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La sorprendente vitalidad del libro viejo

Le quedan unos días, hasta el domingo 18, para visitar la XXII Feria del Libro Viejo de Santander. Lo habrá hecho ya si es aficionado al género, pero si no lo es y en cambio le interesa la historia de la ciudad, incluye una exposición que no puede perderse

XXII Feria del Libro Viejo en Santander. | JESÚS ORTIZ

XXII Feria del Libro Viejo en Santander. | JESÚS ORTIZ

En diciembre hará 25 años de que comprara Se oyen las musas, de Truman Capote, publicado en Buenos Aires en 1966. Es el relato del primer viaje de una compañía teatral estadounidense por la URSS, una expedición de la que Capote formó parte. Lo adquirí en una librería de viejo de la calle San Luis, casi esquina con Peñas Redondas, que ya no existe. Esta es una de las mejores experiencias que se pueden tener en las librerías de lance: encontrar un libro que uno desea ardientemente y del que no ha oído hablar antes en la vida. Pocos años después Muñoz Molina escribió sobre este mismo libro: a él le había pasado algo muy parecido, lo encontró sin conocer previamente su existencia.

Pero, además de esa posibilidad, hay más razones para visitar este tipo de establecimientos. Razones de dinero, sin ir más lejos. Fíjese: la vivienda más cara que se ofrece hoy en Cantabria puede comprarse por algo más de cuatro millones de euros. Si usted vendiera dos casas de ese precio y además tuviera un par de millones por ahí, podría adquirir un ejemplar de la Biblia de Gutenberg…, que no es el título más caro: por encima de él hay al menos una docena. Si tuviera dinero que quisiera conservar seguro, protegido de la devaluación ¿qué compraría: joyas, relojes, lingotes de oro…? Pues pregunte a un especialista y le dirá que, como activo para invertir, los libros son el tercer objeto más traficado, tras los cuadros y las esculturas.

Hay otra razón de dinero para ir a librerías de viejo: exactamente la contraria. En ellas pueden encontrarse volúmenes contemporáneos mucho más baratos que comprados nuevos, e incluso, si lo desea, se los recompran después de que usted los haya disfrutado, de modo que pagaría por una lectura una fracción de lo que supone la compra de novedades. Solo una biblioteca pública es más barata.

Los atractivos de las librerías de viejo no acaban aquí. El aficionado disfruta no solo con el hallazgo, también lo hace con la búsqueda. Puede pasar horas felices recorriendo con la vista y el tacto las estanterías. Y charlando con el dueño, que es prácticamente siempre un aficionado él mismo. Así que ¿puede sorprender que las librerías de viejo gocen de buena salud?

Pues llegados a ciertos extremos sorprende, la verdad. Solo en Santander hay al menos ocho de estos establecimientos: Carmen Alonso Libros, Libros Antuñano, Librería Roales, Asunto Tornasol, Librería Kattigara, La libre, aida Books&More, El giralibro (libro de texto). Y en la comunidad se encuentran cuatro más: Carmichael Alonso Libros (Lloreda de Cayón), El Almacén de los Libros Olvidados (Isla), N. Áncora (Santoña), Café con Palabras (Cabezón de la Sal)… Impresionante, ¿no?

Con la extensión de los medios digitales, primero, y de la red, después, hemos visto desaparecer sectores enteros de libros. Diccionarios y enciclopedias en primer lugar, sustituidos muy efímeramente por cdroms (¿alguien recuerda Encarta, de una empresa tan enterada como Microsoft?) y definitivamente por la consulta en línea que, en este campo al menos, ofrece ventajas indiscutibles. Luego se pronosticó insistentemente la desaparición del libro de papel, profecía que no se ha cumplido y que ahora nadie repite.

No, el libro en papel no ha desaparecido. No solo no hemos dejado de producirlo, sino que ni siquiera nos hemos deshecho de los ejemplares viejos.

