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Sufrir

Sufrimos cuando nos ponemos dramáticos y no sabemos reírnos de nosotros mismos porque nos importamos demasiado.

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'Sufrir'. | INMA VÍNEZ

'Sufrir'. | INMA VÍNEZ

La realidad es algo a lo que sólo podemos asomarnos de forma sesgada. Para cada persona la realidad es lo que percibe, lo que interpreta, lo que ha aprendido, lo que le han dicho de forma convincente que el mundo es. Tantos mundos como tantas mentes intentado descifrar, de formas más o menos conscientes, qué demonios es todo eso que está fuera de nuestros cuerpos.

Sólo así se explica que ante una misma realidad y en un mismo contexto y desde una posición similar unos vean miseria y otros milagro. Porque es sorprendente cómo algunas mentes pueden reducir una vez y otra el mundo a lo mezquino, naufragar una vez y otra en pequeños charcos.

Un amigo me confesó que una mañana de verano tuvo una crisis de ansiedad porque no lograba decidir si prefería ir a la playa o a la piscina. Quién no se ha visto alguna vez chapoteando de forma patética, como si estuviera en medio de una gran tormenta, cuando el agua no alcanzaba ni a cubrir sus tobillos. Quién no se ha visto, como el sobrio que dialoga con un borracho, animando a alguien (un amigo, una pareja, una madre, un hermano) que bracea desesperado en un mar imaginario.

Lorenzo Oliván, en su poema 'La mosca en el cristal', alude a ese fenómeno mental que reduce el mundo al tamaño de nuestra angustia: "Golpe tras golpe, en el cristal comprueba /  que no ve lo que ve, que lo profundo /  hoy se le vuelve plano, que no existen / caminos donde todo son caminos. / Le han tapiado el azul, que sigue enfrente. / ¿Cómo decirle / que un poco más abajo, a sólo un palmo, /  la ventana está alzada y no hay cristal?". Antonio Muñoz Molina atina cuando dice: "El mundo existe fuera de mi angustia".

Desproporciones tan viejas como la vida. Delirios que ya contó Cervantes con sus molinos de viento. Hay personas que, con independencia de cómo les van las cosas,  tienen el don de ver en todo una dificultad y, como Don Quijote, viven permanentemente angustiadas. Incluso las hay que piensan que el sufrimiento les da una especie de prestigio social y por eso se esfuerzan en mostrar todo el tiempo lo mucho que sufren. Milan Kundera escribió: "Llevaba gafas de sol no para ocultar el llanto sino para que supieran que lloraba".

Sufrimos por miserias ridículas cuando reducimos la existencia a un trampantojo de expectativas, proyecciones y deseos. Sufrimos cuando construimos uno decorado de cartón piedra y la vida, que fluye a nuestro alrededor, se vuelve invisible. Sufrimos cuando no somos capaces de reconocer nuestra insignificancia y el absurdo de existir. Sufrimos cuando queremos controlar lo que no puede ser controlado y no toleramos la incertidumbre. Sufrimos cuando queremos imponer a toda costa nuestra visión, como si precisamente nuestra visión fuera la correcta. Sufrimos cuando nos llenamos de gravedad y hasta el polvo nos pesa y no podemos quitárnoslo de encima con una carcajada. Sufrimos cuando nos ponemos dramáticos y no sabemos reírnos de nosotros mismos porque nos importamos demasiado. Sufrimos si no podemos ver lo cómico que es pasarse la vida haciendo aspavientos ante las dificultades, grandes o pequeñas, como si la vida nos fuera a escuchar y a corregir los desaguisados.

Se golpean contra el cristal, se tapian el azul, se angustian, en definitiva, quienes demandan constantemente cosas a la existencia en lugar de aceptar con gratitud lo que la existencia les ofrece. Ven la miseria y no el milagro quienes esperan todo el tiempo que la vida les dé algo, como si la vida tuviera una deuda con ellos y no al revés.

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