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Lo seco y lo húmedo

Lenguaje y odio a la mujer habitan en el sótano del cerebro de un fascista. Sólo que de vez en cuando salen a la luz

Una de las asistentes a la marcha de las mujeres / Olmo Calvo

Una de las asistentes a la marcha de las mujeres / Olmo Calvo

Si cogemos un diccionario (coger es un decir porque quedan pocos a los que echar mano físicamente), seco es aquello que tiene por sinónimo: enjugado, deshumedecido, desecado, agostado, árido, marchito, estéril, mustio, ajado, reseco, acartonado, delgado, chupado, enjuto, extenuado, arrugado, antipático...

De lo húmedo se puede decir todo lo contrario: chorreante, mojado, empapado, acuoso, calado, bañado, regado, aguado...

Entre lo seco y lo húmedo, con la semántica como campo de batalla, hay dos concepciones diametralmente opuestas del ser humano y de la vida que nos afectan más de lo que pensamos, porque el lenguaje intenta reflejar la realidad, pero también puede re-crearla, por lo que utilizar una palabra u otra es más significativo de lo que parece. Un idioma es una herramienta política y, contrariamente a lo que pregonan los defensores de la lengua como algo objetivable e inamovible, es producto de ideologías y su mayor vehículo de transmisión social.

Jonathan Littel, buscando información para alguno de sus tremebundos libros, descubrió esta antítesis del lenguaje a propósito de los escritos del general nazi León Degrelle, más concretamente 'La campaña de Rusia'. La semántica de este fascista llevó al premio Goncourt a escribir en 2002 el ensayo 'Lo seco y lo húmedo', en el cual llega a la sencilla conclusión de que solo lo húmedo puede detener lo seco.

Pero, ¿qué es lo seco? ¿Y qué se asocia con lo húmedo?

El imaginario fascista está hecho de enemigos y confrontaciones. Necesita el enemigo como el río un cauce. Así lo seco se opone a lo húmedo, lo limpio a lo sucio y lo duro a lo blando. Los pares enfrentados se pueden repetir hasta el infinito pero lo llamativo es que el objeto de odio, y por lo tanto de la eliminación física, es lo tenido por imperfecto y contagioso, aquello que se asocia con lo que no está erecto y seco: lo húmedo, lo blando, lo sucio.

De la importancia de la semántica y del lenguaje ya se dio cuenta, en su 'Lingua Tertia Imperii', Victor Kemplerer. Es impresionante cómo Klemperer va recogiendo el uso de la lengua alemana de forma cotidiana y comprobar que la propaganda nazi alteró el idioma para inculcar ideas nacionalsocialistas en la gente.

Estas asociaciones no son inocuas y han llevado a millones de seres humanos al exterminio. 

Pero lo más llamativo es ver cómo el objeto de asociación es intercambiable y que en el momento cero, el objeto de odio primigenio, está la mujer. Si la mujer es húmeda, blanda, sucia, promiscua, libidinosa y todos los adjetivos que se han asociado al carácter femenino, los mismos epítetos han sido dedicados a todo grupo históricamente sojuzgado.

Benno Müller-Hill, en 'La ciencia del exterminio', habla de cómo el odio al judío, al discapacitado, al antisocial toma el estereotipo de la mujer y sublima el odio a esta. Las mismas palabras que definen el carácter femenino son las dedicadas por racistas y fascistas a todos los colectivos marcados por su odio.

"La idea que el antisemita se hace del judío ('lascivo, cobarde, listo y embustero, ansioso de poder', en una palabra: inferior)", escribe Müller-Hill, "corresponde a la idea que, iniciada con Aristóteles y continuada con Alberto Magno, muchos europeos se hacían de la mujer. La imagen del judío forjada por el antisemita es un sucedáneo de la imagen de la mujer. Los hijos que se sometían a sus padres tiránicos, y que habían aprendido a sentir desprecio por sus madres, como por todo lo blandengue y femenino, pero que debían ocultar ese desprecio y ese odio ante el mundo, podían tomar a los judíos como objeto sucedáneo para su odio".

Estas no son viejas historias del siglo pasado. Basta escuchar a algunos políticos en las campañas electorales en las que nos vemos inmersos para comprobar cómo lo seco y lo húmedo sigue marcando la agenda machirula de la ultraderecha. Lenguaje y odio a la mujer habitan en el sótano del cerebro de un fascista. Sólo que de vez en cuando salen a la luz y se dan un paseo por el salón de la casa.

Si el lenguaje es una herramienta política es legítimo hacer un uso político del lenguaje y en esto el feminismo ha sido pionero.

Si lo húmedo es denostado por lo seco, sólo lo húmedo puede detenerlo, lo cual lleva de nuevo a la mujer como gran elemento civilizador de la sociedad y el gran dique contra la gorilada.

Y no es algo que diga yo. Lo dice el propio Degrelle, con una alusión metafórica al barro, a lo húmedo. En su retiro español, en donde el criminal de guerra tuvo una plácida existencia, Degrelle escribió a propósito de su paso por el frente del Este en la II Guerra Mundial:

"Quien no haya caído en la cuenta de la importancia del barro en la cuestión rusa no puede entender lo que estuvo sucediendo durante cuatro años en el frente europeo del Este. [...] La mayor historia militar de todos los tiempos, la más veloz, la paró el barro en la estepa, sólo barro, el barro elemental, tan antiguo como el mundo, impasible, más poderoso que los estrategas, que el oro, que la mente y que el orgullo de los hombres".

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