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Legislar la nada

Arrebatar a la individualidad ese derecho a una muerte digna es una crueldad que va más allá de lo legislativo, es una crueldad humana, tangible, real.

La despenalización de la eutanasia se debate en el Congreso.

La despenalización de la eutanasia sigue sin regularse en el Congreso.

El cero, que no es nada, ha traído de cabeza a las civilizaciones desde hace dos milenios. Pero fue la civilización india la que por primera vez lo usó como se utiliza ahora, con un valor posicional en los ejercicios matemáticos y contables, aparte de ponerle una grafía a esa nada. La palabra 'cero' misma proviene del sánscrito shunya, que significa vacío.

Aparte de los matemáticos y contables, ha habido más gente que ha trabajado con el vacío. Además del escultor Eduardo Chillida, todas las religiones que ha habido y vendrán realmente adoctrinan sobre el vacío, sobre lo inexistente, a no ser que alguien, más acá de la fe, demuestre lo contrario.

La muerte es como el cero, un concepto que manejar pero no una descripción de algo existente. Es más una proyección de deseo que un hecho científico. Pero la muerte es la manera de hablar también de la vida. Si algo define el concepto 'muerte' es por oposición a la vida, por esa interrupción del vivir, que es lo excepcional, como la luz es lo excepcional en un universo ciego, oscuro y sin vida, parafraseando al cojo exquisito de Byron.

Hablar de la muerte digna, una expresión que se ha puesto en primera línea de una campaña electoral cargada de sentimientos y emociones, es hablar realmente de la vida digna. Y de la misma manera que se regula el nacimiento precisamente para dotarlo de dignidad, el momento tan teatral de la salida de escenario, el 'vase' de las acotaciones de los libretos, queda en el limbo del tabú, como si no formara parte de aquella, como si fuera un ente independiente, con guadaña y todos los atributos de la Parca, aunque todavía nadie la haya visto.

Ese tabú está cayendo, aunque hay resistencias ideológicas y atávicas a mencionar siquiera el asunto. Pero desde el arco parlamentario cada vez más voces salen abiertamente a favor de regular este trance que muchas veces está presidido por el dolor. 

Los defensores del tabú y el monocultivo de la religión sobre la muerte, como si fuera propiedad privada no de cada mortal sino del colectivo creyente, derivan el tiro hacia los tratamientos paliativos, los cuales pueden proporcionar un alivio al dolor físico, pero no al dolor mental, que es dolor también. Es un paliativo sin paliativo en definitiva, un nirvana morfinómano más pensado para alienarse y ocultar a los vivos el dolor ajeno que para dar una respuesta al que no termina de irse. Al final, se quiera o no, se trata de regular la eutanasia como una de las máximas expresiones de la libertad del individuo.

Arrebatar a un ser humano su derecho a una muerte digna es arrebatarle su derecho a una vida digna, aunque solo sea en su último tramo. Arrebatar a la individualidad ese derecho es una crueldad que va más allá de lo legislativo, es una crueldad humana, tangible, real. 

Legislar la nada es lo que se plantea. Parece un oxímoron, pero un oxímoron necesario, porque de hecho se trata de legislar sobre la vida.

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