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“La idea de que a más democracia menos corrupción es falsa”

El catedrático de Derecho y especialista en ética jurídica, Jorge Francisco Malem Seña, asegura que la determinación de ser un corrupto responde “a una decisión racional”.

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Bárcenas es un paradigma de la corrupción.

“Dos empresas compiten por el mismo contrato. El dilema es comportarse de manera decente y fracasar o ser inmoral y tener éxito”. Esta es la disyuntiva que ha ofrecido el catedrático de Derecho y especialista en ética jurídica y corrupción, Jorge Francisco Malem, durante su conferencia en uno de los cursos de verano que la Universidad del País Vasco (UPV) ha dedicado a 'La lucha contra corrupción política'. El profesor argentino, ha asegurado que la corrupción es un “fenómeno universal”, puesto que “ha atravesado cualquier sistema jurídico o político, época, lugar y actividad humana”.

El catedrático de filosofía del derecho de la universidad Pompeu Fabra cree que la universalidad de la corrupción no se debe ni a al subdesarrollo del país en cuestión, ni a la heterogeneidad social. Y tampoco es cierta la idea de que el ser humano sea corrupto por naturaleza. “La corrupción es una herramienta para lograr determinados objetivos de otra manera inalcanzables o por lo menos, más costosos. La decisión de ser un corrupto responde a una decisión racional”.

Como ocurre con cualquier otra herramienta, el contexto hace que la corrupción sea más exitosa o menos, lo que explica que a pesar de la universalidad haya países o épocas con más corrupción que en otras. “La democracia no es un antídoto para la corrupción. La supuesta correlación entre más democracia y menos corrupción es empíricamente falsa”.

Malem identifica como un rasgo característico de la corrupción la deslealtad hacia la institución a la que se pertenece. “La corrupción política es tan nociva en una democracia porque constituye una muestra inequívoca de deslealtad hacia el sistema democrático”. La consciencia de que se ha cometido una deslealtad es lo que impulsa “al corrupto a tratar de ocultar su conducta”.

Soborno y extorsión

El profesor ha distinguido en su ponencia dos categorías dentro de la corrupción: el soborno y la extorsión. “El soborno consiste en pagar para recibir un tratamiento mejor del que correspondería. Corruptor y corrupto reciben algún beneficio”. En cambio, cuando se trata de la extorsión “una parte amenaza a la otra con recibir un trato peor”. Siguiendo con las distinciones, también subraya las diferencias entre la gran corrupción, en la que toman parte las grandes empresas y los altos funcionarios, y la pequeña corrupción, en el que “el ciudadano busca un atajo para solucionar sus problemas”. “La corrupción está a disposición de todos”, lamenta.

Respecto a la situación política actual en España, considera que la ciudadanía apuesta más por hacer frente a la corrupción que los políticos. “Los políticos toman medidas simbólicas. En este marco se crean los movimientos ciudadanos como el fenómeno Podemos”.

El mejor incentivo para la expansión de la corrupción es la impunidad, asegura Malem. “La falta de un sistema jurídico eficaz, que las acciones corruptas no se tipifiquen como delitos, que los organismos creados no tengan más que funciones simbólicas y que los jueces no dicten sentencias condenatorias” es el caldo de cultivo del que se nutre la corrupción.

Un buen diagnóstico

El consejero vasco de Administración Pública y Justicia, Josu Erkoreka, también ha participado en el curso de la UPV, en el que ha señalado la necesidad de partir de "un buen diagnóstico" para compartir "con eficacia" un fenómeno "tan enraizado" como la corrupción política. “Se trata de una grave patología social que debemos combatir sin desmayo y con la máxima firmeza”.

Según Erkoreka, el reto de erradicar la corrupción concierne, también “a la ciudadanía, cuyos hábitos, valores, actitudes y comportamientos pueden ser más o menos intransigentes con un fenómeno que degrada la política, envilece la convivencia y arruina de manera irreversible algo tan necesario para la salud de la democracia como la confianza en las instituciones”.

También ha sostenido que “se equivocan radicalmente quienes creen que la corrupción es un arma arrojadiza a utilizar contra el contendiente político y no un mal colectivo que todos hemos de contribuir a eliminar con la máxima implicación y honestidad”. La necesidad de poner coto a los abusos de poder no debería llevar, en opinión del consejero, “a anular lo público, privándole de los poderes que necesita para cumplir satisfactoriamente sus objetivos. Esto requiere de un delicado trabajo de discernimiento”.

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