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Derrota, dulce derrota

Hay un halo irresistible en los que pierden. O mejor dicho, en los que dan la cara en la derrota. Como Toni Cantó, como Carsten Spohr o como Pablo Casado. Como en el poema de Khalil Gilbran, que la considera más valiosa que mil victorias.

Estos días he visto a tres hombres enfrentarse a la derrota, asumirla, pasar su trago amargo y, sin embargo, enfrentados a su suerte, disfrutar de ella como si fuera la más gloriosa de las victorias, para volar a su lado. Por ello me acordé de ese poema de Khalil Gilbran que es una auténtica apología de los perdedores:

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento,

para mí eres más valiosa que mil triunfos,

y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundana.

El primer perdedor fue Toni Cantó, el todavía militante de UPyD, que miró a la derrota electoral a la cara y se presentó en el Consejo Político del partido con una propuesta de cambio en todas sus estructuras… y salió de nuevo vapuleado. Pero no contento con eso, ese mismo día, tuvo los arrestos para acudir a una cadena de televisión en la que poco más podía hacer que pasear sus heridas. Y sin embargo, esa derrota le hace grande. Un hombre que es alguien en su profesión, que no ejerce ningún cargo en UPyD, que no tiene necesidad alguna de meterse en este berenjenal, pero al que no se le caen los anillos por abrazar esa derrota y crecer con ella.

Gilbran nos advierte en sus versos de la mentira que reina sobre toda victoria, del brillo falso que refulge en el triunfo:

Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mí mismo

y mi desafío, tú me has enseñado que aún soy joven

y de pies ligeros.

Ya no me dejaré engañar por laureles vanos.

En ti he hallado la dicha de estar solo

y la alegría de ser alejado y despreciado.

Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo.

El segundo derrotado que he seleccionado es Carsten Spohr, el presidente de una empresa gigantesca y poderosa: Lufthansa. Justo en el peor momento de su historia, cuando sufre la perturbadora responsabilidad sobre la muerte de 150 pasajeros, el presidente de la compañía sale y da la cara ante los periodistas. Con lo fácil que hubiera sido esconderse detrás de su director de operaciones o de su director de comunicación o de cualquiera de los cuarenta ejecutivos que podría haber elegido para escabullirse.

Me dirán que para eso cobra y tienen razón. Pero precisamente ese sueldo le protege también de exponerse a la crítica, de pasar el mal trago. Es muy bonito que te entrevisten en el Financial Times o que la empresa que presides aumente considerablemente sus beneficios. Pero no es tan fácil salir a la palestra tras una catástrofe para contar algo "que no podíamos esperar ni en nuestras peores pesadillas".

Y es que cuando todos nos abandonan, ahí está nuestra derrota, esa fiel compañera que se queda a nuestro lado, pase lo que pase:

Derrota, mi derrota, mi audaz compañera,

oirás mis cantos, mis gritos y silencios

y nadie más que tú me hablará del batir de las alas,

de la impetuosidad de los mares

y de las montañas que arden en la noche,

y sólo tú escalarás mi inclinada y rocosa alma.

Como a Pablo Casado, el diputado del Partido Popular por Ávila al que dejaron a los pies de los caballos para explicar los nefastos resultados de su grupo en las elecciones andaluzas. Mientras los altos cargos populares que sacan pecho en cualquier inauguración de tres al cuarto, que miran a los periodistas desde la distancia de una pantalla de plasma, se esconden abrumados por la derrota, tiene que llegar un diputado de segunda fila para dar la cara y recoger los restos del naufragio. Lo grande del asunto es que la voz de Casado suena aún más serena en el contraste con el silencio de los que callan.

Cada día que pasa, cada hora que envejezco, más dulces me suenan los versos de Gilbran mientras camino hacia mi propio desastre:

Derrota, mi derrota, mi valor indómito, inmortal,

tú y yo reiremos juntos con la tormenta,

y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere

en nosotros, y hemos de erguirnos al sol,

como una sola voluntad.

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