eldiario.es

Menú

eldiarionorte Navarra eldiarionorte Navarra

Trabajo o enfermedad: la gran pandemia del siglo XXI

Trabajar hasta la noche, llegar a una cena con la corbata desabrochada, atender el mail o el teléfono un sábado o un domingo, comer frente al ordenador, lejos de representar formas modernas de esclavitud, se han convertido en señales de prestigio frente a los demás

- PUBLICIDAD -
El psiquiatra Marc Potenza (Yale): "¡Atención!, crecen las adicciones a internet"

EFE

Es una de las percepciones en que me reafirmo cada día más. Si un extraterrestre aterrizara desde el pasado o el futuro, o desde una realidad ajena que le permitiera explorar nuestras costumbres con ojos nuevos, a la manera del Gurb de Eduardo Mendoza en la Barcelona de las Olimpiadas, una cosa le espantaría por encima de todas: hasta qué punto el trabajo se ha convertido en la gran pandemia del siglo XXI, como una religión a la que todos nos hubiéramos sometido con la credulidad con que una tribu antigua hiciera sacrificios a sus dioses paganos.

Quizá sea uno de los aspectos que mejor defina el espíritu de nuestro tiempo. Porque no se trata de que se trabaje más que nunca, pues los progresos tecnológicos y los derechos laborales nos han liberado de muchas servidumbres, sino del lugar central que ha ocupado en la lógica perversa de la estratificación social. Trabajar hasta la noche, llegar a una cena con la corbata desabrochada, atender el mail o el teléfono un sábado o un domingo, comer frente al ordenador, lejos de representar formas modernas de esclavitud, se han convertido en señales de prestigio frente a los demás.

Todas las religiones tienen sus apóstoles, y en este caso la evangelización es un diluvio de noticias y fotografías o películas que consagran a los referentes tocados por la luz, que son quienes se prolongan en reuniones hasta que oscurece o quienes van al punto de la mañana al aeropuerto con un maletín de alto ejecutivo. Un caso significativo fue el anunciado absentismo vacacional de la anterior presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que en una apología de la inmolación por el trabajo proclamó en público su renuncia al descanso del verano: como si dedicar unos pocos días al año a tumbarse frente al mar o a viajar al extranjero o a cualquier otra cosa que no consistiera en la ceremonia del fichaje de las cuarenta horas semanales fuera un síntoma de debilidad. Una flaqueza de quienes desempeñan oficios menores, mientras que los que apuntalan las vigas del sistema que a todos nos sostiene se entronizan en el gesto heroico de pasar el mes de agosto enviando correos electrónicos de una oficina a otra de Madrid.

Pero la novedad no reside tanto en la cantidad de horas trabajadas, sino en que el explotador haya dejado de ser el patrón, para que en un extraño intercambio de papeles sea el propio empleado quien se exprima al límite de sus posibilidades. Uno de los pensadores que ha explicado el fenómeno con mayor éxito y agudeza tal vez sea el filósofo coreano asentado en Alemania Byung-Chul Han, quien responsabiliza a la pérfida propaganda del neoliberalismo de habernos hechizado hasta conseguir que nos embargue la devoción por el trabajo en lugar de considerarlo una obligación elemental. “Me mato a realizarme. Me mato a optimizarme”, escribe en La expulsión de lo distinto, donde retrata a un individuo condenado a la competencia permanente y doblegado por el miedo a perder su frágil posición de empresario de sí mismo, en una época en que el trabajo se ha erigido como el arma principal para no acabar en la cuneta de los derrotados.

De ahí que al contrario de lo que digan los teólogos de la nueva religión, la debilidad de cada cual no se mida en la natural predilección por disfrutar del tiempo libre, sino en la ansiedad por hacerse con una coraza que ofrezca la mayor protección posible. Una armadura con nombre de director general, de socio de un despacho, de prestigioso publicista o de la jaleada y novedosa figura del emprendedor, aunque detrás de todas y cada una de esas piezas no haya sino el pánico inconsolable de no saber hasta cuándo habrá fuerzas para defender su mínima parcela de superviviente en esta inacabable lucha diaria.

Así que, si un extraterrestre desconocedor por completo de esta civilización aterrizara hoy en nuestras grandes capitales, tal vez volviera con un relato similar a la fábula de El rey desnudo, escrita por Han Christian Andersen en pleno siglo XIX para alertar a los lectores infantiles del error de querer engañar a nadie bajo el velo de una capa artificiosa hecha solo para el lucimiento público. Vería un estado extendido de ansiedad y de incertidumbre, una necesidad de afirmación continua en que las horas consagradas al trabajo serían las tristes cicatrices de una hazaña que no terminaría de entender. Vería hombres con vestidos y gestos que deberían denotar importancia asustados, todos asustados por muy grandes que fueran las cuevas de sus despachos.

 

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha