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Kant en el Puerto de Santander

¿Somos tan necios, como diría Antonio Machado, que confundimos valor y precio?
¿No estaremos confundiendo precio y dignidad?

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Varios activistas de Greenpace soportan varias pancartas frente al carguero saudí en señal de protesta.

Activistas de Greenpace en una acción de protesta en Bilbao frente a un carguero saudí que carga armas con destino a la guerra de Yemen.

Estos días los comisionistas de cuatro estrellas, esos que también formaron parte de la lista secreta de Montoro para la amnistía fiscal, han estado nerviosos ante la posibilidad de que el nuevo Gobierno, el mismo que estrena ministros todas las semanas, echara abajo la venta de armas de precisión con que los saudíes bombardean el Yemen. Finalmente pueden respirar tranquilos. Con los aliados insospechados de los trabajadores navales de Cádiz, el Gobierno se está pensando seriamente desbloquear el contrato de venta y de paso quitarse de encima el chantaje de los 'hermanos' saudíes de no comprar buques de guerra.

Muchas cosas se han dicho estos días sobre este asunto que es de vital importancia ya que retrata un país ante el poder del dinero y la factura en sangre que ello comporta. La cuestión es de tal envergadura que tiene un calado filosófico que no es nuevo. La Filosofía está en el día a día de nuestros días, pese a los intentos de los adoradores del becerro de oro del emprendimiento por quitarla del sistema educativo.

Cuando me asomo a la bucólica bahía santanderina o veo los telediarios sobre las movilizaciones de la bahía de Cádiz y a Gobierno tan bizarro ponerse de perfil pienso en el imperativo categórico de Kant (sí, soy así de raro). Él formuló el único mandamiento racionalista y perfectamente autónomo que constituye un deber para el ser humano. Para Kant, un hombre o una mujer han de comportarse como si su comportamiento fuera a convertirse en ley universal. De ahí el corolario obvio de que la verdad sea un valor supremo, pese a quien pese, y sean cuales sean las consecuencias.

Un ejemplo terrible: si el deber impone decir la verdad en toda circuntancia, en el caso de que unos delincuentes, por ejemplo, pregunten por el paradero de un amigo, ¿ha de decirse, a pesar de que este pueda ser maltratado o asesinado? 

En un mundo práctico, no tan ideal ni exigente como el kantiano, un hombre o una mujer se regirían por la prudencia y no dirían el paradero. ¿Por qué la verdad ha de ser más importante que la vida? Para Kant, la verdad es un valor tan supremo que no admite componendas y, en la disyuntiva entre precio y dignidad, él no se lo piensa dos veces: 

En el reino de los fines todo tiene un precio o bien una dignidad. En el lugar de lo que tiene un precio puede ser colocado algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no se presta a equivalencia alguna, eso posee una dignidad.
 
 

Luego estamos ante un problema de dignidad como país, y no solo desde un punto de vista moral, sino también legal. Hay un tratado internacional que ha ratificado España y una ley nacional que prohíbe taxativamente la venta de armas cuando exista un riesgo palmario de que se utilicen para violaciones graves de los derechos humanos en el mundo. España, que es el séptimo exportador del mundo, hace caso omiso de su propia legislación y sigue autorizando el tráfico de armamento con el que se cometen crímenes a diario. Cometió dos infracciones gravísimas en 2017 con sendos cargamentos dirigidos a Arabia Saudí, en guerra con el Yemen, e Israel, que periódicamente martiriza al pueblo palestino. Porque no todos los potenciales compradores son iguales y en algunos casos (aquí Kant apretaría las mandíbulas) hay un riesgo mínimo y en otros, como los citados, un riesgo evidente y nada oculto.

Sé que me pueden decir que es fácil hablar de estas cosas cuando se tiene el estómago lleno y no se trabaja en un astillero. Pero puestos a ponerse en el pellejo de alguien, es igual de fácil que un trabajador de los astilleros gaditanos, con el estómago igual de lleno, hable de la guerra del Yemen sin ponerse en el pellejo de un niño yemení al que le va a caer encima todo el material explosivo que se fabrica en España. Pellejo por pellejo, así no es posible llegar un entendimiento.

Situaciones idílicas no existen y la prudencia y el sentido común han de tomar el relevo del imperativo kantiano, pero ¿se ha hecho todo lo que se podía hacer para producir un cambio en la política de venta de armamento? ¿No hubiera sido más prudente haber anunciado la cancelación del contrato ofreciendo simultáneamente una alternativa laboral a los astilleros afectados? Es difícil, pero ¿es imposible? ¿Hay voluntad siquiera de intentarlo? ¿Qué está haciendo Alemania con sus plantas nucleares? ¿No va a erradicarlas definitivamente en 2036? ¿Hundirá eso a Alemania o la convertirá en una potencia global en energía renovable?

La situación afecta a varios puntos de España, en donde es cada vez más difícil mirar para otro lado. Fábricas de armas en Andalucía, Burgos y Palencia. Puertos de acogida como el de Santander donde los mercantes saudíes que transportan armas son bienvenidos (quien quiera ver más detalles puede pinchar aquí), a diferencia de lo que ocurrió en Bilbao por decisión heroica de un bombero. ¿Verían con los mismos ojos las autoridades cántabras y portuarias que Santander fuera un puerto de acogida para el narcotráfico gallego? ¿Por qué no ofrecer a los traficantes de esclavos norteafricanos que desembarquen cómodamente sus fletes de carne y sangre en Raos si con ello se puede mejorar los resultados de explotación del puerto? 

¿Somos tan necios, como diría Antonio Machado, que confundimos valor y precio? 
¿No estaremos confundiendo precio y dignidad?

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