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Participa, que algo queda

La democracia directa es algo más serio que elegir un cartel de fiestas o quién tira el chupinazo. Es algo que necesita de una formación en participación para quienes debemos tomar esas decisiones

El estadio de El Sadar, en Pamplona.

El estadio de El Sadar, en Pamplona.

Una de las demandas principales de las movilizaciones en torno al 15 de mayo de 2011 fue una mayor participación directa de la ciudadanía en las decisiones de sus instituciones. “No nos representan”, era uno de los gritos más coreados en las plazas que, durante varias semanas, trataron de emular el ágora ateniense de la época clásica. Del 15-M surgieron partidos y representantes políticos que, con mejor o peor fortuna, han llegado a las instituciones la última legislatura municipal y autonómica. Y también con desigual fortuna ha llegado la participación ciudadana en sus decisiones.

No es una institución, sino una entidad deportiva, la que arranca esta semana uno de los procesos más curiosos de participación directa. Lo hace en una decisión en la que, de quienes vamos a tomarla, un porcentaje mínimo tiene criterio para elegir. Se trata del proceso de elección, entre la masa social de Osasuna, del proyecto que queremos para reformar el estadio de El Sadar. Cinco proyectos arquitectónicos, con sus empresas constructoras, se lanzan esta semana a la conquista del favor de las 14.000 personas que votan con visitas virtuales a un estadio en holograma, publicidad en medios y hasta invitándoles a cañas.

En el proceso de participación de Osasuna, lo que su directiva hace es evitar las posibles suspicacias que un concurso con carácter técnico pudiera aflorar. 16 millones de presupuesto es una cantidad que da para mucha habladuría en los pasillos de El Sadar, así que dejándolo en manos de su afición, el club se lava las manos de una decisión que tendría que haber justificado con criterio técnico. Lo que está en el aire es si el proyecto elegido será el mejor, ya que los criterios de quienes votamos se guiarán por la simpatía que tengamos por alguno de ellos, la sensación que nos dé una foto o lo ricas que nos sepan las cañas a las que nos invitan los constructores. En palabras de un amigo arquitecto, es como, si al entrar en el quirófano, elegimos nosotros por qué ventrículo nos hacen el bypass.

Ha ocurrido algo parecido en los procesos con participación pública en el Ayuntamiento de Pamplona. Ya en 2008, la entonces alcaldesa Yolanda Barcina (UPN) decidió acabar con la clásica división pamplonesa, entre los que les gustaba el cartel de San Fermín que había elegido el jurado técnico y los que lo aborrecían, dando la voz al pueblo. El pueblo ha optado desde entonces por 3 imágenes del santo, 3 de la figura de un cabezudo y hasta un cartel hecho por alumnado de un colegio que votó por él con la misma intensidad que San Vicente de La Barquera por Bustamante en la primera Operación Triunfo. Trabajos muy respetables, pero portazo a cualquier innovación artística ante una ciudadanía de gusto clásico y centrada en su folklore en lo que se supone que es el gancho gráfico para sus fiestas.

Con Joseba Asiron (EH Bildu) se ha instaurado también la elección del lanzador del cohete del 6 de julio. Hasta entonces rotaba entre los grupos políticos, pero el alcalde decidió ceder ese “honor” en un sistema de votación entre personas o colectivos. La realidad es que, salvo a quienes están dentro del edificio municipal ese día, a la inmensa mayoría de quienes están deseando arrancar las fiestas les trae bastante sin cuidado quién enciende la mecha, mientras la encienda y empiecen.

La democracia directa es algo más serio que elegir un cartel de fiestas o quién tira el chupinazo. Es algo que necesita de una formación en participación para quienes debemos tomar esas decisiones. La participación no consiste en dejar en manos de la ciudadanía decisiones que los políticos no quieren tomar por miedo a que les critiquen sin dar a esa ciudadanía instrumentos para una decisión coherente. Sí es participación escuchar a las personas afectadas por proyectos en determinadas zonas y saber cuáles son las necesidades de los vecinos de un barrio, como se hace en muchos casos. Pero falta el paso de dar a la ciudadanía el poder de decisión en los asuntos que les afectan directamente. En Suiza, o en Estados Unidos, llevan muchas décadas preguntando cosas mucho más serias que carteles o cohetes de fiestas. Apostemos por el fondo de esas consultas, y no sólo por la forma.

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