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De la vida padre a la buena vida

Podríamos provocar un terremoto si miles de consumidores elegimos un producto dependiendo de las condiciones laborales de la empresa que lo produce, de cómo distribuye sus beneficios o de si destroza o no el medio ambiente.

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Christian Felber

El economista, escritor, divulgador y profesor Christian Felber. | J.R.

Nunca había ido a una conferencia donde el ponente se levantara e hiciera el pino. Tampoco donde el ponente acabara de darse un baño en El Sardinero en pleno temporal de nieve y apareciera como si viniera de tomar las aguas en Baden-Baden. Es lo bueno que tienen estos actos: con un poco de paciencia, tarde o temprano acaba apareciendo alguien que merece la pena conocer.

Christian Felber no solo hace el pino y se da un baño a temperaturas que rozan los cero grados; además tiene un discurso. Hay que dar gracias porque haya alguien que tenga más discurso que opiniones sobre todo. Por lo general suele ser al revés.
Felber es austríaco. Bailarín, escritor, divulgador y profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Viena. Es un economista en el sentido etimológico de la palabra. Economía viene del griego,  oikonomía (ο’ικονομία) y se compone de dos palabras: oikos (hogar) y nemein (gestión). Algo así como 'administración de la casa'. Hay otra palabra de origen griego: chrematistiké, que se puede traducir por 'el arte de adquirir'. La mayoría de los economistas son en realidad paladines del chrematistiké, es decir, del dinero como fin último, del dinero por encima de todo, del dinero a pesar de todo. El economista tiene una visión de campo más amplia y pone el dinero entre los medios, no los fines.

Felber, decía, se define como economista y es uno de los paladines de la Economía del Bien Común. Dice cosas como esta: "Soy anticapitalista porque soy economista". 
Este fundador del movimiento por el Bien Común es impulsor también de otros sobre justicia global, Attacen-Austria, y de la denominada Banca democrática. Parece cosa de ilusos, pero ya tiene 3.000 colaboradores activos y las empresas (pymes al principio) se están incorporando a algo que puede tener consecuencias prácticas en la vida cotidiana. Lo que hace unos años pudiera haberse tomado a broma, ahora es cosa seria si millones de consumidores se ponen de acuerdo y empiezan a apoyar ciertas prácticas.

¿De qué estamos hablando?

Imagínese que va a un centro comercial o comercio y empieza a ver los productos con una etiqueta nueva: una serie de barras y una puntuación a la empresa productora. Por medio de encuestas a empresas y administraciones se evalúan una veintena de variables que van más allá de la producción y se realiza un etiquetado del producto con una baremación de hasta 1.000 puntos del productor. Esta información dirigida al ciudadano/cliente (también se aplica a las administraciones) le permitirá optar por productos y servicios que estén respaldados por empresas y organizaciones que procuren el Bien Común y no solo se rijan por el beneficio económico. Parece algo gratuito, como lo parecieron en su día las etiquetas ecológicas, pero puede suponer un terremoto si miles de consumidores eligen un producto dependiendo de las condiciones laborales de la empresa que lo produce, de cómo distribuye sus beneficios, de cómo toma las decisiones y de si destroza o no el medio ambiente. Si es así, solo es cuestión de tiempo que todas las empresas quieran ser evaluadas y etiquetadas.

Es una etiqueta ética.

Como vivimos en un mundo real, lo más probable es que los productos de este tipo de empresas sean menos competitivos, sobre todo en precio, que los que lanzan al mercado oligopolios que contaminan y discriminan a sus trabajadores (sobre todo si son mujeres). Para compensar e impulsar la Economía del Bien Común se proponen una serie de incentivos y exenciones fiscales a quien los cumpla, así como recargos o tasas complementarias a quien no los cumplan, preferencia o penalización en las licitaciones, según el caso, etc.

Estoy cayendo en la cuenta de que todavía no he explicado que es esto del Bien Común. Y no lo haré porque se entiende fácil. Solo diré que el 88% de los alemanes son partidarios de cambiar de modelo, no solo económico, al igual que el 90% de los austriacos. Si fueran países africanos o del sur de Europa pudiera ser incluso lógico, pero lo dice gente del primerísimo mundo, con altos niveles de riqueza. Algo falla y lo que falla es que no todo se puede reducir al PIB. Si se miran otras cosas como el sentido del trabajo que desempeño o la calidad democrática del sistema de representación empieza a entenderse este malestar que recorre todo el orbe.

No sé cómo le irá a Felber con su cruzada cooperativa, pero lo que defiende es algo que está en las propias constituciones de países como Alemania y España, solo que aquí se le da el nombre de 'interés general' y nadie se ríe. Y al igual que otros principios y artículos de la Constitución, está por desarrollar y hay que bajarlo a tierra. En el fondo es la dicotomía eterna desde el destete de los Graco: un mundo en donde el beneficio económico sea un medio para alcanzar una buena vida colectiva o un mundo en donde el beneficio sea un fin en sí mismo para que solo unos pocos se den la vida padre. 

Lo divertido es que la elección no tiene por qué hacerse en una urna sino en la estantería de un supermercado.

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