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De acuerdo

Si uno lee el contenido del acuerdo que acaban de firmar nacionalistas y socialistas vascos cree estar ante el programa político de los segundos. Es como un listado de las cosas que el gobierno de Patxi López pretendió hacer en la legislatura anterior, pero no pudo llevar a cabo, bien por falta de tiempo, bien, sobre todo, por la oposición a cara de perro que ejercieron los ahora socios. No falta nada: política fiscal común para el país, con incremento de la presión para determinados sectores, control coordinado del fraude y asunción del hecho de que para mantener los servicios públicos no queda sino tirar de cartera; revisión del entramado institucional de la Comunidad por considerarse reiterativo, pesado e ineficiente en tiempos de crisis, además de poco razonable en cualquier instante; políticas de choque para promover la creación de empleo y reactivar la producción; reubicación de la estrategia de crónicos al frente de la política sanitaria, con diseño de especialización hospitalaria (funcional y geográfica) incluido; reforma de la administración pública; prioridad indiscutible de la tripleta de gasto que conforman educación, sanidad y políticas sociales; apoyo específico a la estrategia de educación trilingüe y a otras líneas como Eskola 2.0; rechazo al copago; metro para Donostialdea y la línea 3 de Bilbao… Vamos, salvo una impugnación explícita de la hipotética construcción de un segundo Guggenheim, no acierto a localizar qué falta de la parte del programa de gobierno socialista que no pudo llevarse a cabo (aparte de los temas culturales y ambientales, nuevamente olvidados).

Es evidente que los nacionalistas vascos también tienen ideas y que parte de estas iniciativas que recoge el acuerdo son suyas también. Pero no cabe duda de dos cosas: 1. Que el gobierno de Urkullu ha hecho demostración de inanidad en estos meses y que bien parece que no esté nadie al frente de la nave; y 2. Que al menos a día de hoy ese listado de propuestas identifican todavía las ideas fuerza del proyecto gubernamental socialista. Entonces, ¿cómo es que el gobierno y su partido se pliegan con tan abundante reiteración a las iniciativas del segundo partido de la oposición?

Seguro que en alguna parte, cabeza y personas hay una benemérita intención de ponerse de acuerdo visto como están las cosas. Pareciera que el ‘comentarismo’ consista solo en tratar a los protagonistas de lo público como perversos interesados y no como preocupados sinceramente por la achuchada cosa de todos. Además de tacticismos, quiero creer que hay grandes dosis de buena voluntad y de querer sacar adelante algo: para unos, haciendo valer la presencia en el gobierno; para otros, colocando tus propuestas en la gestión de éste y demostrando que se puede ser relevante incluso desde la oposición. Ahora tocará a todos hacer la venta respectiva: el gobierno como responsable y generoso, y el partido de la oposición como también responsable y eficaz en su papel.

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Traidores de lo público

Javier Fernández-Lasquetty es consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid. Ocupa, pues, un muy relevante cargo en la administración pública autonómica. Su mayor responsabilidad es utilizar con eficiencia y eficacia los poderes y los recursos públicos con los que cuenta, en favor de la ciudadanía. Para eso, sólo para eso, recibe un sueldo público, pagado a través de los impuestos de la ciudadanía madrileña.

Traicionando absolutamente su deber como gestor de lo público, desde que en 2010 asumiera la cartera de Sanidad Lasquetty no ha hecho otra cosa que impulsar la privatización de la sanidad madrileña con el argumento de que la gestión privada de servicios públicos esenciales es más eficiente que la gestión pública: "Siempre he pensado que la Administración no es buena gestionando un servicio público", ha declarado  en sede parlamentaria, en una comparecencia ante la Asamblea de Madrid.

Pero el inmoral Lasquetty sigue cobrando un abultado sueldo público (en ausencia de sobresueldos y otros aguinaldos populares, al menos 77.602 € netos al año, en 14 pagas de 5.543 € netos al mes) por ocupar una alta responsabilidad como gestor público, y ello a pesar de que considera que tal gestión no es ni eficaz ni deseable. Su obligación sería trabajar para lograr que, en su caso, la gestión pública de la sanidad sea correcta, o dimitir inmediatamente de su cargo en el caso de que considere que tal cosa es imposible. Pero no. Renuncia a su responsabilidad como gestor, pero no renuncia a su sueldo. Traiciona lo público. Por cierto: Lasquetty es otro de esos ultraliberales paladines de la gestión privada que toda su vida han vivido de lo público, sin pasar por concurso público ninguno, sin ganar oposición ninguna, sin demostrar más mérito que su fidelidad absoluta a unas siglas políticas.

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El portavoz

La política televisada se podría seguir con el interruptor del volumen apagado: todo resulta enormemente previsible. De hecho, buena parte de la desafección ciudadana respecto de la política y los políticos tiene que ver con esa falta de frescura, con esa profunda y justificada convicción de que no hay nada nuevo bajo el sol. A cada cara le corresponde un color partidario y un papel en el reparto de la representación que es la política. Sale fulano que es de tal partido y se pronuncia al respecto de determinado asunto de actualidad: en ese momento, los padres podrían jugar con sus hijos a ser magos, como en las votaciones de los países de Eurovisión, acertando con puntos y comas lo que el portavoz va a decir.

Nadie se sale del guión. Básicamente por dos razones complementarias: porque se dispersaría-difuminaría la unívoca idea fuerza que los partidos pretenden transmitir a cada instante y porque tampoco el ciudadano acepta fácilmente las diferencias de discurso o hasta de matiz por parte de esos partidos. De hecho, las disidencias, variantes de criterio, jaleos y debate interior en las formaciones políticas son traducidas como signo de debilidad, contradiciendo así ese machacón y presunto desiderátum ciudadano de más democracia dentro de los partidos. Como tantas veces en la política, una cosa es lo que dicen los ciudadanos en las encuestas y otra bien distinta lo que saben los estrategas de los partidos que les gusta a éstos. Y ellos saben que, en general, el ciudadano elector medio y más numeroso apuesta más por la seguridad que por la incertidumbre, más por la sencillez-seriedad del discurso único que por la libertad expresada por los coros de voces diversas.

Para apuntalar esa seguridad están, por ejemplo, los argumentarios que, como su nombre indica, son un resumen de no más de media página que sintetiza lo que cualquier disciplinado afiliado a un partido –y mucho más quienes estén en situación de representarlo públicamente de alguna manera- debe saber, pensar y decir sobre un tema de actualidad. El argumentario es un insulto a la inteligencia, a la libertad de pensamiento, a la diversidad de criterios y a la política misma, pero cada mañana se distribuye puntualmente desde la instancia superior de la formación política al último de sus súbditos partidarios conectados. Otra muestra de las dificultades porque atraviesa la democracia interna en los partidos.

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En el espejo alemán

24 Comentarios

Desde Platón hasta nuestros días la justicia es vista como la virtud suprema del Estado. Si toda sociedad es un proyecto colectivo en el que sus integrantes arriman el hombro según sus capacidades, entonces ¿a qué criterios recurrir para acordar los principios del reparto de los frutos de la colaboración social? La justicia es un principio que precede a valores como la libertad o la igualdad. En su ausencia se dinamita la cohesión social. Cuando hace agua, la legitimación del orden político naufraga. Por eso la justicia es la virtud central de todo orden político democrático.

Deliberar sobre los criterios de distribución del producto de la colaboración social equivale a hacerlo sobre quién decide de qué oportunidades disfruta cada contribuyente. A día de hoy, en democracia el voto es la forma principal que tiene la ciudadanía para participar en esa deliberación.

