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Inaugura, que no es poco

Mariano Rajoy estuvo estos días de gira por el norte y vino a Santander para inaugurar que Valdecilla sigue en obras. No hay nada más siniestro que un hospital vacío, pero el presidente del Gobierno se paseó a pelo por los pasillos sin un pestañeo.

Mariano Rajoy durante su intervención ante los medio en el nuevo Hospital de Valdecilla.

Abril es el mes más cruel. Lo escribió TS Eliot, que sus motivos tendría. A mí abril siempre me pareció más bien una cosa amable, con su sol y su lluvia y su primavera y sus días que se van alargando. No había que ir a las aceitunas en abril, que era la confirmación de que el invierno ya se había ido, no hacía frío por las mañanas, y uno tenía la certeza de que, al menos hasta agosto, cada día sería invariablemente más cálido y más luminoso que el anterior.

Abril era entonces una promesa y este año, a su manera, también una incertidumbre. Se vacían los parlamentos, los cajones de los ayuntamientos. Los concejales recogen sus cosas y los diputados se toman la última. Se quedan a solas las cámaras bajas, sin nadie que las escuche, en silencio como los muertos de Bécquer. Los sillones se despiden de los culos, los micrófonos de los salivazos. Es la primavera, y unos entonan un largo adiós y otros un suave hasta luego.

La soberanía popular se toma un descanso. No ha sido una legislatura fácil. Los alcaldes presiden las procesiones de Semana Santa bastón en mano, mirando a las vírgenes con desconfianza: virgencita virgencita, ¿me quedaré como estoy? Las proyecciones de voto ejercen su brujería y su influjo. Termina el plazo para inaugurar rotondas, centros sociales, primeras piedras. Y quien puede y le dejan exprime cada oportunidad de arañar un escaño en el gráfico de las encuestas.

Rajoy, sin ir más lejos, estuvo estos días de gira por el norte y vino a Santander para inaugurar que Valdecilla sigue en obras. No hay nada más siniestro que un hospital vacío, pero el presidente del Gobierno se paseó a pelo por los pasillos sin un pestañeo, sin casco ni chaleco reflectante, y visitó el decorado de una habitación piloto con ese aplomo de señor gallego que lo mismo te analiza la táctica de Del Bosque contra Ucrania que te hace una declaración institucional a veinte metros de los periodistas.

Cuando pasen las elecciones y Valdecilla esté terminado, nos lo inaugurarán otra vez. Y en septiembre, cuando entre en funcionamiento, a lo mejor hasta una tercera. Pero nadie inaugurará el contrato de la concesión de la gestión a Ferrovial por 900 millones a 20 años, porque la letra pequeña de los hospitales liberales no sale bien en las fotos.

De la Serna también apuró los plazos y aprovechó para inaugurar las placas cerámicas que van a recubrir el Centro Botín. No se sabe cuándo terminarán las obras, ni si habrá una amnistía general de pecados para celebrarlo, al estilo de los jubileos y otras fechas extraordinarias, pero todo el mundo sonrió mucho y muy satisfecho junto a las piezas blancas, diseñadas por Renzo Piano, dicen, para reflejar la luz del jardín y de la bahía. ¿Qué pensarían, esas pobres cubiertas sin culpa, cuando se vieron rodeadas de repente de tanto señor trajeado con cara de foto? ¿Y qué pensarían los ladrillos, las vigas, los bloques de hormigón y la arena, el cemento y el agua, a los que nadie fue a inaugurar? Puede que también haya clases, en esta ciudad, entre los materiales de construcción.

Y puede que finalmente, TS tuviera razón. Acaba de empezar, pero nos está quedando un abril muy poético, entre tanta primavera a medio hacer y tanta prisa convertida en metáfora.

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