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Tres Shakespeares y medio

Media modesta introducción a la retórica política, aprovechando eventos recientes.

"Felisuco" (C's) dice que la "llave del desbloqueo" la tienen el PP y el PSOE

El nuevo diputado de Ciudadanos por Cantabria, Félix Álvarez. | EFE

Es difícil prever todas las consecuencias de cada decisión que tomamos, especialmente si la decisión es de envergadura. Seguramente ninguno de los británicos que hace poco votaron abandonar la Unión Europea había calculado que su autor más grande, William Shakespeare, perdiera una biografía en consecuencia. O se la ahorrara, como sugiere el titular de este mismo periódico: «El Brexit salva a Shakespeare de que Boris Johnson sea su biógrafo».

Que el presunto nuevo biógrafo fuera un político profesional no sorprende demasiado: Shakespeare y la política siempre estuvieron íntimamente relacionados. No porque él se dedicara a ella directamente, sino porque ella protagoniza buena parte de sus obras. Y porque una de las herramientas clave de la política, la retórica, es un ingrediente fundamental en todos sus escritos. Hay un discurso en particular, el de Antonio al pueblo romano tras el asesinato de Julio César, que sintetiza bastantes de las virtudes retóricas, que empieza así: «¡Amigos, romanos, paisanos, prestadme oído! Vengo a enterrar a César, no a alabarlo». (Julio César, acto 3, escena 2). Poco después Antonio declara que, a diferencia de Bruto, él no es orador: ¿habráse visto caradura mayor? El tipo está largando una arenga que da un giro radical al estado de ánimo de su auditorio y que estudiamos con veneración siglos después y dice ¡que no es orador! Pues bien, basta recordar la cantidad de ocasiones en que hemos escuchado esta misma afirmación de gente a la que estábamos condenados a escuchar los siguientes tres cuartos de hora para comprobar la influencia de este discurso.

Antonio es un gran caradura porque la retórica busca la seducción, y para la seducción la verdad es irrelevante. El orador quiere conseguir algo del oyente: que le vote, que compre su libro, que engrose la audiencia de su programa, que lo absuelva a él y condene a su enemigo… por eso quienes emplean cotidianamente la retórica se pasan la verdad por el forro de la toga, del bonete, del micrófono…

Los estudiosos de la retórica insisten en la importancia de que en el impecable inglés con que Antonio se dirige a los romanos las palabras del comienzo tengan una progresión silábica así, 1, 2, 3: «Friends, Romans, countrymen…»: la verdad no tiene papel en la retórica, pero la musicalidad sí. En castellano no podemos hacer nada parecido y nos conformamos con el modelo 3, 3, 3, ya citado, que mejora en este sentido la del traductor canónico de Shakespeare, Luis Astrana Marín (a quien debemos tanto): «¡Amigos romanos, compatriotas, prestadme atención!».

No tengo ni idea de quiénes puedan ser los tres Shakespeares que circulan ahora mismo por Santander. En cambio estoy bastante convencido de saber quién es el medio que falta para la cuenta cabal.

Se sigue estudiando la retórica de Shakespeare porque es un magnífico ejemplo de un arte que no ha variado sustancialmente desde Aristóteles, y no ha perdido nada de su utilidad. En cambio, no sé si es necesaria otra biografía del bardo. Sé que los editores necesitan sacar novedades regularmente, y que es más arriesgado sacar novedades novedosas que apostar por lo conocido, una vez más. Varias de las biografías de Shakespeare ya publicadas son bastante decentes, al parecer. Solo he leído una, la de Ackroyd, muy recomendable, y no me importaría leer otra, o dos más, si no fuera porque la vida es breve y hay que ganársela.

La de Ackroyd tiene un título previsible, Shakespeare, y bastante información que no lo es. Entre ella, nos cuenta el número de habitantes que tenía Londres cuando el bardo vivía allí: 50.000. Me sorprende por lo pequeño. Desde aquel tiempo a hoy la alimentación de la población y el flujo de la información han mejorado notablemente. Suponiendo que los telediarios en los hogares y la asignatura de Religión en las escuelas hayan conseguido contrarrestar los efectos del avance en alimentación e información, es decir, que la población de ahora sea de media igual de inteligente que en tiempos de Shakespeare, cabe colegir que en una ciudad de 175.000 habitantes hay tres Shakespeares y medio.

No tengo ni idea de quiénes puedan ser los tres Shakespeares que circulan ahora mismo por Santander. Seguramente son tres hombres o mujeres conscientemente ocupados en decir las mismas majaderías que los demás decimos sin pensar, sabiendo que la exhibición de una inteligencia muy superior a la media se castiga con el exilio, el ostracismo o la muerte. En cambio estoy bastante convencido de saber quién es el medio que falta para la cuenta cabal: Felisuco.

¿Por qué? Pues porque, no habiendo escrito otra Julio César (lo que le acreditaría como un Shakespeare completo), ha demostrado ser un retórico de primera magnitud. Sin pasado político, sin larga militancia, se presenta a las elecciones en un partido fabricado en laboratorio, donde, en ausencia de ideas, la retórica juega un papel aún más central que en otros, y a la primera ¡ya está! diputado en las Cortes. Asombroso. No he ido a ninguno de sus mítines; las frases que le voy a atribuir son pura invención, pero de algún modo tengo que imaginar una capacidad retórica tan deslumbrante, y no se me ocurre nada mejor que recurrir al modelo por excelencia del discurso político, el que mueve a sus oyentes a hacer lo que quiere el orador. Así que imagino a Felisuco esquilado en un barril en medio de Mazcuerras, las mangas de la camisa remangadas, arengando a sus futuros votantes:

—¡Amigos, cántabros, paisanos, prestadme oído! Vengo a enterrar la política, no a alabarla. 

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