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Bohemia, precariedad y pasión creativa

Nada romántico hay en la precariedad, nada idílico hay en la incertidumbre y nada mejor que una cierta estabilidad para poder crear, ser libre y encontrar la inspiración

'El entusiasmo', de Remedios Zafra.

'El entusiasmo', de Remedios Zafra.

Los mitos de la bohemia parisina de mediados del siglo XIX son realmente evocadores: el pintor que vive en una buhardilla en Montmartre, el poeta que escribe ciego de absenta tras el humo del tabaco o el flâneur que pasea por el Barrio Latino entre niebla y adoquines brillantes de lluvia.

La bohemia era un submundo en donde el artista valoraba su libertad creativa más que ninguna otra cosa. Una forma de vida alejada de los convencionalismos sociales, en donde lo importante eran las musas y no la cartera. Un ambiente de entusiasmo y excitación. O eso nos cuentan.

Hay multitud de libros, canciones y películas sobre este periodo que casi ayudan a creernos lo alucinante que fue esa época. Pero si indagamos un poco vemos cómo, frente a este relato dulcificado, la vida bohemia tenía una cara oscura de la que se habla menos: hambre, pobreza, frustración, indigencia y aislamiento social.

Pese a todo, la bohemia se fue expandiendo y llegó a la capital de España a finales del siglo XIX. Algunos artistas bohemios consiguieron fama y reconocimiento, como Valle-Inclán o Rubén Darío, pero la mayoría no levantaron cabeza, fueron almas desdichadas y marginales.

Ricardo Baroja, hermano de Pío Baroja, escribe sobre ellos: “Vivían como podían, a salto de mata. Escribían en periódicos que, o no pagaban o lo hacían muy mal; pintaban cuadros que no vendían; publicaban versos que no quería nadie. Muchos de aquellos compañeros podían pasar dos o tres días sin otro alimento que el café con leche”.

Ha pasado el tiempo y muchas cosas han cambiado en el campo artístico. La ley antitabaco prohíbe las tertulias en cafés repletos de humo y ahora la conversación se da en LinkedIn o en entornos coworking. Sin embargo, hay un hilo que conecta la vida bohemia del siglo XIX con la vida creativa del siglo XXI: el trabajo cultural e intelectual sigue encadenado a una precariedad sostenida por la hipermotivación.

De aquellos barros, estos lodos. El mito del artista bohemio y soñador únicamente alimentado por el aire que respira llega hasta nuestros días. Por eso se acepta socialmente que la precariedad y la autoexplotación vayan unidas a la pulsión creadora. Hemos normalizado que escritores, músicos, pintores, fotógrafos o actores vivan en la inestabilidad sistémica. Es algo tan habitual que tiende a pasar desapercibido. “Qué afortunado eres por dedicarte a lo que te gusta”, dicen.

De esto habla el libro El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, de Remedios Zafra. La autora muestra cómo la pasión y el aspecto vocacional de muchas actividades creativas acaba provocando que los artistas acepten condiciones laborales pésimas y trayectorias vitales cargadas de incertidumbre. Según Zafra, “el gusto por hacer ya compensa el trabajo, reforzando la idea de que el pago a lo creativo va implícito en su mero ejercicio”.

La sociedad tiene una imagen idealizada del precariado cultural como antes la tuvo de la vida bohemia: el halo aventurero del músico que intenta encadenar bolos, el carácter indómito del actor que vive en el alambre, la apariencia melancólica del escritor que sobrevive poniendo copas. Lo canta Sabina: “el lanzador de cuchillos por llevarse algo al bolsillo trabaja de afilador”. Se nos muestra la faceta más estética y romántica de estas biografías, pero se ocultan todos los problemas y amargos aprietos asociados a este modo de vida.

Remedios Zafra expone en su libro que “lo que moviliza a un entusiasta es dedicarse a su pasión, transformar su vulnerabilidad económica en libertad”. Exacto. Por eso para que las cosas cambien debemos romper con la imagen bohemia o excéntrica del trabajo creativo que todavía perdura en el imaginario social y pensar la actividad artística como un negocio que exige rentabilidad. Nada romántico hay en la precariedad, nada idílico hay en la incertidumbre y nada mejor que una cierta estabilidad para poder crear, ser libre y encontrar la inspiración. Ya lo dijo Oscar Wilde: “En los almuerzos de banqueros se habla de arte; en los de artistas, de dinero”.

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