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Premeditación, disposición, reiteración

Cientos de mujeres se concentran en Barcelona contra la libertad de La Manada

Premeditación. "Quillo, en verdad follarnos a una buena gorda entre los cinco en San Fermín sería apoteósico. Prefiero follarnos a una gorda entre cinco que a un pepino de tía ya solo". Iban a lo que iban. No fue un calentón, ni un de repente, ni una 'provocación'. No se buscaba seducir, compartir. Se trataba de follar, no de ser follado; de hacerlo de la manera más cutre, en el lugar más inhóspito. Igual se podían haber hecho unas pajillas, como propone Torrente (¡cuánto se le parecen!), pero no era una cuestión de satisfacción sexual, sino de violación. De violación ("tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad"), sí, aunque no dijeran esa palabra. Se trataba de violentar la voluntad de una mujer cualquiera. Para exhibirse. Para compartir (la manada son muchos más que los cinco depredadores, también hay carroñeros que obtienen satisfacción de la exposición de su presa). Tras consumar la agresión la abandonaron desnuda, la despojaron de su móvil. Y luego, a disfrutarlo.

No era una cuestión de satisfacción sexual, sino de violación

Disposición. "Cuando está así con una tía o algo que él ve que tiene posibilidades de follar, se pone súper salido ¿eh? Y súper asqueroso el cabrón. Es como un enfermo. Se le cambia hasta la cara, los ojos así todos abiertos. Parece que está viendo un expositor de pollos asados". ¿Y los demás? ¿Y los que le acompañaban? Súper salidos, súper asquerosos, como enfermos… Todos ellos en perfecto estado de revista cuando de follar se trata. Al fin y al cabo, dos son militares, y saben de lo importante que es el entrenamiento, la preparación, la disposición.

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Naciomonismo

En su más célebre ensayo, el titulado 'Dos conceptos de libertad' (1958), Isaiah Berlin  denomina monismo a la creencia "de que en alguna parte, en el pasado o en el futuro, en la revelación divina o en la mente del pensador, en los pronunciamientos de la historia o de la ciencia o en el corazón simple de un buen hombre no corrompido, hay una solución definitiva". ¿Una solución definitiva a qué? A los conflictos de valores y de intereses, a los ideales confrontados, a las contradicciones sociales, a los antagonismos  políticos. En definitiva, el monismo aspira a encontrar "una fórmula única mediante la cual se pueden realizar de forma armónica todos los fines de los hombres". Pero los fines a los que aspiramos los seres humanos son múltiples, en parte inconmensurables, y es por ello que están en permanente conflicto. La cuestión es, entonces, aprender a sobrellevar esta situación estructural de conflicto mediante una cultura y unas instituciones pluralistas.

El nacionalismo es un ejemplo perfecto de monismo. Monismo que se atempera o camufla cuando se considera asegurado: puede entonces travestirse de patriotismo o de nacionalismo cívico. Pero cuando se siente amenazada, la patria se despoja de su piel de cordero y saca a la luz el lobo nacionalista que lleva dentro. "Patria es -escribió Imre Kertész- una palabra en la que realmente vale la pena detenerse un rato. Yo, por ejemplo, le tengo miedo". El nacionalismo es siempre un ejercicio de simplificación, de reduccionismo.

Y así, al igual que un nacionalista con Estado, como Albert Rivera, cuando mira a su sociedad sólo ve 'españoles', el nacionalista sin Estado sólo ve, cuando mira a su sociedad, nacionales comprometidos con la construcción nacional.

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Nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo

Las palabras esenciales del “nacionalismo banal”, recuerda Michael Billig, suelen ser las más pequeñas: “nosotros”, “esto” y “aquí”. A estas podríamos añadir otras como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo de aquí”… Palabras pequeñas y cercanas, familiares, cálidas, cómodas: autoevidentes. Palabras prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y, sobre todo, de esta nación: la nuestra, la de aquí. Palabras-masaje, palabras-bálsamo, que naturalizan realidades políticas “en realidad” imaginadas, construidas, artificiales. “Permanencias inventadas”, como las denomina Billig (Nacionalismo banal, Capitán Swing, 2014).

