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María José capturó la bandera

A Ignacio Diego le levantaron el partido como en las viejas películas de cine negro: el lugarteniente cambió de bando o pensó por cuenta propia.

María José Sáenz de Buruaga gana el congreso del PP de Cantabria

María José Sáenz de Buruaga gana el congreso del PP de Cantabria. EFE

Domingo, 12 de febrero de 2017. Soraya Sáenz de Santamaría, otrora mano derecha de Mariano Rajoy, es la nueva presidenta del Partido Popular en España después de haberse presentado como candidata en un clima de crispación interna y reproches de deslealtad. La incapacidad de diálogo político de Rajoy y su incapacidad también para recuperar la mayoría absoluta que dieron las urnas en 2011 el poder al partido fueron las dos causas determinantes para que Sáenz de Santamaría diera el paso al frente y tomara las riendas de la formación. 

26 de junio de 2016. Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, ha conseguido salir airoso de unos malos resultados electorales al evitar el 'sorpasso' de Unidos Podemos y salvar los muebles. Susana Díaz, por el contrario, ha perdido toda oportunidad de hacerse con la mejor tarjeta de visita en sus aspiraciones a dirigir Ferraz al conseguir uno de los peores resultados del socialismo en Andalucía. La derrota en escaños frente al PP andaluz refuerza la posición de Sánchez al frente del socialismo español.

Ninguno de estas dos posibilidades se dio, aunque pudo darse. Ni Soraya Sáenz de Santamaría porfió en disputarle a su jefe la silla presidencial, ni Pedro Sánchez se salvó de la quema, lo que demuestra que en política no todo son los resultados electorales. Pero los argumentos que han permitido a Mariano Rajoy, inventor de la' plasmización' de la política española, seguir al frente del PP nacional y gobernar en minoría; y los argumentos que han posibilitado que Susana Díaz maniobrara para defenestrar a su líder y aspirar a su cargo, no han valido igual en todas partes. Como en Cantabria. Al final, lo que importa es el ejército que cada cual tenga detrás en sus guerras internas de partido, que los argumentos vendrán detrás adquiridos en ese supermercado táctico y cínico en que se ha convertido la política en España.

25 de marzo de 2017. María José Sáenz de Buruaga, quien dio el salto del salón de plenos de Suances a la Vicepresidencia del Gobierno de Cantabria de la mano de Ignacio Diego, sucede a éste al frente del Partido Popular en Cantabria después de ganarle por la mímina en el traumático congreso regional del partido. La pérdida de la mayoría absoluta obtenida por el partido en 2011 y la incapacidad de Ignacio Diego de alcanzar acuerdos con otras formaciones han sido la justificación de este golpe de mano democrático.

Ignacio Diego y el Partido Popular entraron en shock en la misma noche electoral en que se le desplomaron, no las encuestas, sino las urnas. Reprocharle un mal resultado cuando se compartió lista con él y reprocharle que no se alcanzara un acuerdo de gobernabilidad es no conocer a Miguel Ángel Revilla, secretario general del PRC, y es no reconocer la imposibilidad política de alcanzar un acuerdo con el PSOE o con C's/Podemos, las dos únicas posibilidades para haber reeditado gobierno.

Pero los resultados electorales sí que importan cuando la fuerza ascendente quiere matar al padre. Ocurrió en el PSOE, cuya, a la postre, gestora eternizada recriminó a Pedro Sánchez los malos resultados en las autonómicas gallegas y vascas. ¡Y lo hicieron quienes venían con el peor resultado en Andalucía! ¿Quién ahora mismo en el PSOE hubiera conseguido mejores resultados en esos dos territorios? ¿El aragonés Lambán, el asturiano Fernández, la andaluza Díaz? La respuesta es sencilla: nadie. Pero fallar en Andalucía, donde se agrupa el 30% del voto socialista, es más catastrófico para el PSOE que hacerlo en Vizcaya. Recriminarle a Sánchez esos resultados es como poner multas por velocidad en las 500 millas de Indianápolis.