Elecciones generales es lo que se celebra en Alemania el próximo 22 de septiembre. La justicia social figura de forma expresa en las agendas de los partidos, progresistas se entiende. No es para menos. Más allá del brillo de sus cifras macroeconómicas, de su balanza comercial o de su (trampeada) tasa de paro, la cabeza de mando en la Unión Europea lleva tiempo asistiendo al ensanchamiento de las diferencias entre ricos y pobres. La evolución de las últimas décadas ilustra el abismo de injusticia. Según datos del Instituto Alemán de Estudios Económicos (DIW), en 1970 el 10% más rico disponía del 44% del patrimonio personal total, que ya era tener; en 2010 ese mismo percentil acumulaba el 66,6%, y un 22,5% tomando sólo al 0,1% megaopulento.En el extremo opuesto, también en 2010, el 50% más pobre concentraba el 1,4% de la riqueza, incluyendo a los 7,5 millones de personas con un minijob a razón de 450€ al mes y al millón largo de trabajadores temporales que ganan de media un 40% menos que los de plantilla.

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El parte

Mi padre le decía el parte incluso cuando se suspendió al principio de la Transición la obligación que tenían las radios, públicas –entonces más bien oficiales- o privadas, de emitir un noticiario horario elaborado directamente por el gobierno. Eran muchos años de costumbre, desde que el parte militar daba cuenta del estado de la situación bélica y luego se transformó en un parte civil que recitaba lo que los súbditos de la dictadura debían conocer de la realidad común.  Luego desapareció, lógicamente, y dio paso al tiempo de la diversidad de opiniones y de la incertidumbre por no tener algo seguro que pensar y en lo que creer.

Para denunciar que desde entonces todos los medios ya públicos se empeñan de nuevo en reproducir una realidad oficial no hace falta que gaste líneas; es un hecho palmario, generalizado y cotidiano. Sin embargo, adormilada la crítica por esa persistencia, ésta abandona su modorra cuando el oficialismo y la consiguiente manipulación se exceden incluso en las formas.

De lo mejor que tuvo el tiempo de ZP fue que permitió que los informativos públicos fueran tales. Profesionales competentes ocuparon responsabilidades y no se cortaron a la hora de ser exigentes e inquisitivos ni siquiera preguntando a quienes detentaban entonces el poder. A tanto llegó que la derecha se tomó su tiempo, una vez instalada en el gobierno, para soltar la correa de los discípulos y émulos de Urdaci, y para desplegar todo lo que son capaces de hacer en cuanto a manipulación informativa desde los medios que todos pagamos.

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Transferencias de antifragilidad

La Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional pretenden resolver el problema del paro en España mediante la reducción generalizada de los salarios hasta un 10%. Según ambas instituciones, esta medida permitiría impulsar el crecimiento económico y, por ello, reducir el abultadísimo desempleo, y ponen como ejemplo del éxito potencial de esta medida a Letonia y a Irlanda, países que al parecer se estaría comportando como alumnos excelentes, aplicando sin rechistar las recetas austericidas de la CE y el FMI. Por supuesto, la patronal española se ha apresurado a arrimar el ascua del 10% a su particular sardina, y si bien con la boca pequeña ha rechazado la reducción propuesta por CE-FMI, en su última asamblea general demandaba del Gobierno español medidas dirigidas a reducir el salario fijo, a permitir encadenar sin límite contratos temporales o a generalizar los contratos de formación a cualquier trabajador que, independientemente de su edad, haya perdido su empleo y aspire a reintegrarse en el mercado laboral. La CE-FMI-CEOE son un lobby feroz para las trabajadoras y trabajadores españoles.