PNV y EH Bildu han acordado un texto que sirva como preámbulo de un posible futuro 'Estatus Político' que actualice el autogobierno de Euskadi. Es un texto lleno de palabras pequeñas, prosaicas, cotidianas pero, por lo mismo, cargadas de sentido común, irrechazables, autoevidentes: somos un pueblo, tenemos derecho, sentimos la necesidad, queremos decidir…  Es un texto escrito desde y para el nacionalismo vasco. No lo digo como reproche, sino como constatación. Un texto escrito por nacionalistas, para nacionalistas, con el fin de hacer más banal (más natural, más irreflexiva) la construcción nacional vasca. Insisto: nada que reprochar, es lo que se espera del nacionalismo, de cualquier nacionalismo.

PNV y EH Bildu apoyan también la movilización convocada para el 10 de junio por Gure esku dago a favor del derecho a decidir. “A nadie tiene que extrañar que el PNV se manifieste por el derecho a decidir”, advierte en una entrevista en El Correo Itxaso Atutxa, presidenta del PNV bizkaino. Pues no, claro que no. Es lógico (banalmente lógico) que los nacionalistas apoyen una movilización nacionalista, que pretende sumar (y contar) apoyos para el proyecto político del nacionalismo vasco.

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Fallo de sistema

Rajoy avanza el inmediato inicio de las negociaciones para los presupuestos de 2018

No podía resultar otra cosa. No me refiero a los detalles: dos escaños arriba o abajo, el aumento en la participación, o la quiebra entre la Cataluña interior, aplastantemente soberanista, y la costa urbanizada. Si de lo que se trata es de diagnosticar la realidad,  estas elecciones no han hecho sino confirmar lo que ya sabíamos.

Si el unionismo sin matices ni cautelas (¡Todo por la patria!) es la esencia del  nacionalismo, tras las elecciones resulta más que evidente la falacia de los dos bloques enfrentados. Bloque no hay más que uno, el que agrupa bajo la estelada desde 'anticapis' a burgueses pata negra. Si Seguí o Pestaña levantaran la cabeza. El resto, el mal llamado “bloque del 155”, no suma; pero no ya aritméticamente (que tampoco), sino políticamente. Y esto, que es una desgracia a la hora de gobernar, es una bendición desde la perspectiva de la pluralidad constitutiva de una sociedad compleja como es la catalana.

Así y todo, los partidos abiertamente independentistas han obtenido apenas 175.000 votos más que los que defienden expresamente el mantenimiento de Cataluña en España. Una cifra ínfima, que aún se reduce más si tenemos en cuenta los 10.000 sufragios obtenidos por Recortes Cero, que durante la campaña se ha mostrado abiertamente contraria al proceso soberanista. No sé lo que al respecto planteaba el PACMA (38.500). Pero rascando votos de aquí y de allá, siempre con la incógnita ya insostenible de los Comunes, llegaríamos a donde estábamos: al empate entre identidades y proyectos de futuro. Donde ya estábamos, insisto. Y donde vamos a seguir estando. Si acaso, lo que estas elecciones han certificado es que Cataluña es un (proyecto de) Estado fallido. Un país en el que una de cada cuatro personas de las que han votado lo han hecho por una fuerza tachada de extranjera, anticatalana o directamente fascista…, pues ya me dirán. Una cosa es pensar que en una Cataluña independiente tan sólo habría que considerar la posible secesión en cadena del hermoso pero diminuto Valle de Arán, y otra muy distinta es comprobar la desafección 'procesista' de Barcelona, Tarragona, Lleida, L’Hospitalet, Badalona, Mataró… Esto se empieza a parecer sospechosamente a una carlistada.

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Peor que nada

Primero pensé en no escribir nada, pues nada parecía haber pasado, más allá de lo estrictamente declarativo. Luego pensé en escribir algo a partir de una idea simplona, pero no por ello carente de potencial explicativo: la DUI se había transformado en DIU, y lo que iba a nacer había quedado en… pues eso, en nada. Pero nada de lo anterior es cierto. No es verdad que lo ocurrido el 10 de octubre en el Parlament sea “nada”. Y si lo fuera, si con tal término pudiéramos definirla, sería esa nada de La historia interminable que se va expandiendo como una enfermedad incontrolable, haciendo desaparecer personas y lugares, la imaginación y la belleza, dejando tras de sí… pues eso, la nada.

Lo visto en el Parlament fue un nuevo episodio de astucia carente de inteligencia: una forma de ganar tiempo, una patada que vuelva a plantar el balón en el campo del Estado, un intento de proteger la tensionada unidad en el soberanismo, un golpe bajo contra un PSOE resquebrajado entre diazlambanistas e icetistas, una provocación que busca ser respondida con un aumento de la represión… Elijan lo que prefieran, incorporen nuevas posibilidades o planteen, incluso, la hipótesis del paso atrás que busca abrir espacios de diálogo. Hipótesis que yo no contemplo.

