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Sábado siglo XXI

Para descansar el domingo como Dios manda hace falta dejar atrás, lejos, el trabajo. Para hacerlo se inventaron los sábados.

Todavía no han dado las 10 de la madrugada del sábado y la autoridad competente advierte seriamente de que ya han pasado las lecheras.

—Todas, toditas —dice, clavándome una mirada que no presagia nada bueno.

Así que no queda otra que levantarse, asearse y ponerse a hacer algo que pueda confundirse con pasar el rato. Porque los fines de semana son para descansar. El sábado, sobre todo, carga con la responsabilidad de marcar la diferencia con los días ordinarios de trabajo.

Claro que con el tiempo la manera de señalar esa diferencia ha cambiado. Pereda contó que los sábados en Santander las muchachas fregaban escrupulosamente en un balde a sus hermanos, que luego iban de putas. Creo que esto ya no se hace.

El sábado es diferente también para el resto de la familia. La prole, por ejemplo, no tiene clase, pero la autoridad competente la ha puesto a hacer deberes. Se la oye en segundo plano repasar la conjugación de los verbos irregulares: «Yo me voy, tú te abres, él se pira…».

Los autónomos no podemos evitar currar todo el día. Pero al menos cambiamos de actividad, damos de lado lo obligado por lo inmediato, y extendemos la vista hacia atrás y hacia adelante, intentando ver más allá de la pantalla. Este sábado repaso el balance de la última feria a la que fue mi empresa, en Shangai. Gente de todo el mundo ve tus productos y recibes feedback, información sobre cómo se te ve por ahí. En Shangai por ejemplo me he enterado de que el hombre más guapo del mundo trabaja conmigo. Inmediatamente le he subido el sueldo y pienso llevarlo a todas las presentaciones para que las ventas se aceleren en la misma medida que el ritmo cardiaco de las asistentes. Pienso incluso si convendría llamar a una agencia para darles la noticia: «El hombre más guapo del mundo es de Cueto».

Es sábado por la mañana, si no me retraso puedo llegar a Correos. En una empresa como la mía, el director firma los contratos internacionales y lleva los paquetes a Correos. Las dos cosas son importantes, pero lo que me gusta más es lo segundo. Por un lado porque disfruto un poco de lo bueno de la ciudad, las vistas de la bahía. Por otro, porque el personal de Correos es muy agradable. De hecho creo que el personal de Correos, tanto los carteros que reparten como los de la ventanilla que recogen, son agradables en todas partes. Pero aquí lo parecen más, quizá por contraste. Así que muchos días voy con un envío o dos solamente, y disfruto del paseo y de la gestión.

La autoridad competente me manda después a comprar pan y cir…, pan y huevos al súper de la esquina. Compro una barra de pan y media docena de huevos ecológicos de Cantabria, que son más caros que todos los demás huevos ecológicos de otros sitios con los que comparte estante, seguramente por la cosa del transporte.

La tarde es todavía más relajada. Oteamos horizontes, por si aparecen ideas nuevas por algún sitio. Encuentro una deslumbrante evolución de la crítica literaria en la era de la imagen. «Todo lo que un hombre puede ver está nombrado en este relato, pero también todo lo que un hombre no podrá ver nunca más», dice Claudia Piñeiro en este desguace de El Aleph que hace Isabel González. A mí, que nunca entendí la gramática y que no sé nada de imágenes, me parece que hay que saber mucho de muchas cosas para hacer esto que hace Isabel, pero no es la primera vez que me deja con la boca abierta. 

Por la tarde la prole tiene otra sesión  en la cocina, repasando verbos irregulares con adolescente irreverencia: «… nosotros nos marchamos, vosotros os largáis, ellos se evaporan».

También el sábado se evapora. Al final está la cama. Me meto en ella y al momento la autoridad competente hace lo mismo. Y entonces ocurre un milagro: se transforma en una cosa mimosa a la que da gusto arrimarse. Este milagro asombroso se repite cada noche; gracias a él, y a otras cosas parecidas, con un poco de suerte, puede que cerremos contentos el año fiscal.

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