De la situación de Letonia no conozco gran cosa, más allá de que, en efecto, parece estar creciendo a un ritmo elevado, pero a costa de un crecimiento no menos elevado de la pobreza, que alcanzaría al 40% de la población. Si esto es un signo de éxito, el fracaso no va a estar tan mal. El caso de Irlanda es más interesante, y el hecho de que CE-FMI lo utilicen como modelo demuestra a las claras que a la nomenklatura neoliberal le importan un bledo la verdad y nuestra inteligencia. La organización Social Justice Ireland desmonta la idea de que la austeridad neoliberal –algún día habrá que hablar en serio de otra austeridad, la anticapitalista- trabaja a favor de las sociedades que la aplican: en Irlanda la política de austeridad ha generado la mayor transferencia de recursos de las clases medias y bajas hacia las altas en la historia de Irlanda. Los ganadores en este expolio institucionalizado han sido las empresas, sobre todo las multinacionales, y los ciudadanos más ricos.

¿Reducir un 10% los salarios? Según la última Encuesta de Estructura Salarial del INE, aunque el salario medio bruto anual en España era en 2011 de casi 22.900 euros, el sueldo más frecuente, es decir, la cantidad percibida por un mayor número de trabajadoras y trabajadores, fue de 15.500 euros. Por cierto, mil euros menos que en 2010, cuando fue de 16.490 euros. La explicación de esta discrepancia entre salario medio y salario más frecuente (o salario “moda”, en términos estadísticos) es bien sencillo: el mercado de trabajo español presenta una distribución salarial muy desigual, con algunos asalariados que perciben retribuciones muy altas (directores y gerentes cobraron en 2011 sueldos un 137% superiores al salario medio bruto), lo que hace que suba la media, pero sólo a la manera de un espejismo estadístico. Es como ese chiste según el cual entra Bill Gates en un bar y se dispara la renta media de todas las personas que en aquel momento se encuentran en el local... aunque ellas no lo noten.

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Fin de la cita

En las semanas en que coincidí con Emilio Guevara en la bancada de la Cámara vasca una de las valiosas cosas que me enseñó fue que aquel sitio se llamaba “parlamento” por algo, y no “leemento”.  Guardo sabrosas anécdotas de las habilidades dialécticas de algunas señorías. Recuerdo a una nacionalista, que luego ha prosperado mucho institucionalmente, que se llevaba preparado un texto vitriólico. Pero hete aquí que minutos antes toda la oposición llegó a un acuerdo con una enmienda de transacción, lo que convertía su dureza en innecesaria. Incapaz de reaccionar por su cuenta, la citada nos espetó su proclama, fuera de contexto y ante la mirada atónita de los que habíamos tenido que ver en la componenda.

La democracia mediática, audiovisual, se ha cargado la importancia y el sentido de la brillantez discursiva. Castelar, aquel ‘Piquito de oro’, Cánovas, Sagasta, Indalecio Prieto, Vázquez de Mella o el mismo Felipe González seguirían haciendo hoy las delicias de quienes pudieran pasar los diez o veinte minutos de su discurso escuchándoles; el gran público contemporáneo, condenado al corte de veinte segundos de la tele, es pasto, no de oradores, sino de oportunistas que, para salir en el medio, confunden a sabiendas la elocuencia y la oratoria con la ordinariez y el trazo grueso. Manuel Fraga, por ejemplo, mitigaba sus pésimas condiciones de timbre y ritmo con una gran inteligencia, conocimiento del asunto, control del escenario, y capacidad para salpicar sus intervenciones con un rosario de citas ilustrativas de su objeto y facilitadoras de su intención. Dicen que la mayoría de las mismas eran apócrifas, tanto en el contenido como en la autoría. Es lo mismo: en cuestiones de retórica y argumentación, ‘si non è vero, è ben trovato’.

La inversa de algunos como los referidos es el “fin de la cita” repetido nueve veces por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.  Entre algún sesudo analista de izquierda que, a contracorriente de lo evidente, ha querido ver en ello un truco eficaz para desviar la atención y ganar en popularidad –trending topic del día: que hablen de mí, aunque sea bien, que decía Lola Flores- y el descojono de una televisión argentina que ha recorrido Youtube, me quedo con estos últimos. Por otra parte, autoridad, experiencia y conocimiento no les faltan después de docenas de histriónicos presidentes y presidentas peronistas.

