ojos y que tanto a mi amiga María –para quien era también su primera vez– como a mí, nos entró ese repentino desasosiego que pone en cuestión la identidad personal y la cordura. ¿Soy yo la que está realmente viviendo este momento? ¿Cómo se me ha ocurrido llegar hasta aquí? ¿Y si nunca jamás puedo bajar de esta montaña? Esa ansiedad en apariencia ilógica y tan humana. Esa ansiedad que aquel día se tradujo en una risa adolescente e imparable. Esa ansiedad que contradictoriamente nos indujo a quedarnos muy quietas; nuestros cuerpos enclavados en la nieve como los postes del telesilla: férreos, fríos, inmutables.

Mientras debatíamos si vegetar en la cima o lanzarnos por la ladera entre carcajadas nerviosas, apareció por allí un hombre, un buen pastor que conocía bien aquella pista, que parecía en control de sus esquís, de sus bastones, de su cuerpo, de la expresión sosegada de su cara y que probablemente sintió el deber de rescatarnos. El esquiador se nos quedó mirando con cara divertida y nos instó a que lo siguiéramos. Nos colocamos detrás de él y lo imitamos, pues no teníamos nada que perder y la otra opción era más desesperanzadora. Como los patitos que se mueven torpemente en fila siguiendo a su madre, avanzábamos de un extremo al otro de la pista queriendo formar una ese en la nieve que era más bien una zeta. Al llegar a cualquiera de los dos puntos –el derecho o el izquierdo, daba igual–, solo entonces, girábamos haciendo la cuña con nuestros esquís y comenzábamos nuestro viaje hacia el otro lado descendiendo uno o dos metros cada vez. Tras cinco minutos de perfecta sincronización –y tratando de frenar lo inevitable–, el hombre que nos había salvado se abandonó a la pendiente y nos pidió que hiciéramos lo mismo con un ligero movimiento de bastón que apuntaba hacia el abismo. No lo dudamos ni un segundo. Nuestros esquís salieron despedidos como Antígono al entrar a escena perseguido por un oso en la obra de teatro shakesperiana Cuento de invierno. Un soplo de aire fresco entró por mi nariz al tiempo que, de mi estómago, escapaba un cosquilleo peregrino que inundaba mi pecho. Distinguí entonces, el latido acompasado de mi corazón entre la piel y las costillas, el cerebro ingrávido flotando dentro del cráneo. Y así, me arrojé a un estado de completa ataraxia, que todavía hoy recuerdo, y en el que me mantuve durante unas ínfimas milésimas de segundo. No era la única que estaba sintiendo aquello. Al mirar a María, y ver en su cara el reflejo de la misma serenidad que yo estaba experimentando, comprendí lo que habíamos ido a hacer allí. El esquiador, después de unos segundos en caída libre, comenzó a frenar serpenteando a la vera del río Híjar, y nosotras, discípulas, lo seguimos, lo habríamos seguido hasta el fin del mundo.

Tras aquella primera vez vinieron otras y, a pesar de la carcajada nerviosa que las dos proferíamos en lo alto de cada pista, conseguíamos abrazarnos al abismo; llegábamos victoriosas hasta el final, aunque no sin caídas por el camino, pero eso daba igual. También conquistamos otras pistas. El Cuchillón, que nos esperaba a la sombra con su capa de hielo hasta bien entrada la tarde en los días soleados, o El Castro y Los Asnos, precedidas por esas perchas que desafiaban al glúteo medianamente entrenado.

Si algo hizo especial a nuestra primera vez, no fue solo la compañía, no fue únicamente la montaña ni la vista de nuestra región, sino el recuerdo nítido de haber vivido una nueva emoción hasta entonces desconocida, de haber aprendido algo nuevo y verdadero. Y esto ocurrió, por cuestiones cósmicas que se me escapan, en la estación de Alto Campoo, a la que deseo una gran temporada y muchas primeras veces.

Se acabó el cuento, se lo llevó el viento y se fue por el pico Tres Mares adentro. Fin.

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