Carmichael exponiendo posibilidades alternativas de coleccionismo. | JESÚS ORTIZ

Carmichael exponiendo posibilidades alternativas de coleccionismo. | JESÚS ORTIZ

La mayor parte de las librerías de viejo están en locales desvencijados, en las partes antiguas de las ciudades; son establecimientos despreocupados de mantener una imagen elegante y contemporánea. Y sin embargo se han adaptado a la modernidad tecnológica con facilidad notable. Cuando internet comenzó a extenderse por los hogares los libreros de viejo se quejaban de que eso les obligó a bajar precios, porque el cliente encontraba un ejemplar más barato en cualquier lugar y lo pedía por correo. Sin embargo, esa misma facilidad ha aumentado el número de ventas, por lo que se ve, de modo que los precios más ajustados resultan perfectamente compensados.

Sin abandonar la edición de sus propios catálogos, método tradicional del librero de viejo para ofrecer su mercancía, los comerciantes han creado sus propias páginas web y, sobre todo, se anuncian en webs colegiadas. Como Uniliber, netamente española, e Iberlibro. Iberlibro era una web española, que se fundió con Abe­books, la más importante del mundo anglosajón, y con las de otros países, convirtiéndose en un sitio de búsqueda insoslayable para los clientes de todo el mundo. Tan grande y activo que no ha escapado al sino de los tiempos: ahora es propiedad de Amazon.

Estos y otros recursos online son tan eficaces que es posible encontrar y comprar un libro español en Australia, por ejemplo, si aquí no quedan ejemplares, porque algún emigrante o turista lo haya llevado allí. Magnífico, ciertamente, pero disponer de esta posibilidad no le resta placer ni interés a la visita personal a la librería.

Mucho menos a 16 librerías de viejo juntas, como ahora mismo hay en la plaza de Alfonso XIII, delante de Correos, reunidas en la vigésimo segunda edición de la Feria del Libro Viejo de Santander. Una feria que viene celebrándose desde el siglo pasado, pues, ratificando la salud del sector. Una celebración ineludible tanto para lectores como para coleccionistas (hay quien distingue tajantemente entre estas dos categorías, aunque yo diría que somos mayoría quienes encajamos en ambas a la vez).

Pero si usted no pertenece a ninguna de ellas, hay una tercera posibilidad de disfrutar con la visita a la feria. Su director, Alastair Carmichael, es también impresor (¡todavía recuerdo mi sorpresa al encontrar una minerva en Lloreda!). Carmichael es un cántabro que no comparte los prejuicios de hidalguía que explican la repugnancia santanderina por todo lo que tenga que ver con el trabajo, así que reconoció el valor del material que quedaba en la Imprenta Guzmán cuando cerró en la década de 1970, y compró lo que pudo. Gracias a ello ahora exhibe en la Feria un trozo de historia de la ciudad; un recuerdo de oficios y tiempos desaparecidos. En la exposición pueden verse botellas de lejía Insuperable, con el aviso de su toxicidad para que a nadie se le ocurra añadirla al gintonic, y airosas montañesas. Pueden verse grabados de zinc, pegados a madera con la altura tipográfica, tal como han salido de la máquina de imprimir. Y piedras litográficas, nada frecuentes porque la litografía industrial fue desplazada por el offset. Etiquetas, bolsas de papel…, muestras de actividad comercial, de vida urbana, que dan idea de una época en que lo consumido venía de aquí cerca y era distinto, por tanto, de lo consumido en otros sitios. Antes de las grandes empresas de producción y distribución.

Objetos modestos por cotidianos, pero que nos devuelven a un Santander desaparecido no hace mucho con mayor facilidad y emoción que otros recuerdos más formales y presuntamente más nobles. Yo no perdería la oportunidad de contemplarlos.

Material de la imprenta Guzmán. | JESÚS ORTIZ

Material de la imprenta Guzmán. | JESÚS ORTIZ

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