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¿Por qué corre Forrest Gump?

Dejemos de lado nuestra vida inconsciente, aquella en la que vamos con el piloto automático, como si el cerebro estuviera en estado permanente de reposo, y disfrutemos más de nosotros mismos, de lo que nos ofrecen los demás y lo que podemos dar a cambio

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Forrest Gump.

Forrest Gump.

¿Qué hace a algunas personas dejarlo todo y replantearse su vida? Hace unas semanas un caminante británico recorrió el paisaje cántabro con su mochila, su bicicleta y su perro. No es deportista ni está haciendo el camino de Santiago por la costa. Este bombero retirado lleva doce años caminando por el mundo, solo por la alegría que le supone recorrer el planeta. Algunos podrían decir que tiene algún tipo de problema mental: "es un papanatas, dejarlo todo y ponerse a caminar, ¡pamplinas!". No obstante, Martin Hutchinson tiene un objetivo: pregonar su mensaje ecologista a quienes le escuchan. Hay que cuidar del planeta, dice, mi mejor amigo. Ha estado en numerosos colegios a lo largo de su travesía de más de 100,000 km; entre ellos, en dos de Castro Urdiales y Colindres, a su paso por Cantabria, y comenta que los niños escuchan, pero al final se fijan en las malas actitudes de los adultos.

La proeza de Hutchinson no está en echarse a andar, todos podemos hacer esto, sino en tener un objetivo que lo acompaña. En muchos momentos de nuestra vida andamos o corremos sin rumbo fijo, perdiendo gran parte de nuestro tiempo porque no tenemos una meta clara. Estamos corriendo como Forrest Gump, sin sentido, como pollos sin cabeza, ya sea en el trabajo o en lo personal. A las órdenes de no sé qué jefe, de no sé qué importante proyecto, o con un trabajo precario que no conduce más que a otro trabajo precario, o trabajando en algo que no nos gusta y viviendo con la falsa ilusión de que la oportunidad simplemente llamará a nuestra puerta. En la vida íntima, desperdiciando tiempo en relaciones de amor o amistad que no nos convienen, o en pantallas de móvil que no nos dejan ver a quien tenemos al lado…

Es entonces cuando necesitamos detenernos y pensar, ¿qué dirección tomar? ¿Con qué fin? Hay un libro que danza en mi mente al pensar sobre este tema, 'El insólito peregrinaje de HaroldFry' (2012) de Rachel Joyce. Harold Fry, el protagonista, recibe una carta de una amiga que le dice que tiene cáncer y que está a punto de morir. Entonces él sale de casa con lo puesto y una carta escueta de vuelta que se dispone a tirar en el buzón más cercano. En su lugar, decide ir a echar la carta al siguiente buzón, y después al siguiente, hasta que se olvida del escrito y lo que hace es ir caminando a encontrarse con su amiga, a quien no ve desde hace veinte años. Con ello busca curarla –aunque en la novela queda claro que esto no es posible–, pero también curarse a sí mismo, salir de ese estado de letargo en el que se ha dejado caer. La llama que enciende su camino es la necesidad de expiación ante su amiga, a quien siente que ha fallado. En su peculiar peregrinaje de 87 días y 1.009 km, se encuentra con una serie de personas que le cuentan cosas sobre sus vidas que no relatarían a sus seres más cercanos con los que están acostumbrados a llevar máscaras y no mostrar su interior. El protagonista también se comportaba así con los suyos hasta que su viaje le hace ver la importancia de relacionarse con los demás y reconectar consigo mismo. Harold demuestra que se puede volver a empezar en la vida, pero sin olvidarse de su pasado, llevándolo con él, no como una carga, sino como una fuente llena de sabiduría.

Con todo, no hace falta que un amigo nos diga que se va a morir o que nos ocurra algo traumático para que reaccionemos. Basta con pararse a pensar en un objetivo que nos seduzca para no caer en la nada, la nada que nos atrapa. En definitiva, todos buscamos conocernos mejor a nosotros mismos y al mismo tiempo, estar cerca de otros, conectar con los demás. Por eso, este es un alegato para que nos lancemos a caminar. Con ello no estoy abogando por que nos arrojemos a correr como Forrest Gump, es decir, literalmente como posesos –o sí, si ese es tu sueño–, sino que seamos capaces de perseguir una meta que nos importe, algo concreto, ya sea en el terreno social, profesional, en el personal o en todos. Dejemos de lado nuestra vida inconsciente, aquella en la que vamos con el piloto automático, como si el cerebro estuviera en estado permanente de reposo, y disfrutemos más de nosotros mismos, de lo que nos ofrecen los demás y lo que podemos dar a cambio. Una sonrisa, una conversación a tiempo, un sueño por cumplir, una causa por la que luchar. La mente nos lo agradecerá. 

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