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Los inagotables

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Michel de Montaigne.

Michel de Montaigne.

Hay libros que se agotan, la mayoría, y hay un puñado de libros inagotables. La Biblia es, quizás, el mejor ejemplo de los segundos porque no se acaba nunca. A mí no se me agotan algunos libros de poemas porque vuelvo a ellos una vez y otra como el que camina por un bosque que ya conoce pero que nunca es exactamente el mismo. Cuando Mario Camus, cineasta y gran lector, tuvo que desprenderse de parte de su biblioteca eligió quedarse sólo con los ejemplares de poesía, quizás porque el poema está a medio camino entre la literatura y la canción, quizá porque el poema tiene una música que invita a ser escuchada, una música que cada vez que se escucha suena mejor. O tal vez porque ocupan menos, todo puede ser.

Al margen de la poesía hay en mi vida una serie de libros que son como una cantimplora que siempre tiene algo fresco que ofrecerme, un buen sorbo que llevarme a la boca. Pienso, sobre todo, en el 'Libro del desasosiego' de Pessoa, que me acompaña desde hace más de veinticinco años. Un libro que tolera como pocos la repetición y que siempre, como las grandes personas, tiene algo que ofrecerme cuando regreso a él. Por eso vuelvo.

Estoy en las últimas semanas de celebración porque a este escaso puñado de libros inagotables se ha unido un nuevo ejemplar. Había oído hablar de él como el que oye hablar de un animal mitológico. He tardado mucho en dejarlo entrar en mi casa pero creo que ya nunca saldrá de ella. Me refiero a 'Los ensayos' de Montaigne, un libro de esos que te llevan a estar permanentemente enamorado, un libro que, aunque lo lea a lo largo de los próximos cuarenta años, no lo terminaré nunca.

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