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El odio te sienta tan bien

La patria es como la madre, una madre colectiva, y mentar a la madre cierra todos los debates. La patria exige adhesiones inquebrantables pues no acepta rechazos ni críticas, ni siquiera indiferencia.

Imagen de la concentración del pasado domingo, en la Plaza de Colón de Madrid.

Imagen de la concentración del pasado domingo en la Plaza de Colón de Madrid. | Flickr PP

Del mismo modo que el fútbol es el tema de conversación de los que no tienen tema de conversación y la climatología es el ruido sonoro con el que se entabla un simulacro de diálogo cuando no apetece hablar, la patria es el discurso político de los que no tienen discurso.

La patria es como la madre, una madre colectiva, y mentar a la madre cierra todos los debates. La patria exige adhesiones inquebrantables pues no acepta rechazos ni críticas, ni siquiera indiferencia, como la madre de cada cual, que es venerada por sus vástagos pero que no tiene por qué levantar pasiones en los demás, aunque todos por educación se cuiden de no sugerirlo.

Es lo que tiene observar el mundo desde las pasiones: quien no se sitúe en la misma atalaya acaba arrojado a las sombras del Hades. Por eso mentar a la madre (se sobreentiende que bien) o a los hijos solo recibe silencios de aquiescencia: cualquier otra respuesta sería una invitación al odio. Ya pueden tener las orejas de soplillo que hacer mención de ello hace merecedor al atrevido de un odio sin parangón que lo acompañará hasta la tumba.

Los italianos los llaman 'mammone', un niño de mamá. Son ejemplares curiosos. Cuando se vuelven adultos, ellos, eternos niños, siguen manifestando ese amor asfixiante y edípico que despierta sonrisas benevolentes en la familia pero que a los demás acaba por resultar bastante cargante. Aunque parezcan entrañables e inofensivos, no son nada simpáticos. Picajosos y susceptibles, no tienen sentido del humor porque su amor se lo toman muy en serio y acaban tarde o temprano en separar el mundo en dos: entre aquellos que comparten la adoración por su progenitora, a los que sepultan en una untuosa y viscosa complicidad, y aquellos para los que no significa nada especial.

En este amor asfixiante por la madre patria, por las madres-patrias ya que se oyen tambores de pasión por todo el bosque, hay algo freudiano y edípico que no admite discrepancia cuando salta de lo personal a lo político. Pero patrias, a diferencia de la madre, hay muchas y cada cual se construye su arduino patriótico a su mejor entender, con todo el sesgo emocional que ello comporta. Pero entre gente mundana, lo emocional queda siempre para el coleto, ya que no se considera de buen tono hacer evidente lo que se da por supuesto, como el valor en el ejército.

En una soirée, Beau Brummell coincidió con el Príncipe de Gales, también aficionado a la etiqueta. Por saludo, el heredero del trono le comentó al paladín de la elegancia y del buen gusto que estaba ese día especialmente compuesto. A lo cual, Brummell exclamó: "¡Ah!, ¿se me nota?". Dicho esto, salió disparado a su domicilio a cambiarse.

De elegante a exhibicionista solo media un paso, ese 'se me nota' que a Brummell hizo enrojecer, pero que a los tañedores de tambores no les preocupa en absoluto, todo lo contrario: les encanta que se note. Que se note el amor que sienten y que se note el odio que profesan.

El amor y el odio son un traje que siempre sienta bien, por el haz y por el envés. Cubre todas las desnudeces y hace pasar por elegante al exhibicionista. Los bajos parecen más altos y los estrechos de hombros parecen fornidos caballeros o damas de espectacular arquitectura. Pero la percha es la que es y hay quien tiene bajo el traje o el vestido lo que tiene. Cuando hay poca cosa, lo racional es lo primero que cae a los pies. No hay nada que decir, solo sentir, y eso está bien para las tardes de chocolate y picatoste, pero en el ágora es demoledor. El debate se convierte en confrontación y dilucidar quién ama más a la madre solo se resuelve a bastonazos. Nada más importa y la fruta, mientras tanto, se pudre en el árbol sin que nadie la recoja.

Cuando a Fernando VII la multitud fue a recibirlo de vuelta de su exilio a Valencia, la población se unció el yugo de los caballos y tiró de la carroza hasta Madrid. El populacho al llegar 'El deseado' a palacio lo transportó en brazos hasta sus habitaciones. Luego se precipitó hasta las Cortes, en donde arrancó una a una las grandes letras con que estaba escrita en el frontispicio la palabra 'libertad'. Cuentan las crónicas que cuando una de las letras caía al suelo la multitud exclamaba entusiasmada.

Todo por Fernando VII.

Amores así conducen el país a la ruina.

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