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La hora de la gente

Tras el cierre de filas del Régimen vuelve, ahí está lo bueno, el tiempo para trabajar, sin ruido electoral de fondo, en la siembra, en la vida real.

Doce partidos presentan candidatura a las elecciones autonómicas en Cantabria

En días en que pesa más el pesimismo de la inteligencia que el optimismo de la voluntad, toca intentar hacer análisis postelectorales que permitan atisbar nuevas rutas, tratar de aportar algo que indique cómo seguir adelante a quienes proponen un discurso alternativo al statu quo, ese que nos condena a un neoliberalismo despiadado, que nos sumerge en la precariedad, la desigualdad, la validación  de la ultraderecha, el racismo y el machismo y consiente la perpetuación sine die de un modelo de crecimiento que atenta contra nuestra propia supervivencia. Vayan algunas notas.

De Gema Igual a Isabel Díaz Ayuso, queda probado que el PP puede presentar en sus candidaturas una persona o un pomo de puerta: lo tiene casi igual de fácil para sacar buenos resultados. Son capaces de soportar la losa de la corrupción o del desprecio a la ciudadanía, esgrimir el extremismo más necio o una estolidez supina… que siguen teniendo opciones de ganar. No en vano, esgrimen desde siempre el discurso de lo que hay, el que nada cambia, el que perpetúa hoy la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos, y tienen de su lado a quienes les van bien o quieren que así les vaya a costa de lo que sea, sobre todo de inconsciencia. 

El PSOE ha jugado de maravilla la carta de la “alerta antifascista”, esa que tanto les facilitó cierta izquierda radical tras las elecciones andaluzas, en parte porque ÉL —Pablo Iglesias— decidió dejar de esforzarse por ser transversal y optó por atrincherarse en un cálido izquierdismo que, tal vez, aplacara el malestar del chalé de Galapagar y los golpecitos en el hombro perdidos en el camino. Así, Podemos se lo puso fácil al PSOE que, con un discurso progresista en lo social, falso en los hechos, y neoliberal en lo económico, se ganó la confianza incluso de los “Con Rivera no” que, tal como van las cosas del pactar, acabarán sintiéndose auténticos ‘lunis’ políticos. Zuloaga, por ejemplo,  se reunió con colectivos -doy fe por mi trabajo contra el comercio de armas y el racismo-, asintió con semblante angelical comprendiéndolo todo, se hizo la foto… y aquí paz y después armas y doble muro en el Puerto. Eso es el PSOE… y lo que nos queda de ver del “sanchismo” o la performance vacía como estrategia.

En cuanto a las candidaturas que deseaban provocar un cambio a la izquierda y que, tras el 15M, tuvieron oportunidad para ello, el izquierdismo se comió buena parte de las apuestas que un día soñaron con ser transversales, por no entender que esto no significa venderse al discurso neoliberal sino atender a la realidad de la gente —ese ente—  sin reducir “el pueblo” a los que comparten nuestros lemas dejando a todo el resto fuera. Se trataba de intentar generar una “normalidad”, un conjunto de ideas compartidas, un sentir y pesar mayoritario más justo, y hacerlo con trabajo de hormiguitas, buscando en todas partes las aportaciones mejores. De la falta de talento y las luchas fratricidas ni hablemos, pero, cuando todo está en contra, la altura de miras ha de ser muy superior a la media: tal vez no sea justo, pero es real.

Por otro lado, el madrileño-centrismo de Podemos, además de hacer comulgar con la rueda de molino de IU a todo su electorado —y viceversa, con pérdidas de votos, tiempo y energías para ambos, me temo—, ha despreciado por completo la implantación territorial y a los propios territorios, segando posibilidad de crecimiento a los círculos. En Cantabria, un centralismo autoritario desde Madrid, torpe y escandaloso, sumado a la ausencia a partes iguales de implantación comarcal y liderazgos formados y forjados en el trabajo cotidiano y constante han pasado una severa factura a toda la izquierda. Mantecón perdió su puesto, tras una legislatura tortuosa en la que ha sufrido lo inenarrable. La solvencia de Miguel Saro, al menos, resiste en Santander. Y algunas opciones municipalistas independientes —ACPT, Iniciativa Vecinal Ribamontán al Mar, Reinosa en Común, Equo en Miengo…—, que han sabido trabajar en sus pueblos, han resistido también.

El PRC vive del revillismo —cabe preguntarse qué harán cuando Revilla se retire— y de su importante implantación en el ámbito rural, pero también se ha alimentado del ambiente generado movimientos sociales, a veces tremendamente despreciados, que han puesto en valor la Autonomía y el valor de Cantabria. Las opciones descentralizadoras están en alza en todo el Estado, mal que le pese al nacionalismo español; otras lo vemos como un camino al crecimiento del siguiente escalón, el municipalismo. Quién sabe si Cantabristas podría generar en unos años una versión mejorada del PRC que sepa entender la prosperidad allende el hormigón, y prescindiendo del clientelismo, esa fea baza. Necesitarán para ello mucha inversión, también económica.

Ciudadanos, un partido del que las caras más visibles han sido tránsfugas, trepas y humoristas, lo tiene fácil, al estilo del PP, de quien es la versión emprendedora. No defienden sino el statu quo, salpimentando con promesas de regeneración que se sustancian en apuntalar a la ultraderecha por orden de Madrid —los “nuevos” de ámbito estatal parecen haber salido muy centralistas—. Que Vox no entre en los Parlamentos sería, dada la aritmética postelectoral y su escasa fuerza, responsabilidad de los partidos políticos, pero como Ciudadanos o el PP ya lo permitieron en Andalucía también es responsabilidad de sus votantes, con poca o ninguna justificación para sorprenderse ahora. Ese/a amigo/a que ha votado Ciudadanos se merece que usted le recuerde todos los días que son cómplices de racistas, machistas… además de clasistas, algo que ya se sabía.

Y con este panorama, entre miedos y cansancios, entre muchos ruidos y promesas, llega una ola de neoliberalismo rampante, de un tiempo en el que las apuestas por un mundo menos discriminatorio, desigual y con menos calentamiento global resultarán, probablemente, más difíciles de defender. Pero con el cierre de filas del Régimen que supone el fin del periodo electoral vuelve también, ahí está lo bueno, el tiempo para el trabajo de los profesores y profesoras, de los colectivos, de las asociaciones y cooperativas, de los centros sociales y culturales, de las escritoras, los artistas, las abogadas, los periodistas, las doctoras, los enfermeros, las panaderas, los albañiles, la libreras… de todos aquellos y aquellas que promueven cotidianamente un mundo menos desigual, más dignamente ético y, por ende, mejor. Un tiempo para trabajar sin ruido electoral de fondo, atesorando los aprendizajes de estos años atrás cuando pensamos que otro mundo era institucionalmente posible.

Vuelve el tiempo de la siembra, fuera del estado de excepción electoral, y tal vez dentro de cuatro años seamos merecedoras de mejores opciones o capaces de un nuevo estallido que cuestione ese generador de impotencia y mentira, de precariedad y discriminación que pinta ser hoy la política institucional. Vuelve el tiempo del protagonismo de la vida real. Respiremos.

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