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Nuevas formas de repensar la arquitectura

El colectivo guipuzcoano de arquitectos y estudiantes, M-etxea, investiga posibles usos de espacios urbanos en desuso para otorgarles una funcionalidad según las demandas de la ciudadanía.

En esta arquitectura que huye del papel, la participación de la gente es “clave” porque nadie mejor que los propios usuarios de los espacios para conocer sus necesidades.

El colectivo, que trabaja de una forma asamblearia sin jerarquías, desarrolla varios proyectos en localidades vascas y en Barcelona.

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Armazón del proyecto Har-etxea, estructura temporal destinada a diferentes usos. / M-etxea

Armazón del proyecto Har-etxea, estructura temporal destinada a diferentes usos. / M-etxea

Donde unos solo ven edificios abandonados e infraestructuras en desuso carentes de utilidad, otros aprecian verdaderas posibilidades arquitectónicas. Bajo esta premisa trabaja la asociación donostiarra M-etxea, un colectivo formado por estudiantes y docentes de la Escuela Superior de Arquitectura de la UPV en San Sebastián, que desde 2007 investiga el uso del espacio urbano “de una forma proactiva”, como otra manera de “repensar” la arquitectura, superando el trabajo sobre papel, adscrito tradicionalmente a arquitectos y urbanistas. En la actualidad trabajan en varios proyectos al mismo tiempo, que ya han tenido calado en localidades como Gernika, Eibar, Donostia, Rentería e incluso Barcelona. “Partimos siempre de la realidad arquitectónica manteniendo un enfoque práctico. Pensamos que nuestro laboratorio y lugar de actuación es el espacio habitado. Somos diseñadores y usuarios del espacio al mismo tiempo, por tanto tendemos a analizar y probar sobre el terreno las ideas que desarrollamos”, explica Asier Ochoa, arquitecto y miembro del colectivo.

Ya desde el origen, M-etxea partía de la realidad arquitectónica con un carácter eminentemente práctico. En los diversos talleres organizados desde la asociación, los participantes pueden aplicar sus vivencias y experiencia como usuarios de los edificios. “De modo que son al mismo tiempo los que analizan y prueban las ideas que se desarrollan”, señala Ochoa. Y es que la participación ciudadana es el eje vertebral de sus proyectos. Nadie mejor que los propios usuarios de los espacios para conocer las necesidades y funcionalidades de los mismos. Por ello, la interacción entre el colectivo y la gente es constante. “Cada proyecto nace con la idea de hacer frente a diferentes problemas que se hayan identificado en un determinado lugar, por lo que generalmente se parte con unos objetivos específicos para cada actuación. Entre todos debatimos y planteamos las mejores alternativas, siempre desde el punto de vista técnico”, detallan desde la asociación. 

La utilidad del abandono

Así fue cómo el Ayuntamiento eibarrés contactó con M-etxea. La complicada orografía sobre la que se asienta el municipio guipuzcoano y el crecimiento de la industria durante el siglo XX, llevaron a un aprovechamiento singular del terreno en el que la vivienda se entremezcla con las fábricas. Con el objetivo de investigar la reconversión de los edificios industriales en desuso de la localidad nació el proyecto Berreibar impulsado por el colectivo. “Teniendo presente la historia industrial de Eibar, la iniciativa trata de trasladar la historia de la vivienda a nuevos usos acordes con la época actual”, explican. Para ello, recurren a una gestión participativa en los usos del espacio. “Se promueve una economía local, pequeña, abierta y que no perjudique la salud o el medioambiente, favoreciendo la creación de sinergias entre diferentes usuarios y colectivos”, aseguran sobre este proyecto que reconvierte edificios industriales obsoletos a base de experiencias.

Por su parte, el solar Errebal en Eibar es uno de los pocos vacíos en el centro de la localidad, tras la desaparición del antiguo Mercado de Abastos y el fracaso de un centro comercial proyectado por el Consistorio. Ahora, desde M-etxea están promoviendo una intervención que mantenga el carácter comercial de la zona, integrada con la inserción de un equipamiento multiusos a petición de los eibarreses y eibarresas.

Pero el colectivo no trabaja solo con espacios construidos. Otra de sus iniciativas, Har-etxea propone activar espacios urbanos en desuso o con grandes carencias. “Se trata de instalar una infraestructura temporal para hacer utilizable un lugar, de modo que se genere una actividad que lo transforme”, señalan desde M-etxea que ha puesto en marcha este proyecto junto a otras dos asociaciones: Straddle3 y Todo por la Praxis. De este modo, acondicionan un espacio para diferentes usos, que persigue hacer visible la actividad desarrollada en el mismo. “La instalación de Har-etxea es un reclamo y una excusa para generar esa actividad”, especifican sobre esta iniciativa que también han trasladado a Barcelona.

Un trabajo sin jerarquías

En M-etxea no existen líderes, la organización del grupo es asamblearia. Esto es, “no existe un órgano, ente o persona física que rija el rumbo del grupo o tome las decisiones importantes, sino que estas se debaten en conjunto en diversas reuniones”, explica Ochoa. De esta forma, fomentan la participación a la hora de definir las líneas de actuación del colectivo. Lo mismo sucede a la hora de llevar a cabo las actividades, tanto de manera interna como externa. 

A esta disciplina de desarrollar proyectos se la conoce como Método IAP (Investigación-Acción Participativa). Las personas encargadas de desarrollar cada propuesta trabajan de esta forma asamblearia entre ellos, comunicando después al conjunto del colectivo sus ideas y decisiones. “Así creamos la participación, debate y coordinación con el resto del grupo”, dice el miembro de M-etxea.

Además, a la hora de llevar a cabo estas actividades en la calle, en muchos casos de participación ciudadana, fomentan la misma manera de trabajar. “Nos presentamos como coordinadores y consejeros de estos talleres, pero no como directores o gestores de los mismos, intentando romper barreras para impulsar la participación común”, recalcan.

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