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Vivir en la España del 38%

Volvemos a mirar hacia el subdesarrollo fiscal, hacia el modelo castizo que ansía Montoro, un ministro mucho más cercano a las prácticas fiscales del siglo XIX que a las del siglo XXI.

Montoro cifra en 1.500 millones la subida del 1,6 % de las pensiones en 2018

El ministro Cristóbal Montoro en una intervención pública. | EFE

La España del 38% o la España de Montoro. Un país que un día comenzó a separarse de Europa y empezó a navegar en solitario por el Atlántico. Como en 'La balsa de piedra' de Saramago, pero en esta ocasión sin la compañía de Portugal. Mientras nuestros vecinos portugueses han comenzado a poner en práctica una política fiscal que les acerque a la Unión Europea, en España el vetusto ministro de Hacienda ha decidido que el camino marcado en la novela de Saramago es el que desea y ha trazado hace tiempo un rumbo que nos aleja progresivamente de franceses o alemanes y nos acerca nuevamente a un estilo fiscal subdesarrollado.  

Volvemos a desandar, sin haber llegado siquiera a completarlo, el camino de la convergencia con nuestros vecinos europeos. Avanzamos, como país, en dirección contraria a lo que se supone que debiéramos. Ahora mismo la convergencia fiscal avanza más hacia lo latinoamericano que hacia lo europeo. Volvemos a mirar hacia el subdesarrollo fiscal, hacia el modelo castizo que ansía Montoro, un ministro mucho más cercano a las prácticas fiscales del siglo XIX que a las del siglo XXI.

Los Presupuestos Generales del Estado de 2018 vuelven a mostrar que la idea de Montoro de lo que debe ser España es la de un país atrasado, con una élite que disfrute de un gran bienestar económico y una mayoría de población que deba trabajar más en actividades de bajo valor, gane menos por su trabajo, pague proporcionalmente muchos más impuestos de lo que venía pagando y, por supuesto, no reciba los mismos servicios públicos de calidad ni universales ligados al Estado de Bienestar. Es decir, una sociedad que viva en el siglo XXI, porque al ministro no le queda otra más que aceptar el paso del tiempo, pero que lo haga con unas condiciones distributivas como las del siglo XIX, revirtiendo los avances conseguidos con el Estado de Bienestar y las políticas redistributivas progresivas.

Por suerte Montoro no tiene la capacidad directa de imponer un país de ese estilo. Lo cual no es óbice para que en su programa de reforma silenciosa imponga paso a paso su modelo fiscal castizo, su vuelta al pasado. Y no lo hace con un plan secreto, lo hace públicamente y con orgullo. Al menos se ha de reconocer al ministro su claridad al declarar hace menos de un mes que "en España estamos ocho puntos por debajo de la carga fiscal media: un 38% frente al 46% de promedio europeo. La izquierda quiere equiparación con Europa pero yo no, porque esa es también nuestra ventaja competitiva para industrias como el turismo".

No lo oculta, para Montoro un país con una política fiscal y unas condiciones económicas atrasadas son una ventaja. Lo que no dice es para quien resulta una ventaja. Claramente lo es para las grandes empresas y los grandes capitales que se han beneficiado, por una parte, de las reformas tributarias regresivas que han trasladado su carga fiscal hacia el resto de la población y, por otra parte, pueden hacer negocio con los servicios públicos recortados o directamente privatizados por la política fiscal inducida por el ministro.

A su vez, está claro que dicho estilo de política fiscal afectará negativamente a la vida de la mayoría de la población. En primer lugar, porque sobre está recaerá, probablemente a través de impuestos regresivos como el IVA, el pago de las cargas fiscales de las que se libran los pocos beneficiados por el estilo fiscal castizo de Montoro. En segundo lugar, también será la mayor parte de la población la perjudicada por una provisión menor y de peor calidad de servicios públicos.

Hay que tener presente que no nos dicen la verdad cuando afirman que no hay dinero para mantener el poder adquisitivo de las pensiones o mejorar las que son más bajas, incrementar la calidad de la educación, reducir las listas de espera en sanidad, asegurar el acceso a la vivienda, invertir en I+D+i y modernizar nuestra estructura productiva, luchar contra la precariedad laboral o para evitar que tengan que emigrar los jóvenes de nuestro país por falta de oportunidades.

Si otros países europeos cercanos tienen todo esto y más es porque no se conformaron con repetir en los siglos XX y XXI las condiciones con las que se vivió en el siglo XIX, porque no se conformaron con ser países del 38%. Por eso en la Unión Europea los servicios públicos se financian con un 45-46% del PIB y no con el 38% como se hace en España. Incluso en casos como los de Francia, Suecia, Finlandia o Dinamarca llegan a superar el 50%. Un diferencial con España que puede explicar por sí solo las distancia en la calidad de vida y las perspectivas de futuro con estos países.

Los Presupuestos Generales del Estado para 2018 suponen un nuevo paso más en la construcción del país del 38%. Un tipo de país castizo y subdesarrollado frente al que se puede y se debe plantear y poner en marcha una alternativa. El modelo lo tenemos en otros países europeos próximos. Ni siquiera sería necesario inventar nada nuevo, sino que sería suficiente, para avanzar notablemente, con adaptar lo que ha funcionado en estos. Pero mientras no se haga nada en este sentido sabemos que Montoro seguirá avanzando en la construcción fiscal de su modelo de país. Y la mayoría de los que lo vivamos lo sufriremos significativamente.

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