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Manos a la obra

Se equivoca Podemos si cree que la profunda transformación que precisa este país tiene que ver esencialmente con la sustitución del PSOE como espacio político más representativo del voto progresista en España. Tal cosa ocurrirá o no, en función de muy diversas circunstancias: los aciertos y los errores de cada cual, reflejados aunque sea de manera aproximada en las opciones de voto que tome la ciudadanía.

Pudiera ser que las múltiples y muy evidentes enfermedades del partido fundado por Pablo Iglesias “el viejo” hayan ido adquiriendo con el paso del tiempo una cierta dimensión estructural (como la aluminosis en algunos edificios o la corrupción en el PP) que haga sumamente complicado su saneamiento: son muchos años de ejercicio del poder, de profesionalización de la tarea de representación política, de abandono en la práctica del papel de mediación entre el Estado y la sociedad, de puertas giratorias y de sometimiento a un falso realismo que ha olvidado que “cada presente se excede radicalmente a sí mismo” (T. Eagleton, Esperanza sin optimismo, Taurus, 2016). Complicado, seguro, pero ¿imposible? Si así fuera, Podemos debería dejar de jugar al mismo tiempo a la deslegitimación (el PSOE como casta, como bunker, etc.) y a la rehabilitación (“Si estamos más fuertes que el PSOE podemos hacer que rectifiquen”).

Salvo que la torpe presentación del vicepresidente Iglesias y sus cuatro ministrables sea, como se ha señalado, una maniobra final para cargarse el ya muy debilitado liderazgo de Pedro Sánchez, impidiendo cualquier movimiento para la conformación de un gobierno de izquierdas y provocando unas nuevas elecciones, el partido fundado por Pablo Iglesias “el nuevo” debe decir con claridad sí o no a un gobierno presidido por Sánchez, y actuar en coherencia. Y para ello, Podemos debería leer con más atención y rigor los posos amargos que deja la historia del socialismo español, pues en ellos se encuentran dibujados también algunos de sus potenciales futuros como organización política.

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La insoportable insaciabilidad del ser nacional

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Antonio Baños, una de las caras más visibles de la CUP, ha dimitido. En su carta de explicación indica que él se metió en política con un único objetivo: “El meu pas a la política (tot plegat uns cinc mesos) tenia només un sol sentit i objectiu: Que aquesta legislatura fos la de la ruptura irreversible amb l’Estat Espanyol i que, a més, la construcció de la República es fes des de un procés constituent popular i social”. Y si para ello había que votar a Mas, pues se le vota y punto.

Por su parte, la Asamblea Nacional Catalana se excusa públicamente por haber incluido a la CUP en su petición de voto a fuerzas independentistas. Ahora resulta que por no votar a Mas van a pasar a formar parte de esos "partidos partidos políticos españoles que están en Catalunya, como el PP y Ciudadanos", adversarios según Carme Forcadell del "resto, [que] somos nosotros, el pueblo catalán, y sólo nosotros somos los que lograremos la independencia”.

Los procesos de estatonacionalización exigen de toda la energía política contenida en una sociedad. Hasta el último julio. Son insaciables y, en última instancia, incompatibles con la práctica política. Cuando una sociedad se embarca en la construcción de un Estado-nación cualquier otra cuestión se vuelve irrelevante, inconveniente o inaceptable, al menos hasta el día después de la independencia. Lo mismo ocurre, por cierto, cuando un Estado ya constituido pretende reforzar, por la razón que sea, sus señas de identidad nacional. De manera que si Isaías representaba el futuro mesiánico con la imagen del lobo y el cordero paciendo juntos, el nacionalismo español imagina estos días su propio futuro como la posibilidad de que un indecente, un ruin (o “ruiz”) y un ambicioso inexperto gobiernen juntos para evitar la ruptura de España.

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A gobernar, a gobernar, hasta enterrarlos en el mar

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Las elecciones del 20D han dibujado un juego partidario complejo, pero un horizonte político clarísimo. ¿Qué es lo que, en mi opinión, ha quedado claro?

1. El PP ha perdido unas elecciones que, por su abusiva manera de utilizar la mayoría absoluta de la que ha disfrutado durante la recién terminada legislatura, había convertido en plebiscitarias. La cultura política del pacto y el acuerdo no es cuestión de aritmética (como no me da con mis votos, habrá que buscar un apoyo) sino de ética, de convicción democrática. Y el PP ha demostrado que carece por completo de esta convicción. A lomos de una mayoría que sólo podría ser coyuntural, ha gobernado como si no existiera un mañana, aplicando sin rubor la política más ideológica, menos compartida en el parlamento y más contestada en la calle que jamás hemos conocido en este país.

