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Make America Rage again

Se cumplen 25 años de la publicación del primer disco de Rage against the machine, un bombazo irrepetible cuya vigencia, lejos de caducar, se reaviva en estos momentos

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Portada del album de Rage Against the Machine,con el tema Killing in the name.

Portada del album de Rage Against the Machine,con el tema Killing in the name.

16 veces. “Fuck you I won’t do what they tell me”. 16. Y después, bum, “¡Motherfucker!” Han pasado 25 años de aquel estremecimiento musical que sentimos millones de personas alrededor del mundo. En realidad, menos. Desde la última vez que escuchamos la canción, porque no hay demasiados temas que mantengan tanto vigor y vitalidad pese al discurrir del tiempo como “Killing in the name”. Seguro que lo recuerda bien Bruno Brookes, ese DJ de la BBC al que en febrero de 1993 se le coló la canción mientras hacía la lista semanal del Top 40. Los desconocidos Rage against the machine entraban como novedad sin que el bueno de Bruno supiera que cantaban contra el odio racial y los excesos policiales, incluyendo un buen puñado de tacos. Hubo decenas de llamadas de oyentes enervados, y a Brookes le suspendieron una semana de empleo y sueldo.

El mundo, por aquel entonces, aún vivía como hegemónicos el racismo, la homofobia y el conservadurismo más atroz. Así que era el momento adecuado para que un cuarteto de Los Ángeles desafiara aquella carcunda con letras incendiarias y ritmos explosivos. Hasta entonces, nadie había sonado como Rage against the machine. Después, tampoco. ¿Cómo fue posible que un grupo neomarxista y revolucionario pudiera alcanzar la cima musical, combinando riffs de Metal con Hip Hop? El atrevimiento de Zack de la Rocha, Tom Morello, Tim Commerford y Brad Wilk no tenía límites; como tampoco los tuvo su crecimiento, que fue un fenómeno fulgurante: de tocar en fiestas para amigos a encabezar el festival Lolapalooza en 1993, tras telonear a Public enemy.

 

RATM fueron visionarios en varios aspectos. Sus letras eran lemas totales de las más variadas causas. De hecho, no encajaban en el arquetipo de la sociedad estadounidense. La visión que tenían de su propio país se correspondía más que con la que puede tener un latino o incluso un europeo. Quizás la razón esté en los orígenes del vocalista De la Rocha y del guitarrista Morello, uno hijo de un artista mexicano, el otro hijo de un diplomático keniata y una activista estadounidense. Sea como sea, la combinación de influencias y denuncia social conformó un artefacto musical tan poderoso que hoy es difícil encontrar una rebeldía similar que conecte tanto con los fans. Los angelinos fueron a los 90 lo que el Punk a los 70, pero con un nivel instrumentístico de alta calidad.

Para llegar a la fórmula Rage hay que mezclar a Cypress Hill y Public enemy con diversas bandas de Rock y Hardcore. Se pueden encontrar rastros de muchas de ellas, y el oído de cada cual captará sus propios matices. Supongo que les influyeron Faith no more y Black flag, Beastie boys y Led Zeppelin, Black Sabbath y The Clash. Sin embargo, la combinación más fascinante es la que logró que los dedos de Tom Morello dispararan esos riffs tan singulares y agresivos desde su guitarra. Unas veces suena a Hendrix y otras a Van Halen (Sleep now in the fire). No entiendo cómo hay aún tan pocos guitarristas que citen a Morello entre sus referencias.

La capacidad de anticiparse a los acontecimientos permitió a Rage against the machine componer “Killing in the name” antes de los disturbios de Los Angeles en protesta por la agresión policial a Rodney King, y viendo sus vídeos promocionales se pueden encontrar otras apariciones de ojo clínico, como el manifestante que en Wall Street muestra una foto de Trump Presidente (“Sleep now in the fire”, año 1999). En todo el disco de debut no aparece ni una sola canción de amor, ni tan siquiera esperanza. Sólo se escucha una vez esa palabra: “From here to the cape of no hope”, para decir que no la hay. Al contrario, bala, fuego, bomba, rabia, rebelión, pistola, furia, revolución, dolor o violencia aparecen constantemente.

Los ritmos vertiginosos enseguida conectaron con un público ávido de nuevas experiencias, en una década que vería crecer a bandas experimentales junto con el Grunge. De todos los que fusionaron Rock y Hip Hop sólo los discos de RATM mantienen esa frescura que invita a escucharlos de principio a fin una y otra vez. El primero y homónimo contenía diez puñetazos variados y rabiosos, de tal manera que destacar algunas canciones sobre otras es atrevido, aunque Freedom, Wake up -con ese final de furia incontrolable-, o el bajo serpenteante de Take the power back sobresalen, además del mítico himno inmortalizado por esa frase: Fuck you I won’t do what they tell me! Tan aprovechable es el disco, que deben leerse hasta los agradecimientos, donde aparecen menciones a Huey Newton, fundador de las Panteras Negras, o Bobby Sands, militante del IRA muerto tras una huelga de hambre. La portada fue prestada: es la foto de un monje vietnamita, Thich Quang Duc, que en 1963 se dio fuego como forma de protesta por la opresión de su gobierno contra los budistas.

 

El grupo sólo editó tres álbumes originales en el decenio de los 90, más otro de versiones, y las diferencias entre los propios componentes les llevaron a emprender caminos distintos. Curiosamente, la cultura Pop y el capitalismo que combatían en sus letras acabaron engulléndolos, como hacen con casi todo. Sólo puntualmente se les ha podido ver de nuevo juntos sobre el escenario y, en el presente, es el cantante De la Rocha quien se encuentra desarrollando un proyecto en solitario; porque Morello, Tim C. y Wilk conforman el supergrupo Prophets of rage, junto a Chuck D (Public enemy) y B-Real (Cypress hill) que, por cierto, próximamente estarán en el festival Download de Madrid y en el francés de Hellfest (Clisson).

Sin embargo, un cuarto de siglo después, el primer disco de Rage against the machine mantiene esa rabia que se reactiva en momentos como el actual, con Trump en Estados Unidos, el Brexit y la crisis de los refugiados en Europa, y la precariedad a nivel global. Nunca por separado o con otros grupos estos músicos han alcanzado el nivel de éxito que lograron con RATM; y, seguramente, los chavales que les descubrieron en los 90 o después, tampoco habrán berreado demasiadas veces un “Motherfucker!” con tantas ganas como el que sueltan cuando escuchan una de las canciones de sus vidas.

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