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“Los abuelos se morirán y, si esto continúa, llegará la revuelta”

El escritor en su casa, el caserío Walden, en Getxo (Bizkaia). /eldiarionorte.es

Txema G. Crespo

Vitoria-Gasteiz —

Ramiro Pinilla insiste en que no le interesa para nada Internet, en donde aparece publicada su entrevista, lo que hace más estimulante y divertida la conversación. Quizás porque las palabras de este nonagenario rezuman la vitalidad de un joven activista. El diálogo se desarrolló en 'Walden', su casa de Getxo, donde vive en una fructífera soledad.

Pregunta. ¿Qué es para ti el oficio de escribir?

Respuesta. Yo no entiendo la literatura como oficio. Es una vocación, es un juego, es un refugio, como quieras, pero no es un oficio. Lo primero que digo a los jóvenes que me piden consejo para dedicarse a escribir es: “Búscate un trabajo”. Yo no he vivido de la literatura, ahora cobro algo, pero... entonces, con familia... Y no porque no se pueda ganar dinero con la escritura, sino para ser libre en la escritura. Porque si no, eres dependiente. Si tú necesitas escribir y publicar un libro para vivir... malo, malo. Corre peligro la obra por las prisas. La escritura, al menos la mía, es un trabajo lento, dejarlo durante temporadas, días que no te sale... Cuando necesitas acabar para cobrar, entonces precipitas todo y lo estropeas.

Entonces, ¿cuándo escribías, tenías tiempo para ello?

Mientras mis hijos estuvieron aquí, muchas veces ni tenía tiempo. Escribía en el trabajo, sin que me viera el jefe, a hurtadillas. Pero nunca lo he abandonado. Lo tenía en la cabeza, tomaba notas para cuando tuviera tiempo...

Comenzaste con una carrera fulgurante, se puede decir, ganador del premio Nadal con “Las ciegas hormigas”, finalista del Planeta. Y, de repente, saltas de las editoriales comerciales a aquella apuesta alternativa que fue Libropueblo, cuando vendías tus libros en el Arenal de Bilbao...“Las ciegas hormigas”Libropueblo

No me entendía con los editores. Una máxima mía en la vida es “vivir tranquilo y que me dejen en paz”. Y los editores no hacían más que darme disgustos. Entonces dije; “Fuera, a la mierda”. Como tenía otro trabajo, podía usar de mi libertad y seguir escribiendo y publicar de otra forma. Fue una pequeña locura, hoy no lo haría, sabía que no tenía futuro, pero... ¡me lo pasé bien!

También eran otros momentos.

Sí, una situación política distinta, tras la muerte de Franco. Yo era de los que no habían salido nunca a la calle durante la dictadura, porque no dejaban salir a nadie. Y, entonces, creíamos que saliendo a la calle, con nuestros gritos, nuestros proyectos... se podían arreglar muchas cosas.

Y luego entras en un periodo de silencio.

Sí, pero seguía escribiendo. Coincide con la escritura de “Verdes valles, colinas rojas” que me llevó 20 años. Cuando terminé, volvió otra vez el asunto de buscar editor. Yo me decía “Quién se va a atrever con este mamotreto”. Efectivamente, hubo dos editoriales que me rechazaron, pero luego encontré a Tusquets, que la aceptaron y apostaron por la trilogía de pleno.

En alguna ocasión, has comentado que no querías acabar de escribir 'Verdes valles, colinas rojas'.

Es que me daba pena. En los últimos meses, veía que se estaba acercando el final y no quería terminarla. Verdaderamente, me dio mucha pena, después de 20 años dedicado a ella.

Tu casa se llama Walden, en homenaje a la obra de Henry David Thoreau. A tenor de lo que se vive en la calle, parece que hay también un deseo de rechazo al modelo de vida imperante, de regreso a la Naturaleza.Walden

Naturalmente, hay que volver a lo natural, a lo sencillo. Yo siempre he intentado, he soñado con ese modo de vida que relata Thoreau en 'Walden'. Coincide en que yo también soy de un temperamento solitario. Aunque sigo pensando, todavía no lo he descubierto, si era yo de temperamento solitario genéticamente o es que la sociedad me hizo así. A mis 15, 16 años ya me había armado por dentro contra la sociedad, y luego ya vino Thoreau, este deseo de aislarme al venir a Getxo para hacerme esta casita [aunque ahora está más urbanizada, la zona donde está Walden era entonces campas y huertas salpicadas por algún caserío], sin apenas dinero. Si escribir 'Verdes valles. colinas rojas' puede considerarse algo heroico, venir aquí también lo fue. Es decir, me ha gustado practicar lo que he sentido siempre, el amor a la naturaleza, a lo simple, la independencia.