El PP ha obtenido 7.204.680 votos, el 28,72% de los sufragios. Son muchos votos, y le convierten en el partido más votado. Aún así, en relación a las anteriores elecciones de 2011 el PP ha perdido 3.681.886 votos y 16 puntos porcentuales (en 2011 logró el 44,63% de todos los sufragios). Siete de cada diez electores le han dicho 'no'. Estas han sido unas elecciones de cambio.

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La memoria de las víctimas

1. ¿Por qué hacemos memoria de las víctimas? O mejor: ¿de qué víctimas hacemos memoria?En mi reflexión me distancio del tratamiento administrativo de las víctimas y de sus consecuencias, pues creo que este tratamiento, este gobierno de las víctimas, genera unas importantes distorsiones. La primera y fundamental: la construcción de una categoría jurídico-política (la víctima) convertida en deseada etiqueta por parte de cualquiera que se sienta injustamente tratado, ya que es la única (o la mejor) vía de acceso al reconocimiento institucional y a la reparación (moral y en ocasiones económica). Acabamos de verlo recientemente con el caso de las personas afectadas por la talidomida: “Los daños están a la vista, es evidente”, proclamaba una de ellas mostrando a la cámara sus brazos atrofiados.

También me distancio del uso del concepto víctima para referirse a las roturas y descosidos que en nuestra existencia provocan fenómenos impersonales o azarosos.

Otra cosa es que, de nuevo, la potentísima perspectiva administrativa nos obligue a conjugar el término: sí, de acuerdo, el coche se salió de la carretera en una curva por exceso de velocidad, pero ¿qué hacía ese enorme bloque de cemento junto a la carretera, contra el que se estrelló y que probablemente agravó las consecuencias del accidente? ¿no es responsabilidad de la administración velar porque tales obstáculos no supongan una amenaza añadida a los conductores? De nuevo la administración de la vida social nos obliga a pensarnos como víctimas.

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Grillo y Farage: no tan extraños compañeros de cama

En 2011 surgió en Italia el fenómeno de los forconi, una serie de movilizaciones y protestas impulsados por sectores de la pequeña y media burguesía (comerciantes, pequeños agricultores, artesanos, transportistas, pero también estudiantes) golpeados por la crisis, que mezclaban en sus reivindicaciones temáticas regionalistas, denuncias de la corrupción política y antieuropeismo. Estas protestas han continuado hasta la actualidad, siendo especialmente virulentas en Turín. Se trata de un movimiento que recuerda al clásico poujadisme de los años cincuenta en Francia y cuyos fundamentos encontramos en el origen de los actuales populismos: grupos sociales tradicionalmente prósperos que, como consecuencia de un cambio económico profundo, alimentados “por un sentimiento de abandono y por el resentimiento respecto de otros grupos y de sus representantes políticos que obtienen los beneficios del cambio y se desinteresan por la suerte de los perdedores” (Castel). Creo que fenómenos como el de los forconi ayudan a explicar el acuerdo alcanzado entre el antieuropeista y xenófobo Farage y el antipolítico Grillo para formar grupo en el Parlamento Europeo.

Son muchas las investigaciones y los análisis que permiten sostener la tesis de la correlación entre sentimiento de desamparo (expresado como desasosiego ante el futuro, pérdida de estatus, miedo a perder la capacidad de cuidar de los suyos, sensación de anomia, etc.) y apoyo a los discursos y las organizaciones populistas de extrema derecha; sentimientos de ansiedad que han permitido a estas organizaciones articular un discurso xenófobo que no se apoya ya en el viejo y desprestigiado racismo biológico, facilitando así su 'lavado de cara' e incrementando su potencial de penetración social. Estas organizaciones se convierten en refugio de todos esos angry white men que habitan en barrios degradados de antiguas ciudades industriales hoy en declive.

