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La Europa de las ovejas blancas

Los actos xenófobos no son hechos aislados en una Europa insegura que, cuando sopesa la crisis humanitaria provocada por la guerra de Siria, se debate entre la solidaridad, el rechazo y el miedo

Cartel del referéndum en Suiza.

Cartel del referéndum en Suiza.

Dos días antes de participar en un concierto por la paz en Jamaica, unos encapuchados entraron en la casa de Bob Marley y dispararon contra el cantante, que fue herido en el pecho y en los brazos. El día del concierto, Marley, todavía convaleciente, se presentó ante el público y actuó como si nada hubiera ocurrido. Cuando después le preguntaron por qué no se había quedado en casa respondió: "La gente que está intentando hacer de este mundo un lugar peor no se toma ni un solo día libre, ¿por qué iba a hacerlo yo?".

A todos nos iría mucho mejor si esa gente cogiera vacaciones de cuando en cuando. Pero no descansan. Tampoco en Europa, donde asistimos a un revival de tiempos oscuros que creíamos superados para siempre. La semana pasada un centenar de personas jaleadas por la extrema derecha se concentraron para impedir la llegada de un autobús lleno de refugiados a un centro de acogida en Clausnitz, Alemania.

Las imágenes dejan en muy mal lugar a la especie humana: niños, hombres y mujeres aterrorizados bajan del autobús mientras la multitud les insulta y grita consignas como "Nosotros somos el pueblo" o "Fuera extranjeros". Pocos días después, también en Alemania, otro grupo de ciudadanos se echó a la calle para celebrar el incendio de un viejo hotel que iba a ser utilizado como albergue temporal para los refugiados.

Los actos xenófobos no son hechos aislados en una Europa insegura que, cuando sopesa la crisis humanitaria provocada por la guerra de Siria, se debate entre la solidaridad, el rechazo y el miedo. Hace meses que el Gobierno de Hungría autorizó a sus soldados a disparar contra los refugiados que intentaran cruzar la frontera. Beatrix Von Torch, dirigente del partido germano Alternativa por Alemania, ha profundizado estos días en la tesis húngara: "Es nuestro deber defendernos con armas. También dispararemos a mujeres y niños". Nostálgicos del III Reich y de viejas noches de cristales rotos, su partido sube como la espuma y ya es tercero en intención de voto.

Es puro lenguaje bélico: el extranjero es el enemigo. De inventar guerras que no existen sabe mucho el SVP suizo, un partido nacionalista de extrema derecha que ha conseguido promover un referéndum con el objetivo de aprobar una ley que permita expulsar del país a cualquier extranjero que cometa un delito. La votación se celebrará el domingo, se prevé ajustada y puede tener consecuencias dramáticas para Suiza. Si gana el sí, el Gobierno se verá obligado a redactar una Ley que viola varios tratados internacionales, empezando por el de los Derechos Humanos.

La votación del domingo en Suiza es solo un paso más en una hoja de ruta que debe leerse en clave europea y que amenaza con dinamitar la convivencia, legitimar el odio como base del discurso político y hacer del mundo un lugar peor, lleno de ovejas blancas muertas de miedo.

El término extranjero es muy amplio para el SVP: incluye a los turistas, a quienes viven en el país con un permiso temporal de residencia, a los refugiados, y a los secondos, hijos de emigrantes que han nacido en Suiza pero no poseen la nacionalidad. El término delito también es amplio, y va desde el asesinato, el robo o la violación al allanamiento de morada o las infracciones de tráfico. En la práctica bastarán dos multas por exceso de velocidad en un periodo de diez años para ser deportado. Y todo de manera inmediata, sin pasar por el Juzgado, sin atenuantes y contra los principios básicos del Derecho Internacional.

Resulta tan difícil de defender que sus defensores recurren a vaguedades. Hablan de la necesidad de mantener el estilo de vida suizo pero ocultan que, en caso de aprobarse, la Ley obligará a modificar la Constitución y dejará a Suiza muy tocada ante la comunidad internacional y la Unión Europea, que amenaza con romper definitivamente los tratados de colaboración. Juegan la baza de la criminalidad en un país que tiene una tasa de homicidios del 0,7 por cada 100.000 habitantes, una de las más bajas del mundo. Y, por supuesto, señalan a los extranjeros como únicos responsables de esa criminalidad, lanzando un mensaje xenófobo y dividiendo a la sociedad en un ellos y un nosotros.

Se resume con un verbo y un sustantivo: vender miedo. Y el SVP, impulsado por el magnate Christoph Blocher, tiene muchos medios a su alcance y mucha imaginación. Periódicos y canales de televisión aparte, no hay estación de tren sin el cartel diseñado por el partido para defender el sí, en el que varias ovejas blancas patean a una oveja negra hasta sacarla fuera de la paradisíaca Suiza de la ultraderecha. El lema: "Crearemos seguridad". 

En una situación análoga a la que vivien otros países europeos, el SVP ha ido creciendo exponencialmente en las últimas décadas. Desde 1999 es el partido hegemónico en Suiza, con un tercio de los escaños del Parlamento. Lo que era un partido minoritario se ha convertido en una enorme máquina de propaganda política que ha logrado aglutinar a buena parte de la ciudadanía en torno a sus propuestas.

En los últimos cinco años ha conseguido aprobar tres referéndums para limitar la entrada de extranjeros, deportar a los autores de delitos graves e impedir la construcción de minaretes islámicos. La votación del domingo es solo un paso más en una hoja de ruta que debe leerse en clave europea y que amenaza con dinamitar la convivencia, legitimar el odio como base del discurso político y hacer del mundo un lugar peor, lleno de ovejas blancas muertas de miedo.

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