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Entrevista – Txema Uribe, doctor en Antropología Social

“En vez de hablar de Policía y fronteras, hay que hablar de derechos y ciudadanía”

El doctor en Antropología Social de la UPNA, Txema Uribe, analiza los cambios de fondo que implican la crisis humanitaria de las personas refugiadas: "Hay que asumir que la movilidad de las personas se va a empezar a dar de una manera más visible"

"Esta crisis no es algo puntual, sino un proceso. La gente migra, incluso por razones aparentemente laborales y no políticas, aunque eso tampoco está muy claro, y lo hace porque ve una esperanza", explica

A la izquierda, el profesor de la UPNA Txema Uribe.

A la izquierda, el profesor de la UPNA Txema Uribe.

La Unión Europea acordó el pasado 22 de septiembre el reparto de 120.000 personas refugiadas, mientras colectivos sociales denunciaban la tardanza en la reacción de los Estados a la crisis humanitaria. Los cupos, además, cobraron forma tras un intento fallido la semana anterior y pese a la negativa de países como República Checa, Hungría, Rumanía y Eslovaquia o la abstención de Finlandia. No pareció una decisión sencilla, aunque una vez tomada es de obligado cumplimiento. Txema Uribe Oyarbide (Bilbao, 1961) reconoce que está siguiendo con interés esta situación, por la urgencia humanitaria y por los cambios que supondrá: “Creo que nadie niega que el problema no es de 120.000, sino que va a haber años, y no es cuantificable, donde va a haber un movimiento de personas ya previsto. Eso hay que regularlo, y no es una situación puntual o excepcional, ni un año, ni un número. Se van a dar pasos en esa línea, aunque sea a regañadientes”. Uribe, profesor titular del área de Antropología Social de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) y experto en inmigración e intervención social, opina sobre estos cambios.

La Unión Europea por fin alcanzó un acuerdo sobre el reparto de las personas refugiadas. ¿Cómo valora la solución adoptada y la tardanza en llegar a ese pacto?

Quizá aún nos falta perspectiva. Para nosotros esto es nuevo, pero en Siria esta guerra lleva cuatro años, y también están los casos de África, Afganistán, Irak... Es una contradicción entre algo muy antiguo, como es el éxodo pedestre, y algo muy moderno, que es que la gente no se para en fronteras. Siempre va a buscar el resquicio. Y, afortunadamente y a pesar de algunos Estados, el mundo de los valores europeos, con todas sus críticas, intenta no hacer ojos ciegos a esa realidad. En esta cuestión hay varios planos, desde los humanitarios a la reflexión teórico-política, sobre qué tipo de sociedad construimos, y un tercero que es muy importante, que son los conflictos.

¿Qué ha motivado que ahora se reaccione ante Siria y no a otros conflictos que antes ha mencionado?

Porque hablamos de un número de personas importante, también hay una cercanía cultural más visible que con otros lugares del mundo, y porque el conflicto sirio y afgano lo han mantenido Europa y sus tensiones. Hará falta distancia para ver el proceso de forma más calmada, pero sí creo que hay cierta conciencia de responsabilidad.

¿Esta crisis humanitaria ha puesto a prueba a Europa? Todo parecía reducirse a un reparto de cupos.

El tema de los números siempre es delicado, aunque por otra parte haya que hacerlo. No tiene sentido mandar a personas a lugares donde no sea posible no ya acogerlos temporalmente, sino que tengan posibilidades de construir autónomamente un proyecto vital. El tema de los números, además, es peccata minuta por lo siguiente: una cifra que hoy parece imposible, mañana es muy factible y viceversa. Con todo, lo que no tiene sentido es sacar la calculadora de manera permanente. Hay que asumir que la movilidad de las personas, que era la última por explotar dentro de los procesos de globalización, se va a empezar a dar de una manera más visible. Es algo que ahora vemos en Europa, pero que también conocemos, igual no en estas cantidades, pero sí entre América Latina y Estados Unidos. Quizá no hay fotos tan visibles, o sí, el problema es que a veces no se les hace mucho caso. Es un tema de personas y, sobre todo, de seres humanos que provocan un cambio de cómo entender la movilidad. Esta crisis no es algo puntual, sino un proceso, una tendencia. La gente migra, incluso por razones aparentemente laborales y no políticas, aunque eso tampoco está muy claro, y lo hace porque ve una esperanza.