La austeridad.

Es significativo que yo nunca he fumado y nunca he bebido. Yo nací en Bilbao, donde viví hasta los 27 años, pero siempre me mantuve ajeno a la juerga. No por un razonamiento, sino por instinto. A mí no me gustan los incentivos. La fuerza tiene que salir de uno de modo natural. Mis amigos para sacar a una chica a bailar tenían que beberse dos copas de coñac. Yo tampoco me atrevía, pero no me tomaba las dos copas. “Si no puedo, no puedo”, me decía.

¿Hay una fuerza moral en esa austeridad?

Por supuesto. No hay ninguna creencia en nada. Los frailes del colegio consiguieron que saliera rebotado a cualquier forma religiosa. Thoreau vino después, me convenció de que había algún loco por ahí que pensaba lo mismo que yo.

Thoreau es también uno de los impulsores de la desobediencia civil. ¿Estamos en un momento de desobediencia civil?

Totalmente. Hoy, la admiración de muchísimos es cómo es que la gente no ha salido a la calle a tomar el palacio de invierno, por ejemplo. Es asombrosa la paciencia que hay. Somos una sociedad que no procede de una pobreza absoluta, sino que viene de un bienestar. Hace 20 años, aquí se vivía muy bien y todavía hay abuelos que sustentan eso, pero los abuelos se morirán y si esto continúa, llegará la revuelta, cuando los abuelos no mantengan las familias.

Este ser solitario tuyo, ajeno al mundo literario, se rompe con una tertulia que mantienes en Getxo con jóvenes escritores.

No es una tertulia. Es un taller, porque yo creo que es necesario que alguien lea lo que escribes cuando empiezas. Yo lo pase muy mal porque no tenía a nadie que leyera mis escritos. Es más, cuando mis dos o tres amigos se enteraron de que yo escribía, y no por mí, se descojonaban...

Tu próxima novela, que se publicará en octubre, continúa con las andanzas de Samuel Esparta.

A los 20 años publiqué mi primera novela policiaca, que era muy mala, porque la he leído ahora, y lo cierto es que era malísima. Luego pasé a la literatura supuestamente seria, pero al cabo de unos años, me decidí por recuperar aquella afición, un divertimento humorístico, sin caer en el chiste.

¿Cómo ves al Athlétic?

Bien, muy bien. Ernesto Valverde les ha cogido verdaderamente bien y muy pronto a los chavales, pero nos falta un delantero centro. Hace poco metieron seis, es cierto, pero... ¡fueron los defensas!

¿Y qué te parece el nuevo San Mamés?

Todavía me pregunto: ¿Qué negocio negro hay debajo cuando te hacen un estadio a 20 metros de otro?. Es lo que no me cabe, no lo entiendo. Habrá una explicación económica. Sólo tiene 4.000 localidades más. ¿Merecía la pena? De todos modos, el nuevo San Mamés no me gusta, el que me gusta es el de antes, el primero, el de madera.

Me imagino que ya estarás escribiendo tu próxima novela.

Estoy trabajando en una novela que tiene vocación de comedia con intención libertaria. Es un grupo de artistas: un pintor, un fotógrafo, un escritor, un historiador y un vago, un vago integral, que sin formar grupo, por accidente, en distintos momentos, coinciden en un caserío, y se convierten en un grupo llamado “Los inmaduros”, que será también el título de la novela. Entonces, la sociedad, sus familias, va en su contra...

Una comuna...

Sí, pero no una comuna organizada, sino desorganizada, porque como dice uno de ellos: “Si organizamos esto, nos convertiremos en lo de antes”. Viven elementalmente, al día, trabajan a su modo, viven muy estoicamente.

¿Te habría gustado vivir así?

Claro que me habría gustado vivir así, pero, ¡no me han dejado!

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