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Disculpas hispanas

Si uno siente un gran alivio al pedir perdón sinceramente, las naciones también se merecen ese gusto. La mayoría de los problemas, a uno y otro lado del Atlántico, seguirán sin resolverse, pero pedir perdón no cuesta dinero

La conquista y perdón de españoles a México vista por un cronista chontal

La conquista y perdón de españoles a México vista por un cronista chontal. EFE

Plaza del Chorro de Quevedo, Bogotá, noviembre de 2018. Visitantes y locales pasean por el lugar donde la Historia asegura que se fundó la ciudad 480 años antes, entonces con el nombre de Santafé. Varios puestos ofrecen camisetas de fútbol y artesanías. En uno de ellos, un aparato reproduce una canción. Suena “Despellejo”, de Marea.

Estar en un lugar a 8200 kilómetros de tu casa y oír cómo a quien ha elegido ponerla le produce los mismos sentimientos que a ti una canción escrita y cantada por un tipo en un pueblo, Berriozar, por el que pasas cada día al ir a trabajar. Eso es para mí la hispanidad.

El propio nombre, hispanidad, suena rancio. Recuerda a desfile militar con tanques, regulares, cabra de la Legión y besamanos de los Reyes. A adoquines del Pilar, letras de jotas aragonesas y cachirulo. Trae un toque de orgullo colonial naftalinoso, de un país que ni siquiera era un país cuando, por un juego de casualidades, acabó dominando medio mundo. El día de la Hispanidad es el 12 de octubre, el día que se supone que Cristóbal Colón, que esperaba llegar a Japón, “descubrió” América. “Descubrir” un continente, en el que hacía miles de años que había civilizaciones tanto o más avanzadas que las europeas, parece un concepto algo extraño, sobre todo visto desde la óptica de los “descubiertos”. Ha de tener su punto sentirse como el polonio al ser descubierto por Marie Curie. Pero no parece un buen punto de partida para una relación equilibrada entre personas lo de ser descubridor y descubierto.

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México desde diciembre pasado, envió recientemente una carta al rey Felipe VI y al presidente Pedro Sánchez. En ella pedía a los jefes de Estado y Gobierno españoles una declaración de perdón por la conquista española de México, de la que se cumplen 500 años.

A la par que escribo echo un ojo a la web de Reforma, uno de los principales diarios de México, y me encuentro el asesinato de un concejal en el Estado de Morelos, las restricciones debido a la altísima contaminación en la capital o el empeño de Donald Trump en construir un muro en la frontera norte del país. Que España pida perdón por algo que pasó hace 500 años no es una prioridad entre la ciudadanía mexicana. Que lo hagan tampoco lo es para la española pese a que Rafael Hernando, portavoz del PP reaccione airado proclamando que “los españoles fuimos allí y acabamos con el poder de tribus que asesinaban con crueldad”.

En marzo de 1519, cuando Hernán Cortés y 500 soldados llegaron a Yucatán no existía España como nación y sí México como estado feudal. Pese a su proclama, no hay noticia de que Rafa Hernando fuera en una de las 11 embarcaciones que la leyenda asegura que Cortés mandó hundir para evitar la espantada de la expedición. Tampoco entre la correspondencia de Cortés encontramos referencia alguna a un carácter humanitario de su expedición, buscando la liberación del pueblo aplastado por Moctezuma y la élite azteca.

Tratar de explicar con parámetros actuales la conquista por parte de la Corona de Castilla de 3 cuartas partes de un continente no tiene sentido. Como tampoco lo tiene pensar que aquello estuvo exento de crueldad y llevado por la codicia y el ansia de un futuro mejor a costa de hacerlo peor para otros por parte de quienes se embarcaban en aquellas expediciones.

Pedir perdón es sano para las personas y lo es también para las sociedades. Tampoco es tan raro. Abraham Lincoln estableció el día de Acción de Gracias, en el que cada noviembre las familias estadounidenses se reúnen alrededor de un pavo asado, para escenificar el perdón por la esclavitud. El emperador japonés Hirohito, figura divina hasta 1945, pidió disculpas a Corea por décadas de cruel dominación y el canciller alemán Willy Brandt se arrodilló en el gueto de Varsovia para simbolizar el arrepentimiento de una nación por el Holocausto. Incluso el papa Juan Pablo II se disculpó, 600 años después, por la quema de Jan Huss. Si uno siente un gran alivio al pedir perdón sinceramente, las naciones también se merecen ese gusto. La mayoría de los problemas, a uno y otro lado del Atlántico, seguirán sin resolverse, pero pedir perdón no cuesta dinero.

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