Todos los movimientos populistas se declaran defensores de la “gente olvidada”, del “hombre de la calle”; sus líderes se presentan como “uno más” y han sido enormemente hábiles a la hora de presentarse como “campeones de las causas locales” apoyando a la “gente corriente” que habita en esos barrios degradados


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Una república con semántica

En 2001 asistí en Kiev a un rapapolvo cuando un amigo se refirió en un despacho oficial a la “República de Ucrania”. La funcionaria bramó contra aquella denominación que devolvía a su país a los tiempos en que como república soviética se había encontrado sojuzgado. Ucrania era solo Ucrania, y entendí de sopetón que sí hay más posibilidades que ser una monarquía o una república, que se puede en este punto estar “medio embarazado”. Si lo pienso, la España de Franco había vivido también en ese incierto estatus, pues había surgido contra la república, pero tenía una forma de reino sin rey… hasta nueva orden. República o monarquía no son solo formas de estado, de manera que si no se es una cosa se tendrá que ser necesariamente la contraria. República o monarquía son identificaciones históricas, imágenes sociales de tiempos vividos con felicidad o con desdicha. República y monarquía tienen semánticas precisas y cambiantes; por eso no son solo estatus administrativos.

El instante de la sucesión de coronas pilla al país más republicano que nunca. España es mal sitio para establecer una tipología científica sobre la cuestión. En su contemporaneidad más reciente han dominado las dictaduras de militares que obviaban esta discusión (al menos al pronto). Las monarquías han encontrado preclaros defensores entre quienes teniendo el corazón más cerca de la república eran capaces de preferir coronas constitucionales en tiempos de modernidad democrática a la incertidumbre de su fórmula alternativa auspiciada por agitadores poco fiables. Al revés, las repúblicas han llegado aquí en sendas ocasiones en que los monarcas o han salido corriendo o se han pegado un tiro en la pierna de su respetabilidad. La república ha alumbrado en el país de nacimiento natural y sin cesárea, y se ha proclamado con entusiasmo y sin dar una voz más alta que la anterior. Pero tampoco ha tenido republicanos ardientes, conscientes de lo que traía consigo la “niña bonita”. De manera que cuando han dejado de estar de moda por la fuerza, han perdido todo su encanto para el medio siglo posterior.

Ahora vemos que se repite de nuevo la confusa sensación. Yo hablaría de dos republicanismos, contradictorios en esencia aunque ahora puedan coincidir en circunstancia. En un lado tenemos a los partidarios de La Tercera. Es la dimensión política y de partido del republicanismo. Se nutre de la ensoñación falseada de La Segunda, como ejemplo histórico e inédito de democracia en España o incluso de poder popular. Es una tergiversación tosca que prescinde de la inclinación tumultuosa y poco estable de nuestra anterior experiencia republicana, de un nivel de crisis cotidiana –propia y común a los años treinta- que convierte la de nuestra actualidad en una balsa de aceite. Pero, peor, que supone que fue aquello el gobierno de las izquierdas, olvidando que hubo gobiernos de derechas y que había una parte importante del republicanismo (el de Lerroux y otros) que se reclutaba en una posición política claramente conservadora (cuando no finalmente reaccionaria).

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Buen resultado para el socialismo

Podemos partir de que las elecciones europeas acostumbran a ser la ocasión perfecta para que la ciudadanía exprese sin cuidados sus juicios. Podemos partir de que la circunscripción única despeja tanto las alteraciones del valor de cada voto de las circunscripciones provinciales como las prevenciones de politólogo para que tu sufragio acabe en escaño conseguido y no en restos para la basura. Podemos partir de que el ejercicio de partitocracia que hicieron los dos partidos grandes al seleccionar su lista de candidatos ya nos empujó a muchos a mirar con cariño a “los otros” y a rebuscar finalmente entre sus papeletas. Podemos partir de que todos estamos muy cabreados y que esta vez hemos decidido que salga el sol por Antequera. Podrán partir después del susto de que tanta libertad y diversidad de oferta trastocan la lógica de la política práctica y que todas las aguas acabarán regresando a su cauce; aquí que están más que removidas y fuera de aquí, donde están simplemente desatadas (Le Pen, independentistas británicos, Amanecer Dorado, neonazis del NPD alemán…). Podrán decir lo que quieran y cambiarnos la impresión de hoy en solo una semana a fuerza de repetir argumentarios, pero una cosa ha quedado clara: el socialismo en España ha tenido unos buenos resultados.