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Empleo estacional, desempleo y malempleo estructural

Según se dice, el periódico The Wall Street Journal pidió en una ocasión a un grupo de expertos económicos criterios para vaticinar las oscilaciones en las cotizaciones de los principales valores de la bolsa de Nueva York. Al mismo tiempo, unos monos lanzaban dardos sobre unos paneles en los que figuraban diversas previsiones. El resultado fue que los monos acertaron en mayor medida que los analistas. No sé cuánto habrá de verdadero en esta historia. Puede que no sea más que un intento de zaherir a los expertos, esos personajes que, como también se ha dicho, cinco minutos antes de que estalle el mundo nos asegurarán que tal cosa es imposible.

Lo cierto es que las observaciones publicadas periódicamente sobre la coyuntura económica, en particular aquellas que se refieren a la evolución del empleo, son fundamentalmente irrelevantes. El paro se reduce a una tasa evolucionando como una sucesión de picos o irregulares dientes de sierra: ahora sube, ahora baja, luego vuelve a subir, continúa subiendo, vuelve a bajar... Las observaciones periódicas sobre la realidad del empleo acaban por convertirse en un ejercicio de irresponsabilidad, cuando no de algo mucho peor. Es como si un individuo, situado en la orilla de un río, se dedicara a comentar las evoluciones de  otra persona caída en el agua y luchando contra la corriente: ahora desaparece bajo las aguas, lleva un tiempo braceando en la superficie, parece que vuelve a hundirse, no vuelve a la superficie, ahí vuelve a sacar la cabeza, cuidado con esa ola que viene, parece que esta vez se ha librado, yo creo que ayer estaba más hundido...  Al final, lo único importante es la tasa en sí misma, su continuo vaivén.

De este modo, las tasas de empleo y paro acaban encubriendo más realidad de la que muestran, hasta el punto de poder aplicar a la mayoría de estudios e informaciones sobre el empleo la magistral descripción que Miguel Barroso hace de la lógica profunda de los casinos y salones de juego en su novela Amanecer con hormigas en la boca: “Las ganancias más insignificantes se pregonaban con campanillas y luces intermitentes; las pérdidas fluían silenciosas hacia la banca a través de conductos invisibles”. Esta es la lógica de una economía que ha sido caracterizada como “capitalismo de casino”. Las más insignificantes ganancias en las tasas de empleo son pregonadas con gran profusión de luces y acompañadas de pegadizas y alegres melodías; las pérdidas de empleo, cuantitativas o cualitativas, fluyen silenciosas a través de conductos invisibles.

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¿Llevan todos los caminos a Compostela?

La tragedia de Santiago de Compostela ha llevado a todos los líderes de derechas a ensalzar el valor de la solidaridad. Nuñéz Feijóo dijo que “Galicia ayudó a Galicia”, que la gente salía a socorrer a las personas accidentadas con lo que tenía a mano, rompiendo cristales y ventanas a pedradas para poder sacar a los heridos que precisaban ayuda, que los médicos y bomberos de vacaciones volvieron voluntariamente a sus puestos de trabajo, que la gente llevaba mantas, que los hospitales se colapsaron con donantes. ¿Qué menos se esperaban en momentos críticos? Pero estos mismos líderes se encuentran entre los que están desmontando las redes institucionales de la solidaridad que se han tejido durante décadas para que unos ayudasen a otros a través de servicios y transferencias económicas y sociales a través del Estado de Bienestar en épocas ordinarias, no catárticas. La  tragedia compostelana reavivó la solidaridad comunitaria que siempre está latente, pero solo es ésta la que les gusta promover a los Rajoy del mundo. Ahí está la propuesta de la 'Big Society'  de Cameron, que viene a decir “ayudaros amigos, que no os queda otro remedio, porque nosotros vamos a cortar amarras, nos vamos, os abandonamos, y nos quedamos con toda la banca”.

