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El póker de la investidura

Los jugadores se miran a los ojos esperando que un gesto involuntario descubra el juego. Si nadie formula una apuesta quizá haya que barajar y repartir de nuevo, pero quién sabe si en la mesa estarán los mismos jugadores.

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El proceso de investir un presidente, tras las ya lejanas elecciones de diciembre, cada vez se parece más a una partida de póker en la que los jugadores miran sus cartas lentamente e intentan descubrir un gesto involuntario en el rostro de sus rivales que les permita descubrir su juego.

Con el rey en el incómodo papel de crupier sentado en el centro de la mesa, las fichas permanecen amontonadas al lado de cada candidato, cuya postura, sobre el tapete, racanea mano tras mano.

Rajoy, por ejemplo, se empeñó en sentarse a la mesa, aunque los demás jugadores le han mirado siempre con antipatía. Y aunque cambió más de siete millones de votos en fichas, su montón resultó sensiblemente inferior que en la partida anterior, así que lo tiene muy difícil para marcarse faroles.

Aparentemente Rajoy ha decidido pasar la mano, dejando que el siguiente jugador -que es Pedro Sánchez- abra el juego y muestre la fuerza de su apuesta en forma de apoyos. Sánchez ha girado la vista hacia el tercer jugador, Pablo Iglesias, y lo que ha visto no le ha entusiasmado demasiado. Por un lado, el líder de Podemos podría negarse a secundar su apuesta y, por otro, si lo hace, quizá el precio de su ayuda sea demasiado cara.

El póker es un juego que combina el cálculo, el autocontrol, la inspiración y la suerte. Pero como esto siga así y los jugadores continúen dejando pasar el tiempo mirándose a los ojos, los votantes vamos a terminar tan aburridos que acabaremos pidiéndoles que se jueguen el sillón a cara o cruz.

Muchos analistas creen que la postura de Iglesias, por su parte, es confundir a Sánchez y hacer que la partida siga corriendo hasta que nadie termine por arriesgar una sola ficha en el pot y, por tanto, haya que barajar y repartir las cartas de nuevo. ¿Por qué estarán tan seguros Rajoy e Iglesias de que una nueva partida les repartiría mejores naipes?

Al fondo de la mesa está Albert Rivera, que parecía el chico guapo de la película, pero un par de torpezas justo cuando estaba a ya cercano el comienzo de la partida, le dejaron con muchas menos fichas de las que necesitaba para poder hacer alguna apuesta significativa.

La sugerencia de que si la partida hubiera de repetirse quizá no todos los jugadores repitieran me parece bastante sugerente. Rajoy practica el arte de la paciencia con maestría oriental, pero el tapete se le descose por Valencia y son ya demasiados hilos al aire. Pero es que a Sánchez la chica del saloon no le mira con mejores ojos. Es verdad que Pedro aportó pocas fichas y, además, una buena parte de ellas se las deslizó Susana. Por eso todos entendemos que intente por todos los medios subir la apuesta; esta es su partida y si no la gana tendrá que abandonar el Missisippi.

Iglesias le hace una carantoña al bebé de Bescansa y coloca un buen puñado de votos sobre la mesa pero intenta provocar a Sánchez organizándole el rancho y autonombrándose capataz. Quizá espera ponerle nervioso y obligarle a efectuar un movimiento en falso que lo precipite todo.

Al fondo, los nacionalistas vascos y los independentistas catalanes callan la boca y dan tabaco, con la secreta esperanza de que la mesa se mueva y puedan recoger alguna de las fichas que caigan al suelo.

El póker es un juego que combina el cálculo, el autocontrol, la inspiración y la suerte. Pero como esto siga así y los jugadores continúen dejando pasar el tiempo mirándose a los ojos, los votantes vamos a terminar tan aburridos que acabaremos pidiéndoles que se jueguen el sillón a cara o cruz.

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