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De Picos y palas

Recuerdos pequeños de un trabajo grande, la extracción de mineral en algunos puntos de Cantabria.

Parte de los restos de Las Mánforas hoy.

Parte de los restos de Las Mánforas hoy. JESÚS ORTIZ

Tiene ocho años y acompaña a un adulto al monte, por el ganado. El adulto conoce a un conductor del camión que sube a la mina, que les deja montar sobre la carga de ladrillos, junto a varios trabajadores de la explotación. El camión es pequeño y chato, lleva el motor dentro de la cabina, que no tiene puertas, quizás se las han quitado por el calor. El niño se agarra a la soga que amarra los ladrillos, con los brazos estirados y el corazón encogido a más no poder, piensa, porque las ballestas del camión sobre la pista de Espinama a Áliva producen un efecto que recuerda al de los toros en rodeo, que puede enviarlo contra el suelo en cualquier momento.

Bastante rato de viaje sin más problema que el enérgico traqueteo. De pronto aparece un hombre corriendo desesperadamente para alcanzar al camión en marcha. Qué curioso, el hombre se parece mucho al conductor del camión. El chaval mira hacia el conductor para comprobarlo… y resulta que no hay conductor. Lo que comprueba en cambio es que el corazón puede encogerse más todavía.

El camión encuentra una bifurcación y sigue el consejo de Yogui Berra: «Tira por ese camino y cuando encuentres una bifurcación, la tomas». El camión toma la bifurcación como se le antoja, que en ausencia de orden de la cabina es a derecho, sale de la pista y sube por un terraplén hasta el prado. La subida le obliga a reducir la velocidad; el sudoroso conductor lo alcanza, sube de un salto a la cabina y corta el contacto. Pálidos conductor y viajeros, el primero explica que se ha recalentado en exceso el motor, ha saltado el tapón del radiador y le ha caído encima un chorro de agua hirviendo, enseña la piel arrugada del antebrazo derecho; para librarse del chorro se ha tirado del camión.



El camión iba a las minas de Las Mánforas, donde se extraía una blenda de calidad excepcional. Hay bastante información asequible sobre ellas y otras parecidas, como en esta magnífica página ‘La minería en el concejo de Espinama’. En esta otra hay fotos interesantes, entre ellas la de un camión idéntico o muy parecido al de la historia. Se echan en falta fotos de los carros tirados por bueyes que durante mucho tiempo acarrearon el mineral por los tornos que pueden verse en Fuente De y por otros sitios igualmente inverosímiles. En la colección de relatos heroicos de Liébana, este transporte ocupa merecidamente un lugar destacado.

Hoy puede irse al entorno de Las Mánforas con mucha facilidad, andando desde el refugio de Áliva, al que se llega subiendo en teleférico y luego caminando o en jeep, todo ello barato y muy bien gestionado por una empresa pública. Una excursión absolutamente recomendable. Merece la pena admirar el enorme impacto ambiental que supuso la explotación de la blenda, como toda minería, y la contradictoria belleza que exhiben sus restos en medio del paisaje imponente de los Picos de Europa. 



Más de 50 años más tarde, que no se sabe bien cómo han pasado, el sábado pasado el muchacho vuelve a Áliva. Habita ahora un cuerpo viejo, pero perfectamente capaz de visitar los restos de las instalaciones de la mina, cerradas hace más de 20 años. Sube, baja, se mete por todos los sitios que no están cegados, intenta recordar lo que conocía y descubrir lo que faltaba.

Algo después, para volver al refugio sigue al pie de la letra las instrucciones de su mujer, la única de los dos que sabe orientarse. Se pierde. Al rodear un peñasco se topa de frente con un rebeco. Ojazos admirados, los cuernos peinados para arriba y hacia atrás, el rebeco está muy lejos antes de que el humano levante la máquina de fotos. Intenta seguirlo y se encuentra enseguida con un precipicio insalvable.

Da marcha atrás para buscar a su mujer, riéndose al imaginar cómo el rebeco le cuenta el incidente a la suya:

—Mhencontrao con un maromo enorme a dos pasos, hacía lo menos siete arrobas el tío, y ha faltao esto pa que me agarraría… —aproximando las patas delanteras y con el habla propia de los rebecos lebaniegos, mientras la rebeca cambia una mirada de inteligencia con los rebequines: papá ha vuelto a tomar demasiado sol.

De regreso a la ciudad, tres días más tarde, es laborable y el niño se quita de en medio para no estorbar el trajín de los mayores. Pero recuerda que se ha topado de frente con un rebeco en Áliva y es feliz.

Merece la pena admirar el enorme impacto ambiental que supuso la explotación de la blenda, como toda minería, y la contradictoria belleza que exhiben sus restos en medio del paisaje imponente de los Picos de Europa.

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