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Capital riesgo

El matrimonio entre poder político y fútbol de élite es difícilmente disoluble en España

El estadio de El Sadar, en Pamplona.

El estadio de El Sadar, en Pamplona.

Lleva el Parlamento navarro desde principio de este curso enfrascado en una comisión de investigación sobre las inversiones fallidas de Sodena, la sociedad pública de capital riesgo. La chispa de la comisión la encendieron los 2,6 millones de euros que esta sociedad invirtió en Davalor, una iniciativa tecnológica que pretendía comercializar máquinas de diagnóstico visual mediante videojuegos. Fue la primera inversión de Sodena del actual vicepresidente Manu Ayerdi y, según confesó él mismo, un empeño personal. La empresa está en concurso desde julio pasado y las pocas máquinas que ensambló no funcionan porque no tienen ni para la luz.

La mayoría de gobierno quiso aguachinar el objeto de la comisión ampliándolo a todas las inversiones fallidas de la sociedad, sucedidas durante el mandato del actual principal partido de la oposición. Capital riesgo e inversión fallida parecen conceptos bastante cercanos, pero es bueno que el sector público estudie si puede hacerlo mejor con el dinero de todos. Hay una de ellas especialmente llamativa; los 3,7 millones perdidos en Echauri Forestal. La empresa prometía que sus árboles, cerezos, robles y nogales, crecían al doble del ritmo normal. En 2014, con la firma ya quebrada, una comisión parlamentaria visitó los terrenos donde hacía más de 10 años se habían plantado los árboles supuestamente milagrosos y resultó que pasaban ligeramente de la categoría de arbusto.

Está por ver si la comisión de investigación termina antes de que acabe la legislatura y no parece que se vaya a llevar consigo al vicepresidente Ayerdi. Sin embargo, con una velocidad inusitada y sólo dos votos en contra, la Cámara ha aprobado un aval de 23 millones de euros para el CA Osasuna. Se trata de un aval anterior por 7 millones al que se suman 16 para reformar el estadio que el club entregó al patrimonio público a cambio de su deuda fiscal en 2014. La dación en pago también se aprobó en el Parlamento, poco antes de que un sumario judicial desvelara una supuesta trama de compra de partidos y saqueo de la caja del club.

El departamento de Hacienda considera suficientes las garantías puestas por el club para hacer frente al crédito para una reforma del estadio que se ha elegido en votación popular. El debate en el legislativo fue una sucesión de declaraciones de amor a los colores del equipo de fútbol, con recital del himno incluido. Un grupo trató de colar una enmienda para que el club estuviera obligado a ceder de cuando en cuando el estadio a otros eventos deportivos. Sin embargo, el resto pensó que, con el equipo en serias condiciones de subir a Primera y a dos meses de las elecciones era mejor no molestar a la afición con esas minucias. Estadio, recordemos, de patrimonio público pero disfrute privado. La enmienda, una vez rechazada, sí sirvió para el goce de la forofada imaginando partidos “de teto” en el campo y otras ocurrencias. A nadie se le ocurrió pensar que quizás ya haya habido iniciativas para traer otros espectáculos deportivos y se hayan encontrado con la displicencia de un club que ni siquiera les contesta.

Y luego está el clásico; recordar que en Bilbao el Athletic sólo puso 50 de los 186 millones que costó su nuevo estadio. O los 14 millones que han puesto las administraciones locales para la reforma de Anoeta de los 60 que ha costado. Allí le han obligado a la Real a construir una casa de cultura, reformar el estadio de atletismo anexo, hacer una sede para la federación de fútbol y dejar el campo acondicionado para partidos de rugby. Anoeta ya lo ha llenado varias veces el Biarritz o el Aviron Bayonnais. Se ve que les da menos risa que en Pamplona dejar pasar el tren de la mejor liga del mundo de rugby, la francesa, que está a unos minutos en coche.

Para responder a lo de que en Bilbao son capaces de dejar de comer para que el Athletic tenga para fichajes, valdría recordar la frase de madre de “si menganito se tira por la ventana, ¿vas tú detrás?”. También están en la memoria las recalificaciones de terrenos de Real Madrid o Barcelona o el culebrón del nuevo estadio del Valencia, cuya historia recuerda a la catedral de “Los pilares de la Tierra”. Pero sí, el fútbol mejor no tocarlo.

El matrimonio entre poder político y fútbol de élite es difícilmente disoluble en España. Nadie está en condiciones de decir que no a un sitio en el palco de un estadio ni está libre de caer, como canta Marwan, en “la alegría irracional de un gol en tiempo de descuento”. Negocio, el del fútbol, en el que la inversión millonaria depende de que el balón entre. Inversión de la ciudadanía navarra que salvó en Sabadell, también en tiempo de descuento, Javier Flaño.

Y luego hablamos de los bonsáis de Echauri.

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