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Felicidad distinguida

Los últimos cambios que se están produciendo en las fiscalías, y visto el CV de los elementos que se pone al frente, son un síntoma más de que el sistema se blinda.

Rajoy busca reactivar sus recetas anticorrupción en un debate marcado por la citación de Mato en Gürtel y su dimisión

La exministra de Sanidad, Ana Mato, durante una intervención de Mariano Rajoy. | EFE

"Mi momento preferido del día es por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños". La frase, pronunciada con toda la ingenuidad de la que es capaz uno de los dulces frutos de nuestra 'high society' -Ana Mato, a la sazón ministra de Sanidad en sus ratos de ocio- me dejó ojiplático y mesmerizado la primera vez que la leí. Y ahora que la transcribo siento cómo mi vieja armadura rechina y algo dentro de mí, caballero inexistente (tal vez el bazo o el epidídimo o alguno de esos adminículos misteriosos con los que salimos dotados de fábrica) se eleva y se desplaza, al tiempo que se me funden un par de fusibles.

Mi momento preferido del día es por la noche, cuando veo la almohada y mis fusibles se desconectan. Más que dormir, pierdo el conocimiento y entro en fase Rem en 0,3 segundos. Es lo que tiene haber conocido a la 'high class' en lontananza sin haber siquiera hollado el felpudo del umbral, cosa que tampoco me quita el sueño, la verdad sea dicha. 

Recuerdo uno de esos viajes ansiolíticos con que las compañías aéreas regalan a sus pasajes en el momento de aterrizar en el aeropuerto Seve Ballesteros. El avión tenía todos los visos de aterrizar sobre el ala de babor mecido por un viento sur con tanta mala leche como solo se puede dar por estos pagos. Medio pasaje vomitaba sobre la moqueta el desayuno y la otra mitad simplemente rezaba (nada como un viaje en avión como para incrementar las vocaciones religiosas entre los ateos).

Solo una persona, impertérrita, leía el Abc en aquel gusano loco: mi vecina de asiento. En un momento dado, lentamente, cerró el periódico, se descalzó las gafas de leer, y mirándome bajo aquel cardado espectacular con una calma pasmosa, advirtió mi rostro verde, las luces de emergencia que se encendían y apagaban, como si estuviéramos en una discoteca, mis manos sudorosas convertidas en garras sobre el antebrazo del asiento, y me dijo:

"Ciertamente, es irritante no poder leer con esta agitación".

Uno ha de guardar la compostura en todo momento y lugar, reprimir su vocación estranguladora y procurar no sentirse avergonzado por tener nervios danzarines y sangre correteando por las venas; pero ya en tierra, esperando el equipaje, no pude menos que reconocer que nuestra aristocracia burguesa tiene estilo y que, si a uno tienen que joderle desde la cuna a la tumba, duele menos si lo hacen con clase. Vamos, que si hay morir atropellado, que sea un Mercedes clase A. Con Wifi. Es un consuelo y luce más en la crónica de sucesos.

Hay que robar mucho y durante generaciones para disponer de toque chic y fair play. Proudhom decía que toda fortuna se ampara en el robo. Pero cuando uno nace en un barrio obrero, se tiene que contentar con conversaciones nocturnas de este pelaje en el lecho conyugal:

-Querido, ¿el Jaguar que hay en el garaje es tuyo?

-Querida, te recuerdo que no tenemos garaje.

Decepcionante, como verán, como decepcionante es que los niños se tengan que vestir solos porque no da la cosa para mucama ni doncella y el único que tiene chaqué es el cobrador del frac.

Pero es de agradecer que nuestra vida tenga esos momentos de solaz asistiendo al espectáculo de nuestra clase directiva. Y me alegro que nuestros grandes de España no solo pasen por el juzgado con gesto impertérrito, levemente incómodos con tanta citación judicial y no tengan que ingresar en prisión porque sería un desperdicio poner entre rejas tanto glamour, como sería un desperdicio tener un Jaguar en el garaje sin poder sacarlo rugiente y cascabelero a la calle. Es más, yo sugeriría que nuestros infantos consortes sean reivindicados públicamente y, mediante cuestación popular, sean pensionados. Levantemos helvéticas estatuas a tanto arte.

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Que nadie se sorprenda con los fallos judiciales en los casos de corrupción. Todos, salvo algún chivo expiatorio, se irán de rositas, pagando las multas con el producto de su expolio. Se requiere un juez y un fiscal con los atributos del héroe (o próximo a la jubilación), que anteponga el servicio público a su carrera profesional y la obediencia jerárquica, para que la administración de justicia se convierta en, eso, en Justicia, que hasta ahora ha reservado la dura lex para los pobres. 

Cuando los dirigentes de Podemos, en un momento en que se fueron arriba antes de las elecciones, anunciaron que lo primero que reformarían al llegar al poder serían los servicios secretos y las cúpulas policial, militar y judicial, supe entonces que nunca alcanzarían el poder. 

Los últimos cambios que se están produciendo en las fiscalías, y visto el CV de los elementos que se pone al frente, son un síntoma más de que el sistema se blinda. Solo mediante una reforma profunda de todos los estamentos del Estado, dado que su desmantelamiento es inconcebible, puede haber una oportunidad real de cambiar esta sociedad. Y no le arriendo la ganancia al que lo intente desde un gobierno, si es que lo alcanza. No le dejarán. Por las buenas o por las malas.

Así que desconectaré mis fusibles en tiempo de vigilia, viajaré en tren y asistiré impertérrito al enésimo seminario en alguna universidad de verano sobre el deterioro de la imagen de la Justicia. Ya saben: la prensa, la prensa, la prensa...

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