¿Qué mejor escenario y resultado se podían dibujar en un laboratorio para que por fin, después de una tras otra, se enteraran en el PSOE que corre peligro hasta la continuidad futura del partido? Los del domingo son los perfectos, como en parte se ha demostrado el lunes. Hasta el último funcionario del partido, emboscado al final de los que van perdiendo sus puestos por decisión del pueblo soberano, ha visto peligrar su mañana personal. El del chiste del rascacielos que al pasar por el piso 54 en caída libre responde a la pregunta de un conocido con un “¡De momento bien!”, sabe a ciencia cierta que va a acabar en el suelo, reventado. Y eso es lo único que puede salvar la opción del socialismo democrático y cabal en este país.

Y no estoy seguro del todo de que sea así: la última marrullería del acuerdo de su dirección de anticipar congreso extraordinario a primarias y evitar incluso la dimisión de Rubalcaba, apelando a una interminable e injustificable “responsabilidad”, tampoco ha sido tan concluyente como exigían los resultados. Incluso depender de la exitosa regional andaluza no augura nada bueno: visto lo visto, es como entregar el futuro del PP a sus íntegras direcciones madrileña y valenciana… solo por haber salido vivos de la pasada “noche triste”. Como se puede ver, siendo lo mejor que podía pasar, no las tenemos todas con nosotros de que eso empuje los acontecimientos por el territorio de la lógica y la higiene. En plena “noche triste” para el PSOE uno de esos militantes que tenían que haber prosperado en lugar de tanto funcionario gris y acabado me anunció en un mensaje de teléfono exactamente lo que iba a pasar. Y en catorce horas ha pasado: congreso extra para sacar en hombros a alguien a quien van a atribuir la novedad y el futuro, y primarias innecesarias al convocarse formalmente en plena euforia del recién electo. Aquí paz y después gloria; y a por la siguiente, que vamos ganando tiempo y meses de cotización.

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Crisis y castigo

Las situaciones de crisis económica son momentos idóneos para impulsar dinámicas dirigidas a recomponer las relaciones sociales, particularmente las relaciones de fuerza entre los distintos grupos sociales. Siempre ha sido así. Nada mejor que una buena crisis, ya sea “real o percibida”, para imponer una agenda de reformas a una población en estado de 'shock'. También la actual crisis se ha revelado como un colosal dispositivo disciplinario construido en torno a la idea de austeridad presentada como un relato moral. En su libro 'Austeridad: Historia de una idea peligrosa' (Crítica, 2014), Mark Blyth, profesor de economía política de la Universidad de Brown, caracteriza así este relato disciplinador y moralizante:

“«Hemos gastado demasiado», dicen los que se hallan en la cima económica, desdeñando con notable despreocupación el hecho de que ese «dispendio» no ha sido sino el coste de tener que salvar sus activos con las arcas públicas. Y al mismo tiempo, lo que esas personas que viven de forma muchísimo más holgada que el común de los mortales y que muestran muy poco interés en contribuir al pago de los platos rotos le están diciendo a los ciudadanos que ocupan las posiciones inferiores de la escala de la renta es que tienen que «apretarse el cinturón»”.

Anglófono de formación pero francófilo de corazón por muchas cosas, yo confiaba en poder seguir diciendo eso de que “siempre nos quedará París”. Pero empujada por su nuevo primer ministro Manuel Valls, Francia ha sido la última en sucumbir ante este discurso moral-disciplinador: “No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades”, ha sentenciado el franco-catalán, haciendo pasar por ejercicio de responsabilidad lo que no es otra cosa que una rendición definitiva, con armas y bagajes, del socialismo galo. Por cierto: parece que Valls acompañará a Elena Valenciano en un acto electoral en Barcelona el próximo día 21, en el que pedirán “un giro en la política económica en Europa”. ¿Giro hacia dónde? No creo que Valls sea el mejor compañero de viaje si el socialismo español aspira a reencantar a su electorado más crítico.

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Voces vascas

El historiador Manu Montero acaba de poner en la calle un libro titulado 'Voces vascas. Diccionario de uso' (Editorial Tecnos). Es un libro divertido y entretenido, pero no es ni un divertimento ni un entretenimiento. De manera casi obsesiva, Montero se ha puesto a buscar y analizar durante años titulares de prensa, discursos, conversaciones de blogs y todo tipo de diferentes diálogos y comunicaciones tanto públicas como privadas para identificar las variantes e inflexiones de lo que podríamos llamar –y llama- el “habla vasca”.

