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Un piano en la calle

O cómo en Chequia reconquistan el espacio urbano y se lo devuelven a las artes y a las personas.

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Piano público en Zlín, República Checa. | Lucie Urban.

Piano público en Zlín, República Checa. | Lucie Urban.

Tras su barba rubia hay una sonrisa siempre asomando. Una de esas sonrisas que parecen decir ‘ey, todo está bien’. Su cuerpo es grande y trasmite la serenidad de un mastín que se siente tranquilo. Sus ojos, de apariencia pequeños, parecen encerrar dentro un mar profundo y azulísimo y no dejan de observarlo todo. Ese es Pavel. El corazón lo trajo a Santander y en cuatro años ha hecho amigos de cuatro continentes distintos a los que ha descubierto nuevos hobbies, juegos, bebidas artesanas y, sobre todo, música. Música para las tardes de playa y para los martes lluviosos de invierno; música siempre, pues es algo sagrado para este checo.

“El tipo de música que escuchas refleja tu estado de ánimo o el anhelo de cómo te gustaría sentirte tras escucharla”. Pavel se convierte en DJ Soyuz cuando pincha sus Sunset Sessions en Liencres o en festivales como el Tojo Rock. “En la electrónica encuentro más libertad para la imaginación. Pincho este tipo de música porque te deja más espacio de creación, ya que la voz y la letra no son tan protagonistas”. Al preguntarle si echa de menos la actividad palpitante de Praga, con multitud de DJs y locales experimentales y underground, me responde: “En España, se producen ya auténticas joyas. Me fascina la creatividad de la gente de aquí. Quizás en Chequia se escuchen melodías más melancólicas que llaman a la introversión, es porque hace más frío”, bromea. Quizás es verdad.

En esos inviernos largos y blancos, la música también les ha servido para entrar en calor.  ¿Cómo? Sacando los pianos a la calle. La iniciativa Piána Na Ulici comenzó en 2013, cuando el dueño de un café, Ondřej Kobza, colocó los primeros cinco pianos en las calles de Praga con el único objetivo de hacer sonreír a la gente. Al poco tiempo, la idea se había extendido por todo el país y ya hay más de 50 pianos en estaciones, plazas y parques. “Es una iniciativa estupenda. En mi pueblo, de 20.000 habitantes, pusieron uno en el casco viejo y no para de sonar, siempre hay alguien tocándolo e incluso a veces hay cola”. De hecho, en las redes sociales se han hecho virales algunos vídeos de gente tocando dichos pianos, desde famosos como Ólafur Arnalds, hasta agentes de policía o personas sin hogar.

Ahora a los pianos se han añadido mesas de ajedrez y el Poesiomat: una especie de esculturas que recuerdan a una trompeta o megáfono y cuya función principal es acercar al paseante poemas recitados por sus propios autores. También se organizan sesiones de cha-cha-cha, waltz o tango en la calle adoquinada. Aquella aparentemente insignificante acción se ha convertido en un modo de activismo social que persigue reconquistar el espacio urbano y devolvérselo a las artes y a las personas. “Se eligen aquellos espacios que necesitan más atención, para darles vida, inspirar y empoderar a sus gestores locales, y fortalecer redes sociales para la creación de proyectos conjuntos”, explican los representantes del colectivo cultural responsable.

La música muestra así, una vez más, su potencial para despertar el alma, establecer lazos entre recuerdos y fundar rituales entre personas. No es casual que esta iniciativa haya nacido en tierras checas. Ya en el año 1773 el compositor británico Charles Burney escribió: “ A menudo escuchaba que los habitantes de Bohemia [una de las tres regiones históricas que integran la República Checa] eran el pueblo más musical de toda Europa. Viajé por todo su Reino, desde el sur hasta el norte, en todas partes preguntaba y averigüé que tanto niños como niñas aprendían música en las ciudades y en el campo”. Le pregunto a Pavel por esta tradición musical. “En República Checa tenemos un dicho: ‘un checo, un músico’. Es solo un dicho y ojalá fuera verdad. Supongo que la historia y la educación han tenido mucho que ver”.

Quizás no todos los checos son músicos, pero lo que es seguro es que Pavel, al igual que la música, produce calma y crea sintonía entre los que tenemos la suerte de estar a su alrededor.

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