Pero ¿qué pasa con la izquierda y con el progresismo en general, tiene o no soluciones alternativas? Desde luego, las puertas giratorias que hay entre los partidos gobernantes de izquierda y el mundo de la gran empresa ofrecen pocas esperanzas. Es un panorama desolador.

Pero yendo de las organizaciones a la base, recientemente asistí a una boda y muchas de las conversaciones versaron alrededor de la pregunta, ¿y por qué no nos movilizamos? Desde luego, alguna dificultad objetiva imposibilita esta voluntad de participación, porque también es receta neoliberal y en parte moderna y sobretodo posmoderna transformar los problemas sistémicos en problemas personales o biográficos. Por eso soy partidario de quemar todo los libros de autoayuda: independientemente de cómo empiecen siempre terminan culpando a la víctima. Ya dijo Thatcher que sólo existían personas y familias, que la sociedad era objetivamente una quimera. Por otros motivos, la izquierda y el progresismo no andan muy lejos de estos preceptos.

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Ser de los nuestros

Se atribuye a Pío Cabanillas Gallas la genial frase de “A veces la política se complica tanto que yo ya no sé si soy de los nuestros”. Nadie se acuerda ya de Don Pío. En mis tiempos mozos conocí en Madrid una cuadrilla de ácratas gallegos, influidos por Agustín García Calvo, pero que reclamaban como sus principales inspiradores a Nicolás Maquiavelo y a Pío Cabanillas. Era pontevedrés, elegido Procurador en Cortes en 1967 por el voto casi unánime de los Colegios de Registradores de la Propiedad, fundador del originario Partido Popular (no el actual), ministro con la dictadura y con la democracia, y autor de diferentes libros, entre los que destaco el titulado “La venta a plazos”. Un experto en cómo vivir dentro de la política. Todavía su hijo fue el primer portavoz del gobierno de Aznar.

Han tenido recientemente los socialistas catalanes una nueva reclamación, esta vez ante sus propios correligionarios españoles. Pretenden su derecho como colectivo de parlamentarios del PSC en las Cortes españolas a votar distinto de lo que lo puedan hacer los del PSOE ante determinadas temáticas sobre la relación de Cataluña con España o sobre su manera de estar una en la otra. No lo han resuelto, pero sí han acordado “la-creación-de-un-comité-permanente-de-coordinación-política-que-tendrá-como-objetivo-encauzar-y-resolver-las-posibles-discrepancias-en-cuestiones-relacionadas-con-el-autogobierno-de-Catalunya”, que sin duda nos reporta a todos una gran tranquilidad de espíritu.

El pulso ha durado minuto y medio en la prensa, pero regresará con la contumacia característica de estas cosas. El asunto es ya mediáticamente tan irrelevante como este comentario. Pero, no nos confundamos, esconde parte de la esencia de nuestros problemas con nuestra actual democracia. No me refiero al “asunto catalán” –tema que me desborda tanto como me desinteresa-, sino al importante problema de la representación de la voluntad ciudadana. Todos sabemos a qué responde esa reclamación nacionalista del PSC dentro del PSOE -y también la respuesta nacionalista a la misma-, pero sorprende el abandono tan militante que se hace de los motivos que llevan a alguien a ser representante popular. En los parlamentos hay tantos o tan pocos parlamentarios, individuos de carne y hueso, porque cada uno de ellos, individualmente, representa a un sector de la ciudadanía y trabaja en sus diferentes cometidos en beneficio de los intereses de ésta. Si no fuera así, si solo fueran números para completar la cifra que le toca a cada grupo parlamentario, sujetos pasivos, tendría razón Dolores de Cospedal proponiendo la drástica reducción del número de éstos: bastarían los jefes de fila de cada uno, con la respectiva desigual capacidad de representación cada vez que tocara votar.

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