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Ten una meta, un plan estúpido y pasa a la acción

‘Dolor y dinero’, de Michael Bay, luce una atractiva musculatura cinematográfica pero se muestra impotente para satisfacer al espectador.

Mark Wahlbergh afronta con dignidad la misión imposible de proporcionar interés y verosimilitud al relato.

Se presenta como una comedia negra, pero es tan oscura, que es difícil encontrar la comedia.

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Dolor y dinero.

Dolor y dinero.

OjoCrítico.com

Dolor y dinero
Dirección: Michael Bay.
Intérpretes: Mark Wahlberg, Dwayne "The Rock" Johnson, Anthony Mackie, Ed Harris, Tony Shalhoub.
Género: comedia negra. EE UU, 2013.
Duración: 130 minutos.

‘Dolor y dinero’ viene a demostrar, una vez más, que la suma de un argumento interesante, un grupo de actores solvente y heterogéneo, un director de primer nivel en la industria y un eficaz anzuelo en forma de trailer; no siempre da como resultado una experiencia cinematográfica provechosa. La historia arranca presentando a Daniel Lugo (Mark Wahlberg), un ex convicto y culturista que logra una segunda oportunidad como director del gimnasio Sun Gym. Allí, conocerá a un cliente egocéntrico y adinerado llamado Victor Kershaw (Tony Shalhoub) que en todo momento presume de sus posesiones. A pesar de que la situación profesional de Daniel es óptima, sueña constantemente con un nivel de vida superior, como el que disfruta su peculiar cliente. Con el fin de convertir su sueño en realidad, elabora un plan que, entre otros aspectos, incluye el secuestro de Victor. Para llevarlo a cabo recluta a otros dos culturistas Paul Doyle (Dwayne "The Rock" Johnson) y Adrian Doorbal (Anthony Mackie). Pero a partir de que el cliente es secuestrado, la situación se complica y casi nada sucede como estaba planeado.

El director de la película, Michael Bay, es un personaje que provoca grandes odios y pasiones. Por un lado, amplios sectores de analistas cinematográficos reaccionan a cada nuevo estreno suyo de forma similar a la que la inolvidable niña de ‘El exorcista’ lo hacía con el agua bendita, los crucifijos y los curas. Por otra parte, se encuentra el público que convierte de forma sistemática sus obras en grandes éxitos comerciales. Si es aconsejable que cada película deba considerarse en función de lo que pretende lograr, es evidente que la filmografía de Michael Bay está enfocada claramente al entretenimiento puro y desde ese punto de vista ha conseguido varias veces -algunas de forma notable- su objetivo. Juzgar las cintas del realizador de ‘Armageddon’, con los mismos criterios que se aplican al hacerlo con el cine de Woody Allen, es tan absurdo como intentar el ejercicio a la inversa. Sea percibido de una manera positiva o negativa, es evidente que Michael Bay posee un estilo personal y fácilmente reconocible que le acerca al cine de autor, aunque no en los parámetros con los que habitualmente se relaciona tal expresión. Un estilo criticado por la corta duración de sus planos y su montaje acelerado, aunque de la misma forma que planos largos no equivalen a profundidad, un montaje acelerado no conlleva necesariamente a la superficialidad. ‘Dolor y dinero’ representa algo distinto en la trayectoria del director y por desgracia no es un cambio a mejor. Es una película rodada en 42 días con un módico presupuesto de 26 millones de dólares, en comparación con los 195 millones de la última entrega de la saga Transformers. ‘Dolor y dinero’ está basada en hechos reales. El guión de Christopher Markus y Stephen McFeely se basa en unos artículos de Pete Collins, publicados en el Miami New Times. Los sucesos, que en primer lugar, inspiraron los artículos y posteriormente la película, ocurrieron a mediados de los años 90. El punto de partida es prometedor. Una historia enmarcada en un subgénero que cuenta con grandes films: los criminales estúpidos. De hecho podía ser un material excelente para los hermanos Coen; un Fargo bajo el sol de Florida. El guión también trata de la búsqueda del sueño americano, igualmente casi un género en sí mismo. La cinta comienza en un instante crítico y decisivo de la historia, desde el cuál retrocede hasta revelar los acontecimientos conducentes a la coyuntura con la que se presenta el film. Lamentablemente, tras el potente inicio de la película, ésta va perdiendo fuerza e interés de modo alarmante. Michael Bay despliega sus habituales fuegos artificiales en la dirección y algunos recursos novedosos, Mark Whalberg se esfuerza al máximo, el actor famoso por interpretar al señor Monk, Tony Shalhoub compone un despreciable millonario, Dwayne Johnson cumple de forma impecable con su complicado cometido, aparece el gran Ed Harris al rescate pero...no, no hay nada que hacer porque es una avería de guión. Y como es sabido: un buen guión hace bueno a un mal director, pero un mal guión no hay nada ni nadie que lo levante. Y más aún cuando se trata de comedia como en este caso; comedia anabolizada, pero comedia. Además, al no funcionar el desarrollo de la historia, el estilo se vuelve cargante. La cinta no funciona en sus propias coordenadas. Michael Bay ha declarado que el mensaje de la película es que la gente no se conforma con lo que tiene. Sería preferible que tal enseñanza, en vez de transformarla en la película ‘Dolor y dinero’,  se hubiese limitado a escribirla en un whatsapp. Vuelve a las grandes producciones, Michael. Los posibles espectadores que alberguen recelos sobre la propuesta, harán bien en no acercarse a los cines pero lo curioso será comprobar si al público,  al que principalmente se dirige la película, disfrutará con ella y no le pasará algo comparable a deslumbrarse por un apetitoso dulce  frente al escaparate de la pastelería y que al adquirirlo y darle un bocado, en vez de un exquisito sabor, la sensación se asemeje a masticar estiércol.

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