La declaración que firmaron los diputados de Junts pel Sí y la CUP en dependencias del Parlament tiene su correlato perfecto en el acto de toma de posesión de sus cargos de presidente, ministras y ministros del Gobierno de España, presidentas y presidentes de comunidades autónomas, etc. Todas y todos, con solemnidad (o con la solemnidad que permiten las circunstancias, que en el caso del Parlament fue relativa) se han comprometido a defender sus respectivas ideas de país, de pueblo, de derecho, de justicia, de legitimidad, ideas que, y aquí es donde la hipótesis del diálogo hace aguas, hoy por hoy son radicalmente incompatibles. Porque, ¿qué diálogo cabe plantear entre dos compromisos solemnes cuyo cumplimiento respectivo exige el incumplimiento del otro?

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El día después

Lo dijo a las claras un infame Turull: "Si sacan los tanques a la calle es que ya hemos ganado". Y lo más parecido a los tanques que hay en una democracia, los antidisturbios policiales, han salido a la calle. Lo más parecido, con todo lo distintos que son: Barcelona no es Tiananmén. Pero la imagen de porras enarboladas frente a personas que esperaban a votar es la que va a quedar para siempre: la imagen de policías llevándose las urnas, la de los empujones, las caídas y las cabezas sangrantes.

Turull estará contento. Por cierto, él no está entre las personas heridas; incluso ha votado sin problemas, buscando en coche oficial, como han hecho sus superiores, el colegio más tranquilo para practicar su heroico desborde constitucional. Con foto en su twitter incluida, claro.

De un plumazo –de un porrazo- el relato más antipático, más incómodo, más rechazable, ha conquistado nuestro imaginario. Qué distinto sería todo (hoy, pero sobre todo a partir de mañana) si la foto que reflejara el conflicto en Cataluña fuera la de aquel Parlament demediado y trilero que el 6 de septiembre mal aprobó la Ley de Transitoriedad Jurídica, y de Joan Coscubiela advirtiendo frente a su deriva. ¡Qué distinto sería todo!

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Where have all the federalists gone?

Una estelada gigante, en el Camp Nou

[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

[2] Escribe Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro: “Uno de los peligros de la «autodeterminación» es que, en realidad, no existe tal cosa como una «nación» en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria. A diferencia de las características de un paisaje de árboles y montañas, las personas tienen pies. Se desplazan a sitios donde hay más oportunidades y pronto invitan a sus amigos y parientes a que se les unan. Esta mezcla demográfica  transforma el paisaje en un fractal, con minorías dentro de minorías dentro de minorías”.  Y sobre fractales y fronteras, sobre fracturas y fractalidades, giraba el texto con el que contribuí al referido libro editado por la Fundació Catalunya Segle XXI.

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Cuidado con los dragones

La recientemente finalizada séptima temporada de Juego de Tronos ha resultado pródiga en escenas espectaculares, pero bastante más pobre en lo que se refiere a solidez argumental y trabazón narrativa. Se nota que desde hace tiempo los guiones de la serie van muy por delante del relato novelado de George R. Martin, que hacía de esta mucho más que una peli de batallas, magia y dragones. Así y todo, no han faltado momentos de cierta solidez.

Uno de ellos recoge un diálogo entre Daenerys, aspirante a ocupar el Trono de Hierro, y su consejero, Tyrion. Daenerys dispone de un arma de guerra aparentemente definitiva, con la que desencadenar un ataque que la permita conquistar Desembarco del Rey, sede del Trono: sus tres aterradores dragones. Cansada de batallar, Daenerys se muestra dispuesta a utilizarlos, pero Tyrion (con el apoyo de Jon Nieve) no se lo recomienda: usar a los dragones la permitiría lograr una victoria fulminante, sí, pero al precio de arrasar la ciudad y aniquilar a todos sus habitantes. Ganaría la guerra, pero perdería la simpatía de sus futuros súbditos, que verían como una reina tiránica sería, simplemente, sustituida por otra.