Desde diversos colectivos sociales (como Oxfam Intermón en Navarra) han insistido en que esta crisis deja un debate pendiente sobre la diferencia entre la inmigración política y la económica, a pesar de que inmigrante y refugiado sean dos figuras distintas.

La diferencia entre movilidad económica y política no tiene ningún sentido. La movilidad es una cosa y sus razones son múltiples. Esta crisis, si algo bueno tendrá, será que servirá para asentar la percepción de que en nuestro modelo social la solidaridad ya es un valor muy asentado, ejercido, en la sociedad europea.

La gente se fija en los números, y eso es muy importante, pero hay una cuestión cualitativa: nuestro estado de bienestar tienen que asumir dar cobertura, infraestructura, continuidad, permanencia y horizonte a gente con la que no contábamos

¿La figura del refugio político funciona?

Toda la regulación del refugio político viene de los años 50 y las revisiones de los 70, y hay regulaciones estatales. Cada Estado nación lo regula, más o menos, aunque en Europa siempre hay unos mínimos. Ese refugio político no da cobertura a lo que pasa hoy en día. Porque, de repente, tenemos una legislación obsoleta, una llegada de personas con la que no contábamos y esto lo tenemos que abordar colectivamente. Y está bien que lo tengamos que hacer así. Esta es una crisis humanitaria, que deviene de una crisis geopolítica, no nos olvidemos, que genera una crisis institucional. Hay que repensar instituciones y el cómo hacer.

¿En qué sentido?

El giro va a ser total. La gente se fija en los números, y eso es muy importante, pero hay una cuestión cualitativa: nuestro Estado de bienestar tienen que asumir dar cobertura, infraestructura, continuidad, permanencia y horizonte a gente con la que no contábamos. Y eso nos obliga a repensar nuestro concepto de ciudadanía. Porque una cosa es la migración, en este caso por causa política, y otra la necesidad de repensar el modelo de Estado y ver que la ciudadanía no puede reducirse a la del Estado nación. Eso ya no vale. Tiene que haber otras formas de ser ciudadano: lo que algunos llaman la ciudadanía social. Por el hecho de residir, consumir, por estar en una sociedad, se trata de un sujeto al que hay que dar una opción de participación. Creíamos en una fuente de construcción nacional, que era el nacimiento en un territorio, que es una vía, pero hay otras.

¿Y qué se puede hacer?

Hay colectivos sociales que ya han recordado que en el período de entreguerras, de la Primera a la Segunda Guerra Mundial, se generaron los llamados visados humanitarios, para evitar todo este tránsito tan peligroso, sujeto a las mafias y al tráfico de personas. Existen los visados sanitarios, y se podría dotar a la gente de ellos. Y hay que tener claro que algunos de ellos retornarán [se refiere a sus países de origen], pero otros no.

Usted habla de este momento como una clave histórica.

Se ha abierto el tema de la movilidad, al menos europea, que no se va a cerrar. Ya nadie discute, ni a nadie le sorprende, que la gente se mueva. A veces hay situaciones que cambian la realidad. En Europa hay ejemplos como la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, el alzamiento de Franco en el caso español... son marcas muy fuertes sobre la vida social. Yo pienso que estamos a ese nivel. Esta crisis humanitaria abre un proceso distinto de relación entre Estados, de cómo plantearnos la solidaridad con las personas. Espero que el tema de los números deje de ser tan importante, porque se le dé respuesta, pero creo que esto va a obligar a revisar muchos principios de la vieja política del Estado nación, para dar más peso al Estado de bienestar. En vez de hablar de policías y fronteras, hay que hablar de derechos y ciudadanía. Y eso es lo complicado, porque son derechos emergentes, que la propia norma jurídica no prevé.

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