Su tesis podría resumirse en lo siguiente: en una sociedad nacionalista como la vasca se produce desde los años de la Transición un combate entre las dos grandes facciones del nacionalismo por implantar un lenguaje dotado de una semántica acomodada a sus visiones del mundo. La decantación de los resultados de esa pugna alcanza a un espacio social mucho más amplio que el formado solo por los adeptos a esas dos culturas políticas, de manera que penetran en un habla generalizada y extensa, utilizada por una mayoría de vascos (y vascas). El autor identifica los resultados mediante “tres formas básicas en el habla del País Vasco”: la lengua nacionalista, que recoge la cosmovisión del nacionalismo que llamamos moderado (o tirando a pragmático; el hasta ahora en el poder); el abertzale avanzado, que no necesita más explicaciones; y el vasco común, que es el que usa la ciudadanía vasca proclive a hacer uso inconsciente o consciente de aportaciones lingüísticas de los dos grupos anteriores, desprovistos ya de sus aspectos más duros o particularistas.

La observación social es muy aguda y expresiva de la paralela realidad política. Cuando presentábamos el libro, en el mismo edificio, en otra sala, con un público más numeroso, se estrenaba en sociedad una iniciativa denominada “Zure esku dago!”, algo parecido a la cosa independentista de los catalanes, nuestra Asamblea Nacional particular. Hablaban tres personas, perfectamente representativas en lo político de esas “tres formas básicas en el habla del País Vasco”: Ibarretxe, Floren Aoiz y Gema Zabaleta, respectivamente. Como digo, los paralelismos son tan palmarios que me evitan extenderme en esta parte.

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La 'lideresa' anarquista

El banquero anarquista” (1922) es un pequeño texto que escribió el portugués Fernando Pessoa para atrapar al lector en un juego de argumentos tramposos que le fuercen a cuestionar la parte que no pensamos de las doctrinas sociales, el enorme componente de fe sobre el que se soportan las teorías científicas en las que creemos. Una de sus conclusiones más conocidas es aquella de que el acaparador había conseguido ser un auténtico anarquista teórico y práctico al sustraerse a la influencia del dinero, a su fuerza, adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sentir esta.

A semejanza del interlocutor del luso, los ciudadanos hemos asistido estupefactos a la expresión de rebeldía libertaria de Esperanza Aguirre al protagonizar algo más que una infracción de tráfico. Lejos de acudir en primera instancia al recurso habitual de todo político 'normal', educado en el respeto a las normas del Estado y entusiasta pasivo de la bondad e intención protectora u organizadora de las mismas, la conservadora arremetió contra el poder. Esperanza huyó hacia adelante dos veces en la misma tarde: primero escapando de los guardianes que le multaban y luego asomándose a todos los medios de comunicación para arremeter contra estos y, sobre todo y más importante, contra la lógica de su autoridad sobre ella en el estricto terreno de la circulación viaria. Se diría que estamos ante una conservadora anarquista; Espe como “lideresa” anarquista. Y algo de eso puede haber.

Se pierde de vista, por la asociación de imágenes históricas entre conservadores y autoritarios, que los iniciales y más genuinos representantes del pensamiento conservador, ya desde Edmund Burke, recelaban y combatían el fortalecimiento del poder del aparato estatal. Efectivamente, fueron contemporáneos del instante en que el Estado salido de las revoluciones liberales 'engordó' sus dimensiones tanto materiales como ideológicas. De un lado, el Estado liberal aspiró a ser el único poder legítimo sobre un espacio y sobre sus ciudadanos, acabando para ello con la autoridad “fragmentada” o repartida en cuerpos sociales intermedios (familia, corporación, territorio…). Estas entidades intermedias entre el individuo y el Estado habían soportado la legitimidad del poder en el tiempo anterior y eran las que defendían los conservadores en su continuidad. De otra parte, la noción de ciudadanía, tan revolucionaria, era el principio necesario para asumir la lógica estatal y su autoridad por parte de cada individuo, convencido de que estas operan en beneficio de la comunidad con sus normas y leyes, y de que es necesario obedecerlas por esa bondad que prometen. Otro principio aborrecido por los conservadores que, de tener la autoridad a su cargo tradicionalmente, veían ahora arrebatado ese poder por mor de un discurso novedoso y, según ellos, engañoso, estupefaciente.

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