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Si eres de Pamplona y los Sanfermines son las fiestas de tu ciudad

Yo conocí los Sanfermines mejor que nunca a los diecinueve años, al tiempo que intentaba aprender el oficio de redactor en un periódico que vivía esos días con la trepidación de un terremoto que llegara puntual año tras año

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Este jueves arrancan las votaciones para decidir quién lanzará el chupinazo de los Sanfermines de 2018

A muchos nos puede asaltar la duda en estas fechas, aun cuando se trate de un asunto tan elemental como las fiestas de nuestra propia ciudad. Por qué participar en las celebraciones de San Fermín a las que tantas veces has ido, y que hasta han sido el orgullo de Pamplona y han contribuido a darle un cierto aire cosmopolita, un pequeño mito que permite reconocer la bandera del antiguo campamento romano en el mundo entero, ahora que se ha señalado con razón su lado menos amable. Sobre todo, por los sucesos de hace dos Sanfermines, cuando la indeseable marabunta venida de Sevilla- como podía haber venido de cualquier otra parte, también de la misma Pamplona-, en la transmutación que experimenta la ciudad, aprovechó la discreción de un portal del Segundo Ensanche para proceder con la cobardía de una venganza perpetrada en superioridad y sin peligro de encontrar oposición, como en un carnaval veneciano en que alguien se amparara en la sonrisa de su máscara de plástico para un ajuste de cuentas a navajazos.

Los testimonios de los visitantes ocasionales a los Sanfermines tampoco aportan argumentos demasiado consistentes. Si alguien recuerda haberse vestido en su juventud con el popular uniforme rojo y blanco para conocer la  ciudad regada por botellas de champán en vez de por sus lluvias habituales, el comentario suele ser el mismo: “Yo dormía en los bancos de una plaza”, o “nuestras duchas eran las de la piscina municipal”, puede oírse, en un alegato de la vida al aire libre en la ciudad ajena que recuerda más bien a la barbarie de la aldea conquistada, un desembarco que provoca que algunas familias huyan a la playa como si no quisieran enfrentarse al espectáculo de los cuerpos empapados de vino tirados en los parques o en los bancos, ni leer la noticia del visitante neozelandés de turno con la ceja rota al saltar desde una fuente.

Hemingway, en su novela ambientada en Pamplona, Fiesta, enfrenta a su protagonista a las astas y a la respiración de los toros al amanecer para que ejemplifique la hombría y el valor propio y recuerde que el milagro de la vida reside en su fragilidad, aunque cualquiera que haya participado en ellos sabe que los Sanfermines sobrepasan en mucho al trance diario del encierro. También cualquiera advierte ya que el hecho de exponer la integridad en el espectáculo televisado no es algo particularmente honorable, por muy amante que fuera el Premio Nobel estadounidense aficionado al boxeo y a la caza y participante en varias guerras de las gestas en que la muerte y el riesgo parecen medir la estatura de un hombre.

Así que a falta de asideros sólidos en narraciones literarias o testimonios más cercanos, a uno no le queda sino remitirse a la experiencia propia.

Yo conocí los Sanfermines mejor que nunca a los diecinueve años, al tiempo que intentaba aprender el oficio de redactor en un periódico que vivía esos días con la trepidación de un terremoto que llegara puntual año tras año.

Lejos de una defensa rancia de la tradición, también puede detectarse una forma de resistencia a la homogeneidad imperante, un gesto de territorialidad no excluyente

Así supe de su alcance internacional, pues desconocía hasta entonces que hay grupos de noruegos o suecos o alemanes que llevan décadas peregrinando a Pamplona y con los que ha quedado establecida una alianza anterior a la supresión de las fronteras o el vértigo de los trenes de alta velocidad; o del gran circo de los artistas callejeros, que marcan con doble cruz la cita de San Fermín en su larga temporada feriante del verano; o de la oportunidad de desplegar su alma artística que se ofrece a los fotógrafos de los periódicos, encaramados en los balcones o en las vallas del encierro como si asistieran a un safari urbano, por la plasticidad de los animales sacados de las praderas extremeñas para la carrera sin aliento que los locutores de televisión contemplan en una mudez de ceremonia.

Y entre aquellos Sanfermines de gacetillero despistado y los anteriores y siguientes, uno asocia ya las fiestas con un fogonazo de momentos que son los de una ciudad puesta en pie para consagrarse a sus ritos anuales: la salida de las dianas, cuando la banda municipal irrumpe por la puerta grande del Ayuntamiento tras meses de ensayos anónimos y sus miembros son recibidos con un entusiasmo de héroes llegados de una larga campaña invernal; las charangas de las peñas, que muestran el desenfado oculto de los instrumentos del conservatorio y arrastran tras de sí a todo el que se cruzan con el magnetismo de una riada feliz; o el reencuentro elemental de las cuadrillas o los bailes de gigantes o el divertimento infantil de los kilikis o las procesiones en que la efigie del santo crea un paréntesis solemne a las noches inacabables. O el puro y simple disfrute de las calles y las plazas contempladas sin las prisas de los recados ni las obligaciones de la actividad diaria.

De esa suma de instantes jubilosos no se concluye que los Sanfermines sean una celebración especial, sino, por el contrario, tan corriente y particular como las de cualquier otro lugar: aun sobrepasados por su popularidad, bajo el ruido de la fiesta se oye en tono menor un acto unánime de apego a la ciudad, un rechazo a la asimilación que se produciría en todas partes si no existieran unas fechas señaladas para sacar a las calles las músicas propias y lucir los trajes y los cánticos característicos de cada sitio. Lejos de una defensa rancia de la tradición, también puede detectarse una forma de resistencia a la homogeneidad imperante, un gesto de territorialidad no excluyente, y por encima de todo la oportunidad lúdica que necesita toda comunidad de entregarse al placer sencillo de entrechocar los vasos de cerveza y cruzar abrazos y saludos ligeros, sin más obligaciones que la evasión de las preocupaciones habituales.

A muchos nos resulta chocante que haya animales sin otra memoria que su vida pacífica de rumiantes que mueran desangrados en un círculo de arena mientras otros más mezquinos disfrutan de un respiro de libertad. Pero detrás de esta polvareda que a uno mismo le confunde descansa la estructura vulgar de una población cualquiera en sus días especiales: da igual que sean las fiestas de la ciudad en que has crecido o las de cualquier otro lugar, porque se trata de algo tan antiguo, tan necesario y tan legítimo, como atarse un pañuelo rojo o verde al cuello y sacar de la bodega las botellas acumuladas durante el año para celebrar el hecho natural de vivir juntos y abrir las puertas a quien quiera sumarse a un baile simple de cuatro pasos.

 

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