A Ignacio Diego lo ha tumbado la dirección nacional del partido, que quería otro piloto en el coche. La obsesión que tienen los partidos por poner banderitas de su color en el mapa de España es curiosa. Cantabria tiene un 1% en casi todo con respecto al resto del país, por lo que su bandera es realmente un banderín y poco le va a arreglar a nadie, pero poner una banderita tiene su cosa y controlar el día a día de 600.000 habitantes (y de paso reforzar el control interno del partido por Mariano Rajoy con lealtades a la búlgara), tampoco es moco de pavo. Ahora hay una nueva dirección política en Cantabria, que es lo que se pretendía y ahora queda por ver si se conseguirá lo que es la cuestión de fondo. Por cierto, ¿cuál es la cuestión de fondo?

¿Se pretende una nueva orientación política? ¿Hay algún cambio programático en marcha?

¿Se pretende algún cambio estratégico?

¿Se pretende algún cambio táctico?

¿Se pretende algún cambio a secas?

Pues sí.

El juego de capturar la bandera es sencillo. Es tan sencillo que hasta lo entiendo yo, que nunca entendí cómo se juega al mus, el béisbol y el cricket por más que me lo explicaran. 

Varios jugadores se dividen en dos equipos y en un campo segregado en dos mitades. El objetivo es hacerse con la bandera del rival, que está oculta. Hay jugadores que acaban en prisión si un rival los toca y hay jugadores que rescatan a sus compañeros de prisión. Y está la bandera del rival, que es la que determina el ganador del partido. Y nada más. Fácil.

Como todos los juegos, es un juego más de engaño que de fuerza física. Gana el más astuto o el que tiene mejores jugadores. Y en el caso del PP de Cantabria, ha ganado el más fuerte y el más astuto. Astuto por conseguir antes del partido a un jugador incomparable (la dirección nacional) y el más fuerte, por controlar el teclado de la formación (al fin y al cabo la Secretaría General se inventó para eso). A Ignacio Diego le levantaron el partido como en las viejas películas de cine negro: el lugarteniente cambió de bando o pensó por cuenta propia.

Que la afiliación votara una cosa y los compromisarios otra solo revela la inconsistencia de la democracia interna de todo partido (¿qué es ser afiliado realmente en el PP?, ¿a quién representan los compromisarios realmente?) y que el voto urbano conservador en Cantabria pesa más que el rural. Por no decir que los aparatos orgánicos de los partidos pesan más que la militancia y cambian las reglas a conveniencia una vez empezado el partido.

Sin embargo, lo sustancial no varía: no hay plan alternativo y la estrategia es la misma: revalidar la mayoría absoluta. Pero esto es prácticamente imposible en Cantabria. Lo que hizo Ignacio Diego en 2011 fue una excepción y pretender que la excepción se convierta en norma es iluso. 

Lo que varía es la táctica. Las reiteradas llamadas al diálogo y la negociación de la nueva presidenta son realmente una disposición a pactar gobierno, a bajarse los humos del aislamiento exquisito. Se verá dentro de dos años, cuando los resultados den la enésima victoria insuficiente del Partido Popular. Entonces saldrá a relucir el pragmatismo y la búsqueda de socios para desbancar al principal árbitro de la política cántabra: Miguel Ángel Revilla, quien habrá asistido gozoso a esta conmoción de la que él es un actor no invitado. Dependerá del resultado electoral de cada cual, y en especial de Ciudadanos, pero Ciudadanos tiene su caladero en el PP principalmente y lo que pueda aportar es lo que ha quitado previamente. Sólo queda el PRC. En un escenario con o sin Revilla, ¿podrá un PP 'dialogante' reeditar los pactos que hicieron presidente a Martínez Sieso? Ahora mismo es prácticamente imposible, pero la política da muchas vueltas y lo que ha hecho el PP es colocarse en la mejor posición para conseguir otra banderita: la del Gobierno de Cantabria. Entera o en parte eso lo dirá el tiempo.

Volver a pillar poder es lo que se ha dirimido estos días en el PP de Cantabria. Nada más y nada menos. Ahora quedan dos años para restañar heridas en un partido dividido en dos. Unos se irán a sus casas, otros tendrán una salida airosa y aquí paz y después Gloria. Porque la tragicomedia de la derecha en Cantabria, con o sin banderas, no es un drama de Shakespeare ni un guion de Ben Becht. Es más cosa de Carlos Arniches y Jardiel Poncela.

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