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Mejor padel que libros

Mientras la cultura real de la ciudad languidece, crecen pistas de padel en este siglo donde el deporte tiene más valor que el conocimiento.

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Llevo unos años desarrollando una teoría conspiranoica de lo más sólida. Cuando usted la analice con calma se dará cuenta de que no hay grietas en ella y que, en realidad, mucha de la gente que conoce es víctimas de ella.

La cosa es así: durante mucho tiempo nos contaron que la cultura era un buen pasaporte para la buena vida… tener cultura mejoraba el prestigio personal en el entorno social, abría la puerta a mejores empleos, atraía a parejas que no salían huyendo cuando la barriga crece o el pelo se cae y, lo más importante: proporcionaba un intenso placer personal y una autorrealización difícil de equiparar. La belleza de una creación artística, el lento derrotero de un poema cocinado en la abrumadora soledad de la página en blanco, el ensayo que nos descubre mundos hasta entonces ocultos, la maravillosa acumulación de palabras con las que jugar al abrir la boca…

Bueno, pues todo eso ahora es una estupidez. Lo podríamos resumir copiando una de las respuestas del bibliotecario Huguenin a su sobrino Michel, protagonista del 'París en el siglo XX' de Julio Verne: "La literatura está muerta, hijo mío; mira estas salas desiertas y esos libros sepultados en el polvo; ya no se lee; soy el guardián del cementerio, y la exhumación está prohibida".

Mi teoría –y retomo el hilo aquí-es que todas las actividades impulsadas por el poder (público y privado, ya todo es lo mismo) trabajan a favor del analfabetismo funcional y cultural. Ya no utilizan el lema "la cultura os hará libres", sino "el deporte os hará libres". No tengo nada en contra del deporte, por supuesto, pero sí en contra de su dictadura.

Julio Verne era un visionario, pero sus visiones políticas (como 'París en el Siglo XX') fueron marginadas por el mercado. Íñigo de la Serna es un visionario, pero sus visiones son financiadas por el mercado y aplaudidas por unos ciudadanos que solo reclaman servicios, pero no inteligencia ni libertad. Por eso no sorprende que el Ayuntamiento vaya a gastar 513.748 euros en cuatro pistas de padel. Lo ha leído bien y, al igual que el 99% de los ciudadanos, no se ha escandalizado.

Uno diría, ingenuamente, que para denunciar este estado de cosas debería estar el periodismo, pero igual es un 'arte' también en decadencia.

Comparemos ahora esa cantidad con el presupuesto dedicado a cultura. Subvención a las industrias culturales: 25.000; todos los premios literarios del Ayuntamiento: 15.000 (5.000 euros menos de lo que merece la Junta de Cofradías de Semana Santa); del total del presupuesto de cultura (1,6 millones de euros), el 31% se va en financiar una actividad tan popular como el FIS.

Son solo algunos datos, para no abrumar. Así que nos le hablaré del triste abandono de las bibliotecas, del ruinoso devenir del hermoso centro Doctor Madrazo, de la falta de ayudas a las asociaciones sin ánimo de lucro, de la privatización indirecta de recursos que supone el desvío de 400.000 euros a la Fundación Santander Creativa, de la nula promoción de la lectura o de las actividades creativas, de los anuncios de instalaciones faraónicas sin personal con capacidad que las dote de significado, de los centros cívicos construidos para dejarlos en manos privadas que nos enseñan pilates… Santander no es única en esta tendencia, apuntada por Verne, pero sí es una alumna aventajada.

La comunidad autónoma tampoco va mal. El viejo-nuevo Gobierno ya ha anunciado que antes de rescatar a las personas se va a poner a rescatar al Racing utilizando como excusa la gran promoción del Año Jubilar Lebaniego y así logra unir al trío indispensable de esta nueva-vieja sociedad: fútbol-iglesia-gobierno.

Uno diría, ingenuamente, que para denunciar este estado de cosas debería estar el periodismo, pero igual es un 'arte' también en decadencia.

Terminaré otra vez con Julio Verne cuando le hace decir a Quinsonnas: "Antaño uno podía hacerse periodista, de acuerdo; pero aquello fue durante la buena época, cuando existía una burguesía que creía en los periódicos y que hacía política. Pero ¿a quién le importa la política? (…) Ya no hay partidos políticos. (…) El gobierno hace negocios como un buen financiero y paga regularmente. Las elecciones ya no apasionan  a nadie; los hijos diputados suceden a los padres diputados. (…) Ante tal estado de cosas, ¿para qué sirve el periodismo? ¡Para nada!”.

Quizá para tan poco como las bibliotecas, los laboratorios de arte o los talleres de creación poética. Me voy a jugar al padel. Hasta el lunes próximo.

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