El 1 de octubre votarán, seguro, muchas catalanas y catalanes. Pese a todo. Lo harán dónde y cómo puedan: en locales municipales, en centros cívicos, en cajas de cartón, imprimiendo sus papeletas en casa… Votarán porque desean hacerlo y porque creen, la mayoría sinceramente, que sin ese acto no se puede hablar de democracia real ni en Cataluña ni en España. Pero será una votación que, por su fondo y por su forma, carecerá de cualquier valor legal: esto es algo más que evidente. Como consecuencia de la acción del Estado, pero también por la cuestionable estrategia del soberanismo, la votación del 1 de octubre es ya un imposible jurídico. Otra cosa es el valor político que el soberanismo quiera darle.

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Cataluña, España y sus dinosaurios

Los diputados del bloque independentista aplauden el resultado de la votación junto a los escaños de la oposición.

Las mayorías corrompen, y las mayorías absolutas corrompen absolutamente. Más aún cuando cualquier mayoría puede ser absoluta hoy, pero no serlo mañana. Es lo que tiene vivir en tiempos de complejidad, liquidez, incertidumbre, transición, caos, riesgo, metamorfosis… Escojan, de entre los muchos que ofrecen las ciencias sociales, el adjetivo que mejor defina en su opinión la época que nos ha tocado vivir: cualquiera de ellos nos advierte de la situación de provisionalidad en la que debemos tomar nuestras decisiones, desde la prudencia, como ingenieros sociales fragmentarios (que diría Popper) y no como omniscientes demiurgos. Lo más seguro es que vete a saber...

Las mayorías absolutas que se olvidan de que la condición de “absolutez” tiene siempre un carácter temporal, coyuntural, dan lugar a decisiones políticas pesadamente legales, pero heridas de legitimidad: como la reforma, con 'agosticidad' y alevosía, del artículo 135 de la Constitución en 2011; o como la aprobación con alevosía, aceleración y nocturnidad, de la ley de Transitoriedad Jurídica.

De lo ocurrido el día 6 en el Parlament lo que menos relevante me parece es todo eso que tanto se ha repetido sobre el respeto a la legalidad vigente, a los procedimientos parlamentarios, a las formas democráticas, etc. Me hacía hasta gracia escuchar una y otra vez, como si se tratara de un argumento definitivo e inapelable, que los letrados del Parlament habían advertido a Forcadell de que tramitar la ley del referéndum era un acto ilegal: ¡como si hiciera falta ser experto en derecho administrativo para saberlo! ¡como si dichos letrados pudieran, en cuanto tales, concluir otra cosa! ¡como si no lo supieran la propia Forcadell, la Mesa del Parlament, el Govern y las diputadas y diputados soberanistas!

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Los avatares de la autodeterminación vasca

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El nacionalismo vasco se une para apoyar a los cargos catalanes juzgados

El 10 de abril de 2013 dio comienzo, públicamente, el Procés Constituent a Catalunya, impulsado por un movimiento social liderado por gentes como Arcadi Oliveres o Teresa Forcades, con el fin de lograr un nuevo modelo de estado y de organización socio-económica para Cataluña. Desde entonces hasta hoy el Procés ha cogido velocidad de crucero, aunque por el camino se han quedado los liderazgos del tipo Oliveres-Forcades junto con las reivindicaciones anticapitalistas que podrían encarnar (expropiación de la banca privada, defensa de una banca pública y ética, lucha contra la corrupción, reducción de la jornada laboral, reversión de los resortes, reconversión ecológica de la economía, salida de la OTAN…).

El caso es que, cuatro años después de aquel 10 de abril, son muchas las personas que en Euskadi se preguntan (bastantes con frustración, otras con alivio, algunas con simple curiosidad científica) por qué lo que viene ocurriendo en Cataluña está teniendo un efecto tan reducido en Euskadi. La pregunta no es baladí: sorprende que cuando la pulsión autodeterminista palpita al lado mismo de casa su efecto-contagio sea nulo; justo lo contrario de lo que ocurría en otros tiempos, cuando quienes pugnaban por su autodeterminación eran lituanos, croatas, norirlandeses o québécoises.

En efecto, nadie podrá decir que el nacionalismo vasco no se haya mostrado en otras ocasiones activamente interesado o concernido por los episodios soberanistas que han surgido por doquier. Recordemos la declaración aprobada el 15 de febrero de 1990 por el Parlamento Vasco, con los votos de PNV, Eusko Alkartasuna y Euskadiko Ezkerra en un contexto de explosión de las expectativas nacionalistas en toda Europa tras la caída del Muro de Berlín. Dos meses antes, el 12 de diciembre de 1989, el Parlamento de Cataluña había aprobado una resolución en el mismo sentido.

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